El Medico Del Tiempo
Capítulo 3
El palacio papal se parecía mucho a la última vez que Alejandro lo había visto, unos siete años antes. En aquel entonces llevaba al pequeño Guillaume atado a su pecho, en lugar de compartir con él la montura. Su compañero de viaje en aquella huida desde París había sido una pequeña cabra blanca que los había obsequiado con un constante suministro de leche. El médico estaba sucio y astroso del viaje, y, vestido como iba con prendas vulgares, apenas si se habían fijado en él.
Se había detenido en aquella misma plaza para preguntarle a un vecino:
—¿Dónde viven los judíos?
—Rue des Juifs, naturellement —respondió el desconocido. Allí se había reunido con su anciano padre, y durante siete años había vivido con él y Guillaume en el gueto, sin aventurarse nunca más allá de sus límites, que, aunque invisibles, eran tan claros como los de cualquier fortaleza. Quizá De Chauliac había sido sabio al enviar a su mensajero en plena noche, pensó.
«Yo te abriré la puerta», le había dicho el joven soldado, y le había dado unas indicaciones muy detalladas del lugar donde debía esperar, en un rincón aislado de la parte trasera del palacio: una puerta de madera a la derecha de los establos, con una cuerda roja para la campana. Ahora esperaban allí, todavía montados a caballo. Los bracitos de Guillaume rodeaban la cintura de Alejandro, tal como lo habían hecho los de su madre cuando habían salido de Inglaterra, antes de que ella se convirtiera en una joven y bella mujer. En el duro invierno de la peste tras la muerte del marido, cuando había muy pocas cosas que hacer para mantenerse cuerdos excepto relatar historias, Kate le había repetido el comentario del joven escudero Chaucer la primera vez que la había visto en París: «Vaya, podríais ser la melliza de mi señor Lionel».
—Grand-père —susurró el niño.
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Alejandro volvió al presente.
—¿Sí, Guillaume?
—¿Hemos llegado a donde íbamos?
¿Adónde iban? Todavía no lo sabía.
—Por el momento.
—Entonces, ¿por qué seguimos montados a caballo?
Alejandro pensó en la respuesta adecuada. No quería asustar al niño, pero tampoco deseaba disminuir el peligro de la situación.
—Quizá necesitemos continuar —respondió al fin—. No tardaremos en saberlo.
—Ah —dijo el chico. Pareció satisfecho con la respuesta y descansó la cabeza contra la espalda de Alejandro—. Estoy muy cansado, grand-père.
¿Cuándo podremos dormir?
—Tan pronto como sea aconsejable. Espero que muy pronto. Guillaume se apoyó en la espalda de Alejandro. El médico sintió cómo se aflojaba la sujeción del chico cuando se quedó medio dormido. Permaneció
muy quieto mientras esperaba a la sombra del silencioso palacio. Al cabo de poco, escuchó un ruido al otro lado de la puerta, y unos segundos más tarde se abrió con un largo y lento rechinar de las bisagras de hierro.
Alejandro no alcanzaba a distinguir el rostro de la persona en la mortecina luz del alba, así
que puso la mano en la empuñadura de la daga y se quedó inmóvil hasta que, con gran alivio, se aseguró por la voz de que era el mismo joven que los había escoltado desde el barrio judío.
Despertó al niño y se lo alcanzó al soldado, quien lo depositó en el suelo con más suavidad de lo esperado. Se preguntó si De Chauliac le habría desvelado al hombre la verdadera identidad del niño, y se dijo que no; solo una imperiosa necesidad habría llevado a alguien tan cauto como De Chauliac a revelar el secreto.
Una vez que Alejandro hubo desmontado, el soldado sujetó las riendas del caballo y señaló en dirección a la puerta abierta.
—Monsieur vendrá dentro de poco. Esperad dentro, pero no os alejéis de la puerta.
El médico vaciló, pero el soldado señaló de nuevo para que entrasen, como si quisiera indicar que estarían seguros. Entraron; cuando la puerta se cerró
oyeron el resonar de los cascos en el pavimento mientras se llevaban al animal. Los envolvió una suave oscuridad, y Alejandro sintió los latidos de su propio corazón en contrapunto con el goteo del agua en el pasadizo.
Guillaume se aferró en silencio a la pierna del médico. Alejandro notó el temblor del niño y lo abrazó con fuerza a su lado. Los segundos les parecieron horas al estar privados de los sentidos, pero finalmente oyeron el débil sonido de pisadas. Una luz tenue apareció a la vista en el pasadizo y se fue acercando a la par con las 38
pisadas. Muy pronto la figura estuvo lo bastante cerca para hacerse visible, pero la luz de la antorcha oscurecía las facciones del portador.
¿Y si el que se acercaba no era De Chauliac?, pensó el médico, que se acercó
a Guillaume y apretó el pomo de la daga.
La figura se detuvo a unos pocos pasos delante de ellos ton la antorcha en alto, lo que obligó a Alejandro a protegerse los ojos con una mano. Al ver que el recién llegado no decía nada, Alejandro desenfundó la daga. El
sonido de la hoja al raspar el cuero sonó como un trueno en la quietud que los rodeaba. Se oyó una suave risa que Alejandro reconoció al instante.
—No necesitarás el arma, amigo.
Alejandro no podía ver la sonrisa De Chauliac, pero la intuyó de todas maneras.
—Siempre listo para un enfrentamiento —comentó el francés—. Dios bendiga tu constancia. Podrás pensar que ya no eres tan joven como antes, pero debo decir que tienes bastante buen aspecto para ser un hombre de avanzada edad.
Mientras desaparecía la tensión, Alejandro replicó:
—Podría decir lo mismo de ti, si solo pudiese ver tu rostro. Y te recuerdo, estimado colega, que tu propia edad es un poco más avanzada que la mía. Uno se pregunta si te ocultas detrás de la antorcha por alguna razón.
Cuando la llama bajó, la luz alumbró la misma imponente figura que había visto por última vez en París la noche del nacimiento de Guillaume. Las bien delineadas facciones de De Chauliac se veían más marcadas y sus cabellos eran ahora casi totalmente blancos, pero la viva inteligencia de sus ojos azules no había disminuido ni un ápice.
De Chauliac se adelantó y apoyó la mano en el hombro de Alejandro en un gesto de bienvenida.
—Es bueno verte, médico —dijo con toda sinceridad—. He ansiado muchas veces tu compañía cuando había pensamientos que compartir. —
Bajó la mano y tocó la cabeza del chico—. Tú, joven maese Guillaume, te has convertido en un muchacho muy hermoso.
El chico miró a Alejandro como si le preguntase: «¿Quién es este hombre que no conozco y que parece conocerme?». El médico se inclinó y dijo:
—Monsieur de Chauliac ha sido un leal amigo nuestro y me ha ayudado personalmente en muchas ocasiones.
—Estuve presente el día de tu nacimiento —le dijo el francés al chico.
Guillaume miró primero sorprendido a Alejandro y después a De Chauliac.
—¿Conocisteis a mi madre? —preguntó ansioso.
De Chauliac dirigió una rápida mirada a Alejandro. Al ver su gesto de aprobación, el francés dijo:
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—Así es. Es una buena mujer y su corazón se henchiría de orgullo si pudiese ver a su magnífico hijo. Pero hablaremos de ella más tarde; ahora
debemos ir sin demora a mis aposentos.
Alejandro se sorprendió.
—¿Es prudente? Me refiero a si...
—No tengas miedo, compañero. He tomado las precauciones necesarias. Avanzaron rápidamente por el pasadizo guiados por la luz de la antorcha de De Chauliac, y pronto dejaron atrás la cocina, donde —pese a la hora tan intempestiva— el trabajo de preparar la comida del día ya estaba muy avanzado. Alejandro no soltó la mano de Guillaume mientras subían por una estrecha escalera de caracol. Más de una vez el niño casi perdió pie en los húmedos escalones de piedra. Finalmente, salieron varios pisos más arriba, a unos pocos pasos de las habitaciones privadas de De Chauliac. Las estancias en las que vivía y trabajaba su colega en el palacio papal seguían siendo un refugio para su ocupante, como cuando Alejandro había estado allí por primera vez, un joven judío asustado que escapaba de un crimen pasional. Entonces estaba solo: un fugitivo sin patria, sin casa, sin familia.
Tuvo de nuevo la sensación de que entraba en la guarida privada de un hombre que, si hubiese sido menos escrupuloso en sus modales, podría haberla marcado como hace un ciervo con su trozo de bosque. El mobiliario era un reflejo del francés, que dejaba una señal indeleble en casi todo lo que tocaba. Los mismos exquisitos tapices adornaban las paredes; las suntuosas alfombras silenciaban cada paso y los muebles brillaban a la luz de la antorcha como la inmóvil superficie de un estanque. Guillaume se encontraba tan impresionado como se había sentido su abuelo en la primera ocasión en que sus ojos habían contemplado lentamente las maravillas, empapándose de su exótica belleza. Mientras el chico estaba absorto en la contemplación del entorno, Alejandro se llevó a De Chauliac lo bastante lejos para que el niño no los oyese.
—Habla, amigo mío, y dime por qué nos has llamado con tanta urgencia. De Chauliac miró en dirección al niño.
—¿Dormirá?
—Tan pronto como se calme. Nunca ha visto antes cosas como estas.
—Hablaremos cuando esté acostado. En cualquier caso tendrás que quedarte a pasar el día aquí. No es seguro que te marches ahora.
—¿Marcharme? —preguntó. Le desagradó la palabra antes de que saliera de su boca—. ¿Adónde vamos?
—A París, donde estaréis seguros.
Era el último destino que habría imaginado.
—¿A París? ¿Seguros? ¿De qué?
—De aquellos que os harían daño a ti y al niño.
—Entonces, nos han descubierto.
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De Chauliac no dijo nada, pero miró al niño.
—Ah, sí —dijo Alejandro, al comprender la necesidad de la discreción
—. Cuando se duerma. —Se acercó un poco más—. Llevo tanto tiempo apartado del gran mundo que no soy un buen juez. Aun así, no escogería París como refugio.
—Comprendo tus sentimientos —replicó De Chauliac—, pero ahora debes confiar en mí. Estás a salvo aquí por el momento, y estarás a salvo allí. Sus miradas se cruzaron. En una ocasión anterior había confiado a De Chauliac su vida y mucho más.
«Todavía estoy vivo —pensó—. Y también lo están Kate y Guillaume.»
—Por favor, perdona mi impaciencia —se disculpó.
De Chauliac asintió.
—Está en tu naturaleza, después de todo. —Su mirada se fijó de nuevo en Guillaume—. El chico parece haber encontrado algo de interés.
Atravesaron el gran salón hasta llegar junto a Guillaume, que pasaba la mano una y otra vez con gran asombro sobre la pulida superficie de una mesa. Miró a Alejandro.
—Grand-père, la madera es tan suave que puedo verme la cara. Pasó los dedos por las molduras del borde, examinando su forma y textura con un toque leve y reverente.
De Chauliac se inclinó —con alguna dificultad, porque era muy alto—
y dijo:
—Tengo un regalo especial para ti que te daré más tarde, pero primero necesitas descansar. Los niños tienen que dormir porque es en el reposo cuando crecen.
El niño lo miró.
—¿Es verdad?
—Es verdad. Ahora —dijo De Chauliac, extendiéndole la mano—, si quieres seguirme, jovencito, encontraremos para ti una cama blanda... El chico dejó que lo llevasen a un dormitorio separado. Alejandro miró a través de la puerta mientras De Chauliac acomodaba a Guillaume en un diván.
—Parece confiar en ti —comentó Alejandro cuando De Chauliac volvió.
—El chico sigue tus pasos... en todo, al parecer. —Señaló la mesa brillante que Guillaume había admirado—. A ti se te conoce por admirar las cosas bellas. Ahora, siéntate, colega. Hay mucho que discutir.
Alejandro acató la invitación; De Chauliac se acercó a la mesa y recogió una pila de pergaminos, después de quitar cuidadosamente los pesos de piedra que había colocado en los extremos para evitar la previsible curva provocada por la humedad típica de Aviñón. Los llevó todos hasta donde Alejandro estaba sentado y se los ofreció.
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Con una expresión de desconcierto, Alejandro aceptó las páginas y las colocó sobre su regazo. Leyó las primeras líneas de la primera página: En nombre de Dios, aquí comienza el inventario o recopilación de medicina en la parte de cirugía, compilada y completada en el año de Nuestro Señor de 1363 por Guy de Chauliac, cirujano y doctor de física, en el estudio de Montpellier...
Alejandro levantó la vista, sorprendido.
—Colega, ¿qué tesoro es este?
—Un manual de cirugía —respondió De Chauliac con un tranquilo orgullo—. Empecé a escribirlo, finalmente.
Alejandro comenzó a pasar las hojas, ahora con una expresión de alegría y asombro, pero De Chauliac apoyó una mano en la pila de hojas.
—Esta es la razón que le he dado a Su Santidad para explicar mi súbita necesidad de viajar a París. Ya hablaremos más de este trabajo en su momento. Pero ahora mismo tenemos asuntos más inmediatos que discutir.
Kate alineó los peines de marfil en el tocador en el orden específico preferido por su hermana Isabella. Observó cómo estaban dispuestos sobre un pañuelo de brocado, y se preguntó si Isabella había llegado a tocar algunos de los peines ella misma; siempre la peinaba una de las muchas doncellas que rondaban incesantemente por los aposentos reales, preocupadas por satisfacer al instante cualquier necesidad de la princesa.
«Su mundo consiste en lociones, sedas y encajes —pensó Kate—. No sabe nada de su pueblo, que vive más allá
de estas paredes.»
Con la punta del dedo movió apenas uno de los peines, hasta que quedó
visiblemente fuera de línea con sus compañeros. Fue un gesto terco que haría enfurecer a su hermanastra mayor. Lamentó que no estaría allí para escucharla; para entonces, los soldados ya habrían acudido para llevársela de nuevo. Pobre tata —querida, venerable y fiel tata—, que tendría que escuchar la diatriba que vendría a continuación, a pesar de la orden de la reina a Isabella para que tratase a la vieja sirvienta con mayor ternura. Era una orden que la princesa Plantagenet —la única hija casadera del rey Eduardo y de su legítima reina—
no estaba dispuesta a obedecer. A pesar de los mejores esfuerzos de la tata, Isabella se había convertido más en hija de su padre que de su madre; era una mujer exigente, egoísta e irritable que se dedicaba astutamente a perseguir todo lo que deseaba. Su arrogancia era tan notoria como los afeites de una prostituta, sin el menor intento de sutileza.
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Pero, a pesar de las similitudes de temperamento, Isabella solo tenía un leve parecido físico con su padre, el rey Eduardo. No ocurría así con Kate, quien, desde que los hombres de su hermanastro la habían raptado en París, no hacía ningún secreto de su odio por Eduardo o por Isabella. Reconoció la llamada del rey cuando sonó y se preguntó por qué se molestaría en llamar, puesto que nunca esperaba a oír el «Entrez». Sencillamente entraba sin más, para su diario intento de reconciliación. Kate era incapaz de comprender por qué deseaba reclamar su parentesco después de tantos años de negarlo.
—No necesitáis molestaros en llamar la próxima vez —le dijo ella, desafiante—. Cuidad vuestros nudillos.
El rey cruzó la habitación con pasos largos.
—Tanta furia, tanto desprecio... —replicó—. No es adecuado para una princesa. —Se tomó la molestia de enfatizar la última palabra. Mientras miraba en derredor, sus ojos descansaron en una pila de prendas arrugadas en un rincón. Se acercó y recogió una capa de terciopelo color marfil que yacía encima—. Ni tampoco lo es este desorden. ¿Por qué están mis regalos amontonados en el suelo?
—Porque la ventana tiene rejas, y no pude arrojarlos al patio. La voz del rey se ensombreció.
—¿Estas riquezas no te complacen, hija?
La respuesta llegó sin vacilación.
—Vos no sois mi padre.
Kate vio la furia encenderse en sus ojos y se encogió, pero él se abalanzó
súbitamente y la sujetó por el brazo. El rey Plantagenet arrastró hasta un espejo a la desafiante joven que había engendrado y la mantuvo inmóvil delante de él. Ella cerró los ojos para protegerse del dolor de su apretón, pero él le estrujó el brazo hasta hacerla gritar.
—Abre los ojos y mírate en el espejo, o te apretaré más fuerte. Mejor aún —
añadió—, llamaré a uno de esos fornidos celtas que te escoltan de aquí para allá. Quizá ellos te convenzan de que mires. O quizá los enviaré a que busquen a tu hijo. —Después de una pausa teatral, manifestó—: El chico está dentro de mi alcance.
Ella abrió los ojos y miró directamente adelante, pero eludió la mirada de su padre.
—Eso es —dijo el rey, oprimiéndole la carne con más fuerza—. Ni siquiera tú puedes dejar de ver el parecido entre nosotros.
Dicho esto, le soltó el brazo y la apartó de un empellón. Ella se frotó la zona dolorida, conteniendo las lágrimas para que el monarca no viese su debilidad.
—Desde luego, habéis dejado en mí más que una marca pasajera —dijo.
El rey la cogió por el pelo y la acercó a él. Kate cerró los ojos. 43
—Yo te di la vida —murmuró en su oído—. Harías bien en agradecerme el regalo.
—Podéis reclamar esa vida cuando lo consideréis conveniente —replicó ella—. No oiréis ninguna queja de mi parte. Ese sería el más deseable regalo que podríais hacerme.
Eduardo la apartó de nuevo, violentamente, y ella cayó al suelo.
—¡Te olvidas de con quién hablas!
Kate se levantó y lo miró a los ojos.
—Hablo al hombre que renegó de mí siendo una niña inocente, y ahora, después de años de abandono, quiere reconocerme como hija. No me tendréis. Mi padre vendrá a buscarme. Ya os podéis ir preparando. El rey soltó una carcajada.
—¿Tu padre? —se mofó—. Un apestoso judío, un cobarde que no se ha mostrado en siete años. ¡Te robó a tu hijo, mi nieto, y todavía hablas de él como si fuese el mismísimo Salvador! Vives en el engaño, hija. No vendrá, y si es tan tonto como para intentarlo, lo haremos prisionero.
La voz de Kate tembló; no podía ocultárselo al rey.
—Él vendrá.
—Suena como si necesitases convencerte a ti misma.
Con una voz que era poco más que un susurro, ella dijo de nuevo:
—Él vendrá.
El rey se alejó furioso pero se volvió al llegar a la puerta.
—Entonces mejor que se dé prisa. —Salió de la habitación y cerró con un portazo.
De Chauliac y su protegido estaban finalmente solos.
—Te mandé llamar porque hay dos noticias. En primer lugar, el rey le ha escrito al Papa para solicitarle la aprobación del casamiento de Isabella.
Alejandro no dijo nada por un momento.
—Rezaré por su novio —dijo al cabo con tono amargo—. El hombre se encontrará muy pronto necesitado de gracia.
—Desde luego —dijo De Chauliac—. Pero quizá sea Isabella quien necesitará tus plegarias.
—No rezaré a ningún dios por su felicidad.
—Está prometida con De Coucy.
Alejandro casi se levantó de un salto.
—¡Qué dices!
Las largas hileras de soldados terriblemente heridos de la desafortunada Jacquerie aparecieron en su mente, y por un breve momento revivió las atrocidades que De Coucy —a las órdenes del conde de Navarra— había 44
cometido al aplastar su rebelión. Aunque De Coucy no era más que un joven barón de dieciocho años en aquel momento, había demostrado una fiereza más adecuada para un viejo guerrero amargado. Para cuando el sol se puso sobre aquella terrible batalla, Alejandro y Kate estaban bañados en la sangre de los camaradas caídos de su marido, Guillaume Karle, decapitado quizá por el propio De Coucy. La única razón de que Kate aún estuviese viva después que De Coucy y el conde de Navarra cayeron sobre ellos, fue la rápida cuchillada que le asestó a De Coucy en la entrepierna cuando él la cogió por detrás. Ahora vio la imagen de este monstruo junto a la artera Isabella. Qué pareja más perfecta harían: dos demonios de las tinieblas.
«Que bailen en su boda con zapatos de hierro al rojo y que su lecho de bodas sea de brasas ardientes», pensó.
—¡Sin duda Dios no puede permitir que un horror como este tenga lugar!
—rabió.
De Chauliac apoyó una mano en el hombro de Alejandro y lo empujó suavemente para que se sentase.
—Por favor, colega, tendrás un ataque con tus estallidos, y yo todavía te necesito. Siéntate y tranquilízate. Aún hay mucho más que relatar. El alto francés se sirvió una copa de brandy.
—¿Quieres una, para tu salud? —No esperó la respuesta y le sirvió de todas maneras—. Su Santidad naturalmente aprobará el casamiento, dado que la familia De Coucy siempre le ha dado su apoyo. Esta es una excelente boda para ellos. Todo un regalo. Por supuesto, esperaban una novia de la nobleza para su hijo, pero la realeza tendría que haber estado fuera de su alcance; la hija de un rey, el rey de Inglaterra, es demasiado para pedirlo.
Pero, como todos sabemos, Isabella es una malvada arpía, digna de ser la novia de Satanás, y él es un rehén en la corte de Eduardo a la espera de un rescate. El rey hará todo lo que esté en su poder para que el casamiento tenga lugar. —Hizo una pausa antes de comentar—: Los rumores dicen, por increíble que parezca, que están muy enamorados, a pesar de la diferencia de edad.
Alejandro se sentó de nuevo en la silla y se imaginó a Isabella tal como debía de ser en esos momentos: una mujer de treinta y tres o treinta y cuatro años, cuya belleza ciertamente habría comenzado a ajarse. Con cuatro compromisos fracasados a su espalda, estaría al borde de la desesperación.
De Coucy a los veintiséis estaría en la plenitud de su hombría, moreno y sombrío, un musculoso y despiadado guerrero.
—¿Amor, entre tal pareja? Es indecente. El amor no cuenta en tales acuerdos, o así lo has dicho tú antes. Por lo tanto, debes decirme, De Chauliac, qué importancia tiene esto para hacerme salir del gueto con el chico. Dejemos que Isabella y su bestial novio pasen su luna de miel en el infierno. Mi única preocupación es mi hija.
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De Chauliac quiso recordarle a su camarada que Kate no era realmente su hija, pero aquel no parecía ser el momento más oportuno. —Ahí reside la principal razón de mi llamada —dijo con suavidad—. Parece que el rey está buscando legitimizarla, para que ella también pueda casarse. Le ha escrito al Papa con tal petición.
Alejandro se aferró a los brazos de la silla y se inclinó hacia adelante.
—No es posible.
—He visto la carta yo mismo, Canches, y sé que es verdad.
—Pero ¿quién...?
—De Coucy ha pedido que sea dada a uno de sus parientes, un primo lejano, un barón cuyo nombre es Benoît. Poco se sabe de él aparte de que es un hombre con algunos medios y propiedades, la mayoría de ellas en Bretaña, donde Eduardo tiene poca influencia. Así que, al dársela a él, consigue dos objetivos: consolida su acuerdo con De Coucy y pone un pie en Bretaña.
—Lo rajaré desde el cuello al ombligo si alguna vez lo veo de nuevo.
—¿A quién rajarás, a De Coucy o al rey?
—A los dos —gruñó Alejandro—, si me dan la oportunidad.
—Debes aprender a controlar tu temperamento, amigo mío. Tus impetuosos actos te han costado muy caro en el pasado. Este exceso de emoción es poco sano y será tu ruina.
Alejandro no hizo caso de la advertencia de su amigo y se levantó de la silla. Se paseó por la mullida alfombra oriental del salón, murmurando para sí
mismo. Luego se volvió hacia De Chauliac.
—Debo partir de inmediato. La sacaré del castillo y la traeré de regreso aquí. Estará a salvo en Aviñón, entre los judíos...
De Chauliac vio la angustia y la agitación de su amigo.
—Cálmate, colega; este es un momento para la templanza, no la impetuosidad. Te he traído aquí tan pronto como llegó la noticia, así que todavía hay tiempo para trazar un plan y después actuar. El Papa no ha dado todavía su aprobación al matrimonio, aunque estoy seguro de que lo aceptará. El mensaje solo acaba de llegar. Hay mucho que ganar si retrasa la respuesta. El rey se pondrá nervioso y quizá se muestre conciliatorio en otros asuntos. Este es el juego que juegan el uno con el otro.
—No puedo demorarme. Debo ir ahora, para aprovechar todas las ventajas.
—La furia de su voz cambió a arrepentimiento—. Tendría que haber ido antes a buscarla.
—Habrías fracasado. El momento no era el oportuno. Había demasiados combates en el territorio, y todavía hay muchos. Hay soldados por todas
partes y, aunque son menos en número que antes, sin duda aún te están buscando, sin una guerra que los distraiga.
Alejandro se dejó caer de nuevo en la silla.
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—Entonces, ¿cómo debo proceder? —dijo con desaliento.
—Primero ven a París conmigo. Trae al chico. Allí estaréis seguros, te lo garantizo. Cuando lleguemos, pondré a algunos de mis partidarios en la tarea de recoger más información de estos hechos. Luego veremos qué debes hacer a continuación. Habrá muchos viajeros hacia Inglaterra tan pronto como se anuncie el matrimonio. Quizá puedas confundirte entre ellos.
—O que me reconozcan.
—Ese, por supuesto, es el riesgo.
—¿Qué haré con un niño pequeño a la zaga?
—Si lo consideramos aconsejable, podrá quedarse en París, en mi casa, y lo alojaremos entre la servidumbre. —De Chauliac hizo una pausa para que Alejandro considerase las cosas que había dicho—. Su Santidad goza de buena salud por el momento, y no es un paciente con tantas exigencias como sus predecesores, así que pediré permiso para viajar a París y trabajar en mi libro. No dudo que me complacerá. Podrás viajar como uno de mis asistentes; nadie se dará cuenta.
No dijo, como podría haber hecho, que le había llegado la información de que los soldados del rey habían recibido la orden de redoblar sus esfuerzos para encontrar al médico judío y llevarlo a Inglaterra. Ya habría tiempo para esa amarga noticia, cuando hubiesen llegado sanos y salvos a París. El francés se estremeció y luego tosió. La mirada de Alejandro se clavó de inmediato en él.
—Estás pálido, colega. —Se adelantó y puso una mano en la frente de De Chauliac—. Tienes fiebre.
De Chauliac apartó la mano de Alejandro.
—Un exceso de emociones —dijo—. Mira cómo afecta; debes seguir mi consejo y actuar de una manera calma y prudente, o también tú pagarás las consecuencias.
Alejandro no replicó nada a su advertencia; estaba en la naturaleza de De Chauliac darle órdenes, y no se permitió darse por ofendido, como quizá habría hecho tiempo atrás. Volvió a la silla y se reclinó con los ojos
cerrados. La gravedad de su situación descendió sobre él como un terrible manto oscuro.
«De nuevo me arrancan de la seguridad —pensó con tristeza—. De nuevo debo escapar.»
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