El negrero
Capítulo 13
Madshaka se encontraba sentado en el pasamanos del alcázar, a popa de la nave. Las tres grandes linternas del coronamiento estaban encendidas, como cada noche, porque los africanos no se sentían cómodos a oscuras y rodeados de océano, pero él se encontraba en la penumbra, justo debajo de ellas.
Miró al costado del barco, a la estela de espuma blanca que brillaba a la luz de la luna. Alzó los ojos a las velas que se encumbraban, retazos grises contra un cielo negro y estrellado. Hermoso, qué hermoso era todo aquello…
Atrás quedaba la pestilente bodega, el olor a gente hacinada y a muerte que impregnaba el barco negrero. Atrás quedaban las preocupaciones por la comida y el agua. El mercante francés iba bien provisto de agua y alimentos, así como de ropa, vino, ron y armas. En su bodega se amontonaban rollos de sedas y otros tejidos, aceitunas en barriles, pieles y especias.
Hacía seis días que había zarpado de La Habana en dirección a El Havre, o eso les había contado el contramaestre que habían tomado como rehén. Entre aquellos tabiques de madera había artículos de una suntuosidad que ellos nunca habían visto.
La jornada había sido agradable y hacía una noche tranquila. James, Madshaka y Cato, que estaba de guardia, por informal que ésta fuera, llevaban horas en cubierta. Hablaban muy poco, pues no tenían mucho que decirse. Sin embargo, la tensión flotaba en el aire, no había forma de evitarla. James no era tonto y captaba los más sutiles cambios de poder pero, siempre y cuando él, Madshaka, fuese cuidadoso, no habría nada sustancial en que basar una acusación.
Y aun cuando James sospechara, ¿a quién se lo diría? Madshaka sonrió ante aquella idea. ¿A Cato? ¿A Good Boy?
De proa le llegó la dulce canción de las mujeres que terminaban las tareas del día. Aquella gente, los africanos, no tenía conocimientos de barcos, ni experiencias que pudieran compararse remotamente a una travesía por mar. Casi ninguno de ellos había visto el océano hasta que los cargaron a bordo del negrero.
Por eso, en vez de adaptarse ellos a la vida en el mar, habían adaptado la vida en el mar a lo que ya conocían: las unidades familiares, las tribus, el ritmo de la vida en el campo, dormir, despertarse y comer.
Las mujeres se levantaban antes de despuntar el alba y avivaban las hogueras del fogón de la cocina como habrían hecho en sus poblados. Cocinaban los alimentos desconocidos de que disponían y daban de comer a sus maridos e hijos. A última hora de la mañana hacían la colada, entonando canciones ancestrales mientras los niños jugaban a su alrededor, como sus antepasadas habían hecho durante siglos en sus ríos nativos.
Y los hombres, en vez de cazar, cuidar del ganado o cortar maleza en el bosque, hacían sus guardias, adrizaban las velas y subían a la arboladura para manejar el trapo.
Al anochecer, encendían un fuego en el fogón portátil y, sentados alrededor de él, cantaban y bromeaban y contaban historias, cada uno con su tribu y en su lengua materna. Constituían una verdadera comunidad o un grupo de comunidades, una réplica de la vida que llevaban antes en África, sólo que situada en un entorno desconocido, flotando en un barco de madera en medio del anchuroso océano.
Una hora antes de que el sol se pusiera en el horizonte, había aparecido en cubierta el maestre blanco, como hacía cada pocas horas, con sus instrumentos en la mano. Caminaba arrastrando los pies y con la cabeza gacha, temeroso de mirar y, posiblemente, de ofender a sus captores. Presentaba unas oscuras ojeras y lucía barba de pocas semanas. No se había bañado ni cambiado de ropa desde que lo apresaran y, cuando no se ocupaba de las tareas para las que se le mantenía vivo, se quedaba acurrucado en su estrecho camarote.
Con todo, y por más asustado que pareciera, el hombre seguía realizando su trabajo confiado, como si el hecho de tener en la mano aquellos instrumentos familiares le hiciera olvidar la pesadilla en que se había convertido su vida. Dejó sus cosas en la cubierta, recorrió las velas con los ojos y miró el compás. Se asomó al pasamanos de barlovento y, de espalda al sol poniente, manipuló una especie de
ballestilla[3] para medir algo, Madshaka no sabía qué.
Los demás, las gentes arrancadas de la selva por los traficantes de esclavos, pensaban que hacía magia, una suerte de conjuro sobrenatural, pero Madshaka sabía que no era eso.
Observó cómo el blanco manejaba el instrumento, levantando la corredera de mano por encima del coronamiento, situando sus pínulas en el arco y escrutando el cielo con su nocturlabio, y supo que aquél era otro de los instrumentos del hombre blanco, otro de los inventos que le permitían viajar sin dificultades por todo el continente africano.
Madshaka sabía que el hombre blanco dirigía el rumbo del barco a África pero ignoraba cómo lo hacía. Y aunque King James lo observaba como si lo comprendiera, Madshaka sospechaba que tampoco lo sabía.
Eso estaba bien. Era importante que no lo supiera.
Al cabo, el blanco terminó sus mediciones. Se encaminó pesadamente hacia James, evitando su mirada como si estuviera ante un rey verdadero, y murmuró unas palabras que Madshaka no entendió. James se volvió hacia Cato, Quash y Good Boy y les comentó algo, tras lo cual anunció:
—Madshaka, tenemos que virar el barco. Ordena a la gente que se apreste al aparejo.
Madshaka asintió y corrió a proa. Aquello lo hacía sentirse incómodo. Si el blanco le hubiera dicho a él lo que acababa de decirle a James, ¿lo habría comprendido? Él solo no sabría «virar el barco», y encontrarse en una situación desconocida era algo inusual para él. Todavía necesitaba a James, por más que le molestara que así fuera.
Al cabo de veinte minutos, la embarcación había virado, el blanco había regresado a su camarote y los tripulantes negros volvían a estar sentados con su familia, cenando. Los últimos vestigios de luz desaparecían por el oeste y en la cubierta sonaban las dulces canciones de las mujeres, cada tribu con sus melodías e idiomas.
Las ascuas ardían en el fogón portátil y el viento que soplaba en cubierta e hinchaba las velas era cálido y estable y no hubo que tocar un solo cabo. Los clanes se hallaban reunidos, las mujeres vestidas con sedas de brillantes colores y algodones teñidos que habían encontrado en la bodega, y los niños envueltos en telas o desnudos, corriendo por la cubierta o acurrucados junto a su madre, una vez recompuesto el mundo que les habían hecho trizas.
Era una escena reconfortante, un barco feliz. Cuando caía la noche y los gritos masculinos se apagaban, las mujeres ejercían su influencia y volvía la calma.
Madshaka no sabía cuánto rato llevaba allí sentado, perdido en sus pensamientos, pero había transcurrido el suficiente para que James se quedara dormido y para que los pocos que quedaban en cubierta olvidasen su presencia.
Al cabo de un rato, apareció en el alcázar una figura que reconoció al instante. El hombre se dirigía a la popa.
—Anaka —lo llamó en voz baja. Anaka era el jefe de los kru, la tribu de Madshaka. Su palabra era ley para ellos.
—¿Madshaka?
—Sí, soy yo. Ven aquí, Anaka, que quiero hablar contigo. —Madshaka pasaba tanto tiempo hablando lenguas ajenas que le apetecía hablar la propia. Allí, el vínculo, la base de la confianza, era el lenguaje—. ¿Cómo estás esta noche, Anaka?
—Estoy bien, Madshaka. Las cosas van mejor y la gente alberga la esperanza de que volverá a ver su hogar.
—Sí, volveremos a casa, te lo prometo. Y seremos ricos.
—¿Cómo es eso? —inquirió Anaka.
—Este barco, todo lo que contiene. Lleva una carga muy valiosa, ¿sabes? Cuando lleguemos a África, venderemos el barco y la carga y nos repartiremos el dinero.
Anaka guardó silencio unos instantes, pensativo. Para los africanos de a bordo, el barco significaba comida, agua y un entorno que no olía a muerte, pero no se les había ocurrido que también pudiera significar riqueza.
—¿Cómo podemos venderlo? —preguntó Anaka al cabo.
Madshaka quitó importancia a su pregunta con un gesto de la mano.
—He sido piloto muchos años, ya lo sabes. He aprendido las costumbres del hombre blanco. Sé cómo se hacen estas cosas y por eso le dije a King James que nos apoderásemos del barco. Él no quería. —Hizo una pausa y añadió—: ¿Cuántos kru hay a bordo?
—Unos veinte —respondió Anaka tras pensar un instante.
—Hum… —murmuró Madshaka.
—¿Por qué quieres saberlo?
—Porque, antes de llegar a casa, podemos ganar mucho dinero. El océano está lleno de barcos y a bordo tenemos los guerreros necesarios para abordarlos y hacernos con sus valiosas cargas. Piensa en todo el sufrimiento por el que hemos pasado en manos del hombre blanco… Podríamos regresar ricos y robarles todo cuanto nos han quitado a nosotros. Es una buena idea.
Una buena idea, ciertamente, y a pesar de la tenue luz, Madshaka vio que Anaka cavilaba.
—¿Ha dicho algo de esto King James? —preguntó el cabecilla de los kru.
—Sí, hemos hablado de ello —asintió Madshaka—. Empieza a pensar lo mismo que yo, que es una buena idea que nos enriquezcamos antes de volver. Sabe muchas cosas de las costumbres de los piratas.
—Pero no lo ha ordenado.
—King James es un hombre justo. No quiere imponer su voluntad. Él y yo hemos hablado largo y tendido del asunto. —Madshaka tuvo que obligarse a no sonreír. ¡Qué fácil era aquello! Por su papel de intermediario entre King James y los demás, él era el único que sabía lo que decían las dos partes, el único medio de que ambas se comunicaran.
Anaka guardó silencio pensando en lo que acababa de oír. Madshaka sabía por experiencia que pocos hombres se resistían a la idea de las ganancias fáciles.
—¿Y qué debemos hacer? —preguntó al cabo.
—Somos piratas, ¿sabes? Siempre votamos lo que hay que hacer. Si vemos una embarcación, votamos si la atacamos o no. King James no dará la orden, quiere ser justo, pero opina lo mismo que yo, que debemos enriquecernos. Veinte kru —añadió tras una pausa—. Eso es mucho, si todos votan lo mismo. Y tú también tienes influencia en las otras tribus.
—Cierto.
—¿Hablarás con ellas? Sé que conoces otras lenguas. Diles que haremos pagar al hombre blanco por todo lo que hemos sufrido. Seremos libres de nuevo y, además, ricos.
—Sí, Madshaka, lo haré —dijo Anaka con voz resuelta. Su cabeza estaba ahora llena de pensamientos de riqueza. Hablaría con los demás.
El cabecilla se marchó y Madshaka se quedó en cubierta un rato más, pendiente de si alguien reparaba en su presencia. La popa del barco se hallaba sumida en la oscuridad. Allí no había nadie a excepción del timonel, que miraba hacia popa.
Rio entre dientes. Aquello había salido muy bien. Tal vez los demás no se habían parado a pensar en la posibilidad de hacerse ricos, pero para él la idea no era nueva.
Era un hombre ambicioso, que se había labrado una posición de poder y riqueza hasta que sus socios en el negocio lo habían dejado inconsciente a golpes y lo habían vendido a los tratantes de esclavos. No se había olvidado de ellos. Ya les llegaría el turno.
Primero, sin embargo, había que dedicarse a la piratería. Por pura chiripa, se hallaba a bordo de un barco con una tripulación de jóvenes ingenuos a los que podía utilizar como guerreros. Era una oportunidad que no dejaría escapar.
Cuando por fin estuvo seguro de que nadie reparaba en él, se encaminó a la escotilla de popa y desapareció por ella.
Estaba merodeando, cazando. Era consciente de la potencia de sus brazos y sus piernas, del silencio de sus pisadas, de la fuerza a la que podía recurrir en caso necesario. Los leones eran igual que él, poderosos y de andar pausado. No eran ostentosos ni necesitaban serlo. Cuando uno era realmente fuerte, no precisaba demostrarlo.
Descendió hasta la cubierta inferior y se dirigió a popa, agachado bajo los baos, lo cual resultaba bastante incómodo para un hombre tan alto, aunque sus movimientos seguían siendo ágiles. A la tenue iluminación de la cubierta inferior, su piel oscura se confundía con las sombras y lo hacía casi invisible. Allí abajo no esperaba encontrarse con nadie. La gente se quedaba en la cubierta superior todo lo que podía; ya había tenido bastante de la bodega.
Al llegar a popa, después de pasar entre los fardos de la carga, se dirigió a las estrechas cabinas de cada lado, una cubierta por debajo de donde James dormía. Estaba oscuro como boca de lobo, a excepción de la tenue luz que se filtraba del camarote del maestre blanco.
Madshaka se detuvo a un paso de la puerta de la cabina y escuchó atentamente. Lo oyó respirar y moverse. Captó el olor de su cuerpo sucio; olía a sudor, pero no del ejercicio físico, sino de miedo. Se preguntó cuánto tiempo podía un hombre vivir aterrorizado sin volverse loco. Tal vez ahora lo descubriría.
Agarró la aldabilla de la puerta y la abrió muy despacio para que las bisagras emitieran su amenazador crujido. Dentro, el maestre yacía en su litera, de espaldas al mamparo y con los ojos inyectados en sangre y muy abiertos, encogido instintivamente para protegerse del nuevo horror desconocido que se cernía sobre él.
Madshaka esbozó una sonrisa, una amplia sonrisa, una expresión que sabía que en aquellas circunstancias resultaría horripilante. Al tiempo que entraba en el exiguo espacio, se llevó la mano a la espalda y sacó el puñal, dejando que la luz se reflejara en la larga y fina hoja.
El blanco sacudió la cabeza en muda súplica. Madshaka llevó el puñal hasta la barbilla del hombre.
—No quieres morir, ¿verdad que no, piloto? —preguntó en voz baja.
El blanco sacudió de nuevo la cabeza.
—Ya me parecía a mí… —Sostuvo el cuchillo un poco más y luego lo apartó y se sentó en el suelo—. ¿Y adónde nos llevas, piloto?
El hombre arrugó el entrecejo, como si la pregunta tuviera trampa. Tosió, se aclaró la garganta y dijo:
—A Kala… a Kalabari, en el delta del río Níger, como tú has dicho. —Hablaba inglés con un marcado acento francés.
Madshaka asintió con la cabeza, como si sopesara la información, y luego dijo:
—Y si te pidiera que en vez de eso nos llevaras a Whydah, ¿podrías hacerlo?
—Sí.
—¿Y podrías hacerlo de manera que King James no se enterase?
—Bueno… sí. —El francés parecía confundido—. Sí, me parece que King James no entiende de navegación. No creo que se dé cuenta.
—Entonces, llévanos a Whydah —dijo Madshaka tras asentir de nuevo—. Cuida bien tus instrumentos para que tengamos una perfecta… ¿cómo se dice?
—Recalada.
—Exacto. —Madshaka sonrió—. Una recalada, tú me comprendes, piloto. Y no le digas nada a James ni a nadie. —Alzó de nuevo el puñal—. Si alguien lo descubre, te mataré y me tomaré mi tiempo en hacerlo. Me crees, ¿verdad?
El piloto asintió, con los ojos clavados en la hoja brillante.
—Bien —dijo Madshaka.
A Whydah, entonces, y a los asuntos que debía atender. Y cuando James descubriera quién daba realmente las órdenes, sería tarde, demasiado tarde para él.