El negrero
Capítulo 30
Whydah.
Desde el pasamanos del alcázar, Marlowe contempló con gesto sombrío la ciudad de los tratantes de esclavos iluminada por las primeras luces del alba.
Durante su larga etapa en los mares, sobre todo en el tiempo que pasó con los piratas, había navegado arriba y abajo por la costa africana, de Cabo Verde al Congo. Del oscuro interior del continente fluía la riqueza como un torrente de dinero empapado en sangre que se derramaba sobre los europeos congregados en sus costas, y Marlowe y sus antiguos compinches habían rondado por allí para aliviarlos de una parte de ella. África era un buen lugar para los piratas.
Sí, Marlowe conocía África. Había probado la comida especiada y picante de los kru, había dormido en las chozas de adobe de las feroces tribus del archipiélago de Bijagós y se había acostado con muchachas de piel oscura en cabo Monte, Elmina, Brass y la vieja Calabar.
Pero Whydah…
Sólo había estado allí una vez, cuando era muy joven. Tenía trece años, tal vez, y suficiente experiencia ya para tener categoría de marinero raso. Lo habían seducido para que se enrolase en un barco negrero. Buen dinero, una bolsa excelente, y con su juventud se sentía impermeable a las fiebres que diezmaban a los blancos por todo el golfo de Benín.
Había sido peor que una pesadilla, peor que cualquier cosa que hubiese imaginado. Aquella pobre gente encerrada en la bodega, aterrorizada, sometida a palizas y llorando de desesperación. Y el hedor, los gemidos, el rechinar de las cadenas… No había modo de escapar de aquello; era como estar separado del infierno por una plancha de roble.
Y los muertos. Sus cuerpos, sacados y lanzados por la borda un día tras otro. Rígidos, con los ojos abiertos, cubiertos de su propia suciedad, un cuerpo tras otro. Y cada día el joven Malachias Barrett tenía que ayudar a sacarlos, bajar a aquel agujero, mirar a los ojos a los vivos y recoger a los muertos para arrojarlos por la borda de babor al cortejo de tiburones que acompañaba al barco constantemente.
Llegaron a Jamaica con la mitad de los africanos que habían iniciado la travesía y el joven Malachias abandonó el barco, huyó a la ciudad y ni siquiera se preocupó de cobrar su paga.
Un año después, se había hecho pirata.
Y en todos sus años aquella hermandad de saqueadores, jamás volvió a navegar con un grupo más depravado y desalmado que la tripulación de aquel negrero.
Era curioso, pensó, que nunca hubiera sentido por las víctimas de sus actos de piratería la misma lástima que le inspiraban aquellos esclavos que había contribuido a transportar. El Señor sabía que había visto un tremendo terror en sus ojos, que había visto cometer brutalidades contra ellos y que él mismo era culpable de suficientes atrocidades como para ver condenada su alma incontables veces. Quizá no veía en sus presas a víctimas inocentes, como consideraba a los esclavos. En cualquier caso, quienes no se habían resistido al ataque de los piratas no habían sufrido daño; siempre tenían esta oportunidad de salvarse. En cambio, a los africanos, nada de lo que hicieran podía librarlos de su terrible destino.
Se preguntó si no sería aquella experiencia en el negrero el verdadero motivo de que hubiese dado la libertad a la gente de su finca. Pero, de ser así, sus actos obedecerían a razones emotivas, más que prácticas, y rechazó de plano tal posibilidad. Siempre se había tomado a mofa la idea de Bickerstaff de que la esclavitud debería abolirse en todo el mundo. El mundo, Marlowe bien lo sabía, constaba de fuertes y débiles y, como en la naturaleza, los fuertes se cebaban en los débiles. No debía permitirse que las emociones dominaran en exceso.
No obstante, a veces se descubría prestando oído a los argumentos de Bickerstaff y encontrándoles cierta sensatez.
Jamás le había contado a su amigo la amarga experiencia en aquel barco negrero; nunca se lo había dicho a Elizabeth, a James ni a ningún conocido de Virginia. Todavía lo impregnaba la vergüenza, como había impregnado sus ropas la pestilencia del barco hasta que, finalmente, había robado una nueva indumentaria y quemado la vieja. No entendía por qué sentía todavía tal humillación por algo sucedido hacía tanto tiempo. Peores cosas había hecho desde entonces, seguramente.
Sacudió la cabeza. La visión de la encalada ciudad de Whydah perfilándose entre la densa jungla ensombrecía sus pensamientos. No era un hombre dado a mucha introspección y, cada vez que se sorprendía dándole vueltas a reflexiones como aquéllas, se repetía que estaba volviéndose como una vieja, o un filósofo como Bickerstaff. Aquello no encajaba con él.
—Buenos días, capitán —lo saludó Bickerstaff, que subía del combés con dos picheles de estaño llenos del excelente café, negro y aromático, que habían cargado en San Miguel.
Con gratitud y cierta torpeza, Marlowe tomó la jarra que le ofrecía su amigo y la sostuvo con la mano izquierda. El brazo derecho todavía lo llevaba en cabestrillo. Era una fractura limpia y no había motivos para pensar que no curaría perfectamente, pero aún le dolía de mil demonios. El café estaba caliente pero no humeaba, al aire cálido de la mañana tropical.
—Buenos días.
El sol acababa de despegarse del horizonte y era un brillante disco anaranjado a estribor. El cielo, despejado de nubes, tenía un azul desvaído que anunciaba calor. La costa que se extendía a proa todavía formaba una masa confusa, una sombra oscura y alargada en la que sólo se distinguían los blanquísimos edificios y las siluetas de los barcos anclados en las radas.
—Whydah, ¿verdad? —preguntó Bickerstaff.
—Sí.
—¿Había estado aquí alguna vez?
—No.
Ambos callaron y contemplaron lo que el sol naciente iba descubriendo: más edificios, columnas de humo que se alzaban en volutas hacia el cielo desde diversos puntos del bosque, y más embarcaciones de todos los tamaños. También observaron la playa de arenas blancas y la espuma de la línea de rompientes que se extendía a lo largo de toda la costa, hasta donde alcanzaba la vista. Encima de sus cabezas revoloteaban las aves marinas y, en ocasiones, los pájaros de brillantes colores propios del continente.
—Sería muy raro encontrar a James aquí, ¿no cree? —apuntó Francis Bickerstaff —. Whydah es conocida por el tráfico de esclavos. Cabe pensar que es el último lugar al que se acercaría.
—Sí, eso cabe pensar, pero ya he renunciado a comprender qué le ronda por la cabeza. Ojalá pudiera regresar y decirle al gobernador que he buscado a fondo en todos los puertos en que haya podido aventurarse; así, por lo menos, podría darme por satisfecho. Incluso Nicholson debe de saber que el mundo es muy grande, maldita sea, y que James podría estar en cualquier condenado rincón.
Marlowe no había tenido la intención de responder con tanta acritud, pero las palabras se le cargaron de veneno conforme las pronunciaba. Estaba harto de aquello, cansado de aplicarse con tan sobrehumano esfuerzo a una búsqueda que no consideraba responsabilidad suya. Una persecución que no deseaba que tuviese éxito, pero en la que tampoco quería fracasar.
King James, maldito fuera su negro pellejo…
Después de romperle el mastelero del trinquete al Elizabeth Galley, el mercante francés de las Indias Orientales se había limitado a alejarse. Al parecer, tenía cosas más importantes que hacer que sacar rédito a su victoria, o su capitán había considerado que no merecía la pena el coste en sangre del botín que pudiera obtener del Galley. Fuera como fuese, Marlowe se había alegrado de ver que la gran nave desaparecía en el horizonte.
La tripulación del Elizabeth Galley tardó veinticuatro horas en reparar los daños sufridos en apenas quince minutos de combate. Desaparecida la amenaza de verse borrados del mar a cañonazos, los hombres pudieron rescatar gran parte de lo derribado y, por fortuna, en el botalón llevaban un mastelero de repuesto, por lo que al final poco se notaron los desperfectos.
Terminadas las reparaciones, largaron vela y continuaron la caza de King James.
Los hombres del Galley seguían ávidos de hacerse con la fabulosa fortuna que supuestamente llevaban aquellos piratas negros.
Dos días después habían tocado tierra africana en Cabo Verde, la punta más septentrional a la que podía haberse dirigido James, en opinión de Marlowe. Habían buscado allí y en la desembocadura del Gambia, habían dado un rodeo hasta Cacheu y Bissau y habían mirado en los escasos fondeaderos del archipiélago de Bijagós antes de continuar hacia el sudeste, siguiendo la costa de Guinea.
Lo único que tenían a favor era la escasez de ancladeros de la costa occidental africana, los pocos lugares donde había un puerto bien definido. La mayor parte de la costa estaba formada por radas abiertas, grandes extensiones de playa batidas por un oleaje traicionero, y los barcos anclaban a prudente distancia de tierra, confiando sus tripulantes en la pericia de los prácticos nativos para que los llevaran a la orilla y los devolvieran a bordo.
En estas circunstancias, sólo tenían que aproximarse a tierra lo suficiente para observar las naves fondeadas y comprobar si alguna de ellas era el mercante francés del que se habían apoderado King James y su banda de piratas.
Pero ninguno de los barcos que vieron era el que buscaban.
Pasaron el cabo Santa Ana y el cabo Monte, siguieron hacia el sudeste a lo largo de la costa de la Pimienta, luego al nordeste por el cabo Palmas y a lo largo de la costa de Marfil hasta Axim. Doblaron el cabo Three Points y entraron en la costa de Oro, territorio ashanti, más allá de las radas abiertas de Essiama, Komenda, Elmina y el cabo Coast, con su gran castillo fantasmagórico, el mejor fondeadero en mil millas y el lugar menos probable para dar con unos esclavos fugitivos. Y, efectivamente, no los encontraron.
Descartaron los navíos anclados en la desembocadura del río Volta y continuaron con rumbo este hasta el golfo de Benín y la costa de los Esclavos, donde Marlowe no tenía ninguna esperanza de encontrarlos.
Hasta allí la búsqueda había sido cosa sencilla. Sin embargo, una vez pasaran Lagos y entraran en la zona del delta del Níger, habría cientos de ríos y riachuelos y lugares apartados en los que James podía esconderse. Tendría que inspeccionarlos uno por uno, adentrándose en fétidos viveros de fiebre amarilla y peste negra, y sólo de pensarlo ya sentía escalofríos.
Una vez más, maldijo a King James por hacerlo pasar por aquello. Estaba tan furioso que ya no le parecía tan terrible la idea de verlo colgado. Cuando pensaba en lo que habían pasado y en lo que aún les esperaba, él mismo le habría echado la soga al cuello.
El sol ya estaba alto y la costa a la que se aproximaban resultaba perfectamente visible. Marlowe apuró el último sorbo de café y escupió unos marros. Las canoas nativas empezaban a acercarse y él observó a los remeros que, con enérgicas paladas, salían al encuentro del recién llegado. Algunos serían prácticos que ofrecerían sus servicios para llevar al hombre blanco al otro lado del rompiente; otros, botes cantina que ofrecían productos que anhelaban los marinos que llevaban mucho tiempo sin tocar tierra. Ron, sobre todo. Tendría que decirle a Fleming que anduviera con ojo y no permitiera a los hombres excesos que pudieran causar problemas.
Más por costumbre que con la esperanza de encontrar el que buscaba, paseó la mirada por los grandes barcos, bergantines y demás veleros fondeados. Sus ojos se fijaron en una nave anclada más al este, a cierta distancia de la zona central de Whydah. Se la quedó mirando, pero sus pensamientos estaban en otra parte, con el gobernador Nicholson, ante quien explicaba que había buscado por toda la costa y no había encontrado nada.
Con la vista en el barco y con la cabeza al otro lado del Atlántico, le embargó una extraña sensación. Era como si en sueños supiera que debía recordar algo y, al despertar, no recordase qué era. Tenía esa brumosa impresión de que hay algo que uno no debe olvidar, pero no consigue recordar qué es.
Y así continuó mirando, mientras chapoteaba en el légamo de sus pensamientos tratando de descubrir qué había debajo. Hasta tal punto había dado por hecho que no encontraría el barco de James que tardó cinco minutos en percatarse de que la nave que estaba viendo era el mercante francés, o uno muy parecido.
—¡Dios santo…!
Dio un respingo y derribó el pichel que había dejado a su lado. La jarra de peltre rebotó en la mesa de guarnición y cayó al agua, pero Marlowe no le prestó un ápice de atención.
—¿Qué sucede? —preguntó Bickerstaff, pero Marlowe ya había dado media vuelta y corría a popa para sacar el catalejo de la caja de bitácora y enfocarlo a proa. Sacudió la cabeza. El mercante estaba a milla y media de distancia y no alcanzaba a apreciar ningún pequeño detalle que le permitiese confirmarlo rotundamente, pero tampoco vio nada que certificara que se equivocaba.
Sintió un aluvión de emociones encontradas: la excitación del posible descubrimiento, el alivio de que pronto fuera a concluir todo, el temor de estar equivocándose, el pánico a encontrar a James y tener que matarlo o llevarlo de vuelta para que recibiera una muerte aún peor; en resumen, una confusión de lealtades y deseos en conflicto.
Cuanto más se esforzaba en simplificar su existencia —una vida de hacendado, una esposa, un hogar—, más imposible le resultaba y más complejos se hacían sus problemas, como si una enredadera sin control se enmarañara en torno a él.
Bickerstaff llegó a su lado y Marlowe, como sabía que su amigo era un hombre demasiado educado para repetir la pregunta, procedió a explicar:
—Creo que ése de ahí es el mercante francés. El barco de James.
Bickerstaff arqueó una ceja, lo que en él era tanto como lanzar un grito de sorpresa. Marlowe le pasó el catalejo y Francis echó un vistazo, aunque carecía de los conocimientos necesarios para fijarse en los pequeños detalles que distinguían a dos barcos parecidos.
—Hum… —murmuró, pensativo—. No enarbolan enseña y la forma en que llevan estibadas las velas, con las vergas tan inclinadas, es impropia de cualquier capitán que se precie.
Marlowe sonrió. Bickerstaff tenía razón; lo que éste señalaba —y a él se le había escapado por completo— era un buen indicio de que estaban ante el barco que buscaban. Marlowe había estado tan concentrado en observar la elevación angular del bauprés, la arrufada, el número de cintas pintadas de negro que reforzaban la tablazón o el amantillado un tanto arcaico en el puño de la verga del sobrejuanete, que ni siquiera se había fijado en las pistas más evidentes. A veces, ser un experto perjudicaba.
—¿Cree que es King James?
—Creo que podría serlo —asintió Marlowe—. Ahora lamento que desembarcáramos en San Miguel a esos franceses que recogimos. Ellos podrían haberlo confirmado. —Sin embargo, tras unos instantes de reflexión, añadió—: No; sigo alegrándome de que nos libráramos de ellos. Con todo, creo que debemos aprestar el barco para la acción y mandar a la tripulación a ocupar sus puestos, por si acaso.
Dio las órdenes oportunas al primer oficial Fleming, que las transmitió a grandes voces a los hombres de cubierta y a los de abajo, que las recibieron con absoluta sorpresa. Ya no quedaba nadie durmiendo; desde el amanecer, todos estaban levantados y procedían a un zafarrancho de proa a popa, atendiendo a las muchas tareas que debían realizarse antes del desayuno y el cambio de guardia. Era una rutina que habían desarrollado sin variantes durante las últimas semanas, desde su combate con el indiano, y hasta aquel momento nada indicaba que hubiese de cambiar aquella mañana.
Por este motivo hubo más vacilaciones, más miradas de perplejidad y más preguntas de las que Marlowe habría deseado. No obstante, los hombres cumplieron las órdenes con increíble rapidez y desamarraron cañones, prepararon mechas y cubos de agua y tomaron alfanjes y picas.
Era una buena tripulación, disciplinada y bastante tranquila. La muerte de Griffin había sido como arrancar una muela podrida: doloroso al principio, pero un gran alivio después.
Transcurridos quince minutos, mientras la brisa impulsaba el Elizabeth Galley hacia la costa, acercándolo al francés, todo estaba dispuesto a bordo. Marlowe continuó estudiando el mercante, pero no observó nada fuera de lo corriente. Vio moverse por cubierta unas cuantas figuras que le parecieron africanas, aunque todavía estaban demasiado lejos para asegurarlo. Justo a proa del trinquete se alzaba una columna de humo, pero no parecía nada alarmante; probablemente, procedía de un fogón.
—Donde hay humo, hay desayuno —le comentó a Bickerstaff.
—Y donde hay desayuno, seguro que no hay temor de un ataque inminente.
Efectivamente, pensó Marlowe, y esto hacía aún más desconcertante el asunto. Entonces oyó encima de él cómo la gavia gualdrapeaba y volvía a llenarse con el viento. Estaban perdiendo la brisa marina. Pronto entrarían en una encalmada y, a continuación, encontrarían el terral entrándoles por la proa.
—Señor Fleming, atención al ancla. Nos acercaremos lo más que podamos.
El viento se mantuvo diez minutos más; luego sopló en rachas desordenadas y, por último, amainó por completo y dejó el Elizabeth Galley al pairo, atravesado en el oleaje. La nave dio bandazos entre las grandes olas que pasaban bajo la quilla y se lanzaban en espumantes rompientes hacia la playa, distante una milla.
Echaron el ancla y la proa viró hasta apuntar a las olas, haciendo que la nave cabeceara en lugar de zarandearse, lo cual resultaba menos incómodo. Y cuando el Galley se detuvo por fin, con un tirón algo brusco de la cadena del ancla, estaba a menos de cien brazas del barco sospechoso.
Los dos buques quedaron prácticamente en línea, con las proas apuntando a las olas. Desde el pasamanos del alcázar, Marlowe estudió atentamente al otro.
En efecto, los que iban a bordo eran africanos, y todos parecían mujeres. No vio a ninguno que pudiera identificar a ciencia cierta como varón. Tal vez todos los hombres habían desembarcado, lo cual explicaría la ausencia de alarma, pero era muy extraño. ¿Por qué habrían de hacer algo así? ¿Por qué habría escogido James tocar tierra en Whydah, precisamente? Resultaba incongruente. No había manera de encajar las piezas del rompecabezas.
Pero no importaba. No tenía por qué entenderlo todo. Los hechos eran éstos: había encontrado un barco que se parecía mucho al que James había tomado y a bordo iban mujeres africanas, pero éstas no se hallaban encadenadas y agrupadas para conducirlas a la bodega, sino que caminaban libremente por cubierta, cocinaban y se ocupaban de sus cosas.
Aquello no era, en absoluto, lo que uno esperaría encontrar en un barco anclado frente a Whydah.
Lo cual significaba que, en efecto, había encontrado a King James.