El negrero
Capítulo 29
Si no fuera porque la situación era muy apurada, la visión de aquellos cinco hombres inmóviles, paralizados, tratando de entender qué ocurría, habría resultado risible.
Por último, haciendo caso omiso de sus heridas en el brazo y el abdomen y al grito de «¡Hijos de perra!», el grandullón arrojó la espada lejos de sí y el acero rebotó en una fila de bancos antes de caer al suelo. Elizabeth pensó que quería rendirse, pero lo vio sacar una pistola de la chaqueta.
El hombre alzó el arma, la amartilló y, en ese instante, Billy le clavó la espada en la muñeca haciendo brotar un borbotón de sangre. El tipo lanzó un aullido al tiempo que soltaba la pistola para agarrarse la muñeca. Cuando Billy lo golpeó con fuerza en la sien con el canto de la espada, se desplomó como un saco de patatas.
Su compañero dio media vuelta y echó a correr hacia la puerta, pero Black Tom le impidió el paso dándole una patada en la espinilla que lo hizo trastabillar. La espada se le escapó de la mano y el tipejo cayó al suelo de bruces. Ezra Howland estaba allí y lo pateó en la cabeza.
De nuevo reinó el silencio. Entonces, Billy Bird saltó por encima del banco y, para sorpresa de Elizabeth, gritó:
—¿Dónde demonios estabais? —No parecía agradecido por la ayuda que le habían prestado y agarró a Black Tom por el brazo—. Déjame que te huela el aliento —añadió, volviendo el rostro del marino hacia él. Black Tom abrió la boca y exhaló y Billy frunció el entrecejo, asqueado. Elizabeth imitó su gesto a distancia. No era preciso que ella también le oliera el aliento a Black Tom.
»Has estado en una maldita taberna, ¿verdad? ¿No se te ocurrió que tal vez volveríamos a zarpar esta misma noche?
Black Tom clavó la vista en el suelo y murmuró algo. Parecía un niño pillado en falta.
—Billy —intervino Elizabeth—, a mí me parece un milagro que estos hombres hayan llegado a tiempo de salvarnos.
—Se suponía que debían estar siempre vigilantes, y en cambio he tenido que ser yo solo quien liquidara a estos dos bastardos. —Señaló a los tipos del suelo—. Suerte que soy lo bastante bueno como para enfrentarme a dos hombres a la vez.
—Bueno, parece que nosotros no hayamos hecho nada —protestó Howland.
—¿Ordenaste a estos dos que nos cubriesen las espaldas? ¿Todo el tiempo? — Elizabeth sacudió la cabeza, incrédula.
—Querida Lizzy, si te hubiera advertido de que este asunto era muy peligroso, te habrías inquietado. Por fortuna, tuve la previsión de que alguien nos cubriese las espaldas. —Lanzó una furiosa mirada a Tom y Ezra.
Elizabeth se sentía tan aliviada que lo único que podía sentir por los tripulantes del Revenge era agradecimiento. Fue hacia ellos y les dio un beso a cada uno en la mejilla. Los marinos se sonrojaron y farfullaron.
—Bueno, veamos si estos hijos de perra llevan algo que nos interese —murmuró Ezra Howland, intentando disimular el azoramiento. Se arrodilló junto al cuerpo inconsciente del hombre más pequeño y hurgó en los bolsillos de su chaqueta, mientras Black Tom recuperaba la pistola y se hacía con unas monedas que encontró en los bolsillos del otro.
—Nada —dijo Ezra—. Bueno, sí, lleva unos papeles, maldita sea. —Ezra era de esos hombres para quienes los papeles no tenían ningún valor.
—Déjame verlos —dijo Billy Bird, tendiendo la mano. Ezra se los dio.
—Tom, veamos si hay algo allí que pueda interesarnos —dijo Ezra e indicó con la cabeza el pasillo que llevaba al despacho de Dunmore.
—Perdónalos, Lizzy, llevan el pillaje en el alma. Tratar de impedírselo sería como intentar frenar a un toro furioso.
Alzó el papel que Howland le había dado y lo volvió hacia la luz. Elizabeth vio que fruncía el entrecejo y apretaba los labios.
—Condenado bastardo… —dijo él, pronunciando despacio.
—¿Qué sucede, Billy? —preguntó Elizabeth.
—Toma, lee. —Le tendió el papel.
Ella lo cogió y se volvió hacia la luz.
Señor Elephiant Jenkins
Taberna del Gallo de Oro
Boston
Señor Jenkins:
Como usted me ha prestado grandes servicios en el pasado, permítame que recurra ahora a sus buenos oficios para solucionar una situación impropia en grado sumo.
Pronto llegarán a Boston dos personas con la intención de causarme una grave injuria y dispuestas a desenterrar mentiras sobre mi pasado. Se trata de una mujer llamada Elizabeth Marlowe, de unos veintiocho años, de cabello rubio y rasgos hermosos, acompañada probablemente de un hombre. No me cabe duda de que su intención es hablar con mi padre, el reverendo Wait Dunmore de la iglesia de la calle Middle; si vigila el edificio, dará con ellos.
Le adjunto un cheque bancario que espero considere pago suficiente por la tarea que le solicito.
Elizabeth leyó en voz alta el último párrafo:
—«Quiero que la susodicha Elizabeth Marlowe y su acompañante no vuelvan a salir de la ciudad de Boston excepto en caso de que sus almas inmortales hayan ido a reunirse con el Creador. Creo que la forma más conveniente de eliminarlos sería que tuvieran un accidente en el puerto y se ahogaran. Su humilde servidor, Frederick Dunmore». —Aturdida, alzó los ojos. Junto con la carta había un cheque por valor de cien libras. Los papeles le temblaban en las manos.
—Cuánta amabilidad por su parte —dijo Billy—, desear un descanso eterno para nuestra alma.
—¿De unos veintiocho años de edad? —dijo Elizabeth—. ¿De veras aparento veintiocho?
—Lizzy, qué gran favor nos ha hecho Frederick. Aquí estábamos, intentando infructuosamente encontrar algún papel que lo incriminara y ahora ya lo tenemos. Él mismo nos lo ha dado. Obra en nuestro poder la prueba de su conspiración criminal. Creo que ya no debemos seguir buscando.
Y entonces oyeron el chasquido de una pistola al amartillarse. Elizabeth alzó la mirada creyendo que se trataba de un tripulante del Revenge, pero no era así.
Bajo el quicio de la puerta, en el límite del alcance de la luz de la lámpara, se hallaba el reverendo Wait Dunmore. En la penumbra y a la llama vacilante, su expresión era terrorífica, ominosa. Resultaba evidente que se había vestido a toda prisa, pues llevaba la camisa medio por fuera del pantalón, el chaleco sin abrochar y no se había puesto la peluca. La tenue luz de la lámpara intensificaba las arrugas de su rostro y los gruesos pliegues de piel alrededor de la boca y los ojos.
La pistola de Dunmore apuntaba a Billy. Detrás del reverendo, el vigilante nocturno, sudando y nervioso, los observaba con recelo.
Billy suspiró y sacudió la cabeza, con una expresión que no era la que cabría esperar de un hombre al que están encañonando con un arma.
—He estado en bailes del gobernador menos concurridos que nuestra pequeña fiesta de esta noche. Díganos, reverendo, ¿está su iglesia tan llena mientras oficia una ceremonia?
—Calle, insecto infame —gruñó Dunmore—. Contaré hasta cinco para que me devuelva todo lo que me han robado. Si no lo hace, dispararé. Si coopera, tal vez me limite a hacerlos arrestar y ya se encargará el Tribunal Superior de condenarlos a la horca.
—¿Que nos arresten? ¿Quién? ¿Ese vigilante nocturno? Pero si parece a punto de morirse de miedo…
Al oírlo, el vigilante se acercó a él con la mandíbula temblando y carraspeó, pero antes de que pudiera hablar se oyó otro chasquido, y luego otro. Billy Bird sacudió la cabeza y sonrió.
Tom y Ezra Howland se asomaron a la nave desde el pasillo lateral, unos cinco pasos por detrás de Dunmore y el vigilante, apuntándolos con sus armas.
—Sinceramente, reverendo, ¿alguna vez ha visto algo así? —Billy le sonreía—. Ahora podría dispararme, seguro que le gustaría, pero si lo hace, mis compañeros lo matarán a usted y a este pobre vigilante. En sus manos está. Apriete el gatillo y morirán tres hombres. No lo haga y nadie morirá.
Las opciones eran claras, pero el reverendo pareció pensárselo. Se quedó inmóvil cinco segundos, diez, con el rostro sombrío y apuntando a Billy, mirándolo con tanto odio que, por un momento, Elizabeth pensó que renunciaría a su vida y a la del vigilante a cambio de meterle una bala en la cabeza al descarado pirata que tenía delante.
Pero no lo hizo, y al final bajó la pistola. La tensión abandonó su cara y su cuerpo y, de repente, pareció mucho más pequeño.
Black Tom y Howland lo rodearon sin dejar de apuntarlo. El vigilante había levantado las manos en señal de rendición.
—Me temo que tendré que inmovilizaros. No podemos correr el riesgo de que deis la alarma —dijo Billy y Dunmore lo miró con ceño—. Tom, ve a buscar algo para atar a estos dos caballeros. Seguro que en la campana encuentras una cuerda.
Tom asintió, encendió una vela en la lámpara y se dirigió hacia el pie de la torre.
—Ezra, cierra la puerta con el pasador. Ya hemos tenido suficientes visitantes por esta noche.
Ezra se dispuso a hacerlo y Dunmore y el vigilante se apartaron a un lado para dejarlo pasar. Entonces, Dunmore habló y Elizabeth no captó en su voz ni una pizca de la irritación anterior. Le costaba creer que se tratara de la misma persona.
—Eso no es verdad, ¿sabe? —dijo el reverendo.
—¿El qué? ¿Qué no es verdad? —inquirió Billy—. ¿Que su hijo mató a una anciana negra? ¿Que la mató con sus propias manos?
Aquellas palabras le sentaron como una bofetada al reverendo. Arrugó la frente y meneó la cabeza.
—Eso no lo sé. A lo mejor sí, pobre criatura. Se encontraron pruebas incriminatorias y si lo hubieran juzgado, lo habrían condenado a la horca. No lo juzgaron, claro, pero en el fondo temo que sea verdad.
»Lo que no es verdad es que Frederick tenga sangre negra. Ningún antepasado nuestro tuvo un hijo con Nancy. Mi padre Isaac era el primogénito de mi abuelo Richard y de mi abuela Anne, y mi abuelo nunca fornicó con una esclava. Ese rumor sobre Frederick y de que teníamos sangre negra es mentira, pero corrió como reguero de pólvora. Lo que ocurre es que Frederick odiaba a los negros, siempre los ha odiado, no sé por qué, pero hay gente así. Yo creo que los negros le daban miedo, un miedo que lo volvió loco y le hizo creer que de verdad tenía una antepasada negra…
—¿Por qué iba nadie a inventar una historia así? —preguntó Billy. Dunmore esbozó una triste sonrisa.
—Es evidente que ustedes conocen bien a Frederick y también es evidente que lo detestan. Han recorrido una gran distancia para destruirlo. Pero no son los únicos que albergan esos sentimientos. Frederick nunca cayó bien a la gente, nunca fue popular. En Boston, son muchos los que pudieron lanzar ese rumor, muchos los que estaban al corriente del odio que Frederick sentía hacia los africanos y lo que para él significaría creer que tenía sangre negra y que todos en la ciudad lo sabían.
Elizabeth sacudió la cabeza. Increíble. A raíz de un rumor infundado, Frederick Dunmore se había dejado llevar por una furia asesina. Le pareció que el viejo Dunmore decía la verdad. Quien hubiese lanzado aquel rumor para volver loco al joven Frederick era tan asesino como él.
—Y por eso —prosiguió el reverendo, recuperando algo su tono férreo—, este robo ha sido en vano. Si buscaban pruebas de la sangre de Frederick, o de su delito, no las han encontrado porque no las hay.
—De acuerdo, no las hay —repitió Billy—, pero su hijo ha sido tan amable de proporcionarnos él mismo las pruebas de su espíritu asesino. Vea esto. —Tomó la carta que Elizabeth sostenía, cogió la lámpara y la acercó al papel para que Dunmore lo leyera.
Elizabeth observó el rostro del viejo, que movía los labios mientras leía pero no pronunciaba palabra. Cuando terminó, levantó la vista y miró a Billy, tan perplejo como Elizabeth después de leerlo. Más, en realidad. Era como si quisiera decir algo pero no hallase las palabras.
Y entonces regresó Black Tom con la soga de la campana. Escoltaron a Dunmore y al vigilante hasta el despacho, llevaron a rastras a los asesinos todavía inconscientes y ataron a los cuatro hombres juntos. Con un poco de suerte, no podrían moverse de allí hasta la mañana, plazo suficiente para que el Bloody Revenge se hiciera a la mar.
Elizabeth y Billy se detuvieron ante la puerta del despacho y echaron un último vistazo para asegurarse de que los hombres estaban bien inmovilizados. En ese momento, Black Tom y Howland abrieron cuidadosamente la puerta —desde el despacho oyeron aquel inconfundible chirrido— y se cercioraron de que la calle estuviera vacía.
Dunmore clavó los ojos en Elizabeth y ésta sostuvo su mirada. Se examinaron mutuamente, el reverendo y la señora de la mansión Marlowe, el padre de un asesino y la otrora prostituta. El viejo parecía mucho más anciano que por la mañana.
Billy Bird se volvió y abrió la marcha. Elizabeth lo siguió, dejando atrás al reverendo, Boston y todo lo que aquel viaje había conllevado.
Salieron a la calle por la entrada lateral. La gran puerta chirrió a su espalda y, antes de que se cerrara del todo, aguzó el oído en busca de alguna reacción —gritos, maldiciones— procedente del despacho del reverendo. Pero la iglesia estaba silenciosa como una tumba.