El Medico Del Tiempo
Capítulo 33
Geoffrey Chaucer se esforzaba en conseguir la rima correcta de un verso, cuando se vio interrumpido por una inesperada llamada a su puerta.
La abrió y se encontró con uno de sus compañeros escuderos, un joven todavía en aprendizaje, que sostenía una carta en la mano.
—De tu banquero en Londres —dijo el muchacho.
Aunque extrañado porque no conocía a ningún banquero, Chaucer aceptó
la carta y le dio las gracias. Tras la marcha del joven escudero, observó el sello; llevaba el escudo de un conocido banquero de Londres.
—Bueno —exclamó mientras desenrollaba el pergamino—, quizá tengo en alguna parte un anónimo mecenas.
La carta no contenía ninguna noticia de un golpe de fortuna, sino algo que Chaucer anhelaba todavía más.
Mi querido Geoffrey:
Sin duda te has preguntado qué ha sido de nosotros; te lo diré sin revelar demasiado. Estamos seguros de que el hombre que te remitirá esta carta es muy discreto, como corresponde a la posición de sus clientes, uno de los cuales resulta residir en París. Ahora ya debes de saber que sir John Chandos regresó a Windsor sin nosotros, a menos que la suerte haya querido que te alejaras de ese vil lugar y por lo tanto tengas la bendición de desconocer sus intrigas. El buen caballero nos alcanzó en una ciudad llamada Eyam, bien al norte, donde fuimos con la ilusión de confundir a nuestros perseguidores. Benoît estaba con él; no puedo decir aquí qué le ocurrió por miedo de que algún día se vuelva en mi contra, pero sí diré que el hombre sufrió
un apropiado destino.
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Chaucer leyó rápidamente los detalles de los sucesos ocurridos en Eyam.
Escapamos de Chandos y viajamos hacia el sur durante muchos días. En la llanura de Salisbury nos encontramos con un grupo de viajeros, peregrinos camino de Canterbury. Teníamos la intención de continuar todo el viaje hasta Southampton, pero uno de los viajeros nos avisó de que no encontraríamos allí fácil pasaje, porque los barcos eran casi todos de carga, y en aquellos que solo admitían pasajeros podríamos despertar sospechas.
Aunque temíamos ir a Dover, no creímos prudente arriesgarnos a los puertos del sur y decidimos que lo mejor sería viajar con estas personas, dado que pasaríamos mucho más inadvertidos con este grupo. No les dijimos nada de nuestra historia, excepto que éramos padre e hija y que
volvíamos a nuestro hogar en Francia, después de pasar un tiempo con nuestros parientes en Inglaterra. Como era en su mayor parte verdad, nadie pareció sentir la necesidad de hacernos más preguntas.
Era un grupo amable e interesante, entre los que había un sacerdote, una monja, un magistrado y practicantes de muchos oficios: molinero, carpintero y otros. También había mujeres y una en particular que llamaba la atención por su corpulencia y su personalidad. Era muy ingeniosa, y siempre me hacía reír. Sus opiniones eran muchas y contundentes, y no hacía falta insistirle demasiado para que las manifestase. En el grupo había también un viejo caballero, un hombre amable y discreto cuyo último deseo en la vida era rezar en la santa catedral por el alma de su hija, a quien Dios acababa de llevarse. Aunque era amable y reflexivo, algunas veces parecía carecer totalmente de espíritu, y, cuando se le preguntaba por la muerte de su hija, se encerraba en su tristeza y nadie era capaz de arrancarlo de ella. A pesar de esta única nota sombría, nuestro viaje fue muy tranquilo, quizá incluso de una calidad que se podría llamar buena. Con sus alegrías, penas y opiniones, estas personas nos hicieron el largo viaje mucho más tolerable de lo que podría haber sido. Siempre los recordaré, a ellos y los relatos que narraron para entretenernos. Nunca había visto a mi padre tan animado y feliz como en esta parte del viaje. Tiene el amor de una dama que lo espera en Francia, y se alegraba un poco más cada día a medida que nos acercábamos a nuestro destino. Cuando llegamos a Canterbury, nos despedimos con lágrimas de este jovial grupo y nos dirigimos a Dover.
Pero antes de abandonar Canterbury, buscamos la tumba de la dama Adele de Throxwood, que había sido la doncella de mi hermana cuando ella era más joven de lo que yo soy ahora.
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Chaucer recordó el día del baile de máscaras, cuando la sombra de una mujer se le había aparecido en el bosque de Charing Cross. Quizá era ella.
—Fue un viaje muy largo el que hiciste para revelarte —le susurró a su espíritu.
Esta buena dama era la amante de mi padre cuando él estuvo aquí antes, y más que una amiga para mí; fue ella quien estuvo a su lado cuando él me cuidó hasta que me repuse de la peste, en el tiempo de la Gran Mortandad, y la que me protegió de las iras de mi cruel hermana. Mi padre lloró amargamente frente a su tumba, y poco pude hacer para consolarlo.
Pero cuando salimos de Canterbury él parecía estar más en paz, como si le
hubiesen quitado una carga de los hombros. Al llegar a Dover averiguamos con la mayor discreción posible cuál era la situación en Calais; nos enteramos de que había allí todavía muchas tropas británicas, tal como cuando mi padre cruzó en abril, y decidimos que sería más prudente dirigirnos a Bretaña, en Normandía, en lugar de a Calais. Me pesaba el corazón con esta decisión, porque el viaje por mar sería mucho más largo y desembarcaríamos más lejos de París. Pero mi padre me convenció de que podríamos tener mucho más éxito si no pasábamos por un fuerte inglés; a la vista de nuestro tortuoso camino, había muchas posibilidades de que las noticias de nuestra fuga hubiesen cruzado el canal antes que nosotros mismos.
Así que fuimos en barco hasta Bretaña, y sufrí mucho del mareo.
Cuando finalmente desembarcamos, me arrodillé y besé la tierra. Después de comprar unos buenos caballos, nos dirigimos a Nantes, que nos pareció un lugar encantador. Los bretones no se consideran franceses, ni tampoco dan su alianza a Inglaterra, que ahora mismo reclama esta región. Son bretones, del primero al último, con una lengua y un espíritu propio, y por eso los admiro. Ahí está la llaga para el rey; él había esperado establecer una cabeza de puente contra la famille de Rais a través de Benoît. Gracias a Dios, no ha sido así.
Me atrevería a decir que encontré aquel lugar tan atractivo que no me importaría vivir allí, si mi padre está de acuerdo, una vez acabados nuestros asuntos en París. Allí podríamos vivir bien, sin miedo a la traición, porque nadie siente ningún aprecio por aquellos que nos buscan.
Cabalgamos durante lo que nos pareció una eternidad. La última noche antes de llegar a París, nos alojamos en el pequeño pueblo de Versalles.
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—Mañana —dijo Kate con anhelo, apoyando la cabeza en la capa enrollada—. Mañana veré a mi hijo. Mi corazón está tan lleno de ansias que apenas si me puedo contener. Padre, debes decírmelo: ¿cómo debo actuar cuando lo vea? Él no me conoce, ni yo a él.
Alejandro la tranquilizó todo lo que pudo.
—Cada noche desde que era un bebé, le he hablado de su maravillosa madre. Le he dicho qué aspecto tenías y le he hablado del sonido de tu voz; le he descrito tu carácter con todo detalle.
—Pero nunca me ha visto —repitió ella.
—Su amor por ti no será menor por eso. Te he mantenido en su mente cada día; allí debe de haber una imagen a la que acude en busca de consuelo y confianza. Lo primero que me preguntó cuando le dije que iría a Inglaterra fue si te traería conmigo.
Alejandro no vio en la expresión de la joven que sus palabras le hubiesen dado mucho consuelo.
—Tú tampoco lo has visto nunca —dijo—. ¿Eso cambiará lo que sientes por él cuando ocurra el feliz acontecimiento?
Kate sacudió la cabeza.
—Pero ¿qué pasará si no le agrado?
Alejandro sonrió y le acarició los cabellos.
—De eso no hay ninguna posibilidad. Él te querrá lo mismo que yo, te lo prometo.
Él no le habló de sus propios temores, de lo que podría pasar cuando Philomène volviese a verlo después de tantas semanas de separación.
¿Volvería a recibirlo en sus brazos y en su cama, o el tiempo habría hecho que las dudas se instalaran en su corazón?
Muy pronto lo sabría.
Llegaron a última hora de la tarde, y entraron en París sin contratiempos por la puerta oeste. No había guardias para interrogarlos, dado que poco tenía que temer el rey de Francia de los ingleses con su princesa recién casada con el barón de Coucy. La principal preocupación del monarca, como bien sabía Alejandro, era el descontento de su propio pueblo. El respiro en la guerra inglesa significaba que sus soldados podían dedicar más tiempo a reprimir las pequeñas rebeliones que surgían de vez en cuando en el campo, como débiles y conmovedores ecos del fallido alzamiento de la Jacquerie. Siguieron la carretera que bordeaba la ribera del Sena, con la tranquilidad de saber que era poco probable que los detuviera alguna autoridad; tenían un 404
aspecto absolutamente común, un hombre y una mujer que cabalgaban de forma pacífica. No necesitaban cruzar el río, porque ya estaban en el lado sur. Llegaron a l'hôtel de Chauliac por la misma calle donde Kate y Guillaume Karle se habían apostado una noche, mucho tiempo atrás, cuando comenzaban a planear la fuga de Alejandro.
Cuando se acercaron al punto donde había estado la apuesta pareja, Alejandro se volvió hacia Kate.
—Si no te molesta, hija, prefiero que esperes aquí.
La petición la pilló por sorpresa.
—Pero ¿por qué, padre...?
—Por tu hijo —respondió Alejandro—. Por favor.
—De acuerdo.
Él se alejó rápidamente y entró en el patio. El mozo de cuadra se hizo cargo de su caballo, y él corrió al interior de la casa. Se detuvo por un momento en el vestíbulo y miró en derredor; no había nadie. Sentía la presencia de Philomène, que lo atraía a ella, pero no hizo caso del impulso de ir a buscarla y en cambio subió a toda prisa la escalera.
Su sirviente se le acercó de inmediato con efusivos saludos. Alejandro le dio un rápido abrazo.
—¿El niño?
—Dormido y soñando feliz.
—Muy pronto será más feliz —le dijo el médico con una amplia sonrisa
—. He traído a su madre.
Dejó a su sirviente entregado a fervientes plegarias de gracias y entró en la habitación donde Guillaume dormía plácidamente.
El corazón se le aceleró el pensar en el feliz encuentro.
—Guillaume —dijo, al tiempo que lo sacudía con suavidad—.
¡Despierta!
El niño se volvió en la cama y abrió los ojos. Luego se levantó apoyado en los codos, con los ojos bien abiertos por el asombro.
—Grand-père! ¡Has vuelto!
Alejandro abrazó al niño con fuerza, y después lo llevó a la ventana.
—Mira allá abajo.
El chico lo interrogó con los ojos y, al ver el gesto de aliento de Alejandro, miró a la calle.
Abajo vio a Kate, todavía montada. Ella levantó los brazos y lo saludó casi frenéticamente y le sopló besos.
El niño apenas si podía hablar.
—¿Es... es ella...?
—¡Sí! —le gritó Kate—. ¡Sí! Espera ahí, Guillaume, ahora voy. —Tocó el caballo con las rodillas y desapareció en dirección al patio. 405
Guillaume no hizo caso de la orden y corrió escaleras abajo, de dos en dos, con Alejandro muy cerca. El chico abrió la pesada puerta y casi voló al patio. Cuando vio a Kate desmontar del caballo, se detuvo bruscamente y permaneció
inmóvil.
Kate lo miró.
—Hola, Guillaume, hijo mío.
Él se volvió para mirar a Alejandro.
—Ve, niño, y dale un beso a tu madre.
Guillaume echó a correr como una flecha y saltó a los brazos que lo esperaban.
Alejandro llevó a Kate y Guillaume a su habitación, donde hablaron durante muchas horas. Los besos, los llantos y los abrazos continuaron hasta bien entrada la noche; milagrosamente, los demás ocupantes de la casa no se despertaron. Guillaume, rendido, comenzó a dormitar en los brazos de su madre. Con la desgana que se deriva de una ausencia tan prolongada, ella lo acostó en la cama y lo tapó con las mantas hasta los hombros.
—Duerme, aquí, a su lado —le dijo Alejandro, señalándole su propia cama—. Yo buscaré un lugar donde descansar mis viejos huesos. —Miró a través de la ventana—. En cualquier caso, falta muy poco para el amanecer.
Los dejó en su habitación, cerró la puerta y luego se dirigió sin perder ni un segundo al dormitorio de Philomène.
Por un momento se detuvo allí con el corazón en un puño, hasta que reunió
el coraje para llamar.
Esperó. Nadie atendió. Llamó de nuevo, un poco más fuerte, pero siguió sin obtener respuesta. Abrió la puerta lentamente y, para su horror, vio que la habitación estaba vacía.
Dominado por el miedo, bajó la escalera y la buscó en la biblioteca.
Cada fracaso aumentó el miedo de que ella se hubiera marchado.
Finalmente llegó a la cocina, donde las cocineras ya estaban preparando el pan. Habló con una de las mujeres mayores, Mathilde, que llevaba en la casa desde hacía tiempo.
—Por favor, ¿y la señorita? ¿Se ha marchado?
Mathilde le dedicó una amable sonrisa.
—Abajo —respondió, señalándole la escalera—. En el laboratorio.
Ocho años atrás los guardias de De Chauliac lo habían arrojado por aquella misma escalera, y ahora casi se arrojó él voluntariamente llevado por la prisa, pero esta vez no se torcería el tobillo al final de los escalones. Una
vela ardía en un nicho en una de las paredes; la cogió y, con su luz, encontró el catre de Philomène.
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Vio que De Chauliac le había preparado un rincón confortable, con una mesa, una silla y una pequeña cómoda. Alejandro se detuvo junto a la mesa, donde había varias páginas del manuscrito de su maestro, ordenadas de una manera que él no hubiese sido capaz.
Luego se detuvo junto al lecho. Se sintió asombrado de nuevo por su encanto; parecía incluso más bella de lo que él recordaba. Apagó la llama de la vela de un soplo y luego apartó las mantas; cuando ella abrió los ojos, se deslizó
entre las sábanas a su lado.
Ella lo rodeó con sus brazos y lo apretó con todas sus fuerzas.
—Oh... —suspiró—. Oh, mi amor, estás aquí. Apenas si lo puedo creer... Mudos de alegría, se tocaban el uno al otro frenéticamente, para estar seguros de que no era un sueño.
—¿Por qué estás aquí abajo, y no en tu propia habitación? Me asusté cuando la encontré vacía.
—Lo prefiero así —contestó la joven—. A menudo me despierto por las noches, después de soñar contigo, y el trabajo me ayuda a mantener la mente ocupada.
Philomène le cogió una mano y la posó sobre su vientre, ahora voluminoso.
—Pero ahora hablemos de otras cosas.
Alejandro se levantó apoyado en un brazo para mirarla con una expresión de absoluta incredulidad.
—¿Estás... quiero decir...?
Ella se rió y lo besó suavemente.
—Lo estoy.
Los rodeaba su pequeña familia —Kate, Guillaume y Avram Canches
—, pero Alejandro solo tenía ojos para Philomène. Apenas si oyó las palabras sacramentales que Guy de Chauliac leía de un libro de ritos cristianos. Kate y Guillaume, de pie junto a ellos, fueron testigos del matrimonio con una amplia sonrisa en el rostro.
La servidumbre se encontraba a un lado, todos llorosos, porque era una ocasión de gran felicidad, y había un gran afecto entre ellos por el hombre y la mujer a los que el amo de la casa unía. Se oyó una gran ovación cuando
se completó la ceremonia; lacayos y doncellas estaban allí para ofrecer sus felicitaciones a la feliz pareja.
Aunque solo era una formalidad, los recién casados fueron enviados a su dormitorio con una lluvia de buenos deseos para su primera noche como marido y mujer.
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El parto de Philomène comenzó una tarde cuando el sol de diciembre iniciaba la puesta. Sin hacer caso de las advertencias de su marido, se había negado a guardar cama mucho antes de comenzar el parto como hacían otras mujeres. Pero por la mañana se había sentido muy agitada y, aunque sabía que el momento estaba cercano, no podía explicar la inquietud que la dominaba. Cuando a media tarde rompió aguas, envió a Kate a llamar a Alejandro, que trabajaba con De Chauliac.
Los dolores se hicieron frecuentes dos horas después de la puesta de sol, cuando toda la servidumbre ya estaba casi en la cama. Durante la larga y fría noche, Philomène luchó y empujó, con Kate a su lado, y Alejandro paseándose con nerviosismo al otro lado de la puerta.
Pero el niño no nacía.
Durante un breve rato, Philomène consiguió descansar, y Alejandro aprovechó el respiro para preguntarle a De Chauliac, que se había unido a su vigilia:
—¿No te parece extraño, colega, que tú y yo, ambos médicos, tengamos que estar esperando al otro lado de la puerta mientras una mujer gime en el interior?
De Chauliac apenas si tuvo tiempo de asentir antes de que comenzasen de nuevo los gemidos.
—¿Cuánto tiempo ha pasado desde que rompió aguas? Parece una eternidad.
—Casi lo es —respondió De Chauliac—. Más de doce horas. Alejandro agachó la cabeza. Había vergüenza en su voz cuando dijo:
—Te hemos causado tantos problemas... Lamento sinceramente si has perdido algo de tu influencia con Aviñón.
—No te preocupes —replicó De Chauliac—. No creo haber perdido gran cosa. Este Papa no es el hombre que era Clemente. Clemente, descanse en paz, era mucho más bondadoso. Tenía sus momentos de jocosidad, y Dios sabe que le gustaban los placeres seculares, pero en general era un hombre devoto que buscaba el bien de su rebaño. Este se sienta en sus
habitaciones y cuenta el dinero de Dios, algo que sinceramente pienso que no concierne a Dios.
—Creo que por eso hizo al hombre a Su semejanza, para contar Su dinero.
—Es un punto de vista muy particular, colega. —De Chauliac sonrió.
En aquel momento un largo y doliente gemido llegó desde el otro lado de la puerta. Cuando acabó la dolorosa contracción, Alejandro soltó el aliento que había contenido sin darse cuenta.
—No puedo soportar su sufrimiento —dijo—. ¿No hay nada que podamos darle?
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—No en mi farmacopea —respondió De Chauliac.
Dos horas más tarde, mientras Philomène yacía exhausta y bañada en sudor, Kate salió de la habitación, pálida y con una expresión de derrota.
—No importa lo que haga, no consigo sacar al niño. No tengo suficiente experiencia; necesitamos a una comadrona que haya asistido a bastantes partos como para saber qué se necesita. Enviad a llamar a Mathilde; ella es experta en tales temas.
De Chauliac salió rápidamente a buscar a la mayor de sus doncellas, para que se ocupase del recado.
Menos de una hora más tarde, llegó la comadrona. La seguía un joven que subió las angostas escaleras con la sólida y pesada silla paritoria.
Alejandro estaba apenas un poco más allá de la puerta del cuarto, con De Chauliac a su espalda, y observó a la mujer que se acercaba con una celeridad notable a pesar de su corpachón. Ella se detuvo delante de la puerta, se quitó el chal y dejó a la vista su rostro. Alejandro ahogó una exclamación al verla. La mujer lo miró a los ojos por un momento, y él vio en su cara la misma mirada de reconocimiento.
Pero, dando muestras de un gran control, la comadrona ocultó su sorpresa; en cambio, dijo sencillamente:
—Volvemos a encontrarnos, médico. ¿También esta vez atiendo a vuestra hija?
—No —respondió Alejandro con calma—. A mi esposa.
—Ah. Mathilde me dice que ha estado con los dolores durante la mayor parte de este día y parte del último. ¿Es verdad?
—Así es. Pero ha estado bien atendida, porque mi hija ha... La comadrona lo interrumpió.
—Tendríais que haberme llamado antes. Confiemos en que esta vez también lo hagamos bien.
Perturbados, el francés y el judío bajaron a la biblioteca. De Chauliac pidió
que les sirviesen vino y lo bebieron rápidamente, para mitigar la impresión de lo ocurrido arriba.
—Tendríamos que haber considerado la posibilidad de que nos encontráramos con alguien de la servidumbre de Lionel —comentó De Chauliac—. ¡Qué tontos hemos sido!
—Allí solo la conocimos como una sirvienta, una doncella con conocimientos de comadrona —dijo Alejandro—. No específicamente como tal. Hemos de suponer que tomó el oficio, ahora que la casa está vacía y se ha 409
quedado sin empleo. Debo reconocer que lo hizo muy bien con Kate cuando nació Guillaume, pero así y todo... —Se bebió el vino de un largo trago, y después apoyó las manos en la mesa—. No debemos permitir que salga de esta casa hasta que lo tengamos todo preparado para marcharnos.
—Pero sería una locura viajar con un bebé y con tu esposa débil por el parto.
—Haré lo que sea para proteger a mi familia —señaló Alejandro con firmeza.
—¡No podemos retenerla aquí; es una mujer libre, y alguien sin duda la echará de menos!
—¿No era yo un hombre libre cuando tú me retuviste aquí? ¿No era Kate una mujer libre cuando Lionel y Elizabeth me la robaron?
Por un momento la amargura de aquel tiempo flotó en el aire.
—Si no podemos detenerla —manifestó De Chauliac en voz baja—, entonces tenemos que sobornarla, comprar su silencio.
—¿Por cuánto tiempo? Es imposible hacer que alguien como ella guarde silencio sobre sus triunfos. Sin duda recuerdas cómo se comportó con el nacimiento de Guillaume: no dejó de vanagloriarse en voz bien alta.
Es una mujer presuntuosa...
—... y plebeya. Una bolsa de oro le cerrará la boca. Aunque solo sea por un tiempo.
Alejandro no pareció convencido.
—Esperemos que sí.
Alejandro percibió la desesperación que traslucía la voz de Philomène.
—Estoy agotada —le dijo—. No puedo hacer nada más.
—¿Qué quieres que haga?
—Debes sacar el niño abriéndome el vientre, como yo saqué al niño de aquella pobre mujer.
—No, esto no se hará —respondió Alejandro en el acto—. No por mi mano. Ella respiró profundamente y apretó los dientes en un rictus. Cuando pasó
el dolor, dijo:
—¿Quieres dejarme aquí en mi propia suciedad y que muera de dolor, sabiendo que te dejo sin un hijo para mostrar a cambio? Por el amor de Dios, Alejandro, hazme lo que se hizo a la madre de César, para que el niño pueda sobrevivir.
—No, mi amor, si hago eso, tú morirás... —dijo Alejandro con voz temblorosa.
—Mi adorado tonto —susurró ella—, sé lo que puede pasar. Debes sacar al niño, o ambos moriremos.
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Él se volvió, con el corazón palpitándole de tal modo que apenas si podía respirar.
—Por favor, marido, te lo ruego. De haber sido un poco más diligente, mejor médico, la mujer y el niño podrían haber vivido... Y de haber tenido el conocimiento que tengo ahora, que tú puedes tener delante de ti gracias a los dibujos de De Chauliac, podría haber funcionado. Pero corté demasiado profundo, ahora lo sé. Tú puedes hacerlo mejor...
La comadrona se adelantó.
—Una mujer, un médico... ¡Eso está prohibido, por Dios y por la ley!
Se volvió hacia la puerta, pero solo consiguió dar un paso antes de que Kate la sujetase firmemente por el brazo.
—¡Suéltame! —gritó la mujer al tiempo que forcejeaba para liberarse.
Pero Kate la sujetó con fuerza y le dijo al oído con tono adulador:
—Necesitaremos de tu ayuda, así que debes quedarte. Alguien debe sacar al niño cuando se hagan los cortes. Tú eres comadrona, así que esa tarea te corresponde a ti, con tus considerables habilidades.
De Chauliac y Alejandro flanquearon a la mujer. Ella se tambaleó y luego perdió el conocimiento; los dos hombres bajaron lentamente su cuerpo inerte hasta el suelo para que no se hiciese daño.
Kate salió de la habitación para ir a buscar lo que se necesitaba.
Apartaron la silla paritoria; el muchacho que la había cargado para la comadrona fue despedido con una moneda en la mano, y se marchó asombrado por su súbita buena fortuna. El lacayo de la puerta principal recibió la orden de que no entrase ni saliese nadie de la casa. Buscaron los dibujos de De Chauliac en la biblioteca y los llevaron a la habitación del parto. Dispusieron los instrumentos de cirugía, limpios y brillantes, en una tela al pie de la cama y despertaron a la comadrona de su desmayo. Todo estaba a punto, salvo el cirujano.
Alejandro se encontraba delante del abdomen desnudo de Philomène con el bisturí en la mano, el rostro ceniciento y las manos temblorosas.
—No puedo —dijo. Miró a De Chauliac—. Colega, ¿querrás tú?
De Chauliac cogió el bisturí de la mano de Alejandro sin mucho entusiasmo y se colocó en la posición adecuada junto al abdomen de Philomène.
—Perdóname, señora —le dijo a la parturienta—. ¿Estás preparada?
—Lo estoy —susurró ella—. Que Dios me ayude.
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«Demasiada sangre, hay demasiada sangre —pensó Alejandro mientras miraba el líquido rojo que manaba de la incisión—. ¡Demasiado profundo!
El corte es demasiado profundo. Ella morirá y también mi hijo...»
Pero el corte era perfecto; De Chauliac trabajaba rápida pero cuidadosamente y solo cortaba a través de la piel, asegurándose de no tocar el músculo debajo. Aunque el láudano calmaba el temor de Philomène, estaba claro para todos que ella sentía cada detalle de la intervención.
Mordía bravamente una cuchara de madera, para mantener a raya el terrible dolor y permanecer quieta. Lloraba a lágrima viva mientras el afilado cuchillo en la mano de De Chauliac cortaba las capas de piel.
Alejandro le sujetaba los brazos, en algunos momentos con tanta fuerza que temía romperle los huesos. Kate le enjugaba el sudor de la frente y apartaba los cabellos que se le pegaban en la piel sudorosa.
Sin interrumpir el trabajo en el vientre de Philomène, De Chauliac miró a Kate.
—Sostén en alto el dibujo del útero —ordenó—. A mi lado derecho, para que pueda verlo con claridad.
Ella lo encontró entre los otros dibujos y se lo dio a la comadrona, que lo sostuvo en la línea de visión del cirujano. Por un momento, él pareció inseguro de lo que debía hacer; luego, con un profundo suspiro, apartó los
músculos para dejar a la vista el útero. La tensa y brillante superficie del órgano ondulaba mientras el niño, ansioso por nacer, se movía en el interior.
—Que Dios guíe mi mano —dijo, y clavó el cuchillo en la tensa y distendida superficie de la matriz.
Los sirvientes oyeron los gritos de Philomène hasta en la cocina del sótano. Soltó un último alarido, y después se hizo el silencio.
Aún conmocionado, Alejandro cogió al bebé en brazos en cuanto la comadrona acabó de limpiar los restos de la placenta y declaró a la criatura sana y sin defectos. Se llevó el precioso bulto fuera de la habitación, como había hecho en el nacimiento de Guillaume, mientras De Chauliac acababa su trabajo. Encontró a su nieto, que esperaba al otro lado de la puerta con una expresión de terror. El chico, como todos los demás, había oído los gritos. Alejandro se arrodilló y le presentó el bebé a Guillaume.
—Quiero que conozcas a tu... —Se detuvo, sin saber qué decir. La recién nacida, su hija, era hermana de la madre de Guillaume—. Supongo que tu tía. Apartó la tela que cubría el rostro del bebé, para que Guillaume pudiese verlo. El bebé separó los labios ligeramente como si fuese a hablar y emitió un ruidito; después volvió a cerrar la boca. Guillaume sonrió y tocó con delicadeza la mejilla del bebé.
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—Es muy suave —dijo el niño.
—Sí —manifestó Alejandro. Recordó la sensación de tener a Guillaume en brazos cuando el niño acababa de nacer—. Como tú.
«Y como su madre.» Se levantó y dejó a su nieto solo. Le llevó el bebé a Kate. Por último, fue a su propia habitación y lloró amargamente. 413