El Medico Del Tiempo

Ann Benson · Capítulo 8 de 39

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El Medico Del Tiempo

Capítulo 5

Los briosos caballos montados por los guardias papales llevaban los mismos jaeces rojos que Alejandro recordaba de quince años atrás, y que hacían juego con las capas de los jinetes. Pero, antes de que hubiesen recorrido diez leguas, las orillas bordadas con flores de lis doradas estaban manchadas por las salpicaduras de lodo que levantaban los cascos.

Entonces, como ahora, cabalgaba en la compañía de los soldados del Papa, pero esta vez vestía las sencillas prendas de viaje de un hombre común, no la capa bordada y las polainas que había usado como emisario del Papa a la corte inglesa, y el propio De Chauliac se contaba entre los viajeros. Como correspondía a su posición, el francés vestía la amplia túnica de color borgoña y el birrete cuadrado de un médico. Sus cabellos blancos destacaban en un gran contraste. Él atraería la atención de todos mientras pasaban de ciudad en ciudad; nadie prestaría ninguna atención al discreto hombre de cabellos oscuros que iba al final de la comitiva con un niño pequeño montado en la grupa.

Guillaume se fue mostrando cada vez más taciturno a medida que aumentaba la distancia entre él y el único hogar que había conocido. Su habitual entusiasmo se vio reemplazado por una sombría expresión y durante leguas no dijo nada. Aunque su abuelo se sentía aliviado —«No debemos hacer nada que atraiga la atención sobre nosotros»—, también estaba un tanto preocupado y algo entristecido al ver el cambio. Lamentaba asimismo no poder hablar con De Chauliac de sus pasiones compartidas durante el viaje, ahora que volvían a estar juntos después de tanto tiempo.

Deseaba tener la oportunidad de discutir las cosas que habían aprendido cada uno por su cuenta. Su correspondencia secreta había sido preciosa, detallada y satisfactoria, pero estaba limitada al pergamino, sin el espontáneo toma y daca habitual de sus discusiones. Tener a su amigo allí en persona habría sido maravilloso. Mientras la conocida carretera se desplegaba ante ellos, Alejandro recordó que, la 55

primera vez que había cabalgado por ese camino, De Chauliac había sido el maestro y él el alumno. Se había asombrado de la profundidad y la amplitud del conocimiento de su mentor. Sin embargo, era Alejandro Canches quien había asombrado a Guy de Chauliac con las percepciones que incitaban sus más interesantes debates.

—Ratas.

—¿Qué quieres decir con ratas?

—Son las ratas las que causan la peste.

—¡Tonterías!

—Piénsalo, De Chauliac. Donde hay ratas, hay peste.

De Chauliac declaró que esa afirmación era una locura.

—Las ratas están en todas partes.

—Precisamente —dijo ahora Alejandro en voz alta.

Guillaume volvió la cabeza y lo miró con una expresión de curiosidad, como si quisiera preguntarle: «¿Qué has dicho?».

—Nada —respondió Alejandro, que comprendió la silenciosa pregunta del niño—. Nada de importancia.

No muy al norte de Aviñón subieron a una barcaza y fueron río arriba por el Ródano hasta que la cascada del deshielo primaveral del macizo central hizo que la corriente fuese demasiado fuerte para los barqueros; volvieron a la orilla y continuaron su viaje a caballo hasta que llegaron a Valence, a orillas del río. Allí se encontraba el monasterio donde pasarían la primera noche del viaje. De Chauliac fue recibido en el patio por varios lacayos y una docena o más de monjes con hábitos marrones, y un momento después desapareció por una puerta en compañía de un prelado con túnica roja y mitra. Sus compañeros de viaje —Alejandro y Guillaume entre ellos— quedaron a cargo de un mozo de cuadra, que los llevó a los establos donde dormirían en la paja, entre los caballos.

La ciudad se hallaba a poca distancia del monasterio. Guillaume no podía apartar los ojos de las luces que se veían a través de las ventanas de una taberna, y cuando Alejandro intentó llevarlo al interior del establo, el niño se resistió.

—Debemos permanecer escondidos —le dijo al chico.

—Pero, abuelo, hay música; por favor, ¿podemos ir a escucharla?

—No, Guillaume, debemos asegurarnos de que nadie nos vea.

—Solo por un rato; nadie nos conocerá allí.

Tenía razón, por supuesto; había muy poco riesgo en ir a la taberna.

Quizá, en realidad, llamarían más la atención si no iban. Los únicos soldados de las cercanías eran los de su propio grupo. La mitad permaneció montando guardia; 56

la otra mitad, salvo uno, fue a la taberna en cuanto estuvieron libres. El soldado de aspecto menudo que se quedó atrás parecía incómodo entre los

demás, y se escabulló discretamente al interior del establo en cuanto los otros se marcharon. Alejandro pensó en invitarlo a que fuese con ellos pero, a la vista de la decidida retirada del soldado, prefirió no hacerlo.

Pero, si era un guardia papal entre camaradas, ¿por qué permanecía en el establo cuando en la taberna podía tener diversión?

El momento de suspicacia desapareció cuando vio la curiosidad en el rostro de Guillaume. Su excitación no le sorprendió; el largo viaje desde Aviñón a París en 1348 había sido una gran parte de su propia educación en las maneras mundanas, y nunca olvidaría ni un solo detalle; ni siquiera aquellos horrores que habría sido mejor olvidar. El niño que tenía a su cuidado nunca había salido del gueto de Aviñón, después del duro viaje que Alejandro había hecho desde París hasta allí con el infante recién nacido colgado sobre el pecho. ¿Qué clase de educación era esa para el nieto del rey de Inglaterra?

—Muy bien —le dijo a Guillaume—. Escucharemos algo de música, pero debes prometerme que tendrás mucho cuidado y no hablarás con desconocidos. Retuvo a Guillaume detrás de él en la puerta de la taberna hasta que pudo mirar el interior; al no ver nada destacable, dejó que el niño se adelantase. La mirada de los ojos de Guillaume, grandes como platos, pasaba ávidamente de una fascinación a otra, para absorberlo todo. Las mujeres de la taberna vestían ropas que se habrían considerado vergonzosas entre las judías del gueto por lo reducidas y por los colores chillones.

Llevaban encajes y joyas, sombreros escandalosos y zapatos puntiagudos.

—¿Por qué todas las mujeres tienen las frentes tan despejadas? —

preguntó

Guillaume.

—Se depilan los cabellos porque una frente despejada se considera una señal de elegancia.

Guillaume se encogió de hombros.

—No veo por qué. A mí me parecen muy curiosas.

—A mí también —reconoció su abuelo.

El jocoso comportamiento de los burgueses franceses, que cantaban, bailaban, peleaban y discutían, mantenía asombrado al chico.

—¿Tienes hambre? —le preguntó Alejandro.

—¡Sí!

—Entonces cenemos.

Llamó al tabernero con un gesto. Cuando este se acercó, le pidió pan y queso y una jarra de cerveza para él.

—Esta noche beberás tu primer trago de cerveza, Guillaume. Guillaume cogió la jarra con ansia, pero hizo una mueca cuando el líquido amargo le tocó la lengua.

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—El chico es muy sensible en su gusto.

Alejandro se volvió hacia la voz y vio a un hombre mayor de pelo blanco y patillas grises. Cuando el viejo caballero sonrió, su rostro se cubrió de arrugas, pero sus ojos azules eran claros y llenos de vitalidad.

—A mí tampoco me gusta mucho la cerveza de este lugar —comentó

—. Pero la bebo, porque el agua no se debe beber, ni por amor ni por dinero. Su afirmación despertó al punto el interés de Alejandro.

—¿A qué se debe eso, buen hombre?

El parroquiano miró en derredor, como si pudieran oírlo.

—Bueno —dijo cuando comprobó que no había nadie cerca—, hace que un hombre se ponga enfermo al beberla. Pero el señor del lugar no quiere admitir que su pozo es malo.

El médico se acercó, sin hacer caso del rancio aliento del viejo.

—¿Qué síntomas de enfermedad tiene uno después de beber esta agua?

El hombre lo miró a los ojos.

—Hablas como un español.

Después de todos sus años en el exilio, creía que se había borrado cualquier rastro de su origen. Pero ese hombre lo había descubierto con unas pocas frases.

—He vivido en muchos lugares —respondió con cautela—, entre ellos España. Supongo que mi lengua le cogió el gusto al sonido del idioma.

Pero, por favor, continúa. ¿Cómo se enferman?

—Aquellos que beben del pozo contraen la gripe. No pueden contenerse, ni por un extremo ni por el otro, si entiendes lo que digo. —Sus ojos casi brillaban con esta desagradable revelación.

—Por supuesto —dijo el médico—. Pero sin duda tal enfermedad no se puede atribuir enteramente al agua.

—¿Por qué no? Los forasteros que vienen a la ciudad incluso para una visita de corta duración se marchan sujetándose la tripa. Corren al bosque para aliviarse, y no los volvemos a ver nunca más.

—Pero ¿qué hay de aquellos que viven aquí? Sin duda no están continuamente aquejados.

—No les pasa nada —manifestó el viejo—. Es curioso, desde luego.

—¿Y a ti?

—Nunca me ha pasado nada. —Sonrió con picardía—. Pero, claro, como te dije, no bebo agua. Solo cerveza. —Levantó la jarra en un brindis y se la bebió

toda de un largo trago. Dejó la jarra en la mesa y se limpió la espuma de la boca con la manga—. ¿De dónde vienes?

—De Montpellier —respondió Alejandro.

—Grand...

El médico hizo callar al niño con una mirada severa.

—¿Y tu destino?

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—Estrasburgo.

Esta vez Guillaume no dijo nada de la mentira dicha por Alejandro.

—Un largo viaje —comentó el viejo.

—Por supuesto, y muy fatigoso.

—Bien, deseo que Dios te acompañe —dijo el hombre. Comenzó a levantarse pero le hizo una última advertencia—: Recuerda no beber del pozo.

—Se acercó un poco—. Dicen que los judíos lo han envenenado. Dicho esto se marchó, y Alejandro se quedó mudo y furioso. Se comieron el queso y el pan rápidamente y regresaron a los establos. El soldado que se había quedado atrás era el único que estaba allí, ya acostado; solo la cabeza encapuchada era visible por encima de la manta con la que se había abrigado. Alejandro miró brevemente las botas colocadas entre el jergón del soldado y el siguiente, con las punteras y los tacones cuidadosamente alineados; era como si hubiese creado una pared entre él mismo y el camarada que se acostaría a su lado.

¿Por qué ese soldado no había dicho palabra? El hombre parecía encogerse cuando sus camaradas hablaban.

Acomodó al niño en la paja, pero Guillaume estaba inquieto; daba vueltas y se movía como nunca había hecho en su cama de Aviñón.

Finalmente, Alejandro le habló.

—¿A qué se debe tu agitación, Guillaume?

El chico se levantó apoyado en un codo.

—¿De verdad vamos a ese otro lugar que dijiste?

Alejandro se apresuró a poner un dedo sobre sus labios fruncidos.

—¡Chis! —susurró.

Miró por encima del hombro al soldado, que ya parecía estar durmiendo. Aun así, bajó la voz para que nadie más pudiese oírlo.

—No, vamos a París.

El niño siguió la indicación de su abuelo y también susurró.

—Entonces, ¿por qué le dijiste a aquel hombre otra cosa?

—Porque debemos tener mucho cuidado para que no nos descubran.

—Pero ¿por qué?

El médico no respondió de inmediato.

—En su momento, sabrás por qué. Pero por ahora debes contentarte con mi respuesta. Sé que es una tarea difícil para un chico. ¿Lo intentarás?

—Sí, abuelo —contestó el niño, pero había desilusión en su voz.

—Paciencia, Guillaume, todo irá bien.

Deseó poder creerlo él también.

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La vieja tata de Isabella abrió la puerta de los aposentos de las damas.

Su rostro, enmarcado por la rígida toca blanca, era un mapa de arrugas.

—¿Qué quieres, chico?

—Ah, mi buena tata, te pido que reconsideres tus palabras. «Joven» es mucho mejor que «chico». Insinúa una inminente hombría. Por lo menos concédeme eso.

Ella lo miró de arriba abajo con grandes dudas.

—Pues como tú quieras. ¿Qué quieres, joven?

—Quiero hablar con la dama Kate, si es posible.

—En este momento no lo es. Está atendiendo a la princesa —dijo la tata. Había un tono de amargura en su voz que Geoffrey Chaucer no pasó por alto. Él, en realidad, había esperado encontrarla ocupada.

—¿Cuándo crees que acabará con tan absorbente actividad, si se me permite ser tan atrevido como para preguntarlo?

—Puedes, pero yo no puedo darte una respuesta concreta. Acabará, me temo, cuando a la princesa le plazca que haya acabado.

—Entonces, ¿podría dejarle una nota?

La tata tendió la mano.

Él le dio la nota que había escrito anticipándose a este resultado. —

Esperaré

su respuesta, cuando sea conveniente, con mucha ansiedad. La tata se guardó la nota en una de sus grandes mangas, y rogó a Dios tener la audacia de leerla.

Kate se encontraba en compañía de otras damas de la corte de su hermana, mientras la princesa exhibía ante ellas una colección de vestidos para que hicieran comentarios. Su disgusto aumentó hasta lo indecible al ver que las damas daban una opinión tras otra, pero solo después de que la propia opinión de Isabella sobre la prenda quedaba reflejada por su entusiasmo o la falta de este. Como si fuesen una sola, las damas repetían lo que la princesa parecía pensar.

Uno era demasiado llamativo, otro demasiado brillante, un tercero demasiado apagado; ninguno entre las docenas de vestidos parecía satisfacerla. Isabella sacó el último vestido del arcón llevado por una de sus modistas y lo sostuvo en alto para que todas lo viesen. Era largo y sencillo, hecho de una seda con el color de una rosa que se ha secado entre las páginas de un libro, un suave y cremoso tono de rosa. Estaba recamado del mismo color en todo el dobladillo y los puños. La mirada de Kate se vio atraída por el hermoso bordado; admiró

la destreza demostrada en la confección de semejante tesoro. Isabella advirtió

su interés y, cuando descartó el vestido para sí misma, se lo arrojó a Kate.

—Quizá este sea tu vestido nupcial, dado que pareces admirarlo tanto.

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Kate recogió el vestido y lo plegó sobre el brazo a la vez que alisaba la seda.

—No tengo planes de casarme —respondió en voz baja.

—Quizá no —dijo Isabella—. Nuestro padre hará esos planes por ti.

—Confío en que tenga la misma suerte que tuvo al hacer dichos arreglos para ti.

Veinte delicadas manos se levantaron a una hasta los labios de las damas, pero no consiguieron apagar el leve coro de risitas que siguió al mordaz comentario de Kate. Isabella frunció el entrecejo, lo que reveló su edad, mientras crecía su enfado.

—Me ocuparé de decirle a nuestro padre cuánto admiras sus virtudes diplomáticas.

—¡No es mi padre, pero, por favor, díselo! No veo la hora de oír su comentario.

—¡Su comentario lo haría con una vara en tu trasero, si por mí fuese! —

replicó Isabella—. Ahora sé una buena chica y pruébate el vestido.

Déjanos ver si te sienta bien o no.

Kate permaneció inmóvil con el vestido sobre el brazo.

—Adelante, hermana. Te lo ordeno.

Ella se había negado a obedecer las órdenes de Isabella cuando la habían llevado de regreso a Windsor. Su empecinamiento solo había durado hasta que los guardias de la princesa le habían demostrado las consecuencias. Tras el castigo no había podido usar la mano izquierda durante casi un mes. Además, cada vez que manifestaba cierta resistencia a las indignidades a las que la sometían, le recordaban la vulnerabilidad de su hijo. Arrastró el vestido por el suelo mientras iba detrás de la cortina, cosa que provocó más risas entre las damas. Pero, cuando reapareció unos momentos más tarde para mostrar el vestido, un silencio de asombro se adueñó de quienes la observaban.

—Bien —dijo Isabella al cabo—, parece sentarte a ti mucho mejor que a mí.

—Se levantó para acercarse a Kate—. Hoy me siento excesivamente generosa. Lo tendrás para tu casamiento.

—Te lo repito, hermana —contestó Kate—. No tengo planes de casarme.

—Ya lo veremos. Bueno, tantas pruebas me han hecho retrasar para mi cita con el joyero. El pobre hombre ya debe de estar desmayado. Se recogió las faldas y se marchó a paso vivo, seguida por una comitiva de mujeres, ninguna de las cuales miró a Kate a la cara al pasar a su lado. En cuanto se marcharon, se acercó la tata. Se aproximó a la puerta para comprobar que todas las damas se hubieran alejado, y después le susurró a Kate:

—Hay un mensaje para ti, del joven Chaucer.

Lo sacó de la manga y se lo dio.

Kate cogió el papel y casi lo rompió al abrirlo.

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Hermosa lady Kate: ¿puedo visitaros en vuestros aposentos esta tarde?

Quiero hablaros de aquellas historias en las que tenéis interés. Si estáis de acuerdo, por favor enviadme recado a través de vuestra tata.

¿Qué historias? El joven adoraba las intrigas, a veces en exceso. Kate recordó las primeras palabras que él le había dicho en París, en sus días de cautiverio.

«Podríais ser la melliza de mi señor Lionel.» Le había hecho este comentario momentos antes de que ella y Guillaume Karle, que entonces aún no era su marido, lo engañasen para ayudar a Alejandro a escapar de De Chauliac, antes de que la relación se hubiese consolidado. Cosa sorprendente, Chaucer no parecía reprocharle aquel engaño. Había hablado con ella en muchas ocasiones desde su llegada a Windsor, pero cada vez que Kate veía al joven observándola se preguntaba si había algo más que él quisiese decirle.

—Tata, ¿qué edad tiene maese Chaucer?

—Creo que tiene tu misma edad, niña.

Ella siempre sería una niña a los ojos de la anciana.

—¿Qué hay de su familia?

—Creo que son vinateros en Londres.

—Es un joven interesante.

—Desde luego, y brillante por el sonido de su discurso. Créeme, gracias a ello llegará muy lejos en este mundo.

—Creo que aciertas en tu valoración, mi buena tata. Por favor, envíale recado a maese Chaucer de que con gusto me reuniré con él. Puede venir a mis aposentos y hablaremos en el balcón que da a la capilla. Mis guardias podrán verme, pero nuestras palabras serán privadas.

El grupo de viajeros se mantuvo bien apartado del círculo de piedras y, desde la seguridad del bosque, observó a una multitud de flagelantes vestidos solamente con taparrabos, que se azotaban los unos a los otros con varas de sauce. Bailaban como enloquecidos alrededor de tres estacas, cada una puesta en medio de un montón de ramas y hojas. Atado a cada estaca había un hombre; en la chaqueta de los tres hombres había un brillante círculo amarillo que los marcaba como judíos para cualquiera que lo viese.

Los gritos de los cautivos eran espantosos; Alejandro vio atónito cómo uno de los flagelantes se acercaba con una antorcha y encendía las tres piras.

Primero se vio el humo, luego las llamas, y no pasó mucho antes de que las lenguas de fuego comenzasen a lamer las piernas de los judíos cautivos.

—¡Debemos detenerlos!

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Pero el capitán de la escolta no quería intervenir.

—Estoy obligado a ocuparme de vuestra seguridad —se limitó a decir.

Alejandro sacó una flecha de su propia aljaba y la puso en el arco. Apuntó cuidadosamente, como Hernández le había enseñado a hacer, y soltó la flecha. Alcanzó a uno de los cautivos en pleno pecho.

El hombre se sacudió por un instante, y después la cabeza cayó sobre el pecho.

Los flagelantes se volvieron como una única persona en la dirección de donde había venido la flecha. Al ver al grupo en el bosque, levantaron los puños, furiosos, y echaron a correr hacia los viajeros. Alejandro hizo girar a su caballo y le clavó las espuelas, pero los cascos del animal parecían enterrados en arena movediza y él no podía correr, y muy pronto los flagelantes se le echaron encima, y...

Alejandro se sentó en la paja, con el corazón latiendo desbocado en su pecho.

—Grand-père, ¿estabas soñando?

Él se frotó el rostro con la mano para asegurarse de que estaba verdaderamente despierto.

—Lo estaba, niño, lo estaba.

—¿Qué soñabas? Estabas terriblemente inquieto.

—Ahora mismo no lo recuerdo —mintió. No había razón para asustar al chico; ya el propio viaje proporcionaría motivos para ello sin su ayuda—.

Quizá

lo recordaré más tarde. No puede haber sido un sueño agradable, así que quizá

Dios tendrá la bondad de permitirme olvidarlo. —Miró hacia una de las ventanas y vio que entraba la luz—. De todas maneras, ya es de día. Muy pronto nos levantaremos. Sin duda De Chauliac querrá partir tan pronto como sea posible.

Volvió la cabeza y vio al menudo y silencioso soldado que lo observaba, pero el hombre desvió la mirada antes de que Alejandro pudiese descifrar su expresión.

Se lavaron en la palangana de agua fría que les llevó uno de los mozos de cuadra. El hombre tenía un saco de manzanas para los caballos, pero las compartió con Alejandro y el chico, que las comieron como desayuno.

Cuando De Chauliac salió de la abadía, descansado después de dormir en su suave cama y resplandeciente con su atuendo rojo, todo el grupo lo estaba esperando. El francés echó una rápida mirada en dirección a Alejandro.

Cuando sus ojos se encontraron, le dirigió a su colega un breve gesto de reconocimiento, que Alejandro devolvió discretamente. Entonces, para sorpresa de Alejandro, el francés también miró en dirección a los soldados, y se centró por un momento en el mismo que se había quedado atrás la noche pasada.

«¡Él también sospecha!»

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El estandarte se levantó bajo un cielo oscuro y amenazador, y el grupo formó en el orden apropiado a su sombra. La protección de Dios y del Papa iban en cabeza. Alejandro solo podía desear que fuese suficiente. Kate estaba en el balcón de los aposentos de las damas, en Windsor. Debajo de ella estaba la capilla, con el tejado a seis metros de distancia. Una larga caída, pero no imposible con una cuerda...

«¿Luego adónde irías?»

Su posición le permitía tener una excelente vista de la campiña.

Pequeñas columnas de humo salpicaban el paisaje; debajo de cada una había un hogar. Un manzano se alzaba en lo alto de una colina; muchos años antes, cuando habían mirado juntos ese mismo paisaje, Alejandro le había prometido hacer para ella un columpio sujeto a una de sus gruesas ramas. Pensó en los campesinos que habitaban en las casas de los alrededores; la mayoría de ellos eran aparceros de Windsor. No eran diferentes de las personas que había conocido al norte de París mientras ella y Alejandro se ocultaban en aquella región. Habría peroles colgados en los hogares, donde hervían nabos, quizá un faisán o un ganso colgado de las vigas a fin de que madurase para una comida especial. En todas esas casas, la esposa tendría una escoba —probablemente hecha por ella misma— que empuñaría con gran empeño para echar a los ratoncillos y las ratas, o para golpear la alfombra, si era lo bastante afortunada para tener una. La paja de sus jergones estaría infestada de insectos en verano, húmeda en invierno, y cuando finalmente la cambiasen por otra fresca, las vacas se la comerían, para que no se desperdiciase. Era una vida sencilla y frugal en el mejor de los casos, llena de incertidumbre.

«Ahora duermo en sábanas de seda, nunca toco una escoba, y como los manjares más exquisitos —pensó—. Pero, oh, la libertad...»

La vista era hermosa y cautivadora, especialmente cuando se ponía el sol. Dejó vagar la mirada por ella y encontró un poco de paz. Rogó para que los efectos de ese momento permaneciesen en su espíritu.

—Buenas noches, milady Kate.

Ella se volvió y vio a Geoffrey Chaucer de pie un poco más allá. Era un muchacho de aspecto agradable con una expresión franca; el cabello castaño claro y rizado enmarcaba su rostro juvenil. Llevaba una capa azul con anchas mangas que se ajustaban debajo de las muñecas. En las manos sostenía un ramillete de flores. La saludó con una profunda reverencia, y luego se acercó a ella con una sonrisa.

—Buenas noches a ti también, maese Chaucer. —Kate cogió las flores que le ofrecía—. Qué hermoso ramillete; qué amable de tu parte.

—Belleza para la belleza. Es solo una cuestión de justicia que seáis la destinataria.

Kate disfrutó la fragancia con grandes aspavientos.

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—Me complació recibir tu petición para este encuentro. —Se acercó un paso más y bajó la voz—. Como quizá ya sabes, soy una entusiasta estudiante de la historia, dado que se repetirá si uno no la conoce. Al menos eso dice mi padre, que es un hombre muy sabio.

Chaucer también se acercó y le cogió la mano. Se la llevó a los labios y la besó teatralmente.

—¿A quién os referís como vuestro padre, al rey Eduardo?

Ella sonrió con amargura mientras apartaba la mano.

—Creo que sabes que no es así. —Señaló un banco de piedra cerca de la balaustrada, bien lejos de la puerta, junto a la cual se apostaban sus detestados guardias, cuya atención a través del cristal nunca flaqueaba. Se sentaron juntos.

—Bien —dijo Kate—, no perdamos tiempo. Debes iluminarme sobre la naturaleza de esta... historia.

—Apenas si sé por dónde empezar, milady. —Se inclinó hacia ella, como si fuese a hacerle una confidencia—. Como debéis de saber, sirvo al rey y a la reina en ocasiones cuando sus propios sirvientes no están disponibles. Esto me coloca en una posición de confianza. Sé muchas cosas que un hombre de mi baja posición quizá no podría saber de otra manera.

Hace poco vuestro... el rey me mandó llamar para escribir una carta.

Naturalmente, he jurado guardar secreto en todo lo referente a la correspondencia real. —Exhaló un profundo suspiro y se miró las manos por un momento. Cuando alzó de nuevo la mirada, continuó—: Detesto traicionar la confianza de mi señor, pero ahora mismo no puedo contener la

lengua. Las consecuencias de hacerlo podrían ser... nefastas, si se me permite usar la palabra. El destinatario de la carta era Su Santidad, así que estoy doblemente inquieto, pues soy un buen cristiano y no quiero de ninguna manera poner en peligro la salvación de mi alma...

—Lo comprendo —dijo ella, impaciente—. Has expresado tu dilema con admirable detalle. —Sonrió cortésmente, y añadió—: Veo que todavía eres amante de las palabras.

Chaucer enrojeció.

—Así es, milady, mis disculpas, pero siento que debo establecer los fundamentos correctos sobre los cuales excusar mi propio pecado. Kate lanzó una risita; encontraba a Chaucer maravillosamente entretenido.

—Qué sabio.

—Aspiro a la sabiduría. Quizá algún día consiga adquirir alguna, mediante la gracia de Dios y sin esfuerzo por mi parte. En cualquier caso, la carta que el rey dictó concierne a vuestra hermana, como también a vos. El rey busca el permiso del Papa para formalizar el compromiso entre la princesa real y el barón De Coucy, cosa que ya sabéis, pero también hay otra petición; no sé bien 65

cómo decirlo correctamente, pero, al parecer, quiere legitimaros, con el propósito de...

Chaucer se interrumpió cuando vio la expresión de asombro en el rostro de Kate.

—Milady, ¿estáis enferma? ¿El aire de la noche es malo para vos? Si es así, podemos ir al interior...

Ella rechazó la propuesta con un ademán y se levantó rápidamente.

—¡No se atreverá!

Chaucer también se levantó y la miró a los ojos. Su tono se volvió ahora más urgente.

—Sí que se atreverá. La carta se envió hace casi dos semanas. He padecido desde su envío, atormentado por la duda de si debía decíroslo o no. Supongo que ya ha llegado a Aviñón y que se está considerando el asunto.

—Pero ¿por qué...? ¿Qué sentido tiene reconocerme como hija suya después de todos estos años?

La voz de Chaucer se suavizó. Le reveló solo parte de la verdad.

—Una hija es un instrumento diplomático para un hombre que desea consolidar su reino. De Coucy tiene vastas tierras en Francia, como quizá

ya sabéis, y lo mismo es verdad para sus parientes; en particular, un primo, un tal barón de Benoît, que está aquí, entre los celebrantes. Nuestro rey insiste en su reclamo al trono francés, y si desea dar fuerza a su reclamo necesitará el apoyo de la nobleza francesa. ¿Qué mejor manera que ganarse el favor con el señor de un territorio tan vasto como es De Coucy?

Miró de nuevo a los guardias. Parecían absolutamente desinteresados en la conversación íntima que tenía lugar delante de ellos.

—Benoît es una víbora... Por qué alguien quiere emparentarse con un individuo así está fuera de mi conocimiento. Pero parece desear el bien de ese hombre, por la razón que sea. Las tierras de la familia de Benoît están en Bretaña, aunque sin duda no son tan extensas como las que posee la famille de Rais en la región. El rey causaría allí una revuelta si pudiese, porque la inestabilidad entre los señores locales lo ayudaría en su pretensión al trono de Francia. Como iba diciendo, sospecho que el rey incitaría todo esto con otro matrimonio. Para eso necesita otra hija.

Kate no hizo comentario alguno sobre la idea de otro matrimonio, pero su voz era sombría cuando dijo:

—Bien pudo haber sido el propio De Coucy quien cortó con su espada el cuello de mi marido.

—Lo sé, milady, y me duele hablar de él en vuestra presencia. Kate permaneció callada por un momento.

—El rey ya ha sacrificado una de sus hijas a la diplomacia —señaló—.

Yo era pequeña, pero todavía recuerdo cómo gimieron y lloraron en esta casa 66

cuando Joanna cayó víctima de la peste en su viaje de bodas. Cuando llegó la noticia de la tragedia, la tata no se consoló en mucho tiempo; ella era mi única alegría en Windsor, y me asusté al ver su inmensa pena. Hizo una pausa y miró al cielo.

—Desde entonces comprendí incluso todavía más lo que significaba estar sumida en un hondo dolor.

Chaucer extendió una mano con cierto titubeo, y le sujetó la suya. Ella no la apartó.

—Dicen que vuestro marido fue un hombre valiente.

La muchacha buscó de nuevo sus ojos y vio en ellos compasión y bondad.

—Más de lo que la mayoría nunca sabrá. Pero la historia hablará solo de De Coucy y de cómo preservó la monarquía en aquella batalla. No

recordarán cómo mi marido dio su vida para romper las cadenas de servidumbre que sujetaban a sus compatriotas. Su legado se ha perdido.

—Excepto a través de su hijo.

—Su hijo —susurró ella con amargura—. No he visto a su hijo, a mi hijo, desde el día en que nació.

—Tal tristeza no puede ser imaginada por nadie que no la haya experimentado.

—La sabiduría a la que aspiras parece haberte encontrado, maese Chaucer.

—Kate miró de nuevo el tejado de la capilla—. Te has acercado como un amigo en mis momentos de necesidad. —Entonces se volvió para mirarlo—. Me gustaría saber qué te impulsa a hacer una cosa peligrosa y prohibida. Chaucer hizo una pausa antes de responder.

—Os diré la verdad, aunque puede que os parezca extraña. Llegué a admirar a vuestro padre mientras él estaba en París. Hay algo puro en él, algo casi noble. Es un hombre fascinante, y me agradó inmensamente. Me trató bien, mucho mejor que el príncipe Lionel y lady Elizabeth.

—¿Te castigaron por lo que sucedió?

—No. Lady Elizabeth estaba furiosa, pero también avergonzada por los acontecimientos de aquella tarde. Por supuesto fue su propia culpa, pues coqueteó con vuestro padre descaradamente.

De haber tenido un ápice de sentido común, habría visto que era un hombre de una elevada moral. Habría sabido que él no entablaría una relación con una mujer casada, que solo era una farsa. —Vaciló por un momento, y después preguntó—: ¿Puedo hablar con franqueza, milady?

Su sinceridad hizo que ella se relajase un poco.

—Un verdadero amigo siempre lo hace, Chaucer. Di lo que quieras decir, te lo ruego.

—Ella se horrorizó al saber que la había tocado un judío, aunque en aquel momento no sabía que lo fuese. Él parece tan...

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—¿Común? —preguntó Kate.

—Así es. Muy normal. Muy distinto de un judío. Vaya, es apuesto y educado, un hombre mucho más alto que los otros judíos que he visto.

Elegante en su porte, tremendamente puntilloso...

—Después de todo, es humano. Los judíos no son animales, te lo aseguro. Es el hombre más meticulosamente limpio que he conocido. Aquí

se burlan de mí por mi hábito de bañarme, que adquirí de él. ¡No tiene miedo a nada! Un ejemplo excepcional de masculinidad y paternidad, aunque a mí no me debía nada cuando me sacó de aquí, nada en absoluto.

Solo espero que mi hijo todavía esté con él, para que pueda criarlo correctamente.

—Por vuestra descripción, uno lo tomaría más por un aventurero que por un médico.

—Una valoración muy certera.

—¡Qué magnífico relato harían sus aventuras! —Chaucer exhaló un suspiro y después continuó—: En cualquier caso, no me castigaron. Mi posición dentro de la casa está segura. —Se acercó un poco—. A menos, por supuesto, que se descubran las revelaciones que os he hecho.

—Nunca —susurró ella.

Desvió por un instante la mirada hacia los guardias, que observaban la conversación atentamente.

—Debes besarme —dijo Kate.

Chaucer se apartó de ella y la miró a los ojos, como si quisiese asegurarse de su sinceridad.

—Milady, apenas si sé qué...

—Solo inclínate y bésame, con ternura.

Él enarcó las cejas sorprendido; se encogió de hombros e hizo lo que ella le pedía. La joven lo sujetó por la capa para acercarlo y luego lo retuvo en un beso durante un largo momento. Chaucer se entregó gustosamente a la intimidad; le rodeó la cintura con los brazos y la estrechó contra su cuerpo. Entreabrió un ojo y miró a los guardias, que presenciaban la escena con gran interés.

Por fin, después del fingido intercambio amoroso, ella le soltó la capa y él la cintura, y se separaron. Chaucer la miró a los ojos prolongadamente.

—Vuestro beso es tan dulce como el rocío en la madreselva. Es una bendición haberlo probado. Confesaré, milady, que también me siento impulsado a acudir en vuestra ayuda porque... bueno, porque os admiro.

Ella se sonrojó un poco.

—Tú también tienes mi admiración. Pero, por favor, no me creas atrevida por besarte; necesito desesperadamente tu ayuda, y te ruego que continúes viniendo a verme como has hecho hoy, para que puedas ayudarme a planear mi fuga.

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—¡Pero no podéis escapar de aquí, es imposible!

—¿Habrías dicho que era imposible para mi padre escapar de los hombres de De Chauliac en París?

—Bueno, sí, pero...

—¿Y no fue maravilloso planearlo?

—Debo reconocer que fue una obra maestra.

—Entonces acepta este desafío y conspira conmigo ahora. ¡Tienes una inteligencia sublime, y tú puedes ayudarme!

Él se apartó durante unos momentos pero no pudo desviar la mirada.

—De acuerdo —dijo en voz baja—. Os ayudaré. Dios me perdone, pero no puedo resistirme a la intriga.

Ella lo abrazó de nuevo, esta vez sin ningún fingimiento. Una vez más, lo besó en los labios.

—Tendré una deuda contigo tan grande que nunca podrá ser saldada.

—Ya veremos si eso es cierto. El pago llega a menudo de forma sorprendente.

—Gracias, desde el fondo de mi corazón. Ahora debes marcharte, por el bien de la corrección. Ven a verme mañana. Me dará algún tiempo para pensar en cómo podremos alcanzar nuestros propósitos.

Él hizo una leve inclinación y comenzó a volverse. Kate le sujetó la mano y la llevó a su pecho.

—Vuestro corazón; late salvajemente —dijo Chaucer con sincera sorpresa.

—Esto es lo que me ha hecho tu beso —respondió ella—. No hubo nada de engaño en él.

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