El negrero
Capítulo 27
Entre tropezones y juramentos, el reducido grupo desanduvo el camino de la factoría en la oscuridad. En un par de ocasiones, James oyó que alguno caía y volvía a incorporarse con una maldición, y cuando un animal hizo un ruido a poca distancia, todos se sobresaltaron.
Aquellos hombres suyos, Cato y Joshua, aquellos nativos de Virginia, sabían amarrar, adujar y tender cabos en completa oscuridad, eran capaces de colgarse del vacío y estibar vela con los ojos cerrados y podían empalmar dos cabos en menos de un minuto; Good Boy manejaba con destreza el martillo y la sierra y Quash convertía el hierro batiente en lo que uno quisiera. Sin embargo, no estaban acostumbrados a abrirse paso en una selva en plena noche.
James tampoco lo estaba. Había pasado la mayor parte de su vida adulta trabajando de bracero en los campos de tabaco y, más recientemente, como marino. Hacía muchísimo tiempo que no tenía que orientarse a oscuras por una jungla africana. Sin embargo, los recuerdos estaban tan profundamente arraigados en él, en su cabeza, sus piernas, sus pies y sus ojos, que despertaron súbitamente para permitirle avanzar con seguridad, casi como si su existencia entre los mandinga no se hubiera interrumpido jamás.
Tardaron dos horas en llegar de nuevo a la playa, deteniéndose cada diez minutos a escuchar en completo silencio, por si captaban ruidos de persecución. Pero no oyeron nada y James se convenció de que Madshaka aún creía que él y sus hombres estaban entre los desdichados que habían quedado encerrados de nuevo en la factoría.
—¿James? —inquirió Cato, vacilante.
Qué conmocionados debían de estar sus jóvenes compañeros ante la rápida sucesión de acontecimientos, reflexionó James.
—¿Sí?
—¿Qué pretende Madshaka? ¿Por qué los ha encerrado?
—Quiere volver a venderlos.
—¿Venderlos? ¿Cómo esclavos, te refieres? ¿Después de todo lo que han pasado?
—Exacto.
A esto siguió un nuevo silencio y James prestó atención a los sonidos de la noche, pero no oyó nada que indicara que alguien los seguía. Luego, fue Quash quien habló:
—Pero Madshaka también era un esclavo. Lo vendieron en esa misma factoría, él lo dijo. ¿Por qué vende a su propia gente?
—No, no. —Sus hombres, en realidad unos muchachos, eran hijos del Nuevo Mundo y no entendían los usos del África ancestral—. Madshaka es kru y tiene con él a los de su tribu. A los que ha encerrado es a los demás: ibos, ajas, baribas y otros. —Aguzó el oído un momento y continuó—: Madshaka conoce demasiado bien esa factoría para haber sido un mero esclavo en ella. En mi opinión, trabajaba para los negreros. Me figuro que los blancos lo traicionaron y lo vendieron, y que ahora se toma la venganza.
Se produjo un nuevo silencio mientras los otros asimilaban aquello.
—¡Maldición! —exclamó al fin uno de ellos, Joshua.
—¿Y qué hacemos ahora? —preguntó Quash.
—Volver al barco y zarpar enseguida —respondió James, y no era una sugerencia sino una orden tajante.
A la luz mortecina de las estrellas que se colaba entre los árboles, alcanzó a distinguir los rostros de los jóvenes y vio alivio en sus facciones. Se alegraban de que estuviera al mando otra vez, tomando decisiones y conduciéndolos. Los tranquilizaba que hubiera resurgido el James que conocían.
Continuaron por el camino hasta la amplia playa, la gran franja de arena blanca —gris apagado, bajo el titilar de las estrellas— que se extendía a ambos lados hasta donde alcanzaba la vista. El oleaje rugía atronadoramente y los blancos bordes de las olas rompientes se alzaban muy por encima del nivel de la arena antes de reventar e invadir impetuosamente un gran trecho de playa.
A James, el estruendo de las olas lo incomodó y le hizo sentir confianza, todo a la vez. Por un lado se imponía a cualquier otro sonido y les impedía oír si se acercaba alguien, lo cual no le agradaba. Por otro, en cambio, era el ruido del océano, su elemento y no el de Madshaka. El mar le daba una ventaja, pese a la abrumadora superioridad en hombres de Madshaka y a su conocimiento del terreno.
Pero no se harían a la mar aquella noche. De momento, no podrían pasar de la playa; James lo comprendió tan pronto salieron de la espesura. Un viento sostenido de más de diez nudos soplaba de mar adentro y agitaba las olas, haciéndolas más peligrosas aún. Y aunque consiguieran cruzarlas, poco podrían hacer en el barco. Ellos cinco solamente, con un puñado de mujeres con las que ni siquiera se entendían, ni en sueños podrían barloventear costeando con el pesado mercante francés. Tendrían que esperar a la brisa terral de la mañana, que los alejaría de la costa con el poco trapo que pudieran largar.
—Volvamos al bosque y durmamos un rato —dijo. Aunque consiguieran salvar las olas y llegar a la nave, quedarían atrapados allí si Madshaka y su gente los seguía —. Tumbaos y descansad. Yo montaré guardia.
Sin protestas, el reducido grupo se internó en la selva y despejó un hueco en la maleza, donde se instaló a pasar la noche. No resultaba demasiado cómodo para unos hombres que no estaban acostumbrados a dormir en el suelo, pero se encontraban tan agotados que a los diez minutos todos dormían y roncaban. James, finalmente, agradeció el poderoso estruendo del oleaje.
Cuando se durmió el último, James se levantó y anduvo hasta el borde de la espesura. Allí, en cuclillas bajo una de las esbeltas palmeras cimbreantes, contempló el camino, la playa, la espuma que coronaba las olas encrespadas y las estrellas que tachonaban el firmamento. Aquélla era su patria, su África natal. ¿Por qué, entonces, se sentía tan extranjero?
Apartó aquellos pensamientos egocéntricos y se centró en lo que podía hacer por los demás. Un príncipe siempre ha de anteponer el bien de su pueblo a sus propios deseos.
Pensó en aquella pobre gente a la que Madshaka había engañado, como a él. No soportaba la idea de que fueran a ser vendidos como esclavos otra vez. Había desperdiciado su propia vida y la de sus dormidos compañeros por liberar a aquella gente del barco negrero y no podía permitir que tal sacrificio fuera en vano, que su propia vida al final no valiera para nada. No podía permitir que aquella gente padeciera de nuevo la Travesía Intermedia.
Madshaka iría en busca de las mujeres que seguían a bordo del mercante y a recuperar el rico botín que llenaba la bodega, pero si el viento ayudaba, él y sus hombres se llevarían el barco antes de que llegara. Y después volverían y rescatarían a los encerrados. No sabía cómo exactamente, ni cuándo, pero lo harían.
Permaneció allí sentado, vigilante, durante más de una hora, pero no captó ningún movimiento salvo la permanente agitación de las olas. Sabía que no podía mantener la vigilia toda la noche. Él también necesitaba dormir. Por la mañana debería estar alerta y no lo conseguiría si no se recuperaba del agotamiento, así que volvió al claro donde dormían sus hombres, se tendió junto a ellos y, al cabo de pocos minutos, se sumió en un sopor sin sueños.
Despertó media hora antes del alba. Así lo había hecho casi todas las mañanas de su vida y tenía el cuerpo tan acostumbrado a aquel ritmo que se puso en movimiento a pesar del cansancio y las protestas de sus músculos y articulaciones. Estaba haciéndose viejo; lo notaba en cada parte de su cuerpo.
Los demás dormían todavía y no los despertó. Los dejó descansar un rato más porque el viento soplaba todavía del mar, aunque más ligero, y calculó que seguiría haciéndolo durante una hora más, antes de amainar para reavivarse en forma de la brisa terral que los ayudaría a alejarse de la costa.
Se puso en pie, estiró y calentó los músculos y, saliendo con cautela hasta el borde del bosque, estudió la playa. Su vista alcanzaba un poco más allá de la franja de arena, hasta el rompiente, pero tampoco esta vez observó nada que le causara alarma o que lo moviera a conducir a su reducido grupo al interior de la espesura, donde pudieran ocultarse de sus perseguidores.
Se quedó allí mientras clareaba el cielo; primero blanco, después de un pálido azul y finalmente anaranjado. La luz se extendió por la playa, la selva y el océano. Ancladas frente a la costa, con la proa apuntando en general hacia el mar, había multitud de embarcaciones: de comerciantes nativos, barcos negreros y, sin duda, no pocas naves piratas.
Allí seguía el mercante francés, donde lo habían dejado. Y un poco más allá en la misma dirección, apenas entrevisto a la difusa luz del amanecer, distinguió otro barco facheando.
De forma involuntaria, James contuvo el aliento. La visión le produjo tal revoltijo de emociones contrapuestas, de placer y terror, de lasitud y cólera, que no sabía qué decir, sentir o pensar.
Allí estaba el Elizabeth Galley en toda su gloriosa perfección, que él mismo había contribuido a alcanzar. Marlowe lo había encontrado, lo había perseguido como a un esclavo fugitivo.
Y con ello, una vez más, todo cambiaba.
Madshaka se lo había pasado en grande pero, cuando la noche negra que convertía en espejos las ventanas de la casa del factor empezó a clarear con la proximidad del amanecer, supo que había llegado la hora de descansar.
El y sus hombres, los kru, el núcleo de su ejército, habían pasado la noche de celebración. Se habían dado un festín con la comida de Van der Haagen, el vino y el ron habían corrido por sus gargantas y habían fumado pipa tras pipa de su tabaco.
Madshaka conocía bien el lugar. Había pasado muchas veladas allí, comiendo y bebiendo con sus socios blancos, y sabía lo que se guardaba en la despensa y la bodega. Igualmente, conocía bien la procedencia de los trofeos que decoraban las paredes, garrotes y escudos, lanzas y espadas de hierro, arrebatados a los guerreros muertos en defensa de su tribu. Algunos los había cobrado él mismo.
Y mientras duró la juerga, obligó al holandés y sus colegas a sentarse a la mesa y participar, a fingir que festejaban con ellos. Lo hicieron lo mejor que pudieron, pero la presencia del cadáver de Stevens enfriándose en el suelo, con los ojos abiertos, las manos crispadas en un gesto de agonía y el charco de sangre coagulada a su alrededor, no les inspiraba la misma euforia que a Madshaka y sus hombres. Con todo, mantuvieron sus sonrisas forzadas e incluso emitieron un par de risillas.
Van der Haagen, más digno, ni siquiera aparentó que se divertía y no cedió a las incitaciones y amenazas para que lo hiciera. El holandés conocía lo suficiente la política de Whydah y sabía que su muerte, si se producía, no quedaría sin castigo. Aunque Madshaka saliera bien librado de la muerte de su ayudante, aunque terminara por dirigir en la práctica la factoría, él seguiría siendo necesario como responsable nominal. El rey de Whydah no pasaría por alto el asesinato de un tratante de esclavos británico.
—Bien, Van der Haagen, ¿por qué no brindas con nosotros? —preguntó Madshaka, acercando una botella de vino al holandés, que la miró pero no hizo el menor gesto de cogerla—. Tu antiguo socio ha vuelto y te ha traído todo un cargamento de esclavos. ¡Y son los mismos que ya vendiste! ¡Podrás volver a sacarles beneficio!
—¡Has metido en el calabozo a una banda de gente armada, maldito estúpido! ¿Qué harás ahora, si todos tienen alfanjes, machetes y Dios sabe qué más?
—¡Bah, te preocupas demasiado! Cuando tengan suficiente sed, cambiarán las armas por agua, ya lo verás.
—Espero que tengas razón —murmuró Van der Haagen.
—Claro que la tengo. Esos hombres son como ganado y yo, el pastor que los ha conducido hasta aquí.
Tenía razón. Los había llevado hasta aquel lugar, los había encerrado y ahora eran su rebaño, y podía hacer lo que quisiera con él. Entre los cautivos no había líderes, nadie capaz de inspirarlos a levantarse y resistir.
Excepto King James.
Madshaka enmudeció a media carcajada, arrugó la frente y recorrió la mesa con la mirada. King James… Tenía intención de matarlo durante la refriega, la noche anterior, pero se le había pasado por alto. No lo había visto entre los demás; de lo contrario, no habría olvidado librarse de aquel posible problema.
Se volvió hacia Anaka, ahora jefe de su guardia kru:
—Ve al calabozo y trae a King James. Si no puedes sacarlo por las buenas, coge un mosquete y pégale un tiro.
—Sí, Madshaka —respondió Anaka. Ordenó a un par de hombres que lo siguieran y salieron rápidamente.
Hablaban en kwa, como venían haciendo toda la noche. Madshaka sabía que así ponía nervioso a Van der Haagen y los suyos, que chapurreaban una especie de jerga yoruba, la lengua franca de aquella parte de la costa, pero no entendían una palabra de kwa. Madshaka sabía lo eficaz que podía resultar aquello. Lo había utilizado para usurpar completamente el mando a King James y éste ni se había dado cuenta.
—¿Qué sucede? —preguntó el holandés—. ¿Has olvidado algo? Espero que no hayan surgido inconvenientes en tus planes.
—No, no —respondió. Advirtió con irritación que había fruncido el entrecejo y se obligó a esbozar de nuevo su ancha sonrisa entusiasta y añadió—: No, factor. Todo está por fin como es debido.
Sin embargo, no estaba tan seguro y, aunque obligó a todos a continuar las celebraciones, se sintió cada vez más inquieto. Y cuanto más tardaba Anaka en volver, más incómodo se sentía, hasta que no pudo seguir ocultando su inquietud tras una sonrisa fingida. Los demás se dieron cuenta y el bullicio fue decreciendo hasta que apenas se oyeron algunos murmullos.
Por fin, los hombres regresaron. Madshaka levantó la vista cuando entraron por la puerta y torció el gesto al observar la expresión de Anaka.
—¿Y bien?
—¡Madshaka, King James no está en el calabozo! —explicó y, como vio que Madshaka se lo quedaba mirando sin decir nada, repitió—: No está allí. Hemos separado a la gente y hemos mirado a todos los hombres, uno por uno. Hemos mirado todas las caras, pero King James no aparece. Ni él ni ninguno de los ingleses. —Éste era el término que, a falta de otro mejor, empleaban los kru para referirse a los hombres de James, aquellos esclavos nacidos en Virginia.
Madshaka, ceñudo, siguió mirando el patio más allá de la puerta. ¿Cómo podía faltar James? Lo tenía a su lado cuando habían cargado contra el muro —se había asegurado personalmente de ello— pero, por alguna razón, no estaba entre el grupo que había caído en su encerrona.
Si no estaba en el calabozo, tenía que andar oculto en alguna parte, observándolo.
Madshaka pensó que lo sucedido debería ponerlo furioso, que debería vociferar y destrozar los muebles, llevado por la rabia. Alguien se merecía morir por aquella torpeza, pero no sabía quién.
El plan se había desarrollado a la perfección, tan impecablemente como las historias ancestrales que contaban los ancianos en torno a una fogata. Pero ahora aparecía un defecto, se producía un desliz y James, nada menos, quedaba suelto y a sus anchas. No era tan estúpido como para dudar de que King James era un hombre peligroso.
A Madshaka debería haberle encolerizado la noticia, pero no estaba enfadado.
Estaba asustado.