El Medico Del Tiempo
Capítulo 24
Kristina se acomodó un mechón rebelde detrás de la oreja y carraspeó nerviosa.
—El doble delta es una mutación genética —explicó—. Una muy específica.
—¿Qué hace? —preguntó Steve.
—Muchas cosas. Lo explicaré lo mejor que pueda. Hay algunos detalles que no conozco. Pero hay una historia detrás. Había una ciudad llamada Eyam en el norte de Inglaterra. Vosotros sabéis de la Peste Negra en la Edad Media; la peste también apareció allí, más o menos al mismo tiempo que los otros brotes, teóricamente transmitida por las ratas que llegaron con unas piezas de paño llevadas de Londres.
Janie se irguió en la silla al oír esto, y pensó: «El paño de Londres es un producto peligroso».
—Podría ser que el origen fuera otro. Pero los registros históricos dicen que un cargamento de piezas de paño llegó justo antes de que comenzase la peste. Hasta entonces habían conseguido mantenerla alejada, como si
hubiesen sido bendecidos, así que, en agradecimiento a lo que llamaron «la gracia de Dios», los habitantes de Eyam hicieron algo muy correcto y moral; se pusieron en cuarentena para evitar que la peste traspasase los muros de su propia ciudad. No comprendían en realidad el mecanismo de contagio, pero sabían que se propagaba geográficamente. Todos estuvieron de acuerdo en que nadie entraría o saldría de Eyam hasta que pasase la peste. Cuando alguien caía enfermo dentro de la ciudad, esa persona y toda su familia eran confinados en un aislamiento absoluto, en una cárcel o algo así. No sé exactamente dónde los alojaban; en realidad, era una ciudad muy pequeña y no me imagino que tuviesen una cárcel tan grande. Quizá utilizaron la iglesia o algún otro edifico público.
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—Dios mío —susurró Steve—. Me pregunto cuántas personas que podrían haber vivido acabaron muriendo porque los encerraron con otros que tenían la peste.
—Muchas, desde luego —dijo Kristina—. Pero ahora empieza lo interesante. Cualquiera creería que casi todos habrían enfermado en esas circunstancias. Hay centenares de casos registrados donde todos acabaron enfermos en un sistema cerrado: monasterios, abadías, colegios... Janie se distrajo por un momento, al recordar un pasaje del diario de Alejandro donde citaba un monasterio con el que se había topado en su primer viaje a Inglaterra. Solo quedaba vivo un sacerdote entre docenas y, cuando Alejandro lo encontró —loco y balbuceante—, el hombre acababa de enterrar al último de sus hermanos, pero estaba vivo. Le vino a la memoria un pasaje sobre un lugar llamado Eyam, y lo mencionó.
—Hubo un significativo número de personas en la ciudad que nunca contrajeron la peste.
Janie vio cómo la mirada de Kristina se detenía un segundo en ella antes de continuar.
—Si consideramos cómo se transmitía, cosa que por supuesto ellos no entendían en aquel tiempo, fue bastante sorprendente. También hubo un gran número de personas que enfermaron y sobrevivieron, en un porcentaje mucho más alto que en muchos otros lugares. Lo escribieron todo, así que sería muy extraño que no hubieran dejado constancia de algo tan significativo como una cura. Había una mujer que, en el delirio provocado por la sed, creyó que una jarra de grasa de cerdo era agua, y se la bebió.
Como se dio el caso de que sobrevivió, otros muchos también la bebieron,
convencidos de que era una cura. Pensaron en un montón de cosas extrañas como curas: ojos de murciélagos, huesos molidos, toda clase de cosas asquerosas; nunca se mencionó lo único que podría haber funcionado: el
«polvo de los muertos», con el poder de iniciar una respuesta inmune.
Algunas de las personas que bebieron la grasa sanaron, pero no fue eso lo que las mantuvo vivas. Fue otra cosa. La naturaleza investigadora de Lany hizo acto de presencia.
—¿Cómo descubrieron todo esto? No parece haber muchas pruebas reales más allá de los rumores.
—No es rumor en absoluto —replicó Kristina—. Eran unos maniáticos de los registros: nacimientos y muertes, y prácticamente todo hecho importante. Pero nada de esto habría salido a la luz de no haber sido por algo que ocurrió en San Francisco en los noventa. Allí había un gay que llevaba buscando relaciones en los baños públicos desde finales de los setenta y principios de los ochenta, cuando nadie comprendía en realidad lo que era el sida, y según él había mantenido múltiples relaciones sexuales.
Pertenecía claramente al grupo de riesgo, pero nunca se contagió. Le hicieron docenas de pruebas, pero ninguna 287
dio positivo. Sus amantes y amigos, hombres con quienes había intercambiado fluidos corporales, morían como moscas; pero, hasta donde se sepa, todavía está vivo.
Todos se inclinaron hacia ella como si quisieran oírla mejor, aunque no hablaba en voz baja.
—Así que, finalmente, alguien de la comunidad médica de San Francisco decidió que valdría la pena saber qué tenía ese tipo que lo protegía. Le hicieron toda clase de pruebas, incluido un análisis de ADN. Y
¡bingo!, de inmediato vieron algo fuera de lo común en el CCR5. Tenía dos copias de una mutación genética llamada delta treinta y dos.
—Doble delta —susurró Janie.
—Sí —dijo Kristina, que la miró de nuevo. Esta vez su mirada se demoró
un poco más. Pero, antes de que Janie pudiese añadir algo, continuó—: Así que hicieron algunas dataciones de ADN y pudieron determinar que la mutación original había aparecido de pronto alrededor de setecientos años atrás, poco antes de la primera pandemia del siglo XIV.
Se oyeron murmullos expectantes.
—Después estudiaron a todo un grupo de personas en el que incluyeron a pacientes terminales de sida, pacientes que respondían bien al tratamiento y personas que estaban en el grupo de riesgo pero que no se habían contagiado. Los resultados fueron fascinantes: muchas de las personas de alto riesgo que no habían enfermado de sida tenían la misma doble mutación del tipo original. Ninguna de las personas que estaban muy enfermas tenía una copia de la mutación. Lo más interesante era que las personas con solo una copia respondían muy bien al tratamiento cuando enfermaban de sida, y permanecían sanos durante mucho más tiempo que las personas sin copias. Esa es una de las razones por las que la gente no blanca parece enfermar de sida en una proporción mucho mayor, ya que la mutación original surgió en la población del norte europeo. A través de nuevas pruebas con grupos más numerosos, los investigadores pudieron determinar que la mutación no existía en los negros, los asiáticos y los hispanos. No tenían la más mínima protección genética, pero sí la tiene un catorce por ciento de las personas de origen celta y escandinavo..
—¿Qué tiene eso que ver con la peste? —preguntó Evan.
—Resultó ser que el mecanismo de infección es el mismo en la peste y en el sida. El virus de inmunodeficiencia y el Yersinia pestis se añaden a células inmunológicas en los mismos receptores, y ambos engañan al sistema inmunológico para que transporte el microbio a través del cuerpo.
El Yersinia pestis va a los nódulos linfáticos, por lo que las personas contagiadas tienen bubones y morados alrededor del cuello y las ingles.
Luego va a todas las demás partes. En los dobles deltas, el microbio no puede pegarse al receptor, así
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que no puede engañar al sistema inmunológico. La persona es esencialmente inmune a la peste y muy resistente al VIH.
Los oyentes tenían que procesar una gran cantidad de información, y comprensiblemente permanecieron callados durante unos momentos. Steve preguntó al cabo:
—¿Por qué estas personas quieren saber si tenemos algún doble delta?
—No lo sé seguro —dijo Kristina—, pero creo poder adivinarlo. El DR
SAM
es un microbio que se pega a un receptor, así que, si alguien tiene una doble copia de la mutación, quizá también es inmune al DR SAM. Pasó un largo momento antes de que Steve comentase:
—Chicos, ¿no sería fantástico saber quién lo es y quién no?
Hubo una nueva pausa y después habló Kristina.
—Yo sé de uno.
Todas las miradas se volvieron hacia ella.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Lany.
—Hice los perfiles genéticos de todas las personas de nuestro grupo. —
Miró directamente a Janie como si le pidiese disculpas—. Todos hemos dado sangre por una razón u otra en el tiempo que llevamos allí. Tenemos el equipo que me permite hacer una reacción en cadena de la polimerasa, así que puedo hacer que una cantidad muy pequeña de ADN se reproduzca y obtener una muestra legible. Supuse que podría ser útil algún día conocer la carga genética de cada uno.
—Kristina, ¿por qué no me has dicho nada de esto antes? —quiso saber Janie.
La muchacha bajó la cabeza y se miró la falda.
—No lo sé. No creí que tuviese mucha importancia, y supongo que probablemente lo olvidé.
Nadie hizo ningún comentario excepto Steve Roy.
—Vamos, nos tienes en vilo. ¿Quién es?
La mirada de Kristina fue directamente a Janie, y esta vez no se desvió.
Janie y Kristina empezaron a hablar entre ellas, mientras todos los demás escuchaban embobados.
—No lo entiendo —dijo Janie—. Mis padres murieron los dos. ¿Cómo puedo haber heredado una inmunidad completa?
—Tuvieron que ser deltas sencillos. Tú debes tener una copia de la mutación de cada uno de ellos. ¿Alguno era de origen celta o escandinavo?
—Mi madre era mitad alemana mitad sueca, mi padre irlandés.
—Pues ya lo ves. Encajan en el perfil. Tener una copia no protege del todo a alguien, pero... —titubeó—. Lo mantiene vivo más tiempo. 289
—¿Quieres decir que prolonga la agonía?
Kristina agachó la cabeza, como si fuese la responsable de portar malas noticias.
—Lamento tener que preguntarlo, pero ¿tus padres murieron rápido o duraron un tiempo?
«¿Qué significaba "un tiempo" con referencia al DR SAM?», se preguntó
Janie.
—Tres días cada uno —respondió.
—Eso es mucho tiempo para el DR SAM. Ahora, detesto todavía más preguntarte esto: ¿qué pasó con tu hija?
—No llegó a los cuatro días.
—¿Su padre?
—Sano por la mañana, muerto antes de la medianoche —contestó Janie
—. Fue a la escuela donde Betsy estaba en cuarentena. —Miró a Lany, que exhaló
un suspiro mientras recordaba su propia participación en aquel incidente. La voz de Janie comenzó a temblar y había lágrimas en sus ojos
—. Consiguió que lo dejasen entrar, pero no volvió a salir.
Kristina permaneció respetuosamente en silencio durante un momento, como hicieron todos los demás.
—Esto es pura especulación —comentó—, pero me aventuraría a decir que si tuviéramos los perfiles, comprobaríamos que tus padres tenían una copia cada uno, y por eso tú has acabado teniendo dos. Tu hija tenía una de ti, y ninguna de su padre, que probablemente carecía de ella. Steve Roy se levantó y fue al grano.
—¿Qué significa todo eso para nosotros?
—Creo que deberíamos comprobar todas las muestras de sangre que tomé
y determinar el estado de cada uno.
Janie se irguió en la silla y miró a los demás.
—¿Alguien tiene algo en contra? Tenéis derecho a negaros; al menos así era en el país donde vivíamos.
A esto siguió un absoluto silencio.
—Entonces lo interpretaré como un no —dijo Kristina.
Kristina y Evan volvieron a cruzar la montaña mucho antes de lo planeado para que Kristina pudiese hacer su trabajo. Janie no se tranquilizó hasta recibir el mensaje de que habían llegado sanos y salvos al recinto y que Tom estaba bien. Como lo había enviado su hija, aceptó que el informe era verdadero; Caroline o Michael lo habrían suavizado.
La mañana en que se marcharon con las muestras de los miembros de Orange, Janie comenzó el proceso de hacer el historial médico de todos los que 290
vivían allí. Tenía una prisa en hacer su trabajo que no había sentido antes de la revelación de los dobles deltas. Era un alivio descubrir que, con
algunas pocas excepciones, era un grupo excepcionalmente sano. Quitó unos lunares de aspecto sospechoso, cortó algunos callos y catalogó los dolores y molestias de todos los adultos y niños. La paciente diabética iba muy bien. Dos días más tarde llegó la información sobre los dobles deltas en un críptico mensaje:
J y L tienen en común
algo más que la rima.
El hijo brilla cada día.
El libro del rey se lee a medias.
Janie y Lany eran dobles, Evan uno simple.
—¿El libro del rey? ¿Qué significa? —preguntó Steve, desconcertado.
Por un momento, nadie tuvo una respuesta.
—La versión del rey Jacobo, la primera Biblia en inglés —dijo James al cabo.
—Pero yo creía... —Lany no acabó la frase.
—Mi madre era blanca —declaró James.
El debate sobre la invitación para entrar en la web doble delta fue acalorado, y se prolongó hasta bien entrada la noche. Al final se decidió que Lany tenía razón al afirmar que había que conocer a los enemigos, si es que esas personas resultaban serlo. Con un poco de suerte serían amistosas, y todo un mundo nuevo se abriría a ambas comunidades, un mundo que todos anhelaban.
Pero entrar en internet de nuevo era como navegar por el borde del mundo: una confusa mezcla de terror a lo desconocido y entusiasmo por lo que se podía encontrar. El buscador iba muy lento; el reloj de arena permaneció en la pantalla por lo que pareció una eternidad, hasta que finalmente se abrió la página. Todos soltaron una exclamación mientras pasaban las imágenes, como si estuviesen viendo internet por primera vez.
La fecha que figuraba en una esquina de la página era correcta.
—Supongo que es actual —dijo Steve.
La misma información que había llegado en el mensaje estaba colgada en la página, y daba la fecha, la hora y el lugar de reunión de los deltas.
—Esto espanta un poco —opinó Janie—. Creí que me volvería loca de entusiasmo si volvíamos a tener internet. Ahora no sé si lo quiero.
—Yo lo quiero si es amistoso —señaló Steve.
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—No fue del todo amistoso en el tiempo anterior —le recordó Janie—.
Pedófilos, suplantaciones, todo tipo de estafas; muchos de los malos tipos deben de haber sobrevivido. Estaban sentados delante de sus ordenadores, aislados del mundo, mientras nosotros respirábamos aire contaminado y lo tocábamos todo.
—Mira, hay una declaración —dijo Lany. Cogió el ratón de la mano de Janie y, antes de que esta pudiese protestar, clicó en el vínculo. Comenzó a leer en voz alta:
Creemos que hemos sido separados por la mano del Creador y que Él nos ha bendecido a todos con...
—Oh, no —gimió alguien en el fondo del grupo—. Fanáticos religiosos...
—Espera un momento —le pidió Lany—. Dale una oportunidad. —
Continuó con la lectura.
... una inmerecida capacidad para sobrevivir a ciertos desastres de la naturaleza, que Él también creó y en la que nos ha puesto a vivir. Creemos que esta bendición nos llama a un propósito superior, y aspiramos responder a esa llamada. Con ese fin, nos ponemos esta meta: propagar por toda la población humana, por medios benignos, el código genético que nos permitió sobrevivir cuando tantos murieron.
Lany se sentó en la silla cuando acabó de leer el corto párrafo.
—Ya está.
Aquellos que se habían reunido a su alrededor permanecieron en silencio por un momento.
—Parece bastante sencillo, ¿no? —dijo Steve al cabo—. Al menos en la superficie. Pero ¿qué es esto?
Señaló un vínculo en una esquina de la página. Decía: «La historia de Mecklenville».
—Ve allí —dijo.
Lany no parecía muy animada, pero finalmente pinchó en el vínculo.
http://www.mecklenville.in.us.gov
La página se abrió ante ellos.
Mecklenville, Indiana, Estados Unidos de América. Población en el momento de escribir esto, 1. Población tres meses atrás, estimada en 62, todos supervivientes del DR. SAM.
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Había un vínculo que decía «Galería de Fotos». Lany lo pinchó. Pasaron unos segundos hasta que la página se abrió; cuando lo hizo, los reunidos delante del ordenador vieron a un grupo de personas que se parecían mucho a ellos. El epígrafe de la primera foto decía: «Mecklenville se reúne para celebrar el funcionamiento de la central eléctrica». Detrás de las sonrientes personas había una construcción de chapa ondulada, pintada con colores de camuflaje. La siguiente foto mostraba a un grupo menor. Los rostros de las personas se veían tristes y perplejos. El epígrafe era inquietante:
«Mecklenville entierra a tres de los suyos».
La que había debajo mostraba a un grupo todavía menor que, por sus expresiones, parecía estar en un estado de conmoción. «Mecklenville entierra a doce más.»
No había más fotos en la página, solo un vínculo a otra. Esta página contenía una carta personal, con una foto de un joven de unos veintitantos años, sentado delante del ordenador.
Mientras escribo esta carta, sé que ya estoy enfermo; siento cómo se apodera de mi cuerpo. No sé por qué me dejaron aquí para documentar todas estas muertes; Dios lo debía de tener en Su plan para mí. Al menos eso es lo que espero, porque yo nunca habría escogido esto por mí mismo.
Si estáis leyendo esto ahora, estoy muerto; preparé mi ordenador para que cargase automáticamente esta última página si yo no daba cierta orden; estoy en el ordenador todos los días si me siento bien, porque es todo lo que tengo.
Como todos los que puedan encontrarse con esta página, teníamos miedo de salir y establecer contacto. No sabíamos lo que podíamos encontrar; teníamos aquí una buena comunidad y salíamos adelante. Pero el DR SAM volvió y se los llevó a todos, solo que esta vez muy lentamente.
En el tiempo anterior fue como un relámpago y se llevó a muchas de las personas que amábamos, pero en esta ocasión fue largo y atroz. Vi a todos caer enfermos y morir en el período de un mes. Me gustaba más cuando era rápido, aunque no es que me gustase en absoluto.
En los últimos días he leído sobre los deltas. Por favor, si están leyendo esto, apoyen lo que intentan hacer. Es nuestra única esperanza.
Mientras todos a su alrededor se mantenían en silencio tras leer aquello, Lany adoptó la tranquila y severa disciplina de la policía. Escribió toda la
información referente al encuentro de Nueva Inglaterra; al parecer había 293
reuniones en todo el país, si lo que decía la página web era verdad.
Estudió en el mapa el camino hasta Worcester Armory, donde el grupo delta había fijado su sede, y se maravilló de lo cerca que estaba del campus del Worcester Technical Institute.
—Creo que estuve allí para el entrenamiento —comentó. En cuanto acabó de escribir los detalles en la pizarra, se dirigió a Janie como si no hubiese nadie más allí.
—Tendríamos que ir y oír lo que tengan que decir. Está a solo unos sesenta kilómetros de aquí. Sobre todo después de lo que acabamos de ver.
Es una cabalgada de día y medio. ¿Qué dices? —le preguntó a Janie. Janie no respondió inmediatamente.
—No lo sé.
—¿Qué es lo que te hace dudar? —Fue casi una acusación.
—Tengo que pensar en el futuro de mi hijo.
—Yo también, y ambos se merecen una larga vida. Si vamos allí y descubrimos qué está pasando en el mundo, quizá tengan una oportunidad.
Janie se señaló el hombro.
—El DR SAM no es el único peligro ahí fuera.
No necesitó decir una palabra referente a Tom.
—Sé que hay toda clase de peligros, pero nosotras dos, que teóricamente somos inmunes, tenemos una oportunidad de ir allí y regresar sanas y salvas. Podemos continuar buscando señales de nuevas infecciones en lugares donde no hemos mirado antes. Si lo que hemos visto en la red es verdad, ahí fuera hay un mundo en desarrollo, y podemos encontrar la manera de conectarnos con él. Alguien que quizá tenga una de esas disparatados curas naturales para el DR SAM que permitiría salvar a las personas que no son dobles deltas. ¡Quizá
haya algún tipo de vacuna!
—No habrá ninguna vacuna —afirmó Janie, al tiempo que se levantaba
—. Desde el día en que nos encerramos en el recinto intentamos desarrollar algo que funcionase; y, aun cuando lo hubiéramos encontrado, o alguien más lo hubiera hecho, el DR SAM es una bacteria. Una vacuna no va a proporcionar una inmunidad de por vida como si se tratase de un virus. De seis meses a un año, en el mejor de los casos. Entonces se necesita una
inmunización completamente nueva, siempre que durante ese período no haya mutado.
—Pero así y todo hay muchas buenas razones para ir —insistió Lany—.
Hay otros grupos ahí fuera; hemos visto el humo. No puede ser que sean todos malos.
—Entonces, ¿por qué ninguno de ellos ha intentado ponerse en contacto con nosotros?
—Por la misma razón que nosotros no hemos intentado hacerlo: tienen miedo. No saben si somos amigos, así como nosotros no lo sabemos. Pero esto... 294
con esta declaración tienen que ser amigos. Pero nunca lo sabremos si no lo intentamos. Mira, no estoy diciendo que vayamos allí mañana mismo.
Pero, por el amor de Dios, vamos a pensarlo un poco.
Todas las miradas se centraron en Janie. Cuando se le hizo intolerable que todos estuvieran pendientes de ella, se levantó y se fue.
—Una exploración —dijo Lany cuando la alcanzó—. Piénsalo de esa manera. Lo siento, no pretendía ponerte en una situación incómoda. Janie se detuvo y se volvió.
—No fue agradable.
—Lo sé. Lo siento.
—Soy demasiado vieja para convertirme en exploradora.
—No lo eres. Eres fuerte y sana, además de inteligente.
—Ahora mismo tendría que estar pensando en la jubilación. Mi marido y yo tendríamos que estar organizando un viaje a China o un safari a África.
Él era abogado, yo médico.
—Ahora él es un minusválido, y tú solo un ser humano. Janie no hizo caso del reproche.
—Soy una madre con un hijo pequeño que criar.
Lany la miró con dureza.
—Un hijo que tomaste prestado de otro tiempo. Lo trajiste a este mundo por tus propias razones, no porque lo quisiera la naturaleza. Fue un acto de egoísmo. Trajiste a alguien de otra época a este caos sin preguntarle si lo quería. Si lo hubieses hecho en el tiempo anterior, quizá habría sido diferente. Pero ahora creo que le debes un mundo en el que pueda vivir.
Tienes algo dentro de ti, lo mismo que yo, que puede cambiar por completo las cosas. No todos pueden decir eso.
—¿Por qué tengo que ser yo? —se lamentó Janie—. ¿Por qué no se puede ocupar cualquier otro, como sucedía antes?
—Esa es una pregunta que no puedo responder —dijo Lany después de una pausa—. Si fuese creyente, diría que todo es parte de un gran plan. El problema con los grandes planes es que, cuando uno forma parte de uno de ellos, resulta difícil ver o comprender el conjunto.
Janie se apartó de nuevo. Pensó en Tom y en el dolor que había entre ambos. Quizá sería bueno salir y ver el dolor en el resto del mundo, para comprender mejor su buena fortuna. Quizá entonces podría lograr que él entendiera que era una dicha estar vivo, aun cuando su vida fuera limitada.
Intentó aclarar sus ideas; de pronto todo parecía confuso. Su principal deseo era montar en su caballo y regresar al otro lado de la montaña para refugiarse en el olvido que encontraría allí. Qué más daba si se 295
convertía en una ermitaña; qué más daba si mantenía a Alex a su lado hasta el día de su muerte. Su hijo viviría para transmitir sus genes. Pero una parte de ella se rebelaba contra esto. El espíritu de Alejandro había trascendido más de seiscientos años después de su muerte. Seiscientos años a partir de ese momento, sus propios genes y su extraordinaria resistencia quizá también trascendieran.
—Dos días de ida y dos de vuelta, ¿no es así?
—Así es. Un total de cuatro días. Cinco como mucho si nos quedamos un día en Worcester para la reunión. Eso si salimos desde aquí. Desde tu refugio, sería un poco más largo.
—Si salimos de aquí, no veré a Tom o Alex antes de marcharnos. La voz de Lany se suavizó un poco.
—Puedes mandarles un correo diciéndoles que te vas. No tardaremos mucho más tiempo del que ibas a quedarte aquí. Solo un par de días.
—Tom está tratando de resolver un montón de cosas ahora mismo. La verdad es que probablemente le vendría muy bien estar alejado de mí durante un tiempo. Así podrá reflexionar en todo aquello que lo deprime.
Pero Alex se disgustará.
Lany no pudo menos que sonreír.
—Vi lo que hizo la noche que regresamos de la torre repetidora. Creo que sí
que se disgustará, pero no porque vayas en primer lugar, sino porque no lo llevarás contigo.
Lany tenía razón.
Desearía poder ir contigo. Dime adónde vas para que pueda mirarlo en el mapa.
Todavía no lo sabemos exactamente. Te lo contaré todo cuando regresemos.
Ten cuidado.
Lo tendré, te quiero.
Yo también te quiero, mamá.
Cuando cerró el mensaje, Janie se preguntó si Alejandro le había dicho alguna vez a su madre que la quería.
Probablemente no, se dijo. Aquellos eran otros tiempos, y ella era una madre diferente.
Aquella noche durante la cena, Steve Roy se acercó a la mesa con un libro en la mano. Se lo dio a Janie.
Ella miró el título y después a Steve.
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—¿La expedición de Lewis y Clark? Creía que íbamos a territorio conocido. Él se echó a reír.
—Conocido hasta cierto punto. No sabemos qué víveres y herramientas podréis encontrar. Estos tipos hicieron un viaje increíblemente largo solo con lo que tenían y lo que pudieron reunir. —Señaló el libro—. Hay un capítulo donde habla de cómo se prepararon, lo que llevaron, y todo eso.
Me pareció que podría ser útil.
Janie le agradeció la gentileza. Mientras cenaba, echó una ojeada a la lista de artículos que la pareja había llevado.
Las armas y su equipo, algunos instrumentos de observación y baratijas para los indios sería todo lo que llevarían, y la expectativa de una parcela de tierra a su regreso sería toda su recompensa. «Caldo concentrado», medicamentos,
ropas
de
tela
gruesa,
tiendas,
herramientas, hervidor, tabaco, molinillo, vino, pólvora en botes de plomo, artículos médicos y quirúrgicos, y regalos.
«Fantástico —pensó—, pero no vamos a recorrer doce mil kilómetros.»
Aunque lo parecería.
Fue al encuentro de Lany, que guardaba prendas en su alforja.
—Creo que estoy preparada —dijo Janie—. Tanto como puedo estarlo, dadas las circunstancias. Solo desearía tener la manera de poder comunicarnos con la gente de aquí. Me sentiría mucho mejor durante la marcha. Ya fue bastante malo cuando Michael permaneció fuera de contacto durante todo un día.
—Señales de humo.
Janie frunció el entrecejo.
—Sí, eso sería muy sabio para dejar un rastro visible de nuestros progresos.
—Qué pena que los ordenadores de bolsillo ya no funcionen —comentó Lany—. Estaba tan acostumbrado al mío...
Por un momento Janie no dijo nada.
—¿No funcionan?
—Por supuesto que no.
—Si tenemos una señal que funciona con los ordenadores, ¿por qué la misma señal no ha de funcionar para los de bolsillo?
—Buena pregunta —reconoció Lany—. Si los receptores pudiesen reprogramarse...
James estaba en la cocina haciendo su turno de limpieza, cuando ellas lo encontraron unos minutos más tarde.
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—Nunca se me había ocurrido —dijo—. Tengo uno en una caja en alguna parte. Me pareció que podía ser un buen pisapapeles. Esperad un momento, voy a ver si lo encuentro.
Salió de la cocina; Janie secó los platos y Lany los guardó mientras esperaban a que volviese. James regresó con un pequeño objeto en la mano y algo que Janie no alcanzó a ver en la otra.
—Aquí está —dijo, y le entregó la caja negra a Janie.
—¿Todavía tiene carga la batería?
—No lo he probado, pero ha estado guardado en lugar fresco y seco; de eso no hay duda. Claro que ocho años es mucho tiempo. Abre la parte de atrás y mira las baterías. Si no están corroídas, quizá funcionen. No había corrosión a la vista. Janie sacó las baterías y frotó los contactos enérgicamente en la tela de su vaquero, y después volvió a colocarlas en la unidad.
—Ahí vamos —anunció.
Apretó el botón de encendido. Milagrosamente, la pantalla se encendió.
—Caray —exclamó James—. Adoro estas pilas de níquel y cadmio.
Adivinad qué más encontré en la caja.
Sonriente, les mostró el cargador de baterías. Las dos mujeres casi aplaudieron.
—Bueno, tampoco es para entusiasmarse tanto —les advirtió—.
Todavía tengo mucho que hacer para que esto funcione. No tiene sentido llevárselo a menos que funcione.
Durante las dos horas siguientes estuvo trasteando y finalmente comentó:
—Vale, ahora solo faltan un par de cosas más para crear una cuenta. Por cierto, ¿cómo queréis que se llame la cuenta?
Janie no vaciló.
—Lewis y Clark.
Al mediodía del día siguiente, ya estaban a doce kilómetros al sudeste, en un viaje de lo más tranquilo. Siguieron un pequeño río bordeado de juncos con la esperanza de evitar los restos de civilización que podían ser desagradables; de acuerdo con el mapa, el río corría paralelo a la carretera que llevaba a Worcester. A pesar del espeso matorral y el terreno inseguro, ninguna de las dos quería arriesgarse a ir por la carretera.
Mientras avanzaban, el río se ensanchó, el caudal incrementado con el deshielo de primavera. Desaparecieron los juncos, y el agua se movía en rápidos remolinos alrededor de los árboles caídos y espuma blanca sobre las rocas sumergidas. En el verano no debía de ser más que un pequeño arroyuelo, 298
se dijo Janie. Avanzaron contra corriente; el nacimiento del río estaba cerca de su destino final, y esperaban poder seguirlo casi hasta allí. En algún momento del camino, Janie bajó la guardia lo suficiente para disfrutar del entorno. Encontró una sensación de paz en la pura belleza natural.
Después de la lluvia nocturna, los troncos de los árboles parecían negros de humedad, excepto los blancos álamos, que resplandecían. Las hojas nuevas eran casi fluorescentes. Aquí y allá, en el suelo del bosque, había pequeños charcos bordeados con brillantes brotes verdes. Un coro de ranas cantaba los anuncios de su propia virilidad; los pájaros gorjeaban para señalar su territorio. La luz era brillante pero indirecta, difusa por las nuevas hojas en las alturas. Era encantador.
—«¿De quién son estos bosques?» —dijo Janie pensativamente. Lany se volvió para mirarla.
—«Millas por delante antes de irme a dormir.»*
—Aguafiestas.
Adelante, el agua parecía girar de una manera más pronunciada, como si algo bloqueara el flujo. Janie se protegió los ojos y miró.
—Hay una canoa allá, varada en la orilla.
Lany sacó los prismáticos.
—En un estado bastante ruinoso. No veo a nadie cerca. Sin embargo, quitó la correa de la funda de la escopeta.
—Vamos a comprobarlo.
Avanzaron hasta llegar junto a la embarcación. Estaba tumbada de costado, con el fondo podrido.
—Está hecha de madera —comentó Lany—. Por lo general son de resina. Hacía tiempo que no veía una de estas.
Janie señaló un grupo de pequeños tallos verdes que brotaban entre las maderas de la canoa rota.
—Ahora será un buen semillero. —Miró al cielo para calcular la hora
—. No hay nada de qué preocuparnos. Tendríamos que seguir.
Lany estuvo de acuerdo. Guiaron a los caballos siempre por el borde del agua. Allí la corriente fluía suavemente a lo largo de la orilla; Janie se tranquilizó.
Fue por poco tiempo.
—¿Qué es aquello? —dijo, y señaló un pequeño montículo un poco más adelante—. No parece que debiera estar allí.
—No lo sé, pero no se ve nada que se mueva. Puede que sea la cueva de un castor.
OceanofPDF.com
* Frases pertenecientes al poema «Stopping by Woods On a Snowy Evening» de Robert Frost. (N. del T.)
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—No tiene la forma adecuada.
Desmontaron a unos pocos metros del montículo.
El montón de hojas tenía una forma extraña y parecía fuera de lugar, aunque no daba la impresión de que las hojas las hubiesen puesto ahí, sino de que se habían acumulado. Jame buscó en el terreno y volvió con un palo.
Lo metió repetidamente entre las hojas; las primeras veces, entró con facilidad.
—Caray —exclamó.
—¿Qué?
—Aquí hay algo. Produce una sensación extraña.
—¿Extraña como qué?
—No es blando, pero tampoco firme. Esponjoso.
Le pasó el palo a Lany, que repitió la operación.
Janie encontró otro palo, y entre las dos buscaron entre las hojas.
Cuando apareció una mano ennegrecida, saltaron atrás al mismo tiempo.
Con el corazón disparado, Lany dijo:
—Cualquiera creería que no es gran cosa para un poli y un médico encontrarse con un cadáver.
—Solo es una mano. No sabemos si hay un cuerpo unido a ella.
—Por lo general lo hay —replicó Lany.
Cuando apareció el cuerpo, Lany pareció recuperar la personalidad de su anterior profesión. Se inclinó sobre el cadáver y lo analizó, sin hacer caso del olor.
—Entre treinta y cinco y cuarenta años. Un varón blanco, sin ningún signo evidente de traumatismo.
Janie se puso en cuclillas junto al hinchado cadáver.
—Me pregunto cuánto tiempo ha estado aquí.
—Es difícil de saber —señaló Lany—, dado que hace poco que acabó el invierno. —Apartó un pequeño trozo de hielo que había aparecido debajo de las hojas—. Es posible que haya muerto hace tres o cuatro meses, y que solo ahora el cuerpo comience a descomponerse.
—No lo sé —replicó Janie—. Las ropas parecen estar en muy buen estado para haber pasado aquí todo el invierno, y no lleva chaqueta. —
Utilizó la punta del palo para apartar el cuello de la camisa—. Oh, Dios —
musitó.
—¿Qué? —preguntó Lany.
—El cuello.
Lany se acercó un poco más.
—Está hinchado y descolorido. Es normal en la descomposición.
—Pero no está tan descompuesto como para eso.
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Lany le dirigió una mirada de curiosidad, y luego se acercó todavía más para mirar la decoloración. Apartó la camisa con su propio palo.
—No entiendo a qué te refieres.
—El cuello está más oscuro e hinchado que cualquier otra parte.
—No vemos más que las manos.
—Entonces tendremos que quitarle las prendas.
—¿Estás de broma? Ya estamos muy cerca.
—Por favor —susurró Janie—, es importante.
No tenían guantes para esa clase de trabajo; Lany se levantó y buscó alrededor, hasta encontrar una gran hoja negra todavía lo bastante intacta para utilizarla como protección. La utilizó a modo de manopla mientras le desabrochaba los botones de la camisa y le bajaba la cremallera de los pantalones. Separó la pechera de la camisa y luego, con la ayuda de Janie, le quitó los pantalones y los calzoncillos.
El cadáver desnudo apareció ante ellas.
—Dios mío —dijo Janie—. No puedo creerlo.
—¿No puedes creer qué? —preguntó Lany—. ¿Que otro estiró la pata por el DR SAM?
—Esto no es el DR SAM —afirmó Janie—. Las decoloraciones del cuello y las ingles no son producto de la descomposición. El resto también tendría que mostrar algo. —Tragó saliva—. Esto se parece a la peste, o a algo muy parecido. 301