El Medico Del Tiempo
Capítulo 32
Lany no comprendió lo que le decía Bruce.
—¿Seguiste a Janie desde Londres?
—Bueno, no exactamente. Lo intenté, pero los aduaneros de Boston me enviaron de vuelta a Londres. Tendría que decir «lo intentamos», porque en ese entonces estábamos juntos, en pareja... Hizo una pausa y respiró profundamente.
—Nos habíamos conocido años atrás; prefiero no decir cuántos. Éramos estudiantes. En mitad de todo el caos que vivimos en Londres, volvimos a encontrarnos. Las cosas parecían ir mucho más rápido en esos momentos en que todo se desmoronaba a nuestro alrededor.
—Desde luego que sí —asintió Lany en voz baja.
—Vivía en Inglaterra desde hacía varios años, trabajando en un instituto médico, cuando se produjo el primer brote. Tendría que haber vuelto para renovar mi pasaporte y asegurarme de que todas las cuestiones de ciudadanía estaban en orden. Pero todo era muy interesante en Londres; la manera como se enfrentaron al primer brote, tan diferente de Estados Unidos... Pusieron en marcha un sinfín de restricciones a los inmigrantes y realizaron verdaderos esfuerzos para que nadie pudiese estar allí sin un derecho claro. No como en Estados Unidos; cualquiera podía entrar, incluso después de haber sabido qué
era eso del DR SAM. Reconozco que quería estar en medio de todo aquello. Pero pagué un precio.
—Es una pena que te enviasen de regreso.
—Sí. Janie tenía a su abogado... que, irónicamente, era Tom... quien realizó
todos los trámites para permitirme entrar, pero las reglamentaciones eran tan estrictas después del primer ataque que no lo consiguió. Supongo que ahora debería preguntarme si puso todo su empeño. Yo diría que no.
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—Tom es muy buen hombre —señaló Lany—. Justo y honrado. No lo conozco como abogado, pero no me lo imagino trabajando contra los intereses de un cliente.
—Supongo que no —acabó por admitir Bruce—. Pero en realidad yo no era su cliente; Janie lo era, y él se casó con ella. No se puede trabajar más a favor de los intereses de alguien que casándose. En cualquier caso, tuve que regresar. Él continuó trabajando para conseguirme el visado. Pasó más de un año antes de que lo consiguiese, pero para entonces ya estaba en marcha el segundo ataque. Conseguí tomar el último vuelo de Londres a Boston.
No sabía qué estaba pasando aquí, porque en Londres no recibíamos ninguna información. Ella no me habló de Tom; solo me dijo que no creía que lo nuestro fuese a funcionar. De haber sabido lo que ocurría entre ellos dos, probablemente no habría venido aquí en absoluto.
Señaló su rostro desfigurado.
—Ya estábamos en el aire cuando los controladores de Boston cerraron los aparatos y abandonaron sus puestos. El avión se estrelló, como puedes imaginarte.
—Es increíble —señaló Lany.
Él le habló del duro mes que habían pasado siguiendo la pista a la peste después de que Janie la había desenterrado inadvertidamente, cómo había quedado suelta y lo cerca que había estado de propagarse entre los habitantes de Londres. Ella escuchó en silencio mientras él hablaba de la terrible enfermedad de Caroline y su carrera contra el tiempo para salvarla con los antiguos medicamentos que habían encontrado en la casa de Charing Cross, de los dedos de los pies amputados y los dedos de las manos entumecidos, y de la terrible depresión que había sufrido.
—Quemamos el lugar al escapar. No teníamos otra alternativa. Alguien podría haber ocupado la casa, sin saber nada de lo que había allí. Cuando ella estuvo lo bastante bien, nos llevamos a Caroline a Brighton, en la costa inglesa, para que se recuperara; lo había pasado muy mal. Habló del diario de un médico medieval, que Janie había llevado a Estados Unidos.
—Me contó que había visto la peste de primera mano —dijo Lany—.
Pero nunca me habló de los detalles; no me extraña. Qué historia.
—En realidad no le he hecho justicia, ni tampoco hay tiempo ahora para hacerlo. Si su hijo ha estado expuesto a la bacteria hace un mes por uno de nuestros pájaros, tenemos que ir allí. —Agachó la cabeza, avergonzado—.
Si el chico muere por algo que yo hice, no seré capaz de vivir con esa culpa.
—No tienes por qué preocuparte por eso —declaró Lany—. Ella misma te matará. Tiene mucho en juego con ese niño.
Ahora fue Bruce quien no lo entendió.
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—Alex —dijo ella—. Apócope de...
Pasaron unos segundos antes de que Bruce estableciese la vinculación con Alejandro.
—Dios mío. No puedes decirlo en serio.
—Sí.
Bruce permaneció muy callado, mientras Lany le relataba lo que sabía sobre cómo había sido engendrado Alex. Cuando acabó, también le mencionó el accidente de Tom, la amputación que le había practicado Janie y el efecto que había tenido en ella.
Pero él no hizo ningún comentario referente a Tom; en cambio, se centró en el chico.
—Así que no es hijo de los dos... En realidad, no es hijo de nadie. —
Después añadió, con cierto titubeo—: No es que importe.
—No creo que ninguna madre haya amado o adorado a un niño tanto como ella, yo incluida. Y créeme cuando te digo que quiero a mi hijo. Él es todo lo que me queda, de tres.
En aquel momento, Bruce se ensimismó en sus pensamientos. Cuando recuperó la voz, manifestó:
—Me preguntaba si sería posible... algo así. Supongo que debió de ser un implante de alguna clase, porque ella se había hecho una ligadura de trompas y no habría podido concebir de manera natural. Pero esto... Dios mío, nunca lo había oído. Cuesta mucho creerlo.
—No más de lo que me costó a mí creer la historia que me has contado.
Pasaron unos momentos antes de que él dijese:
—Miramos a casi setecientos años atrás, a través de los ojos de alguien que vivió un tiempo muy difícil, y ahora nosotros estamos viviendo algo
semejante. Ni siquiera puedo imaginar lo que la historia dirá de nosotros y lo que hicimos.
—Todavía no lo hemos hecho.
—En ese caso creo que deberíamos poner manos a la obra. —Bruce se levantó y cogió el ordenador de bolsillo—. Las pilas están muy bajas, pero ahora necesito que envíes un mensaje de mi parte. En la primera línea, escribe una palabra: «fábrica». En la segunda línea, escribe: «L+BL2D».
Lany lo miró.
—No entiendo «fábrica», pero el resto es fácil: Lany y Bruce llegarán dentro de dos días. Si alguien lo intercepta, lo entenderá con la misma facilidad que yo.
—Pues que así sea —replicó Bruce—. Si alguien de la Coalición lo intercepta, tendrán que descubrirnos en todo aquel mundo salvaje. Ahora mismo están ocupados con los deltas, así que adelante, envíalo. Lany hizo lo que él le pedía y después dejó el ordenador en la mesa.
—Hemos estado enviando desde esta localización; cualquiera con el equipo adecuado podría rastrearnos.
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Bruce cogió el ordenador, abrió la tapa trasera y golpeó el aparato contra la mano. Las pilas cayeron sobre su palma.
—Ya no.
—Está ardiendo —le dijo Janie a Tom—. Tiene casi cuarenta de fiebre.
Lo sacudió suavemente; él no respondió.
—Alex —dijo y lo sacudió más fuerte.
Él abrió los ojos y la miró.
—¿Qué temperatura tengo, mamá?
Ella no quería decírselo; su hijo sabía muy bien qué significaba, algo de lo que ella era la única responsable.
—Tienes casi cuarenta —respondió.
Alex pensó un momento.
—Vaya.
Kristina dio unos golpecitos en el marco de la puerta.
—Hay otro mensaje. De nuevo para ti —avisó a Janie.
Janie se levantó y miró a su marido. A su tácita pregunta, él respondió:
—No te preocupes. Aquí estaré.
—Ahora mismo vuelvo.
Le tembló la mano cuando hizo clic en la pestaña de abrir mensaje.
L + BL2D
Janie consiguió cerrar el programa antes de desmayarse.
Tardaron menos de una hora en prepararse para el viaje al oeste, porque tenían el hábito de mantener los suministros básicos en un mismo lugar para reunirlos deprisa.
—Nunca se sabe cuándo habrá que marcharse al primer aviso —le dijo Bruce a Lany. Le devolvió el arma y cogió otra para él. Luego empaquetó un suministro de suero que había extraído de los buitres o zopilotes.
Levantó el último frasco para mostrárselo a Lany; el líquido tenía un color verde esmeralda claro.
—Bilis de zopilote.
—¿Qué?
—Bilis de zopilote —repitió Bruce—. Producen unas enzimas que pueden matar casi cualquier bacteria que entre en contacto con ellas y las enzimas se adaptan a los virus mutados.
—Venga ya.
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—Funciona, créeme. ¿Cómo crees que han sobrevivido hasta aquí con lo que comen? ¡Carroña llena de bacterias! Esta es la mejor esperanza que tenemos si él se contagió con la bacteria del águila.
Sujetó el frasco con fuerza, como si contuviese la sangre de Cristo, y se lo acercó a Lany para que lo viese. Ella observó el líquido verde con una expresión de asombro.
—Roguemos que funcione.
—Roguemos que no sea necesario.
Antes de marcharse, Bruce comprobó el equipo preparado. Después de un largo suspiro, dijo:
—Hay algo más que deberíamos llevar. No estaba seguro de que tuviésemos sitio, pero ahora creo que sí.
Ella lo siguió por el laberinto de corredores y patios hasta que llegaron a una puerta con un pequeño cartel en letras mayúsculas: LABORATORIO DE PRÓTESIS
En el interior, caminaron entre un sinfín de miembros ortopédicos colgados de cuerdas del techo y las paredes. Brazos, piernas, pies, manos, de todos los tamaños y colores imaginables.
—¿A qué altura de la pierna fue la amputación de Tom?
—Justo por debajo de la rodilla.
Bruce buscó en una serie de cajas y finalmente sacó tres objetos de metal diferentes.
—Cuencos. Tendrán que hacer la parte inferior de madera para que sea de la altura correcta, pero con esto será más cómoda.
Una hora más tarde cuatro viajeros salían a caballo del Worcester Technical Institute, por la misma entrada que habían utilizado para llevar la montura de Lany cuando la habían capturado. Siguieron una ruta circular y un poco al sur antes de dirigirse al oeste. Cabalgaron por el arcén de una vieja autovía que iba directamente al oeste sin desviarse ni un momento al norte ni al sur. A primera hora del día siguiente, los cuatro cruzaron el puente. El número les proporcionaba seguridad porque nadie los molestó.
Janie se había hecho un chichón y un corte en la frente cuando había golpeado contra el brazo de la silla al desplomarse hacia adelante sin conocimiento. Kristina fue a la nevera y volvió con un gran trozo de hielo, que apretó alternativamente en la frente de Janie y Alex. La fiebre se había mantenido alta toda la mañana.
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Lo único que pensaba Janie mientras se ponía el hielo en la frente era:
«Esto no puede estar sucediendo».
Sentada junto a la cama de Alex, solo podía pensar en el inquietante mensaje y la enfermedad de su hijo.
«No estás enfermo, no estás enfermo», repetía mentalmente como si él pudiese captarlo por telepatía.
«No puede ser Bruce, no es posible que sea Bruce...»
Tom apareció en el umbral, apoyado en su muleta.
—Parece que duerme tranquilo —comentó Janie.
—Eso es bueno —dijo Tom—. Necesita dormir; tiene que estar exhausto. —
Hizo una breve pausa—. ¿Quieres decirme qué pasó esta mañana? ¿Por qué te desmayaste? Sé que estás pasando por una dura prueba, pero... Su voz se apagó, como si no supiese cómo terminar.
Ella debatió consigo misma durante unos segundos para decidir si debía decírselo. Llegó a la conclusión de que la verdad sería lo mejor para todos.
—Recibimos un mensaje... —comenzó.
—¿De Lany?
—No. De Bruce.
Durante las horas siguientes, mientras su hijo se hundía en un sueño más profundo, Janie no se movió del dormitorio. Le llevaron comida, pero ella apenas si la probó. Caroline y Kristina se ofrecieron para reemplazarla en la vigilia, pero ella rechazó su ayuda.
«Es culpa mía —les dijo—. Dios me castiga. Yo lo traje aquí, y ahora Dios se lo llevará. Todo es culpa mía.»
Nadie pudo convencerla de lo contrario. Todos la observaron con terrible tristeza mientras Janie bañaba y limpiaba a su hijo. Cada pocos minutos miraba para saber si las oscuras manchas que tenía debajo de la barbilla se habían hecho más grandes. Intentó darle caldo, pero solo vio cómo le chorreaba por la comisura de los labios. Daba pena verlo tan pequeño en la gran cama, y parecía empequeñecerse aún más con el paso del tiempo. De vez en cuando intentaba despertarlo, pero en vano.
Al ver que no había nada que pudiese hacer, la dominó un sentimiento de total impotencia. Finalmente, llevada por la desesperación, se levantó y salió
corriendo de la habitación; apartó a todos los demás sin decirles ni una palabra. Cuando regresó llevaba el diario de Alejandro. Con manos temblorosas abrió la frágil encuadernación y apoyó el libro en su regazo.
Mientras Alex gemía y se retorcía de dolor, ella fue leyendo página tras página para revelarle la vida que una vez había llevado, con la esperanza de que no fuese demasiado 399
tarde. No sabía si el chiquillo podía oírla ni si, en caso de hacerlo, sería capaz de comprenderlo.
Poco antes del alba, Alex despertó por unos momentos. Mientras Janie abrazaba al niño tembloroso, él le susurró al oído:
—¿Quién es Kate?
Ella se apartó y le sonrió, confiando en que no viese sus lágrimas.
—Alguien a la que querrás mucho algún día.
«Quizá plazca al... »
Se detuvo a medio pensamiento.
No. «Si Dios quiere.»
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