El negrero

James L. Nelson · Capítulo 2 de 36

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El negrero

Glosario

1

La iglesia era un horno. La claridad cegadora del sol, el polvo y el olor a pasto seco y estiércol penetraban a través de las puertas, abiertas de par en par. Las moscas zumbaban, brillaban al cruzar los rayos de luz y se posaban como motas negras en los bancos pintados de blanco.

Era domingo, 14 de junio del año de Nuestro Señor de 1702.

En el púlpito, el predicador pronunciaba monótonamente un interminable sermón.

Marlowe notó que le corría el sudor bajo la gruesa casaca, el chaleco y la camisa. Cambió de posición y se dio cuenta de que llevaba sin pensar en nada… ¿cuánto rato? Sin pensamiento alguno; sólo conciencia. Como un animal.

El predicador alzó los brazos e imploró a Dios.

El calor era sofocante, opresivo. La iglesia tenía casi veinte años y se había erigido cuando Williamsburg, ahora floreciente, era todavía un rincón apartado que llamaban la Plantación del Medio. En su interior, los feligreses se apretaban como manojos de tabaco prensados en barriles; una bendición en invierno, una calamidad en verano.

Marlowe se miró los zapatos y desvió la mirada hasta las piernas de Elizabeth, apenas identificables bajo las incontables capas de seda y tafetán de la falda. Debía de estar aún más acalorada que él, pero mantendría a ultranza su actitud digna porque necesitaba sentirse digna, después de tantos años de secreta indignidad.

La dignidad; ésta era la razón primordial de que se hallara allí, en su propio banco reservado de la iglesia. No en las primeras filas, desde luego; ésas las habían adquirido las principales familias de Virginia hacía mucho tiempo. Pero aunque el suyo estuviera detrás de la sacristía, era un sitio perfectamente respetable. Lo importante era que todos, recién llegados o establecidos de antaño, supieran que los Marlowe podían permitirse un banco frente al altar.

Marlowe había comprado el suyo —a un precio nada despreciable— porque Elizabeth no quería comprometer su posición en la sociedad virginiana. No pensaba arriesgarse a perder la nueva existencia que los dos se habían forjado en aquella tierra. Ahora gozaban de cierta posición y todos los de su categoría ocupaban, los domingos, el banco de su propiedad.

En sus tiempos de marino mercante, Marlowe había dispuesto de domingos libres, sin nada que hacer salvo montar guardia, menos cuando el barco estaba al mando de algún tiranuelo que no toleraba un momento de ocio entre su tripulación.

En cambio, cuando se había dedicado a la piratería, cuando integraba la Hermandad de la Costa, ¿qué significaba el domingo?

Nada. La mayor parte de las veces no sabían en qué día de la semana estaban. Poco importaba saberlo a aquellos bucaneros impíos, cuyo tiempo se repartía entre la indolencia y el libertinaje.

Marlowe advirtió que tenía las piernas acalambradas. Las estiró cuanto pudo, flexionó los músculos y agradeció el alivio. Dirigió una mirada a hurtadillas a su amigo Francis Bickerstaff, que ocupaba el banco contiguo. Vestido con indumentaria conservadora y sin adornos, Bickerstaff estaba sentado muy erguido, con una Biblia en el regazo y la mirada fija en el predicador. Por su aspecto, él mismo podría haber pasado por ministro del Señor.

A su manera, Bickerstaff era un hombre religioso. Antiguo tutor, hablaba con fluidez el latín y el griego y era versado en todas esas materias que conoce la gente con mucha educación y muy poco que hacer. En aquel momento parecía absorber cada sílaba de la arenga del predicador.

Pero éste era un necio, como Marlowe bien sabía. Dudaba que nada de lo que dijese pudiera resultar ilustrativo a su buen amigo y llegó a la conclusión de que Bickerstaff permanecía tan ajeno al sermón como él, pero, como de costumbre, sabía disimularlo mejor.

Tres años, tres, llevaban acudiendo a aquella condenada iglesia.

Bajó la cabeza con la esperanza de que el gesto lo hiciese parecer piadoso. Antes, con el reverendo Hathaway, que era un buen hombre, devoto, considerado y capaz de dar un sermón sin resultar opresivamente tedioso, las cosas resultaban menos terribles. Sin embargo, Hathaway había muerto de unas fiebres hacía un año y el reverendísimo Ezekiel Trumbell había ocupado su lugar. Marlowe no se explicaba qué pecado habían cometido los feligreses para merecerlo.

Desechó tales consideraciones mientras su mirada volvía al borde de la falda de Elizabeth y ascendía lentamente por su pantorrilla. Imaginó sus muslos bajo toda aquella ropa, su piel blanca y fina, su vientre plano y delicioso, la curva de sus caderas y su figura seductora cuando yacía desnuda en su amplio lecho.

Empezó a excitarse y tuvo la vaga sensación que no estaba en el lugar más apropiado. Lo invadió una modorra cálida y sensual y sintió que se le cerraban los ojos, arrastrado por una deliciosa ensoñación…

Un brusco codazo en las costillas lo devolvió a la iglesia con un sobresalto.

—Ya basta, Thomas —le susurró Elizabeth sin apartar los ojos del predicador ni variar un ápice su expresión de piadosa atención.

—¿Qué? —Marlowe sintió que se sonrojaba. ¿Se refería a quedarse dormido o acaso había adivinado sus lujuriosos pensamientos?

—Me parece que el reverendo Trumbell está hablándote, querido.

Él se enderezó y se concentró en las palabras del predicador. Éste había vuelto la cabeza en dirección a ellos y sus ojos se posaron brevemente en el banco de los Marlowe, como dedos que probaran el calor de una plancha rozándola y apartándose antes de quemarse.

«Por Dios, ¿quieres dejar de mirarme a los ojos, vil gusano?».

A continuación siguió el conocido discurso acerca del peligro de dar la libertad a los negros. Esta vez lo revistió con algún desatino acerca de Caín y Abel, pero en el fondo era el mismo mensaje de siempre. Marlowe tuvo ganas de soltar una maldición en voz alta.

—¿Y cuál fue el primer pecado, el que precedió al derramamiento de sangre de Caín? ¡Fue el fracaso de Adán en obedecer la orden de Dios de dominar a todas las bestias del campo, sí, todas las criaturas vivientes!

»Y hoy, pues, ¿no hemos de obedecer esta orden de dominar a todas las criaturas terrenales, sean bestias u hombres, que no tienen el beneficio de conocer a Dios? Es nuestro deber de cristianos prevenir la perversa ociosidad en que ha de caer el hombre si lo Sagrado no ejerce dominio sobre él. Faltaremos a nuestro deber si no mantenemos tensas las riendas. Y muy especialmente hemos de ejercer el dominio sobre esos desdichados hijos de África, cuya pueril inocencia…

—Señor, te lo ruego, líbrame de esta palabrería… —masculló Marlowe, en tono demasiado indiscreto. Algunas cabezas se volvieron y Elizabeth le soltó un codazo.

Trumbell hablaba de los esclavos de Marlowe, por supuesto. De sus ex esclavos, mejor dicho, los que él había adquirido al comprar la finca del difunto marido de Elizabeth. Les había dado libertad a todos y después los había empleado como asalariados. No había resultado una decisión muy celebrada en la comarca.

Marlowe observó que el reverendo desviaba la atención de su banco y la centraba en los más próximos al altar. Siguió su mirada y vio en el segundo a Frederick Dunmore, con los brazos cruzados, muy atento a lo que se decía. Dunmore disponía de todo el banco para él; no tenía familia, que se supiera.

«Claro —pensó Marlowe acerca del reverendo—, buscas la aprobación de Dunmore, tu amo y señor. Asegúrate de que pronuncias el sermón como él te ha dicho». ¿Cómo lo había expresado Bickerstaff, en una de sus obras?: «Pronuncia el discurso, te ruego, como yo te lo he dictado…». Así era Dunmore. Iba vestido de blanco, como siempre: casaca de seda blanca y chaleco, relucientes calzones blancos y medias, y los blancos rizos de su peluca que caían en cascada enmarcando su rostro. Se confundía con el banco como el ciervo se confunde con el campo otoñal. Daba la impresión de que intentaba vestirse como el mismo Dios.

—Perro… —masculló Marlowe, y volviéndose hacia Bickerstaff le susurró—: Es ese perro Dunmore quien está detrás de esa cháchara infecta, ¿sabe?

Dunmore era un advenedizo en la colonia, procedente de Londres y recién convertido en propietario de una plantación. En el año escaso que llevaba allí había sabido abrirse paso hasta la Cámara de los Burgueses y, no se sabía cómo, había adquirido aquel codiciado banco. Para conseguirlo, había tenido que desprenderse de una enorme suma de dinero, adecuada y generosamente repartida.

Marlowe se retrepó en el asiento, cruzó los brazos y emitió adrede un audible suspiro mientras recordaba al viejo reverendo Hathaway. Éste había sido un hombre de convicciones propias, que guiaba a su grey y no era su títere. De hecho, él y Bickerstaff estaban entre los contadísimos hombres de las tierras bajas que respaldaron la acción de Marlowe. El difunto reverendo creía que era voluntad del Señor que los negros fuesen libres; la misma razón que empleaba ahora Trumbell para insistir en la esclavitud.

Dunmore proclamaba su apoyo al esclavismo con celo misionero. Al saber lo que había hecho Marlowe, estuvo al borde de un ataque y desde entonces libraba una guerra silenciosa contra él. Había puesto todo su empeño en que se cumplieran estrictamente las leyes referentes a que los negros no portaran armas (unas leyes a las que hasta entonces apenas se había prestado atención) y había contratado esbirros para que mantuvieran vigilada la finca de Marlowe, con la esperanza de descubrir algún motivo de denuncia, algún quebrantamiento claro de la ley. Marlowe sabía que Dunmore investigaba la legalidad de la manumisión y posterior contratación de sus antiguos esclavos para denunciarlo.

Y, naturalmente, Dunmore había convencido a Trumbell de que se pronunciara sobre aquel asunto desde el púlpito. De ese modo conseguía que sus propias opiniones fluyeran por la boca del reverendo.

«Bastardo cobarde» se dijo Marlowe, pero esta vez su cólera era una brasa, un rescoldo de carbón al rojo, no aquella llamarada impetuosa que en ocasiones lo llevaba a actuar sin pensar y le acarreaba tantos problemas.

¿Qué podía hacer ante aquello? Con gusto habría desafiado a Dunmore y le habría metido una bala en la frente o traspasado el pecho con su espada, como su adversario prefiriese, pero Dunmore siempre tenía buen cuidado de evitar la ofensa directa, como una damisela pisaría con remilgos el suelo de un establo. Tenía la astucia de nunca hacer nada que diera motivo a Marlowe para exigirle satisfacción.

Los feligreses comenzaron a abandonar los bancos. Marlowe levantó la vista. Gracias a Dios, el tormento había terminado. Sus pensamientos lo habían ayudado a soportar el servicio y a superar una torturadora mañana de domingo más. Se puso en pie, estiró las piernas y ensayó la primera sonrisa genuina del día.

—Vamos, amor mío —dijo mientras tendía una mano a Elizabeth—, vayamos a comer y luego bajemos al río. Estoy impaciente por ver el barco con el aparejo de juanete levantado.

—Ya lo viste ayer por la mañana.

—Pero entonces no lo tenía izado.

—Thomas, eres insufrible —protestó Elizabeth, pero el final del servicio religioso y la perspectiva de la visión que lo esperaba en el río habían animado a su marido.

—Y tú, amor mío —replicó con voz tan queda que sólo ella lo escuchó—, eres tan guapa que nada deseo tanto como darte un buen pellizco en el trasero, aquí mismo.

—Si lo haces, te rebano la garganta —le advirtió ella con la más dulce de las sonrisas cuando pasó junto a él, rozándolo, y avanzó por el pasillo entre las filas de bancos.

Marlowe siguió dócilmente a su esposa mientras ella salía de la iglesia lanzando sonrisas radiantes a quienes la saludaban y recibiendo otras tantas sonrisas de las mujeres y miradas de admiración de los hombres.

De admiración pero furtivas; una fugaz ojeada y, enseguida, apartar la vista. Nadie en Williamsburg deseaba ofender a Thomas Marlowe. Quienes lo habían hecho estaban bajo tierra. Y quienes una vez habían querido deshonrarlo llevando la vergüenza a Elizabeth, habían tenido una muerte brutal. Los demás caballeros y colonos veían a Marlowe como un tigre de compañía: doméstico, dócil, pero todavía instintivamente salvaje, peligroso e impredecible. Él lo sabía y fomentaba esta percepción.

Elizabeth lo condujo a una salida lateral y no a la puerta principal, donde Trumbell despedía a los fieles a medida que abandonaban el templo. Salieron del pequeño edificio de ladrillos de estilo jacobino a un pequeño jardín que separaba la iglesia de la polvorienta calle del Duque de Gloucester.

Marlowe entornó los ojos para protegerse del sol cegador que brillaba en un cielo despejado y azul. El resplandor reverberaba en las losas de granito que no quedaban a la sombra de los pequeños arces que circundaban la glorieta y se percibía el aroma de los jazmines al sol. Un cardenal pasó sobre sus cabezas, como un trazo rojo en el cielo, emitiendo sus espaciados y suaves trinos.

Respiró hondo y llenó sus pulmones de calor y de la fragancia de las flores. Ése era el calor que le gustaba: no el agobio sofocante de la iglesia abarrotada, sino el calor intenso y franco de un perfecto día de verano en Virginia.

—¡Eh, Marlowe, por fin lo encuentro!

Hartwell Page apareció entre dos arbolillos y se acercó resoplando, con el rostro encendido de sofoco en marcado contraste con la peluca blanca que cubría su cabeza como una escultura. Vestía una casaca de brocado que le hacía correr el sudor por las mejillas. Debajo del brazo izquierdo llevaba el sombrero, que nunca habría podido encajar en la peluca, y con el derecho manejaba un bastón como si fuese la manija de una bomba de sentina en un barco que hacía agua. Tenía la constitución de una bala de cañón y se movía con la misma sutileza.

—Imaginaba que lo encontraría aquí, Marlowe —repitió—. Ya suponía que no querría estrecharle la mano a ese bellaco de Trumbell. Qué manera de andarse con rodeos para referirse a sus negros, ¿eh? Esta mañana no ha ido al grano como la última vez, el muy perro. ¡Está tan furioso con este asunto como ese Dunmore! ¡Ah, señora Marlowe, encantado!

El hombre hizo una reverencia todo lo profunda que le permitía su cintura mientras la señora Page aparecía detrás de él. La mujer era el vivo retrato de su marido, pero silenciosa, como si se sintiese avasallada por la efusividad de Hartwell, igual que le sucedía, de hecho, a tanta gente.

—Bueno, supongo que el reverendo Trumbell tiene derecho a expresar su opinión, como todo el mundo —apuntó Marlowe.

—Bobadas, Marlowe, si me permite decirlo. Si Trumbell no fuese un religioso, ya le habría metido usted una bala entre los ojos, ¿me equivoco? —Y le dio un codazo con un guiño de complicidad. Parecía disfrutar de la sensación de peligro que producía la proximidad a Marlowe.

—Si no lo fuera, es probable que hubiese mantenido cerrada la boca —intervino Bickerstaff, entornando los ojos con la mirada fija en algún punto distante—. Pero el más cobarde de todos es Frederick Dunmore, que pone las palabras en ella y suelta grandes discursos cuando Thomas no está presente. No se me ocurre nada más vil que esconderse tras un alzacuellos. ¿Hacerlo tras una mujer, quizá?

—¡Bien dicho, Bickerstaff, bien dicho! —Esta vez fue Francis quien recibió el codazo.

—Lo que oigo es una novedad en usted, Francis —dijo Marlowe—. Hasta ahora, siempre se ha mostrado muy reservado en sus juicios sobre el reverendo y quien lo manipula.

—Digamos que el cáliz de mi paciencia se ha colmado.

—Bien, pues —cortó Page, cansado de aquel tema de conversación—. Supongo que adivino a donde se dirigirán ustedes después del almuerzo…

—Pensábamos bajar hasta el río…

—Naturalmente, naturalmente… Pero debo insistir en que coman conmigo y con mi mujer. Hemos encargado en la taberna un almuerzo digno del mismísimo rey y le ruego que vengan a compartirlo usted, su encantadora esposa y el bueno del doctor Bickerstaff.

Bickerstaff le había explicado en varias ocasiones que no era doctor de ninguna clase, pero Hartwell Page era incapaz de recordarlo, o no había modo de convencerlo.

—Lo haríamos encantados… —respondió Marlowe. Page era un poco histriónico, pero podía resultar entretenido y estaba claro que no exageraba en cuanto a la calidad de la comida que había hecho preparar. Lo apretado que le iba el chaleco en torno a la cintura daba mudo testimonio de su afición a la buena mesa. Pero, naturalmente, aceptar la invitación significaría…

—Y al terminar, si no es molestia para usted —continuó Page—, me sentiría muy honrado si me permite acompañarlo al río. No he vuelto a acercarme a la orilla desde que se plantaron los mástiles, pero ya entonces el barco resultaba espléndido. La Marina Real nunca podrá construir nada parecido. A buen seguro, éste no será otro Plymouth Prize.

Marlowe recordó el decrépito barco vigía, medio podrido, del que había sido último capitán.

—No, no será como el Plymouth Prize.

—Yo también he pensado en armar uno parecido… —dijo Page—. Así pues, ¿qué dice usted? ¿Comerán conmigo?

¿Por qué no? Era difícil resistirse a una invitación de Hartwell Page, que ponía tanto empeño en ellas.

—Encantado, sí. Y nos complacerá que nos acompañe después, Hartwell. Escucharé con gusto sus consejos.

—Ah, Marlowe, es usted un mentiroso, pero se lo agradezco. Ya sabe que tendrá mis consejos, aunque no sepa nada del tema.

Y en abundancia los dio a lo largo de una prolongada comida a base de maíz machacado, picadillo de ternera, asado de ardilla, espárragos, arenques y vinagreta. Consejos acerca de todo, desde la gestión de la plantación hasta el cultivo del tabaco o la empresa que Marlowe tenía entre manos.

Y Marlowe y compañía escucharon, comieron, se rieron, bebieron y disfrutaron de lo lindo. Page era uno de los pocos hombres capaces de enfrascarse en un monólogo durante una hora entera sin resultar insoportable.

Aun así, cuando los dos grupos montaron en sus respectivos vehículos para desplazarse los diez kilómetros que los separaban de Jamestown y los muelles del río, fue un alivio para todos.

Marlowe, Bickerstaff y Elizabeth ocuparon sus asientos. Era el primer momento en que se quedaban a solas desde la mañana y Bickerstaff comentó:

—Thomas, lamento que tenga que soportar a ese idiota de Dunmore. Y, sobre todo, que sea por haber liberado a sus esclavos. Ya se lo he dicho antes: es el acto más decente que usted ha llevado a cabo en su vida.

—Se lo agradezco, señor, pero estoy seguro de que no se lleva usted a engaño respecto a mis razones para hacerlo. Motivos puramente egoístas, claro: no he querido vivir rodeado de gente que desearía degollarnos en plena noche. Como usted sabe, cualquier esclavo astuto y sigiloso puede ir y venir a su antojo.

»No creo exagerado decir que nuestra gente nos estima por lo que hacemos: pagarles por su trabajo y tratarlos como a seres humanos. En toda la región, somos los únicos colonos que no se despiertan en plena noche con la inquietud de que se produzca un levantamiento. Sé muy bien, por mis… mis antiguos días de… Sé de qué son capaces los hombres en cautiverio.

—Bien, fueran cuales fuesen sus motivos, fue un acto decente, aunque parezca ofender tan gravemente a Dunmore, ese bastardo advenedizo.

No era preciso añadir nada más al respecto, por lo que, durante el resto del viaje, Marlowe y Bickerstaff hablaron de preparativos y de planes futuros.

Elizabeth participó un poco en la conversación, pero enseguida calló y se dedicó a contemplar por la ventanilla los verdes campos y las arboledas de robles, arces y pinos amarillos.

Marlowe la observó de reojo en varias ocasiones, pero ella no se dio cuenta. Fuera cual fuese su preocupación, la averiguaría aquella noche, antes de dormirse.

Cuando llegaron, el cochero lanzó una orden en algún dialecto africano, acompañada de un chasquido de las riendas. Los caballos se detuvieron bruscamente y Thomas y Elizabeth casi salieron despedidos de sus asientos al tiempo que el sonoro chacoloteo de las herraduras era reemplazado por el zumbido de los insectos y los golpes de un único martillo.

Debía de ser King James, pensó Marlowe. King James, antiguo príncipe mandinga de Kabu, ex esclavo, mayordomo de la casa y capitán de la balandra fluvial de la plantación, el Northumberland, que permanecía amarrada al embarcadero. King James, su camarada de armas. Para él no había días libres: estaba demasiado impaciente por hacerse a la mar como para guardar las fiestas.

Marlowe se incorporó y se apeó apresuradamente, ansioso por echar un vistazo a la embarcación antes de que Page se le acercase y empezara con su cháchara.

Ya avanzaba hacia el muelle cuando oyó a Bickerstaff haciendo lo que le hubiese correspondido hacer a él: ofrecerle la mano a Elizabeth para ayudarla a descender. Tendría que pedirle disculpas, pensó. Ella lo comprendería.

Thomas se detuvo y respiró hondo. Aspiró el aroma a jazmín, pino y agua salada. A madera recién cortada y jarcias nuevas. A pintura secándose al cálido sol.

La nave, amarrada al muelle, flotaba con la quilla perfectamente equilibrada. Las aguas, con su suave corriente, se rizaban en torno a la proa y formaban una estela a popa, produciendo la ilusión de que el casco ya avanzaba.

Marlowe levantó la vista y la paseó por la poderosa arboladura, que se alzaba completa, con los juanetes ya colocados. Sus perchas eran torneadas como las piernas de una mujer y los mástiles se desviaban de la vertical en un ángulo elegante, como si la nave fuera plenamente conocedora de su belleza y no sintiera necesidad de hacer alarde de ella. Al contemplarla, Marlowe emitió un sonido ronco, gutural.

Medía ochenta y cuatro pies en la línea de flotación, y ciento veintitrés pies de eslora desde el bauprés, en el que se encajaba el pequeño batidero de la verga de la cebadera, hasta la gran linterna de popa que colgaba orgullosa sobre el coronamiento.

Las negras bocas de los cañones, ocho por banda, asomaban con audacia por sus troneras, brillando al sol. El trinquete, el mayor y la mesana se alzaban de las cubiertas con su brillante madera aceitada cruzada de vergas negras. Sendas gavillas de gruesas jarcias salían de los batideros y se extendían hacia abajo y a popa, sujetas a sus vigotas con simétrica perfección.

Ciento ochenta toneladas de buque de guerra, construidas según las indicaciones específicas de Marlowe y bajo su estricta supervisión.

El Elizabeth Galley. Su salvador, financiera y espiritualmente. Su barco de guerra privado.