El Medico Del Tiempo
Capítulo 30
Alex no había oído acercarse a Caroline, tanta era su concentración. Así que cuando ella le preguntó qué tenía en la mano, él se apresuró a cerrar los dedos alrededor del tesoro de metal y ocultarlo detrás de la espalda.
—Nada.
—Déjamelo ver, por favor.
De muy mala gana, el chico le tendió la caja de metal. Caroline la miró por un momento y luego alzó la vista hacia él.
—¿Qué es esto?
—No estoy seguro.
No mentía, pero tampoco le decía toda la verdad. Había querido abrir la caja de metal desde la noche en que la había cogido, pero la oportunidad nunca se le había presentado. Ese día, con Kristina ocupada con Evan y su madre ausente, su padre descansando y todos los demás trabajando en los sembrados...
Había estado bregando durante una hora con ayuda de un pequeño destornillador, y al fin había tenido éxito. Después de mirar el contenido —
del que no entendía nada—, estaba colocando la tapa cuando apareció Caroline. Él la miró con expresión desdichada, sin decir nada pero pensando: «¿Por qué has tenido que venir precisamente ahora?».
—¿Dónde la conseguiste?
Alex agachó la cabeza, con expresión culpable.
—Dímelo.
—La cogí de la pata del águila. Donde cayó papá.
Al oír esto, Caroline se enterneció y se agachó para ponerse a nivel de los ojos de Alex.
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—Entonces esto es importante para ti. No lo sabía cuando te pedí que me la dieses. —Hizo girar la caja en las manos—. Solo quiero mostrársela a Michael y después te la devolveré. La cuidaré bien, te lo prometo. De pronto, él estornudó muy fuerte. Luego tosió con un sonido seco y rasposo.
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—¿Estás bien? —preguntó Caroline.
—Eso creo. —Se encogió de hombros.
—Muy bien. No se te ocurra ponerte enfermo ahora.
—No lo haré.
Alex la siguió con la mirada cuando ella salió de la habitación con su tesoro.
De improviso dejaron de flotar. Janie sintió la encantadora solidez del fondo cuando los cascos de Jellybean hicieron contacto, unos pocos metros más arriba del punto sin retorno. Con cada paso estaban cada vez más afuera del agua y muy pronto llegaron a la orilla. Janie se volvió y miró a la orilla opuesta; vio al hombre que arrastraba al compañero herido a lo largo de la orilla, hacia los campamentos del puente.
El agua chorreaba del caballo y de las prendas empapadas de Janie.
Todavía montada, la yegua se sacudió violentamente, y Janie apretó los dientes para no morderse la lengua. Luego Jellybean echó a trotar, como si notase la urgencia del viaje. Janie tiró de las riendas para detenerla y se apeó. Se quitó las ropas mojadas y adheridas a la piel. Apenas si notaba las manos mientras retorcía los pantalones y la chaqueta para quitarles el agua.
Cada retorcimiento era una tortura cuando la sangre caliente intentaba volver a los dedos helados. Puso las botas boca abajo para vaciar el agua, y después las golpeó contra el tronco de un árbol para quitar lo que podía quedar; cada golpe le enviaba una dolorosa sacudida por la columna. Solo aquellos artículos que había colocado arriba de todo en la mochila estaban secos; los pantalones de recambio se habían empapado, y también el jersey de lana que había llevado. Tenía calcetines, ropa interior y una camisa secos, y una manta con una punta ligeramente húmeda. Envolvió todo lo demás en la chaqueta y lo ató en un bulto chorreante. Luego Janie Crowe, la mujer de la pradera, volvió a montar en Jellybean en ropa interior, calcetines y camisa, y envuelta en la manta.
«Veinte kilómetros de temblores —pensó—, todos cuesta arriba.»
Buscó el sol y lo encontró directamente encima, al sur. Acababa de pasar el mediodía.
Michael sacudió la caja de metal y escuchó para saber si había alguna pieza suelta en el interior. No oyó nada.
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—No sé lo que es —le comentó a su esposa—. Pero creo que habría que abrirla y ver lo que hay dentro. Puede que sea algún artilugio de rastreo. Si
lo es, contendrá un chip de algún tipo.
Sostuvo la caja con el brazo extendido al máximo para que sus cansados ojos pudiesen leer la inscripción grabada en un lateral.
—908. Me pregunto qué significará.
—Quizá es parte de una serie. Un número de rastreo para un programa de repoblación o lo que sea, pero no creo que sigan rastreando. Asegúrate de volver a montarla correctamente, o tendrás que ser tú quien se lo explique a Alex.
—Sí, querida.
Sería la menor de sus preocupaciones. Dejó la caja en la mesa y fue a buscar su caja de herramientas. Alex miraba desde la puerta mientras Michael quitaba la tapa de la caja con destornillador y alicates como él había hecho antes.
—La maldita cosa está construida como un tanque —comentó Michael mientras se esforzaba para abrirla.
Al fin, la tapa salió disparada y cayó medio metro más allá. Desde el umbral, Alex soltó una exclamación. Corrió a recogerla y se la llevó a Michael.
—No creo que haya sufrido ningún daño —dijo Michael después de echarle una rápida ojeada. Dejó a un lado las herramientas y miró en el mecanismo de la caja misteriosa—. Tráeme mi lupa, cariño, por favor.
Caroline fue a buscar la lupa.
—Aquí tienes, Sherlock.
—Gracias. —Colocó la lupa sobre la caja abierta y escudriñó el interior
—. Aquí hay un chip, y algo que parece un pequeño transmisor. —Dejó la lupa en la mesa y miró a su esposa—. Ahora mismo, si hay alguien ahí fuera prestando atención, cosa que dudo, creerá que somos un águila.
—Jefe, está pasando algo curioso.
Bruce dejó a Lany y salió al pasillo.
—El 908 vuelve a estar en línea.
El águila había estado fuera de contacto durante un tiempo después de que habían llegado a la conclusión de que caminaba.
—Aparece y desaparece —dijo Fredo. Clavó una chincheta en el mapa en el lugar indicado por las coordenadas.
Bruce miró el mapa topográfico.
—Está en la montaña. ¿Alguna vez hizo esto antes?
—No que yo sepa.
En aquel momento la transmisión cesó del todo. Durante varios minutos no hubo ninguna señal; entonces, con la misma brusquedad, comenzó de nuevo. 370
—Esto no lo entiendo. Solo dejan de transmitir cuando se abren.
Aunque el pájaro esté muerto, el aparato seguirá transmitiendo hasta que se le acabe la batería.
Bruce corrió de nuevo a la habitación de Lany.
—Dijiste que habíais matado un águila que tenía una caja en la pata.
—Así es.
—¿Os llevasteis el águila?
—No, la dejamos allí.
—Con la caja en la pata.
Ella asintió con un gesto.
—Espera un minuto —dijo al cabo de unos segundos—. Envié a Alex a buscar el hacha. La había dejado en el suelo cerca de la columna.
—¿Alex? ¿El niño pequeño?
—Sí.
—¿Pudo él llevarse la caja?
—No sin... —Lany se interrumpió, al recordar que había visto sangre en las manos de Alex y se había preguntado si habría tocado a Tom sin que ella lo viese.
Bruce acabó la frase por ella.
—No sin cortarle la pata.
—Aquí tienes, campeón, como nueva. —Michael puso la caja en la mano de Alex y le palmeó al cabeza—. Por favor, guárdala en algún lugar seguro. Alex cogió el pequeño cubo de metal y fue a la habitación de sus padres. Su padre dormía; «de nuevo», pensó. Guardó su tesoro de metal en la caja de madera que había sobre la cómoda.
Janie ya no sabía dónde estaba el sol, pues los árboles que flanqueaban la carretera le obstruían la visión. Se aferraba precariamente al lomo de la yegua, y solo miraba al frente de vez en cuando para saber si el animal seguía el rumbo correcto. Hacía varios años que no pasaba por ese camino y, aun en su estado cercano al delirio, el deterioro del pavimento la sorprendió. Lo único que veía mientras avanzaban ladera arriba eran los trozos de asfalto, porque levantar la cabeza representaba demasiado esfuerzo.
Había enredado los dedos helados en la sedosa crin de Jellybean; era la única manera en que podía sujetarse. Las riendas colgaban del cuello del caballo, y se balanceaban rítmicamente mientras subían. Los pasos del animal eran lentos y pesados, y Janie comenzó a preguntarse si Jellybean tendría las 371
fuerzas suficientes para recorrer todo el camino. No tenía idea de lo que haría si la yegua no daba más de sí.
Pero el animal resistió. Trece horas después de iniciar el viaje con el alba, llegaron al recinto. La verja estaba cerrada, tal como Janie esperaba que estuviese. Sin desmontar, cogió la cadena de la campana y la hizo sonar una y otra vez. Se abrió la verja y vio a Michael, que levantaba una mano y sujetaba las riendas. Hizo entrar a Jellybean y cerró la verja en el mismo momento en que Janie se deslizaba de la montura y caía al suelo.
—Entonces ha tocado la sangre —dijo Bruce, alarmado—. Tuvo que cortarle la pata para coger la caja, y ha tenido que haber sangre.
—El águila ya estaba muerta —le recordó Lany—. Yo le había cortado la cabeza. El corazón ya no estaría bombeando.
—¿Cuánto tiempo antes?
—No lo sé con exactitud. Quizá unos quince minutos.
—En ese momento, la sangre debía de estar asentándose en las extremidades. Si tiró de la caja para sacarla, lo que hubiese en la pata tuvo que derramarse. —Respiró profundamente—. Si el pájaro estaba infectado, él también lo estará.
—¿Sabes cuál es el promedio de infección en tus pájaros?
—No. No les hemos hecho pruebas. Ninguno de ellos se enferma, así que no le vimos mucho sentido. Pero pueden ser portadores, eso lo sabemos a ciencia cierta.
Lany se levantó y comenzó a pasearse por la habitación.
—Tenemos que comunicarnos con ellos de alguna manera y hacérselo saber. Otro e-mail, una paloma mensajera, algo. ¡Hay que decírselo!
Bruce le apoyó una mano en el hombro.
—Por favor, no te espantes. Esto tarda mucho tiempo en desarrollarse, quizá semanas, por lo que hemos visto. Crece poco a poco y se mueve lentamente; la dificultad es que, cuando se manifiestan los síntomas, la enfermedad ya está bien avanzada.
—Ha pasado casi un mes desde que ocurrió.
—No me lo habías dicho.
—No me lo preguntaste. Oh, Dios —gimió Lany—. ¿Responde a algo, a algún antibiótico?
Él titubeó, aunque no estaba muy seguro de por qué.
—Acabamos de empezar a trabajar en algo que esperamos que funcione, pero todavía no lo hemos puesto a prueba. Nos quedan algunos antibióticos antiguos: estreptomicina, aureomicina, algunos pocos de los antibióticos 372
anteriores al DR SAM, pero ninguno de ellos ha demostrado ser completamente eficaz. Parece mutarse con la misma velocidad con que lo atacamos. Lany se dejó caer en la silla y cerró los ojos. Echó la cabeza hacia atrás por encima del respaldo.
—Se trata de un niño muy, muy especial. No podemos permitir que enferme.
Bruce se preguntó qué podía tener más de especial que cualquier otro niño, pero no lo dijo.
—¿Qué demonios vamos a hacer? —se lamentó Lany.
En el silencio que siguió, el pitido de su ordenador portátil en el bolsillo de Bruce sonó a gloria.
J casa sola?????????????
—Ha regresado —exclamó Lany eufórica—. «Casa», dicen. Ha tenido que volver a la montaña. Oh, gracias a Dios. Estará allí para cuidar de Alex si cae enfermo. Dios sabe lo que puede hacer por el chico, pero lo hará mejor que cualquier otro.
Bruce no dijo nada. Al cabo de un rato, manifestó:
—Puedes enviar una respuesta si quieres. Solo escribe: «A salvo»; nada más. Tendrá que bastar.
—De acuerdo —dijo Lany—. Gracias.
De inmediato escribió lo que le permitía y apretó la tecla de envío.
Cuando vio que el mensaje había sido enviado, cerró la tapa del ordenador e hizo ademán de guardárselo en el bolsillo.
—No, lo siento. —Bruce le tendió la mano—. Creo que me lo quedaré un poco más.
Lany se lo dio de mala gana y sintió su vacío cuando estuvo fuera de su control. Bruce se lo guardó en el bolsillo; después cogió una silla y la colocó
delante de ella. Se sentó y la miró directamente a la cara, como si fuese a hablar de un asunto muy grave.
—Esa mujer, Janie, ¿cuál es su apellido?
Lany pensó que su interés era demasiado grande para ser casual.
—No lo sé —mintió—. Nunca usamos nuestros apellidos; no parece tener mucho sentido.
—¿Nunca oíste mencionar su apellido de soltera?
—No.
—Su hijo, ¿cómo has dicho que se llamaba?
—Alex —respondió ella después de un breve titubeo.
—¿Qué edad tiene?
—Siete años.
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—Así que nació después del segundo ataque.
—Sí.
—Dijiste que podía cuidar de él. ¿Cuál era su profesión?
—No conozco muy bien a esas personas —respondió Lany—, así que en realidad no estoy muy segura.
—No pasa nada —dijo Bruce en voz baja—. No es importante.
Caroline puso dos grandes piedras lisas en la cocina para calentarlas y después las llevó en una sartén al dormitorio de Janie y Tom. Levantó las mantas y vio que Janie todavía temblaba violentamente, aunque estaba envuelta en las prendas de cama. Deslizó la sartén junto a las piernas de Janie y volvió a taparla con las mantas.
—Piedras calientes, como en los buenos viejos tiempos —le susurró a su amiga—. No tardarás en entrar en calor.
Tom estaba sentado en una silla junto a la cama, pero Janie no salió del delirio durante varias horas, durante las cuales Alex también permaneció allí. Mientras su padre miraba, el niño controlaba el pulso de la madre, tomaba su temperatura, escuchaba su respiración, y lo apuntaba todo en su pizarra. Cuando se quedó dormido acurrucado contra su padre, Caroline y Kristina se turnaron para vigilar las constantes vitales. Janie se orinó en plena noche, y fue Caroline quien la limpió, le puso otro camisón y cambió la ropa de cama. Janie abrió los ojos en mitad de todo esto y le susurró las gracias. Caroline sonrió y musitó:
—Te devuelvo el favor, compañera. Te devuelvo el favor. ¿Recuerdas lo que tú y Bruce hicisteis por mí en Londres?
Una hora antes de la madrugada, cesaron los temblores. Janie abrió los ojos y vio a su marido y a su hijo abrazados y profundamente dormidos en
el catre. Se levantó apoyada en un codo para mirarlos mejor. Tom parecía más viejo desde la última vez que lo había visto, menos de dos semanas atrás. Se preguntó cómo podía ser. Pero había más paz en su expresión de la que había habido cuando se marchó para Orange. Vio una única muleta apoyada en la pared cerca del catre; era un progreso y esperaba que eso significase que estaba saliendo de la depresión.
A Dios gracias.
Ella ansiaba abrazarlo con desesperación. Pero lo que ambos necesitaban era descanso.
—Alex —llamó en voz baja.
Tendió la mano y le tocó el brazo, y él se despertó.
—No despiertes a tu padre.
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El niño se levantó del catre con mucho cuidado y se deslizó debajo de las mantas con su madre. La rodeó con sus bracitos, y su pijama de franela se pegó
a ella como el velero.
Bruce dejó a Lany al vigilante cuidado de Fredo y otro hombre, y fue a sus habitaciones. Cuando se miró al espejo después de lavarse la cara, se dijo: «Ella no me reconocerá». Se quitó los pantalones, que cayeron al suelo con un golpe sordo. Se había olvidado del ordenador. Lo recogió y abrió la tapa.
«¿Por qué no?», pensó.
Dejándose llevar por el impulso, tecleó un breve mensaje: Pasar a J de B: Leeds
Apretó «enviar» y dejó que el mensaje volase, para bien o para mal.
Steve Roy miró la pantalla del ordenador.
—¿«B. Leeds»? ¿Qué demonio es eso? ¿Pasar qué? No hay mensaje.
—No lo sé —respondió Linda—. Quienquiera que sea B. Leeds, tiene los dedos muy gordos. Apretó los dos puntos en lugar del punto.
Simplemente pásalo tal como está. Debe de significar algo, o Lany no lo habría enviado.
—Quizá no lo envió ella.
Se miraron el uno al otro durante un momento. Finalmente, Steve dijo:
—Voy a pasarlo. Quizá signifique algo para ellas dos que nosotros no sabemos. Comunicó que estaba a salvo, y eso es una tranquilidad, pero seguimos sin saber qué pasó allí, y si tienen algún código nuevo entre ellas
dos, no quiero estropear nada. —Escribió unas órdenes y retransmitió el mensaje al recinto—. Pero te diré una cosa. Creo que es hora de que vayamos a hacer una visita al otro lado de la montaña. —Palmeó el hombro de Linda—. Comunícaselo, por favor.
Kristina fue la primera en responder al sonido de la campanilla.
—Es un mensaje para Janie —dijo.
Se levantó y fue al dormitorio, donde todos dormían.
Se acercó a la cama y se sentó en la silla vacía. Janie abrió los ojos.
—¿Cómo estás? —preguntó Kristina en voz baja.
—Me siento como si hubiese escalado el Everest —respondió Janie con un hilo de voz—. Estoy tan cansada que ni siquiera puedo pensar. —Luego hizo un 375
esfuerzo para levantarse apoyada en un codo—. Pero Lany todavía sigue allí... Tengo que avisarles de que la han capturado.
—Les enviamos un mensaje para comunicarles que habías regresado sola. Ellos nos respondieron que estaba a salvo, pero no sabemos nada más.
Janie se recostó de nuevo.
—A salvo... Gracias a Dios.
—Pero acaba de llegar otro, que ellos quieren que te pasemos a ti. Es extraño; nadie ha conseguido saber qué significa. Creemos que puede ser parte de un mensaje que no llegó completo.
—¿Qué dice?
—«Pasar a J de B: Leeds.» Nadie ha conseguido deducir quién es B.
Leeds. Lo enviaron por el ordenador de bolsillo, así que Lany tiene que estar allí con quien sea que lo envió.
Leeds. Algo se despertó en el cerebro todavía confuso de Janie, pero no pudo recordar qué era. Se sentó lentamente y se levantó de la cama, con mucho cuidado de no despertar a Alex.
—Será mejor que le eche una ojeada.
Atravesó la casa en pijama, un tanto tambaleante, y fue al ordenador.
Kristina se mantuvo cerca de ella. Se sentó a la mesa y leyó el mensaje, que aún estaba en la pantalla.
—No escribe muy bien —comentó Kristina—. Tecleó los dos puntos en lugar del punto.
—Espera un momento, no hay dos puntos en el teclado del ordenador de bolsillo.
—Quizá lo enviaron desde un ordenador normal.
De pronto, el cerebro de Janie funcionó con claridad.
—Aunque fuera en un ordenador, no tiene sentido —afirmó, observando el teclado—. Hay que apretar las mayúsculas para escribir los dos puntos, de lo contrario es punto.
Kristina se acercó más a la pantalla y miró de nuevo el mensaje.
—Claramente son dos puntos.
—Entonces tiene que ser intencional.
«Pasar de J a B: Leeds.» Janie lo miró.
Leeds. B. Leeds. B y Leeds.
—Oh, Dios mío —susurró.
Bruce, y Leeds. Habían tenido su primera cita en Leeds cuando ella estaba en Inglaterra, en un restaurante que ocupaba un edificio que antes había sido una fábrica de juguetes.
Pero no podía ser.
—No puede ser.
—¿Qué no puede ser? —preguntó Kristina.
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—Todavía no estoy segura, dame un minuto.
Pinchó el botón de respuesta y escribió la palabra «juguetes». Pulsó
«enviar», y después cruzó los brazos sobre el pecho como si quisiese protegerse de algo. Permaneció sentada ante el ordenador un rato más, balanceándose atrás y adelante, mirando la pantalla, a la espera de una respuesta. Cuando le pareció que no llegaría ninguna, se levantó.
—Tengo que volver a la cama. Todavía estoy agotada. Si llega algún mensaje, avísame.
Alex continuaba en la cama; no se había movido de la posición en que estaba cuando ella se había levantado. Retiró las mantas y sintió de inmediato una ola de calor. Buscó la sartén con las piedras; en algún momento de la noche, Caroline la había sacado.
Janie apoyó la mano en la frente de Alex. Estaba caliente y seca, y las mejillas de un color rojo brillante.
Destelló la luz de mensaje.
—Hola, Janie —le dijo Bruce al ordenador—. Cuánto tiempo sin verte.
Unos segundos más tarde se encontraba delante de la puerta de Lany, entre los dos guardias, sin recordar cómo había llegado allí. Cuando la mujer respondió a la llamada, él despidió a Fredo y al otro hombre.
—¿Quieres venir conmigo? —preguntó.
Él le habló mientras Lany lo acompañaba. No se molestó en preguntarle qué tal había dormido o si estaba más tranquila que cuando él la había dejado la noche anterior. Fue directamente al grano.
—La mujer con la que viajabas es Janie Crowe. —Puso el ordenador delante de ella. La luz del mensaje titilaba. Ella lo cogió y ya iba a abrirlo, cuando Bruce la detuvo—. Espera un momento. Todavía no mires. Esta mañana le envié un mensaje, y empleé una palabra que podía provocar una reacción, si es que era ella. —Miró la luz que parpadeaba—. Será un mensaje corto. Si tengo razón, probablemente dirá «juguetes». —Bruce miró a Lany a los ojos y añadió—: Adelante, ábrelo. Si es eso lo que dice, entonces creo que haremos un viaje al oeste.
Sin dejar de mirarlo, Lany acercó la mano y cogió el ordenador. Abrió la tapa y apretó la tecla de recibir, y miró solo lo suficiente para leer la palabra en la pantalla.
—¡Caray! —exclamó. Lo miró—. ¿Qué debo hacer?
—Responde «fábrica».
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