El negrero
Capítulo 28
Boston de noche. Las calles, que de día parecían tan angostas transitadas por las multitudes, se veían ahora extraordinariamente anchas. Se oyó un estampido procedente de la fachada marítima, un disparo de pistola o una escotilla cerrándose de golpe. Sonaron unas fuertes carcajadas, pero estaban lejos y, cuando cesaron, las calles se tornaron aún más silenciosas. Los piadosos habitantes de Boston se habían acostado y aquellos yanquis frugales no consumían las velas en balde.
Sólo la guardia nocturna hacía la ronda y sus pasos se oían a cierta distancia. Sólo el vigilante, Billy Bird y Elizabeth Marlowe. Éstos se amparaban en las sombras y ella lo regañó por aquel secretismo, que se le antojaba una estupidez. Cuanto más se esforzaban por avanzar furtivamente, más tenía que reconocer Elizabeth que estaban haciendo algo incorrecto.
No obstante, Billy Bird sacudió la cabeza, se llevó el índice a los labios y tiró de ella hasta la oscuridad de un callejón. Una rata soltó un chillido y escapó, rascando el suelo con sus diminutas patas. A una manzana de distancia, entrevisto sólo un instante por un resquicio entre los edificios, el vigilante nocturno caminaba despacio, aburrido, en dirección contraria. La delincuencia en Boston era casi inexistente.
Siguieron avanzando de una sombra a la siguiente. Cuanto más grandes mejor, pensó Elizabeth para tranquilizarse. Envidiaba a Billy Bird, al que no veía en absoluto nervioso; o si lo estaba, lo escondía tan bien como su capa negra lo ocultaba a él.
Rodearon el muelle central, llegaron a la calle Anne e hicieron una pausa para mirar a uno y otro lado de la ancha calzada, antes de cruzarla apresuradamente y tomar otro callejón. No era ilegal estar en la calle a aquella hora, le explicó Billy, pero despertaría sospechas, por lo que sería mejor que nadie los viese.
Recorrieron el callejón, tropezando en la oscuridad, doblaron a la derecha por otra calleja y luego cruzaron un patio que desembocaba en la calle Middle. Billy parecía conocer las callejas y los recovecos de Boston tan bien como ella conocía su huerto.
Y entonces, cerniéndose sobre ellos, divisaron la iglesia de la calle Middle, una silueta negra recortada contra las estrellas.
Hicieron una pausa en un rincón oscuro del patio. De nuevo, Billy se llevó el dedo a los labios y Elizabeth guardó para sí lo que quería decirle. Esperaron aguzando el oído, pendientes de cualquier sonido, pero no oyeron nada. Billy asintió y, saliendo de las sombras, rodearon la fachada de la iglesia hasta encontrar una puerta bajo un pequeño tejado de pizarra.
Una vez más, se detuvieron y esperaron. Pasó un minuto, dos, y cuando Elizabeth estaba a punto de comentar que Sally no se presentaría, oyó unos pasos a su espalda que la sobresaltaron. Se volvió y comprobó que se trataba de la mujer. Parecía cansada y asustada. Sally no se atrevió a abrir la puerta con sus propias manos y le tendió la llave a Billy.
Billy la introdujo en la cerradura, la hizo girar y la pesada puerta se abrió con un agudo chirrido. Sacó la llave y se la devolvió a Sally, que se la guardó en el bolsillo. Sus ojos se encontraron y pareció que la mujer iba a decir algo, pero no fue así, se limitó a asentir. Billy hizo lo propio y Sally se marchó.
Billy miró de nuevo alrededor y se hizo a un lado para dejar pasar a Elizabeth, que cruzó el umbral y se encontró en el oscuro interior de la iglesia, cuya única iluminación era la que proporcionaba el cielo estrellado que se colaba por la puerta. Billy la siguió, cerró y todo quedó sumido en la más absoluta oscuridad.
—Espera un momento —susurró Billy. Las palabras sonaron extrañamente fuertes. Elizabeth no recordaba cuándo habían hablado por última vez.
Oyó que Billy, a sus pies, rascaba acero contra pedernal y, enseguida, una pequeña estela de chispas saltó a la yesca, que se iluminó de naranja y prendió. Billy sopló suavemente y cuando por fin ardió con cierta intensidad, utilizó la llama para encender una vela que sacó de su yesquero.
La luz vacilante iluminó el friso de roble y ascendió por las blancas paredes enyesadas hasta perderse en la intensa penumbra de los techos de la gran iglesia. La puerta por la que habían entrado los condujo a un lateral de la nave principal. A la izquierda, a unos diez pasos de distancia, distinguieron la puerta del despacho del reverendo Dunmore.
Billy describió un amplio arco con el brazo, dando la bienvenida a Elizabeth como cuando embarcara por primera vez en el Bloody Revenge y también a su llegada a Boston.
Se le ocurrió pensar que Billy creía que todo el mundo era suyo, que le asistía el derecho absoluto de ir a donde quisiera; por eso, allá donde estuviera, acogía a la gente como si los recibiese en su propiedad. Por eso consideraba del todo justificado aquel gesto.
«Debe de ser estupendo —pensó Elizabeth— estar tan seguro de cuál es tu lugar en el mundo». Sonrió y pasó ante Billy camino del despacho del reverendo.
Recorrieron el estrecho pasillo y cruzaron la puerta por la que Wait Dunmore les había ordenado salir aquella misma mañana. El despacho estaba igual, salvo la presencia de Dunmore, pero esta ausencia hacía que el espacio pareciese más grande, como si la fuerza de la personalidad del reverendo, sentado ante su mesa, atrajera las paredes hacia él y, cuando salía, volvieran a su posición original.
Billy encontró otra vela y la encendió, así como una lámpara, y la estancia quedó suficientemente iluminada. Se dirigieron a los armarios llenos de documentos que Elizabeth había visto por la mañana.
—Esperemos que los papeles estén ordenados de alguna manera, que guarden algún orden discernible —susurró.
—Tú mira ahí, Lizzy, y yo examinaré esta Biblia. Si es la de la familia Dunmore, tal vez encuentre algo sobre los verdaderos antepasados de Wait Dunmore.
Elizabeth asintió y agarró una vela. Como si fuera un pequeño altar, se arrodilló ante el primer armario y empezó a hojear los papeles. Como Sally había dicho, eran partidas de nacimiento, actas de defunción, registros de matrimonio y demás. Parecían estar en absoluto desorden, sin clasificar, y Elizabeth empezó a desesperar ante la idea de tener que mirar armario por armario, documento por documento. Una noche no habría bastado para ello.
Pero cuando comenzó a examinarlos, advirtió que estaban clasificados hasta cierto punto, y que grupos de documentos aparentemente aleatorios estaban relacionados por apellidos y fechas. Elizabeth sonrió. Empezaba a comprender.
Oyó que Billy cerraba la gruesa Biblia con un golpe sordo y se acercaba a ella.
—Las Sagradas Escrituras no dicen nada al respecto. Sólo he encontrado la línea legítima de sucesión de la familia, hasta el último nacimiento, hace dos años, de William, hijo de Roger Dunmore, sin lugar a dudas un ser monstruoso. ¿Y tú? ¿Has averiguado algo?
—No he encontrado nada de la familia Dunmore pero he descubierto cómo está clasificado este archivo. ¿Cómo se llamaba y en qué año nació el primer Dunmore del árbol genealógico de esa Biblia? —inquirió Elizabeth.
—Tendré que mirarlo de nuevo, espera a ver… Ezequiel Dunmore, nacido en Kent en 1563, fallecido en Boston en 1646. Padre de…
—Con eso bastará —lo interrumpió Elizabeth. Se puso en pie y abrió el siguiente armario, y luego el siguiente; no encontró allí los documentos de la familia Dunmore pero corroboró que estaban clasificados como ella creía. En el siguiente, sus dedos se movieron decididos por los papeles y al final dio con ellos. La familia Dunmore, un pliego de documentos atado con una cinta roja. Ezequiel, fallecido en 1646, aparecía registrado con la hermosa caligrafía y el inglés arcaico de la época.
Sacó el legajo, lo depositó sobre el escritorio y le quitó la cinta roja. Billy dejó la vela al lado y, picado en la curiosidad tanto como ella, se acercó para examinarlos más de cerca. Elizabeth desplegó los documentos, disponiéndolos en forma de árbol genealógico. Ezequiel, padre de Eliza y Zacarías y Benjamin. Este último, padre de Sarah, Jonah, Raquel y Richard.
Elizabeth los colocaba con manos temblorosas. Wait Dunmore, padre de Frederick. Wait Dunmore, hijo de Isaac Dunmore. ¿Era Isaac hijo ilegítimo de Richard y Nancy, la joven esclava?
La partida de nacimiento. Allí estaba, en sus manos. Isaac Dunmore. Padre: Richard Dunmore. Madre: Anne Dunmore, de soltera Anne Hutchinson, natural de Boston.
Y eso era todo. Ninguna mención de la esclava Nancy, nada que no fuera una partida de nacimiento de un hijo legítimo de padres blancos. Elizabeth miró a Billy, que seguía estudiando el documento. Notó que los ojos se le entornaban de pura frustración.
—¡Oh, Billy, maldita sea! —gimió.
—Bueno, supongo que no es probable que hicieran un registro legal de esa unión… —empezó, pero en su tono también había frustración y contrariedad.
Y entonces sonó un chirrido, el chirrido de la puerta lateral por la que habían entrado. Cruzaron una mirada y la frustración dio paso al miedo. A ella se le hizo un nudo en el estómago y vio una mueca de alarma en las facciones de Billy. Se había quedado inmóvil como un venado, aguzando el oído.
Un paso en un tablón del suelo. Billy sopló las dos velas, entrecerró la visera de la lámpara y la habitación quedó sumida en una oscuridad casi total.
Con un gesto de la cabeza, indicó a Elizabeth que lo siguiera. Ella agarró los documentos, los registros de la familia Dunmore, y se los metió bajo la camisa. Aunque no sabía muy bien para qué, pensó mientras notaba el tacto áspero del papel, ya que no iban a servirle de nada.
Billy salió al angosto pasillo y depositó en el suelo la lámpara, que iluminó tenuemente el entarimado y proyectó una luz difusa hacia la iglesia.
En aquel punto, oyeron de nuevo los pasos y dos voces masculinas que susurraban. Billy se detuvo y alzó la mano, pero Elizabeth estuvo a punto de chocar contra él porque casi no lo veía. Cuando Billy se echó la capa hacia atrás para poder mover los brazos con libertad, ella apenas alcanzó a distinguir sus manos. Sin embargo, observó que no sacaba la pistola, como si todavía no estuviera seguro acerca de aquellos hombres.
—Veo luz, allí, al fondo —dijo una voz.
—Tranquilo. Nervios de acero —replicó otra tras una pausa.
El suelo crujió y se produjo un silencio. Los hombres se habían detenido, sin lugar a dudas, y esperaban aguzando el oído exactamente igual que Billy y Elizabeth.
Un paso, un crujido, una pausa. Parecía no terminar nunca.
Avanzando muy despacio, Billy desenvainó la espada. Elizabeth vio el movimiento de la mano y el destello de la luz en el acero. En el despacho del reverendo no había ventanas ni más puerta que la que daba al pasillo. No podían escapar por ningún otro sitio.
En el otro extremo, recortada contra la oscuridad de la tenebrosa iglesia, Elizabeth distinguió una silueta, una mancha negra que se movía. Oyó el ligero tintineo del metal chocando con metal, oyó que la silueta contenía una exclamación… y entonces Billy Bird abrió la visera de la lámpara con la punta de la espada.
La luz bañó la estancia y delató al hombretón que les cerraba el paso. Se trataba de un tipo barbudo, vestido con burda ropa de jornalero, tocado con un gastado tricornio y empuñando una espada, un arma sólida y enorme, el tipo de acero preferido por los hombres que recurrían a la fuerza bruta antes que a la sutileza.
—¡Maldita sea! —gritó, pasmado. Su boca era una sarta de escasos dientes torcidos y cariados.
Billy Bird se lanzó sobre él con la espada en la diestra, al tiempo que con la mano izquierda desenfundaba la daga. Blandiendo un arma corta y un arma larga, atacó al hombre y lo habría atravesado con la espada si él no hubiese retrocedido trastabillando de pura sorpresa.
—¡Maldita sea! —volvió a exclamar el desconocido, esta vez más fuerte, pero se recuperó enseguida y se lanzó sobre Billy con su enorme espada, empuñándola con las dos manos como si fuera un hacha.
Billy consiguió esquivar el golpe y apartar su espada antes de que la poderosa hoja cayese sobre su fino acero y lo partiese en dos.
Billy Bird era rápido y ágil como un bailarín y, antes de que su contrincante recuperase el equilibrio, se abalanzó sobre él y lo alcanzó en el brazo. El hombre soltó un aullido de dolor y retrocedió de nuevo, trastabillando. A su espalda, el segundo hombre, más pequeño y fibroso, aunque su vestimenta y su dentadura no eran mejores que las de su compañero, se plantó a su lado y Billy lo atacó con la daga y la espada.
Frenética, Elizabeth miró alrededor en busca de algo que le fuera útil para ayudar a Billy. No tenía nada, ni cuchillo ni pistola. Se había negado a ir armada porque llevar un arma significaba admitir que lo que iban a hacer no estaba bien. Ahora corrían el riesgo de salir mal parados. ¿Qué se diría a sí misma si eso ocurría?
Cogió la lámpara y corrió a un lado. El más pequeño de los desconocidos era mejor esgrimista que su compañero y manejaba la espada con cierta destreza, por lo que Billy tenía que afanarse más. Su rival no dejaba resquicios como el otro, que se había quedado atontado mirando la sangre que empapaba su manga.
El tipejo atacó y Billy paró el golpe de su espada con el filo de la suya y torció la muñeca, trabando las hojas lo suficiente para abalanzarse sobre él con la daga, pero el hombre era rápido y se volvió de costado, liberó su espada y retrocedió un paso, preparado para el siguiente lance.
El grandullón ya había terminado de mirarse la herida. En su garganta se iba formando un gruñido que se convirtió en grito cuando se lanzó otra vez sobre Billy, manejando la espada con las dos manos. Si no hubiera tenido que ocuparse también de su compañero, Billy habría podido acabar con él.
—¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío! —exclamó Elizabeth. Se sentía inútil, peor que inútil, pero no podía hacer más que mirar.
El grandullón soltó un mandoble como si cortara un árbol con un hacha, pero Billy lo esquivó echándose el suelo con un revuelo de la capa. Mientras el golpe de su atacante se perdía en el aire y el otro hombre tenía que esquivar el acero de su compañero, Billy rodó por el suelo con una gracia que dejó boquiabierta a Elizabeth.
En un abrir y cerrar de ojos, se puso en pie otra vez y se subió a un banco de un salto. El grandullón tardó unos segundos en comprender cómo se había esfumado de debajo de su espalda. Levantó la mirada, sorprendido, como si Billy hubiera desaparecido y se hubiese materializado encima del banco.
Atacó de nuevo con la misma furia irracional y se golpeó las rodillas contra el banco mientras descargaba su acero. Billy se hizo a un lado y la pesada hoja fue a hundirse en el banco. Billy plantó la empuñadura de su espada sobre ella para evitar que el tipo la levantara. Entonces se abalanzó con la daga y en esta ocasión lo alcanzó en el estómago, haciéndolo gritar de dolor. Sin embargo, el hombre se encontraba a suficiente distancia y Billy no pudo infligirle un golpe mortal.
El otro observó lo que ocurría y se quedó inmóvil un par de segundos. Luego, empezó a describir círculos en dirección a Billy con más cautela que su compañero pero, de repente, pareció reparar en Elizabeth por primera vez y fue como si se olvidara de Billy Bird.
—¡Puta! —le dijo con un bufido y avanzó hacia ella con la espada por delante, de tal manera que le impedía toda escapatoria.
Dos pasos, tres pasos y se plantó ante ella, que retrocedió, con la lámpara todavía en la mano. Era la única luz en todo el recinto.
Elizabeth cerró de golpe la visera y la iglesia quedó sumida en la oscuridad. Se recogió la falda y envolvió la lámpara en la ropa para tapar la luz que se colaba por las rendijas. Luego se arrodilló, agachó la cabeza y se desplazó hacia la izquierda al tiempo que la espada pasaba silbando sobre su cabeza.
—¡Puta! —gritó el hombre de nuevo, con más rabia.
Elizabeth retrocedió arrastrándose. Oyó que el tipo pateaba el suelo en su busca y descargaba golpes con la espada y siguió retrocediendo hasta que ya no hubo más espacio. Tenía la lámpara apoyada en el muslo y notó que empezaba a quemarse a través de la enagua. No sabía dónde se hallaba Billy, ni si estaba vivo o muerto.
Golpeando con el acero, el hombre se acercó un paso; si daba otro, toparía con ella. Elizabeth se había apoyado contra el friso. Agarró la lámpara con fuerza, dispuesta a estrellársela en las rodillas a su adversario si avanzaba un palmo más.
En aquel instante, la puerta lateral se abrió de nuevo y entraron unos hombres que no se molestaron en no hacer ruido. Elizabeth se quedó inmóvil y su atacante también, ambos desconcertados.
—¿Billy Bird? ¿Dónde carajo te has metido? —dijo una voz en la oscuridad.
Elizabeth se puso en pie de un brinco y se dirigió hacia la izquierda, pegada a la pared y caminando de lado, y cuando estuvo segura de que se hallaba fuera del alcance de la espada de su atacante, sacó la lámpara de debajo de la falda y abrió la visera.
El acero caliente le quemó los dedos y la luz amarillenta que iluminó la nave reveló la presencia de cinco hombres: Billy Bird, todavía detrás del banco; el tipo grande, que se agarraba el estómago; el delgado que se había enfrentado a ella, ahora vuelto hacia los recién llegados…
Y entre ellos, blandiendo sendas espadas, Black Tom y Ezra Howland.