El negrero

James L. Nelson · Capítulo 34 de 36

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El negrero

Capítulo 33

Madshaka se retorcía de dolor a cada paso que daba. La herida en el costado era un corte ardiente del que brotaba sangre que le bajaba por la pierna.

El suyo ya no era el ataque del león, ni su marcha el silencioso galope del leopardo: era el paso de un herido, y eso lo enfurecía. Su cuerpo perfecto estaba desfigurado y su poder, debilitado por un golpe afortunado de la espada de King James.

Maldito fuera, maldito fuera, maldito fuera. Mientras corría hacia la factoría a toda la velocidad que le permitía el dolor, dejó que el odio fluyera con su sangre. James lo había arruinado todo y ahora él, Madshaka, no podía hacer otra cosa que huir llevándose consigo lo poco que pudiera de la casa del factor.

Un hombre menos digno habría pensado en la venganza. Un hombre menos digno habría hecho absurdas promesas de recorrer el mundo en busca del adversario que lo había derrotado para matarlo.

Madshaka había oído a muchos borrachos vomitar tonterías parecidas, pero no iba a caer en ese error. Sobreviviría y volvería a construir su poder. Ésa era la auténtica venganza. Y entonces, cuando volviera a ser digno, tal vez los dioses le entregarían a James.

Por fin llegó al principio del camino y a la factoría, aquel recinto bajo y feo que se alzaba en el claro. En esta ocasión no se acercó clandestinamente; Madshaka todavía era el jefe, aunque sólo fuera por unos momentos más. El factor y los demás sapos blancos estaban encerrados en la pequeña celda de aislamiento reservada a los esclavos conflictivos. Los únicos hombres que había por allí eran los dos kru, Anaka y su segundo, que él había dejado allí. Le serían útiles en grado sumo a la hora de retrasar a aquellos bastardos en el camino.

Cojeando, cruzó la puerta abierta. Las antorchas colgadas de los muros de adobe iluminaban retazos del gran patio. Hizo una pausa, miró alrededor y, pese al pánico, el dolor y la furia que sentía al ver que le arrebataban tan pronto todo aquello, intentó pensar.

Anaka y su segundo se acercaron corriendo y le preguntaron si estaba herido.

—¡Estoy bien, pero os necesitan en el camino! Nuestros hombres están allí, a punto de vencer. ¡Id ahora, los dos, lanzaos a la batalla y los haréis retroceder hasta el mar!

Los kru asintieron y se marcharon deprisa. Madshaka los contempló alejarse hasta que se cercioró de que, en efecto, iban a cumplir su orden. Aquella ciega lealtad se le antojaba increíble. Si aquellos bastardos estúpidos resultaban tan imbéciles, merecían la muerte que les aguardaba.

Renqueante, se encaminó hacia la casa del factor. Unos cuantos asuntos que concluir y luego desaparecería en la selva. Cuando estuviese curado, cuando hubiera recuperado las fuerzas, regresaría.

Una vez en la vivienda del factor, pasó ante la amplia exposición de armas africanas primitivas, los trofeos colgados de la pared, y los soportes de pistolas y mosquetes. En la celda había cuatro blancos, por lo que cargó cinco pistolas, se las metió en el cinturón y salió otra vez, a la oscuridad de la noche.

La celda era muy pequeña, de unos diez palmos de lado, una jaula en realidad, con las paredes y el techo de barrotes de hierro. Los cuatro blancos estaban acurrucados, uno en cada esquina, y cuando vieron a Madshaka se pusieron en pie. No parecían asustados.

—¡Madshaka! ¡Déjanos salir de aquí, maldita sea! ¿Qué te llevas entre manos? — Era Van der Haagen y su furia parecía genuina.

«Un hombre valiente —pensó Madshaka—. He aprendido mucho de él. Si se hubiera avenido a colaborar conmigo en vez de tratarme como a un ser inferior, nos habríamos hecho ricos los dos. Qué lástima…». Lo que más lamentaba eran las oportunidades perdidas.

—¡Madshaka! —Van der Haagen seguía hablándole en tono exigente, muy valiente para tratarse de alguien encerrado en una celda tan pequeña—. ¡Abre la puerta, maldito negro!

—Voy a liberarte, holandés —dijo Madshaka. Alzó la pistola entre los barrotes, vio el pánico que se adueñaba del hombre y apretó el gatillo. La bala se incrustó en el pecho de Van der Haagen, que se desplomó hacia atrás contra las rejas con los ojos muy abiertos y el gesto desencajado. Madshaka oyó el estertor de la muerte y el holandés se quedó inmóvil.

Durante unos instantes reinó un silencio tan absoluto que Madshaka oyó los insectos del bosque; a continuación, se desató el pánico en la jaula. Los tres hombres que seguían con vida se lanzaron al otro extremo de la celda y se pusieron a sacudir los barrotes, Madshaka no sabía por qué, al tiempo que llamaban a alguien, él ignoraba a quién. Sacó otra pistola, disparó a uno de ellos en la espalda y el hombre cayó. Madshaka tiró la pistola.

Los dos que quedaban con vida se volvieron, con los ojos desorbitados, suplicantes, sacudiendo la cabeza con vehemencia. Alzó la tercera pistola y apuntó. Uno de ellos se agachó y se protegió el pecho con las piernas, como si esto pudiera desviar las balas, por lo que Madshaka le disparó a la cabeza. El hombre se desplomó contra los barrotes y toda la celda tembló por el impacto, luego cayó muerto sobre el cuerpo del factor.

El último sabía lo que le esperaba y, en vez de agacharse, intentó atacar, sacando los brazos entre los barrotes para agarrar a Madshaka, pero éste retrocedió un paso y se puso fuera de su alcance.

—Qué valiente es usted, señor Adams —dijo, sacando la cuarta pistola. La amartilló, apretó el gatillo y el señor Adams se convirtió en el cuarto cadáver de la celda.

Madshaka tiró la pistola y apoyó la mano en la que todavía llevaba en el cinturón. Los kru morirían y todos los blancos de la factoría estaban muertos, por lo que nadie podría declarar que Madshaka era el responsable de aquello, de la toma de la factoría y la posterior matanza. Era libre. Era como si todo aquello nunca hubiera sucedido.

Pasaría unos meses en la selva, regresaría a Whydah con una cuerda de futuros esclavos y volvería a empezar. Lo único que le quedaba por hacer era encontrar todo el dinero que hubiera en casa del factor y perderse en la noche.

Cruzó el recinto cojeando y recordó el momento en que los virginianos habían arrancado las lonas alquitranadas de la escotilla del barco negrero y él había subido a cubierta para encontrarse con la tripulación masacrada. De la desesperación más oscura a un ligero atisbo de optimismo, a una chispa de esperanza. Ahora se sentía exactamente igual.

 

King James llegó al final del camino e hizo una pausa, luego se internó en la espesura y observó atentamente la factoría situada en medio del claro. Las grandes puertas del muro fortificado se hallaban abiertas pero no vio a Madshaka. ¿A qué otro lugar podía haber ido?

Entonces aparecieron dos hombres, dos kru, que cruzaron la puerta a toda prisa. ¿Eran los últimos que quedaban en el recinto? A juzgar por el número de los que combatían en el camino, no podía haber muchos más. Retrocedió un paso, dos, tres, hacia la espesura, se apoyó contra el tronco de un enorme tamarindo y dejó que su sombra lo envolviese.

Los kru atravesaron el claro a la carrera y enfilaron el sendero, pasando junto a él sin detenerse. James esperó a que ya no se oyeran sus pisadas y salió de su escondite en dirección al recinto.

No era la manera más prudente de acercarse y lo sabía. Debería haber seguido por el linde de la selva, atravesar el descampado a la carrera hasta el muro y luego avanzar pegado a él, pero estaba demasiado cansado y herido, por lo que cruzó el claro medio caminando, medio corriendo, hasta llegar a la puerta.

Se detuvo allí, arrimándose a la pared, y avanzó despacio. Oyó una voz que gritaba, airada y autoritaria, pero no distinguió lo que decía.

Se produjo un silencio y, a continuación, un disparo lo sobresaltó. Sintió una punzada en la herida del costado y se pegó de nuevo a la pared. Oyó gritos de pánico y otro disparo, y otro. Asomó la cabeza por el umbral de la puerta. Madshaka se hallaba ante una pequeña celda y disparaba a los hombres que había en su interior.

El cuarto hombre se abalanzó contra los barrotes tratando de alcanzarlo, pero no lo consiguió y Madshaka también le disparó y tiró la pistola. Tras contemplar unos instantes la carnicería que había ocasionado, se volvió y se dirigió a la vivienda del factor. Caminaba con dificultad, renqueante. James pensó que su alfanje debía de haberle alcanzado más hondo de lo que pensaba. Bien. En su estado, no podía derrotar a Madshaka a menos que éste también estuviera herido.

Siguió los penosos movimientos de su adversario con los ojos y vio su gran silueta recortada en el umbral de la bien iluminada vivienda del factor, antes de desaparecer en su interior.

James esperó un momento más a salir de las sombras y luego avanzó cojeando. Se sentía terriblemente frágil y vulnerable, como si alguien a quien no pudiera ver estuviera apuntándole, siguiendo sus movimientos con el cañón de un mosquete, dispuesto a dispararle desde un rincón oscuro. Pero no sonó ningún disparo y no vio movimiento alguno. No había guardias en la muralla de adobe ni en el recinto, tampoco había blancos tratantes de esclavos ni ningún kru.

Las únicas almas vivas que había allí eran los cautivos del calabozo. De ellos sólo captaba atisbos, movimientos en la oscuridad. Aparte de eso, poco más veía y la gente no hacía ruido. James sabía lo que era estar en una jaula y por qué sus ocupantes no querían llamar la atención.

Mientras cruzaba el recinto oyó a Madshaka, que destrozaba la vivienda del factor en busca de algo. James consiguió llegar hasta el muro de la casa y se asomó con cautela por una ventana.

Varias lámparas iluminaban la estancia grande, en cuyo centro había una mesa con restos de comida y numerosas botellas vacías tiradas por doquier. Vio un armario, un escritorio, una arqueta, piezas todas de mobiliario europeo que contrastaban con las paredes de adobe y con las diversas armas africanas colgadas de ellas.

Madshaka estaba haciendo pedazos el escritorio. Parecía un niño con un juguete, sacando los cajones, vaciando el contenido y tirándolos al suelo. Al final, agarró el escritorio entero, lo levantó para examinar la parte inferior y, furioso, lo lanzó contra una pared. Allí no estaba lo que buscaba, fuera lo que fuese.

Se acercó a la arqueta, se arrodilló, abrió la tapa y empezó a arrojar su contenido por encima del hombro.

James sujetó el alfanje con la mano izquierda, se secó la palma derecha en la camisa y luego empuñó el arma con más fuerza. Vio la pistola en el cinturón de Madshaka y supo que debía acercarse lo suficiente para matarlo con el acero antes de que tuviese tiempo de amartillarla.

Avanzó cojeando hacia la puerta, se detuvo un segundo, apretó los dientes y se dispuso al ataque.

Olvidando el dolor del costado, entró corriendo y dio una patada a una silla para quitarla de en medio. Madshaka se volvió y quiso sacar la pistola del cinturón, pero James llegó primero y le puso la punta del alfanje debajo de la barbilla, pinchando la carne oscura hasta que brotó un hilo de sangre.

Madshaka cogió la hoja del alfanje con la mano izquierda y apartó el arma a un lado. James tiró con fuerza pero no pudo soltarla de la gigantesca mano de su oponente, cuyos dedos sangraban al contacto con el afilado acero. Tenía los ojos muy abiertos y apretaba los dientes para contener el dolor, pero no soltaba la hoja.

Madshaka llevó la diestra al cinturón y sacó la pistola, pero James le pateo la mano y la pistola cayó al suelo con un golpe sordo.

Permanecieron inmóviles unos instantes; entonces, despacio, Madshaka empezó a torcer el alfanje en una dirección que la muñeca de James no podría soportar. Por fin, de un tirón, se lo arrancó de la mano, lo arrojó al suelo y recogió su pistola.

James retrocedió de un salto y agarró la silla que había pateado al entrar. Madshaka alzaba la pistola, con su grueso pulgar en la llave de chispa. James vio la gran herida ensangrentada del costado de su enemigo y le arrojó la silla con toda su fuerza pero, al impactar en su cuerpo, se rompió en pedazos como si hubiera chocado contra una estatua de mármol. James lo golpeó en la herida con una pata que se le había quedado en la mano.

Madshaka aulló y se dobló por la cintura agarrándose el costado, pero no soltó la pistola. James saltó de nuevo hacia atrás, agarró el borde de la mesa y la volcó hacia su adversario, que la paró con el brazo y gritó otra vez, retorciéndose de dolor, pero James apenas lo notó porque su propia herida se le había abierto de nuevo y sintió como si le clavaran un hierro al rojo en el costado. La cabeza le daba vueltas, los ojos se le llenaron de lágrimas y se tambaleó hacia atrás intentando no perder la lucidez, consciente de la pistola y de la presencia de Madshaka a no más de ocho palmos de él.

Se golpeó contra la pared y el impacto renovó el dolor que se propagaba por su cuerpo desde el hombro y el costado e invadía sus extremidades como si fuera el fuego de san Telmo.

Dirigió la mano a una espada colgada de la pared y la arrancó del soporte con un tirón. Era un arma grande y pesada, más que el alfanje, de hoja larga y recta y el puño recubierto de cuero. Era una espada como la que había aprendido a manejar de muchacho, una espada africana que, si bien no era mandinga, procedía de la misma región.

Se apoyó contra la pared, jadeante, blandiendo la espada, y parpadeó para quitarse las lágrimas de los ojos. Madshaka había caído de rodillas y se sujetaba la herida, pero ya alzaba los ojos y se ponía penosamente en pie, como si notara que James se había recuperado y la pelea iba a reanudarse.

Madshaka conservaba la pistola; la alzó todo lo que pudo, apuntó a James y la amartilló.

Jadeantes, ninguno de los dos se movió e intercambiaron miradas de odio.

—Eres… —dijo Madshaka por fin con un hilo de voz—, eres un gusano miserable…

—No, Madshaka —James sacudió la cabeza despacio—, soy un príncipe mandinga de la casa de Mane. Y tú eres un negrero repugnante, y por más oro que robes, eso no cambiará.

Madshaka se encogió como si aquellas palabras lo hubieran golpeado físicamente. Frunció el entrecejo y dio un paso al frente, con el brazo extendido y la pistola apuntando directamente al corazón de James.

—Bien, príncipe mandinga —replicó arrogante, en tono de desafío—, espero que tengas la magia suficiente para desviar esta bala, porque de lo contrario no serás más que otro bastardo muerto. ¿Crees que puedes clavarme esa espada antes de que dispare?

James sabía que no podía. Por cerca que Madshaka estuviera, no cubriría esa distancia antes de que le disparase. Muy bien. Así estaban las cosas.

Meneó la cabeza y bajó la espada en gesto de rendición. Vio la sonrisa de Madshaka y que el brazo extendido que sostenía la pistola se relajaba. No se le presentaría mejor oportunidad.

Sostuvo la mirada de Madshaka, sintió que las manos empezaban a temblarle y notó el grito de guerra que se iba formando en sus entrañas y que se extendía por sus extremidades como antes lo había hecho el dolor. Vio un instante de vacilación en la expresión de su rival, un repentino miedo, y entonces arremetió con la espada apuntando al pecho de Madshaka.

Un paso, dos pasos, un salto sobre la mesa volcada y el disparo de la pistola, el fogonazo en la boca del cañón… Aquellos segundos finales se desarrollaron despacio, borrosos, como si transcurrieran bajo el agua.

James sintió que la bala le desgarraba el pecho y le atravesaba el pulmón izquierdo, sintió el calor abrasador de la bala camino de la espalda, y en ese instante la punta de su espada llegó al pecho de Madshaka, justo encima de su corazón, y vio que él lo miraba con los ojos desorbitados.

Arrastrado por el impulso de su salto, cayó sobre Madshaka y la punta de la gran espada le atravesó el pecho y siguió clavándose, cada vez más hondo. Oyó un grito, un agudo chillido de desesperación, pero James no supo de dónde procedía. Ante sus ojos, todo se volvía opaco y borroso, pero se dio cuenta de que estaba desplomándose; sin dejar de hundir la gran hoja en el pecho de Madshaka.

Cayó a tierra y supo que se había detenido, aunque no notó el golpe contra el suelo, ni ninguna otra cosa. Pensó que en la estancia tal vez había alguien más, le pareció oír una gran conmoción, pero no podía volver la cabeza y mirar, por lo que cerró los ojos y se dejó llevar por la calidez que se había apoderado de él.

Tenía sed, y notaba un líquido en la garganta que no la saciaba. Tenía sed pero, aparte de eso, no se sentía mal, no le dolía nada. Estaba bien, mejor de lo que había estado en muchísimo tiempo.

Entonces, algo alteró aquella sensación de bienestar y lo obligó a volver a la superficie. Con un esfuerzo que se le antojó casi imposible, abrió los ojos y delante de él danzó una imagen confusa. Era Marlowe y parecía muy preocupado. Un buen hombre, aquel Marlowe. Un hombre bondadoso, más bondadoso de lo que él mismo creía.

—Oh, James… Maldita sea —decía Marlowe.

Qué estupidez. Le costaba tanto hablar que no merecía la pena hacer el esfuerzo. Cerró los ojos, intentando encontrar fuerzas en algún rincón de su cuerpo herido y entumecido. Tenía que decirle a Marlowe que todo iba bien.

—Me marcho —musitó abriendo los ojos. Hablaba tan bajo que no sabía si Thomas Marlowe lo oía—. Me marcho al único sitio que queda para mí.

Agotadas sus fuerzas, cerró los ojos de nuevo y notó que lo invadía una dulce oscuridad, sintió un cálido abrazo, la suave brisa nocturna, el aroma del mar, los brazos amorosos de África, de su nueva África.