El negrero

James L. Nelson · Capítulo 17 de 36

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El negrero

Capítulo 16

Cuando pisó de nuevo la cubierta, Marlowe cayó en la cuenta de que, sencillamente, ya no importaba nada.

Su apatía no se dirigía contra King James. Seguía apreciando a su antiguo esclavo y hubiera dado cualquier cosa por no tener que matarlo.

Se trataba del corso, de la piratería, de todas aquellas cláusulas minuciosas de la normativa del Almirantazgo. Estaba tan harto de todo eso que ya le daba igual.

—¡Que les den morcilla a todos, con sus tratados y sus leyes y sus patentes de corso! —masculló.

Se lamentó de sus propios fracasos, de su incapacidad para mantener la integridad moral, una vez adoptada. ¿Qué pensaría Bickerstaff de que volviera a abandonarse con tanta facilidad a la amoralidad de la Hermandad de la Costa? Pero el suyo era un fatalismo nacido de sus largos años en el mar, de su prolongada estancia entre los piratas, las más desesperadas de las criaturas, que no respetaban la vida de nadie, ni siquiera la suya propia.

«Bien, nada mejor que un ladrón para atrapar a otro ladrón», añadió para sí, y en voz alta dijo:

—Supongo que me toca ir tras James, el pirata… ¿Me permite unas palabras, señor Bickerstaff, por favor?

Le indicó que lo acompañara a popa y lo llevó al coronamiento, donde nadie podía oírlos. No era justo que su amigo fuese a ciegas en lo que se disponía a hacer. Bickerstaff todavía tenía principios.

—Bien, Francis, menuda situación ésta. El barco que está más lejos es un mercante; inglés, español o francés, no lo sé. Y el más próximo es el de King James y su gente.

Dejó que sus palabras calaran y esperó, mientras Bickerstaff reflexionaba con la vista fija al frente, perdida en el vacío.

—¿Atacará a King James?

—No. Pelearemos si él nos ataca, pero no creo que lo haga. Pese a los deseos del gobernador, me temo que no puedo permitir que escape otra presa. Los hombres no lo tolerarían y no conviene a nadie que esta tripulación se pase a la piratería.

—En efecto, tiene razón en cuanto a que a estos hombres les falta poco para convertirse en piratas. Y el peor es ese Griffin. Él solo hace más daño entre la tripulación que cualquier suculenta presa que dejemos pasar.

—Griffin… Sí, bien, ya nos ocuparemos de él. En cualquier caso, dejaremos que James ponga distancia, por ahora. Y si ese otro barco entra en la categoría de presa legítima, iremos por él.

—Pensar en las riquezas que obtendrá seguramente alivia en parte su dolor, ¿no es así, Thomas?

—Sí, lo alivia. Lo alivia mucho.

Marlowe levantó la mirada a las velas henchidas contra el cielo azul y la volvió hacia la estela, blanca y espumeante bajo la bovedilla, una larga línea recta sobre las olas a popa.

¡Ah cuánto amaba la mar! Qué injusto parecía que la perfecta sencillez de aquella existencia, las cíclicas guardias, los cálculos para ajustar el velamen al viento, las necesidades de la nave y de su tripulación, tuvieran que verse contaminados por tales preocupaciones y consideraciones. Los legalismos y la doblez y las negociaciones mezquinas eran asuntos para los edificios en tierra firme, no para los barcos en el mar. Pero, como Bickerstaff, no cometería la ingenuidad de pensar que ir embarcado lo ponía a salvo de tales intrigas.

Apartó la vista de la estela y miró de nuevo a su amigo.

—Hay otra cosa que debería conocer, Francis. En realidad, no dispongo de esa patente de corso y represalia.

—¿Cómo dice? —respondió Bickerstaff tras un levísimo titubeo.

—Que no tengo ningún documento. Nicholson no me lo dará hasta que capture a King James. Mentí a los hombres al respecto, y también a usted.

Bickerstaff no dijo nada. Apartó la mirada, pero enseguida volvió a fijarla en Marlowe.

—Por eso dejó escapar el otro barco, ¿no? A bordo se comentaba que era una presa permitida.

—En efecto. Pero no puedo revelarlo y, desde luego, no pienso decir a los hombres que los engañé.

—¡Cielo santo, Thomas! Pero si aborda un barco, entonces será un acto de piratería, nada menos.

—Piratería, sí. Es curioso cómo acabo en ella una y otra vez. Se ve que la vida de salteador de los mares atrae a ciertos hombres como un imán. Hombres de cierto brío, supongo.

Bickerstaff se limitó a suspirar, miró el horizonte y movió la cabeza.

—Francis —continuó Marlowe—, se lo he contado porque no lo forzaría nunca a hacer algo que usted considera inmoral, sin advertirle antes. Todos los demás me importan un rábano y, francamente, también me da igual lo que me suceda a mí, pero no quería involucrarlo a usted en lo que se avecina sin ponerlo al corriente de la situación.

—¡Pues en menuda posición me deja! ¿Piensa contarles a los hombres el motivo de que me abstenga de participar en el combate, les explicará que mintió acerca de la patente de corso, o callará y dejará que me tomen por cobarde?

Marlowe asintió. Menudo dilema.

—Francis, ya sabe que el mar es un lugar peligroso. Los matices de lo que está bien o mal se hacen… difusos. No entiendo por qué se hace usted a la mar conmigo, a pesar de todos mis defectos morales. ¿Cómo no se quedó en casa, en la mansión Marlowe, con sus libros y sus aficiones hortícolas?

—No lo sé, Thomas. No me gusta pensar en mis motivos.

Los dos guardaron silencio un momento. Por fin, lo rompió Bickerstaff:

—A decir verdad y a pesar dé mis principios éticos, creo que envidio su pragmatismo. A la vida intelectual le falta excitación y me temo que, como las bebidas fuertes, cuando uno ha catado esta existencia azarosa le resulta difícil prescindir de ella. —Reflexionó sobre lo que acababa de decir y añadió—: La sonrisa del beodo es un buen ejemplo, pues diría que una vida aventurera como la suya no es más saludable ni aceptable para la sociedad que ser un bebedor empedernido.

—Déme tiempo, Francis, y tal vez acabe siéndolo, también.

—No se lo negaría, pero está Elizabeth, que es mejor persona que cualquiera de nosotros y sabrá mantenerlo sobrio y en su sano juicio, espero. Y puesto que, como reconoce, todo esto lo hacemos para que ella pueda disfrutar de su posición social, supongo que se puede decir que está justificado.

—¡Bravo por usted! Ya ve, así como usted me enseñó a leer y escribir, yo le he enseñado a justificar cualquier fechoría que desee cometer.

—Sí, con la diferencia de que usted es capaz de convencerse de ese disparate y yo no.

Dejaron allí la discusión sobre la moralidad de su enfrentamiento, para alivio de Marlowe, que ya había resuelto qué rumbo seguir y no deseaba que consideraciones de aquella especie torciesen su decisión.

Y Bickerstaff, si bien dejó sentado que consideraba reprensible la conducta de Marlowe, se armó también con pistolas y espada y ocupó su lugar en el combés para supervisar la batería de cañones de la sección de proa y dar apoyo a Marlowe y su partida de abordaje.

Tras la cena con ración extra de ron, los hombres exhibieron un buen ánimo para el combate. Al lado de los cañones, se miraban de soslayo con sonrisas socarronas y se unieron a coro en un estridente alarido mientras el Elizabeth Galley acortaba distancias con las aún lejanas naves.

King James mantuvo el rumbo más tiempo del que Marlowe habría creído oportuno. Sin duda había reconocido el Elizabeth Galley. Sabría que se trataba de éste aunque no avistara todavía el casco. Nadie en el mundo, salvo Marlowe, conocía el barco como él.

Tenían a tiro de cañón el reconvertido mercante francés y James aún seguía tras la estela del otro barco. Marlowe ordenó a los hombres de las carroñadas que le lanzaran una andanada y así lo hicieron con gran contento, lo cual convenció finalmente a los piratas negros de que allí no se les había perdido nada. Viraron torpemente, despacio, y pusieron rumbo al este con el viento de través.

La otra nave seguía un rumbo un poco más al norte y, al momento, mostró la popa al Elizabeth Galley y emprendió la huida, pero no podía albergar esperanzas de ganar aquella regata, ni siquiera de prolongarla mucho rato.

Habría media milla entre ellos cuando distinguieron los colores de Castilla en el calcés.

«Menos mal. Gracias a Dios…», pensó Marlowe. Un barco español, una presa autorizada para un corsario inglés. El Galley acortaba distancias rápidamente.

—Icemos también el pabellón español —ordenó al hombre situado junto al cajón de banderas, driza en mano, y un momento después el Elizabeth Galley mostraba la misma enseña que su presa. Sin embargo, el español no se dejó engañar y mantuvo el rumbo sin recoger un palmo de trapo.

Una hora de duro empeño y lo alcanzaron, y pronto Griffin se alzó en la cubierta de proa, soltando maldiciones a gritos y haciéndose el valiente, el pirata intrépido, blandiendo la espada contra el patético mercante.

—¡Griffin, venga a popa! —gritó Marlowe.

Con una mirada suspicaz, Griffin interrumpió sus bravatas y retrocedió hasta el alcázar.

—Ahora, Griffin, nos lanzaremos al abordaje juntos, usted y yo, ¿de acuerdo? — dijo Marlowe, todo afabilidad—. Camaradas de armas, ¿de acuerdo? ¡Abordaremos codo con codo!

—Sí, capitán… —fue lo único que logró articular Griffin. Miró a Marlowe de soslayo, receloso, tratando de descifrar qué se proponía, pero no captó nada. No estaba en condiciones de rehusar el ofrecimiento, por lo que ocupó una posición en el alcázar, detrás de Marlowe, y aguardó con los demás.

«Quédate cerca de mí, bastardo —pensó Marlowe—, y te atravesaré con mi espada cuando las cosas se calienten».

La espera no se prolongó mucho más. Diez minutos y el palo de la cebadera llegó a la altura de la popa del español y la adelantó. Las dos naves avanzaban en paralelo, como caballos en una carrera, separados por treinta brazas de agua.

El barco español abrió fuego con su cañón de popa. El proyectil alcanzó al Galley en el centro con gran estrépito, pero sin causar daños de importancia.

—¡Esperad! —gritó Marlowe a los servidores de los cañones. La atmósfera era explosiva, como si los hombres fueran a reventar de la presión interna a menos que se lanzasen de inmediato sobre los españoles—. ¡Lanzaremos una andanada con toda la batería y luego abordaremos entre el humo!

Se volvió hacia el timonel, señaló el barco español y ordenó que virara la caña, inclinando la proa hacia su presa.

En el castillo de proa, alguien empezó a golpear la amurada con una cabilla de maniobra, lenta y rítmicamente, y de proa a popa se le unieron los demás. Enseguida, otro empezó a canturrear «¡Muerte, muerte, muerte!», y todas las voces se sumaron en un coro hipnótico, desaforado y aterrador. Aunque había oído cánticos parecidos en otras ocasiones y eran sus propios hombres quienes lo entonaban, Marlowe notó un escalofrío que le recorría el espinazo.

«Ahora somos piratas —pensó—. Piratas de cabo a rabo».

Recordó la falsa bandera que ondeaba en el mástil. No podía lanzarse a un combate bajo un pabellón ajeno; incluso a él le parecía demasiado.

El tripulante que lo había izado estaba completamente fascinado con el cántico, con la proximidad cada vez mayor del enemigo y con el ruido de los disparos, de los certeros cañonazos que caían sobre el Elizabeth Galley procedentes del otro barco. Así pues, Marlowe se encargó personalmente de desatar la driza de la cabilla y dejar que el gran pendón castellano de coloridos bordados se desplomara en cubierta.

—¡Los del combés, preparados!

Ahora, ahora, ahora. Ya estaban muy cerca y el cántico dio paso a los gritos furiosos y al entrechocar amenazador del acero, pero los españoles no iban a rendirse y los esperaban, protegiendo la amurada con las espadas desenvainadas. Cuarenta, cincuenta hombres, tal vez, que se aprestaban a hacerles frente.

—¡Fuego!

La batería del Elizabeth Galley disparó como si fuese un único gran cañón. La nave entera se estremeció con la descarga y los proyectiles de hierro volaron sobre las escasas yardas de mar que los separaban y acertaron de pleno en el barco español, destrozando trancaniles y tracas, cintas, vigotas y mesas de guarnición en una andanada devastadora.

Marlowe empuñó una de sus pistolas con la zurda, agarró a Griffin por el cuello de la camisa con la diestra y lo obligó a volverse hasta que lo tuvo cara a cara.

—¿Preparado, Griffin? —le preguntó con una sonrisa socarrona, dándole a entender que había llegado el momento de ajustar cuentas, y leyó el miedo en su mirada.

Y enseguida los zarandeó el impacto del Elizabeth Galley, con la proa por delante, contra su presa. El griterío se hizo ensordecedor y los hombres se lanzaron al abordaje en una oleada. Sus voces se mezclaron con los estampidos de las armas cortas y con los alaridos de los primeros heridos y Marlowe, que lo había presenciado tantas veces, se admiró de que aquel espanto le resultara tan familiar.

Después, fue la popa del Galley la que se pegó al casco español, cuya amura era más alta. Marlowe soltó a Griffin y señaló el coronamiento del alcázar, tres brazas por encima de sus cabezas.

—¡Vamos! ¡Adelante! —gritó, al tiempo que se encaramaba a la batayola y de allí saltaba a la mesa de guarnición de la mesana y alcanzaba los obenques, por encima del borde del coronamiento, y dominaba el alcázar.

Allí se encontraban los oficiales, junto con parte de la tripulación y del pasaje, todos armados y dispuestos a defender su barco o morir en el intento. Marlowe apuntó al pecho del capitán y amartilló la pistola antes de que el hombre lo advirtiera siquiera. Cuando reparó en lo que sucedía, el capitán soltó un grito, se volvió y lo apuntó a su vez. Los dos dispararon y los dos fallaron.

Marlowe se colgó de la parte interior de los obenques, saltó al alcázar y empuñó otra pistola con la zurda mientras en la derecha blandía su poderosa espada de hoja recta. Una bala zumbó junto a su oído, paró el golpe de un acero, lanzó una estocada y sintió que la punta alcanzaba el blanco.

Estaba solo y, por un instante, pensó si lo habrían abandonado, si Griffin se la habría jugado, pero enseguida llegaron más hombres del Galley, subiendo por los obenques y abriéndose paso en el alcázar, que pronto se llenó de combatientes.

Griffin, el muy cobarde, fue el último; gritando como si estuviera en lo más crudo de la batalla, se encaramaba tímidamente por los obenques buscando un lugar seguro para saltar. Marlowe se apartó de la refriega, avanzó dos pasos hacia las mesas de guarnición de la mesana, agarró a Griffin por las solapas y lo bajó a cubierta por la fuerza.

A Griffin casi le fallaban las rodillas, pero Marlowe lo forzó a sostenerse en pie, lo empujó hacia delante y le gritó:

—¡Métete en la pelea, condenado cobarde! —«Te ha llegado la hora», añadió para sí.

Uno de los pasajeros se abalanzó sobre Griffin y éste levantó la espada para defenderse, sacó una pistola del cinto y, presa del pánico, disparó contra la cubierta sin siquiera haber apuntado a su atacante.

Marlowe desenfundó su tercera pistola y apuntó al hombre que luchaba con Griffin; después, la desplazó tres dedos a la derecha hasta centrarla en plena nuca de éste. Ya acariciaba el gatillo cuando el español desarmó a Griffin, que retrocedió un paso trastabillando, y lo ensartó en una sanguinaria estocada final coronada con un alarido triunfal.

Griffin se estremeció, con los ojos desorbitados y un grito ahogado por la sangre que manaba de su boca. Marlowe ajustó de nuevo la puntería, vio al español ante la boca del arma y disparó.

La bala rozó la mejilla de Griffin y acertó al español en el pecho, arrojándolo hacia atrás. Griffin cayó retorciéndose a los pies de Marlowe y, al cabo de un momento, quedó inmóvil.

Marlowe miró al español, muerto antes de que se derrumbara en cubierta. «Gracias, señor —pensó—. Me ha salvado de convertirme en asesino, además de pirata, en este día».

Y después volvió a la lucha, rompiendo con su espada toda defensa que se le presentaba, pero el combate ya había terminado, prácticamente, en el instante en que Griffin perdía la vida. Los del barco abordado arrojaban al suelo pistolas y espadas y levantaban las manos entre peticiones de clemencia.

Allí estaba la diferencia, se dijo Marlowe, la radical diferencia entre la tripulación del Elizabeth Galley y los auténticos piratas, pues éstos habrían continuado la carnicería, habrían derramado hasta la última gota de sangre española en represalia por la indecible ofensa de haber opuesto resistencia y por ser españoles, razón más que suficiente.

Durante el registro del barco encontraron a media docena de mujeres escondidas en el cuarto del pan. Un par de ellas eran ancianas matronas, pero las demás eran jóvenes, la mayor de unos veintitrés años, tal vez, todas encantadoras, de tez aceitunada y ejemplo de la inmaculada belleza virginal de las hijas de los aristócratas. Se las veía aterrorizadas, y con razón podían estarlo, pero Marlowe se ocupó de que las trataran con respeto y envió a Bickerstaff, que hablaba bien su lengua, para que se encargase de atenderlas.

Otra demostración de que no eran piratas, se dijo. Sabía lo que éstos habrían hecho a las muchachas.

A bordo había un rico botín, como era de esperar de un barco español que regresaba a la patria de sus posesiones en el Nuevo Mundo, y la del Elizabeth Galley volvió a ser una tripulación feliz. Todos se aplicaron con empeño a su trabajo y vaciaron la bodega, trasladando el contenido al Galley y estibándolo adecuadamente, atendieron a los heridos y arrojaron al mar los cadáveres.

Marlowe habló con el capitán, que había sobrevivido sin más heridas que un feo tajo en el brazo, vendado con una camisa empapada en sangre de la que había despojado a uno de los muertos. El hombre venía de una remota posesión del Imperio y no sabía nada de la guerra en Europa; de haber estado al corriente, no se habría internado en aquellas aguas.

La guerra, le contó Marlowe, estaba en pleno apogeo. Se libraba por tierra y por mar y ellos, la tripulación del Elizabeth Galley, no eran piratas sino corsarios legítimos. Su conducta tras el abordaje era prueba suficiente de ello.

El capitán asintió y le dedicó una reverencia. Era consciente de que habrían recibido un trato muy diferente si hubiera caído en manos de la Hermandad de la Costa.

Fleming se acercó a ellos con intención de hablar con Marlowe.

—¿Sí, señor Fleming?

—Señor, le felicito por su victoria, señor.

—Nuestra victoria, señor Fleming —le corrigió Marlowe y, con un gesto de la cabeza, señaló la venda que cubría la mano del primer oficial. La sangre que la empapaba estaba seca y parda y sólo quedaba blanca una esquina de la tela.

—Oh, esto no es nada, señor. Pero, verá, señor, estos españoles tienen unas cuantas velas de repuesto que merecería la pena llevarse, pero nuestro botín es tan prodigioso que, ahora mismo, nos falta espacio a bordo. Se me ha ocurrido vaciar parte de la reserva de agua dulce y romper los toneles; así podríamos cargarlas.

—Hum… —Marlowe estudió la propuesta—. No. No haremos eso y voy a explicarle por qué. Como bien sabrá, no hay forma de mantener en secreto las buenas noticias. ¿Recuerda el barco que perseguía a éste cuando nos presentamos? ¿El que viró con rumbo este cuando nos avistó?

—Sí, señor. Algunos hombres comentaban que era el de los franceses que rescatamos.

—Pues de ellos se trata, exactamente. Y el capitán español conoce algo de ese barco y, según parece, lleva una carga muy valiosa. Los franceses, claro, no lo han dicho, pero es cierto. Y esos piratas negros han realizado incursiones por toda la costa. Acumulan un botín inmenso en la bodega. ¿No ve qué relación tiene esto con el agua? Pues bien, señor Fleming, sepa que me propongo ir tras esos salvajes y quitarles todo lo que han robado, el botín de doce barcos de un solo golpe. Y, según mis cálculos, se dirigen a la costa de Guinea. Allí los seguiremos.

—¿La costa de Guinea, señor? —repitió Fleming, con menos firmeza en la voz.

—Sí, ya sé que no es buen lugar para el hombre blanco, pero pienso en las riquezas que van en ese barco y en que sólo viaja en él un puñado de negros ignorantes, lo cual equivale a decir que están indefensas.

—¿De veras, señor? Bien, no es eso lo que cuentan los franceses. Yo no hablo su lengua pero, si he entendido algo de su relato, esos negros son auténticas fieras, señor, y el doble de feroces.

—Bien, estoy seguro de que así debieron de parecerle a un francés.

Fleming asintió. Consideró razonable el argumento de su capitán y, a la vez, entendía claramente el provecho que se podía obtener de abordar aquel barco. Y no tendría reparos en correr la voz.

—Muy bien, señor. Así pues, ¿dejamos las velas?

—Sí, señor Fleming. Andamos tras asuntos mayores que unas velas.

Fleming se marchó rápidamente a hacer su trabajo y Marlowe se encaminó a popa, al alcázar, donde habían congregado a la oficialidad del barco español y al pasaje. Las mujeres, tranquilizadas ahora con la seguridad de que no serían violadas, hablaban entre ellas y con Bickerstaff, a quien al parecer encontraban sumamente intrigante.

—Francis, ¿cómo va por aquí, señor?

—Muy bien, Thomas. Estas personas están muy agradecidas por el trato gentil que han recibido.

—Habría sido más fácil si se hubieran limitado a rendirse, pero eso no podían saberlo, claro.

—Y debo añadir que yo también estoy satisfecho. Ya que ha de descender usted de nuevo a la piratería, por lo menos lo hace de un modo civilizado.

—Le agradezco sus amables comentarios, señor.

—Griffin no ha sobrevivido, según he visto.

—No. Y si se ha fijado en su cuerpo, habrá observado que lo atravesó limpiamente una gran espada española. Creo que con eso no quedarán dudas respecto a cuál ha sido su final.

—No sabía que hubiera dudas al respecto. ¿A qué se refiere?

—A nada, señor, a nada. Bien, creo que los hombres están muy apaciguados con el gran botín obtenido. Cuando terminemos aquí, pondremos rumbo este en pos del condenado King James.

—¿Cree que los hombres ya no pondrán reparos?

—Creo que se mostrarán completamente favorables a hacerlo, aunque hayamos de perseguirlo hasta la mismísima costa de Guinea.

Más que favorables se mostrarían, una vez que Fleming difundiera su confidencia en el alojamiento de oficiales y de allí se filtrara a la dependencia de suboficiales y, finalmente, a la cámara de la marinería. Dios sabía cuánto se habría inflado la historia a estas alturas, cuáles serían las grandes riquezas que llevaba a bordo el pirata negro, los tesoros de Oriente, el saqueo de la flota española…

Un botín suficientemente codiciable como para atraerlos a cruzar el océano hasta las costas del Continente Negro. Sí, era capaz de convencerlos a base de engaños; no había más arte en ello que en conducir un rebaño de ovejas.

Lo difícil era engañarse a sí mismo.

Porque él, ay, no quería hacer aquel viaje. Él no quería ir.

Cuidado, cuidado, con el golfo de Benín.