El negrero
Capítulo 15
Sonó el estampido de un cañón a cierta distancia, se levantó una columna de humo y en el barco voló una nube de astillas. King James alzó la vista. El impacto causó un gran revuelo ente los hombres que se apiñaban en la proa gritando y cantando como si golpearan una colmena de abejas con un bastón, pero no le pareció que ninguno estuviera herido.
Quien disparaba era un gran barco español, el mercante bien provisto al que estaban persiguiendo desde el amanecer. James no había previsto pasar el día de aquella manera.
Al romper el alba, el vigía había gritado algo y Madshaka había traducido:
—Ve una vela desconocida, justo a proa.
La primera idea de James había sido modificar el rumbo y eludir cualquier barco que estuviera por debajo del horizonte, pero no tuvo tiempo de decir nada porque Madshaka ya estaba llamando a los jefes de las tribus a popa.
—¿Qué haces, Madshaka?
—Vamos a votar.
—¿Votar? ¿Votar qué?
—Si atacamos o no ese barco.
Los hombres deliberaron y votaron. Al cabo de diez minutos habían optado por la piratería, votada por unanimidad.
Aquello pilló a James desprevenido. Sabía que había conversaciones a su espalda —en realidad, habrían podido hablar delante de él y no se habría enterado de nada— y estaba seguro de que las fomentaba Madshaka.
Y, aunque hubiera querido impedir que el barco se rigiera mediante las votaciones, sus explicaciones habrían tenido que pasar por el filtro de la traducción de Madshaka y James ya no confiaba en el antiguo piloto. Así pues, no le quedaba más remedio que satisfacer los deseos de la gente de la mejor manera posible. Todos serían piratas.
Los españoles viraron de nuevo en redondo, presentaron la otra amurada y dispararon. El cañonazo alcanzó el barco de James.
La nave española estaba bien gobernada o, al menos, mejor gobernada que su atacante. Virando en redondo, disparó andanada tras andanada y consiguió eludir hábilmente los intentos de James de abordarla.
—¡Ah, del timón! —gritó, y cuando los timoneles lo miraron, señaló las amuras de babor y los hombres giraron la caña a estribor.
A continuación, llamó a gritos a Madshaka y cuando éste le prestó atención, señaló la arboladura. Madshaka asintió y empezó a gritar órdenes a fin de que despabilaran las velas para el nuevo rumbo. Era un proceso lento y complicado y cuando ya las tuvieran bien orientadas en la nueva dirección, la nave española volvería a alterar el rumbo, les lanzaría otra andanada y volvería a ganarles doscientas yardas o más.
James se apostó en lo alto de la amurada del alcázar. Sentía la calidez de la madera barnizada del pasamanos bajo sus pies descalzos, por más encallecidos que los tuviera. Sus holgados pantalones de marinero le golpeaban las piernas y a la cintura llevaba un ancho cinto de cuero; en su espalda, un machete envainado asomaba bajo el cinto y del costado derecho pendía una afilada daga.
Llevaba el torso desnudo a excepción del justillo de cuero y dos bandas de ante en forma de cruz sobre el pecho con sendas pistolas sujetas a ellas. Del costado izquierdo colgaba el alfanje y lucía un pañuelo de damasco rojo en la cabeza, rematada por un tricornio.
Su aspecto de pirata auténtico inspiraba terror y aquélla era su intención. No deseaba matar a nadie si podía evitarlo. Si aterrorizaba a los españoles al extremo de que se rindieran, podrían decir que habían logrado una victoria sin derramamiento de sangre.
Sin embargo, para asustar al enemigo primero tenían que poder acercarse.
Al principio habían probado su ruse de guerre, fingiendo que la embarcación tenía problemas, con el pabellón colgado del revés y el cañón a sotavento. Los españoles habían enseñado más trapo y se habían alejado. No los habían engañado.
Y así la situación había pasado a convertirse en una persecución tras la estela de la nave española y los africanos habían ido reduciendo distancias despacio, muy despacio pese a que su embarcación era más rápida, pero su gobierno y las evoluciones de las velas eran tan torpes y lentas por culpa de la inexperiencia y las barreras idiomáticas que no podían sacar ventaja de su mayor velocidad.
Su cañón de proa había disparado pero James ni siquiera miró para saber si acertaba. Los servidores de los cañones apenas tenían preparación y habían tardado cinco minutos en cargarlo y dispararlo. Era la primera vez que ponían la mano en una pieza de artillería.
James recordó una historia parecida de la religión de los blancos, en la que unos hombres intentaban construir una torre y ninguno hablaba la misma lengua. Ahora comprendía por qué no había sido posible edificarla. Los españoles habían intuido aquella debilidad y los obligaban a un juego de maniobras complicadas en vez de desafiarlos a una carrera. Viraban, disparaban y se alejaban; viraban de nuevo, disparaban y se alejaban.
Los nervios estaban a flor de piel. Ya había estallado una pelea entre hombres de tribus distintas. Madshaka los había separado y, haciendo gala de su gran fuerza, los había lanzado a los lados opuestos de la cubierta, donde sus paisanos pudieran controlarlos. Era la primera vez que ocurría desde que zarparan de Virginia.
James oyó a Madshaka gritar la palabra que había llegado a reconocer como «amarrad» y las brazas lo estuvieron enseguida. El cañón de proa disparó y el impacto levantó una columna de agua lejos del barco español. Después reinó de nuevo el silencio y se reanudó la persecución.
Había sido una mañana muy larga. James notó que el filo cortante de su agudeza menguaba; su mente divagaba y no intentó retenerla en su viaje al pasado, al Northumberland, a la bahía de Chesapeake y al simple placer de navegar con la balandra por aquellas aguas azul esmeralda bajo cielos sin mácula.
Entonces se oyó un grito a proa y el barco español empezó a virar, volviendo la popa contra el viento. Los cañones dispararon uno a uno, despacio, de proa a popa. James supuso que era el cabo de artillería, en persona, quien apuntaba cada uno de los cañones y ordenaba cada disparo, desplazándose de una pieza a la siguiente.
Y vaya si era buen tirador. Una bala alcanzó la proa y toda la nave tembló. La siguiente dio en la uña del ancla de leva con un estruendo atronador, como si una campana hubiera caído desde gran altura. La metralla silbó en el aire y agujereó la vela mayor.
Y mientras los hombres de cubierta se recuperaban del susto rompiendo en ruidosas carcajadas, mientras se calmaba su repentino terror y señalaban los desgarros de la vela y comenzaban a darse empujones los unos a los otros, llegó otra bala procedente de la tronera más a proa e impactó entre el grupo de hombres apostados junto al cabillero del trinquete.
Todo sucedió tan deprisa que algunos hombres todavía estaban riendo mientras los que se hallaban en la trayectoria de la bala saltaban en pedazos y trozos de cuerpos caían en cubierta y la sangre lo llenaba todo y corría en riachuelos hacia los imbornales.
Unos vomitaron, otros chillaron. James bajó de un salto, corrió a proa y Madshaka y él se encontraron en la escena de la carnicería.
James echó un vistazo para valorar los daños. Cuatro muertos y tres heridos, uno de los cuales no sobreviviría. Y el cabillero destrozado, con todos los cabos en caótica confusión. La tensión de las escotas de la gavia y del juanete en la madera astillada amenazaba con arrancar los últimos y más tenaces fragmentos de pasamanos de la cubierta. Y si así sucedía, la persecución habría terminado.
Aquello le preocupaba más que la muerte de los hombres, ya que por los muertos nada se podía hacer.
Recogió unos miembros amputados de la cubierta y los tiró por la borda gritando:
—¡Madshaka! ¡Diles que limpien esto!
Entonces uno de los africanos empezó a vociferar y a señalarlo con el dedo.
—Dice que son de su tribu, son kru —tradujo Madshaka—, y que no los tires al mar. Tienen que celebrar su ceremonia fúnebre.
—Pues diles que esto es una batalla —espetó James sacudiendo la cabeza—. No hay tiempo para esas cosas.
Y mientras Madshaka hablaba con el hombre, James agarró un cuerpo masacrado, pegajoso de sangre, la ropa empapada y todavía caliente. Por un minuto, observó los oscuros ojos sin vida y luego lo arrastró hasta el pasamanos y lo lanzó al agua.
El kru se plantó ante él, alfanje en mano, y lo blandió gritando. James desenfundó una pistola y le apuntó a la cara con el brazo extendido.
En ese instante una bala española golpeó el costado, a popa de ellos, y los hizo tambalear. El kru retrocedió un poco pero sus berridos no disminuyeron.
—¡Madshaka! ¿Qué le has dicho?
—Lo que tu has dicho, que esto es una batalla y que no hay tiempo para ceremonias. Él dice que después sí habrá tiempo para ceremonias y que no tires los cuerpos por la borda.
James observó al africano furioso y no deseó otra cosa que apretar el gatillo. En aquellas circunstancias no había tiempo para ceremonias paganas. Bajó el arma. ¿Ceremonias paganas? ¿Cómo le habían venido a la cabeza aquellas palabras?
—Dile que haga lo que quiera. —Se volvió hacia Cato y Good Boy, que se encontraban detrás de él, y añadió—: Reunamos a unos cuantos salvajes de los más diestros y a ver si conseguimos bracear en cuadro.
Y así transcurrió la mañana, con el gran mercante español avanzando en zigzag y poniéndose cada vez más lejos de su alcance. A mediodía, las mujeres, que se habían refugiado abajo con los niños, asomaron la cabeza en cubierta y, al ver que no había peligro inmediato, prepararon la comida.
La persecución era inútil. James se preguntó si los demás también se daban cuenta. Bajó de la amurada muy tieso, entre protestas de sus articulaciones, y se sentó en uno de los pequeños cañones de popa.
Una mujer le llevó un plato de comida y él logró esbozar una sonrisa de agradecimiento, pero dejó el plato en el suelo y no volvió a prestarle atención. Tenían que interrumpir la persecución. Nunca alcanzarían aquel barco y corrían el peligro de que los cañonazos españoles les hicieran daño de verdad.
Pero ¿qué iba a decir? Darse por vencido no le ayudaría a mantener un aura de autoridad. James conocía muy bien el orgullo del guerrero africano. En otro tiempo, también había sido el suyo. Sabía que si admitía la derrota, no lo encajarían bien.
Si pudiera explicarles la situación, la comprenderían. Pero no había modo. Lo único que podía hacer era hablar con Madshaka y confiar en que éste transmitiera correctamente sus palabras.
La agitación de su mente se volvió más caótica. Mientras, los disparos del mercante español los alcanzaban una y otra vez, pero cada impacto era menos devastador que el anterior ya que llegaba desde una mayor distancia.
Entonces resolvió dar la orden. Tenía autoridad para interrumpir la persecución si así lo decidía. Nada de votaciones. Así funcionaban los piratas cuando estaban en combate. El capitán mandaba.
Se puso en pie y buscó a Madshaka. Mientras lo hacía, el vigía gritó algo y todas las cabezas se volvieron al juanete mayor.
Hubo una pausa y, en la popa, Madshaka anunció:
—Dice que hay otro barco a nuestra estela, muy lejos.
James asintió. De una manera u otra, aquello cambiaría las cosas.
—Mantened el rumbo. Voy a subir para verlo con mis propios ojos.
Agarró el catalejo, saltó a los obenques principales y se encaramó a la arboladura, contento de dejar bajo sus pies la cubierta, con todos sus problemas y complicaciones. Subió hasta la cofa y más arriba, con las armas golpeándole los costados. Su tacto era sólido y agradable. Las armas le gustaban. Hacían lo que él quería que hiciesen. La pólvora, el plomo y el acero no fingían.
Llegó a las crucetas del mastelero mayor. El vigía lo saludó con una sonrisa y un asentimiento y, señalando a popa, dijo algo que James no comprendió.
Se acercó el catalejo al ojo y lo dirigió hacia popa. Allí encontró al recién llegado, del que ya se avistaban el casco y las velas. Al vigía, con la niebla del horizonte, le habría sido difícil descubrirlo. James imaginó que probablemente el hombre no había prestado mucha atención, teniendo en cuenta la agitación desatada bajo sus pies y la presencia del barco español a proa.
Observó las velas un buen rato sin hablar ni moverse.
Aquel barco iba a cambiar las cosas, de eso estaba seguro.
Ahora no sólo habrían de dejar que el mercante español se marchara, sino que ellos mismos tendrían que emprender la huida. ¿Cómo iba a explicar a los piratas de abajo que ya no eran los cazadores sino en la presa? ¿Cómo explicarles lo que significaba para sus esperanzas de supervivencia que Marlowe los hubiera encontrado?
Poco después del amanecer, los tripulantes del Elizabeth Galley oyeron unos potentes cañonazos y el sonido distante los atrajo como el olor de la muerte a los carroñeros. Fleming estaba de guardia cuando sonó el primer retumbo apagado por encima del horizonte y envió a un hombre abajo para que informara a Marlowe y le pidiera permiso para soltar más trapo.
Marlowe subió a cubierta y encontró a los hombres ya en la arboladura, dispuestos en las vergas, con las manos en los tomadores y listos para desamarrar y largar.
Habían navegado toda la noche con poco trapo porque Marlowe no quería arriesgarse a un encuentro con King James en la oscuridad, aunque eso sólo lo sabían Bickerstaff y él. No le sorprendió hallar a los hombres tan impacientes por desplegar las velas, pero pensó que disponerse en las arboladuras sin haber recibido sus órdenes era una desfachatez y decidió esperar un poco más.
—¡Ah, de la cofa! ¿Qué ves de ese barco?
—¡Los juanetes, que a veces asoman, señor! ¡Muy en la amura de estribor! — respondió el vigía—. Pero no veo más palos.
Desde aquella atalaya sólo se veía un barco. Podía ser un buque de guerra haciendo prácticas de tiro, pero Marlowe no lo creía. Los buques de guerra no solían llevar a cabo tales ejercicios de instrucción en alta mar.
—Muy bien. Señor Fleming, larguemos todo el trapo.
Fleming se dirigió a proa y gritó las órdenes con voz tensa. Las velas se desplegaron desde las vergas, los hombres saltaron a los brandales y se distribuyeron por cubierta, las escotas fueron ajustadas a popa y amarradas mientras otros se ocupaban de las drizas del juanete. Todos se entregaron a sus tareas con una prontitud y unas ganas que no demostraban desde hacía días.
—¿Qué piensa de esto? —Bickerstaff se había apostado junto a Marlowe en el alcázar. Una tras otra, las alas del trinquete eran izadas y amarradas.
—Dos barcos en una suerte de enfrentamiento. Por el sonido, un combate en retirada. Buques de guerra, tal vez, si esa guerra europea ya ha llegado hasta aquí. ¿Piratas? ¿Corsarios? Unos u otros, supongo.
—En cualquier caso —observó Bickerstaff—, no parece muy probable que ni el uno ni el otro sean una presa legal para nosotros. Un buque de guerra u otro barco corsario no querrán compartir sus rapiñas, y los problemas que nos causaría un barco pirata no compensarían el beneficio. ¿Cree que nuestros tripulantes han pensado en eso?
Marlowe miró a los hombres de cubierta y a los encaramados en la arboladura y vio su rápido y eficiente manejo del aparejo, el buen humor, el brillo característico del auténtico pirata en sus ojos y la avaricia que se adivinaba en su sonrisa.
—No, no creo que hayan pensado en otra cosa que en el pillaje al que tal vez se entreguen en las próximas horas. Por nuestro bien, esperemos que haya algo que merezca la pena. Los hombres ansían una recompensa. No descarto que les haya pasado por la cabeza arrojarnos por la borda si no la encuentran, como si fuera culpa nuestra.
Una vez desplegadas y orientadas las velas y tirando todo el trapo gracias a la habilidad propia de una tripulación experimentada y afanosa, el Elizabeth Galley acortó distancias rápidamente y, a las once de la mañana, los dos barcos eran ya visibles desde cubierta, una gesta prodigiosa teniendo en cuenta que también navegaban a todo trapo. Pero el Galley, con el fondo limpio, era más raudo y todo en él estaba pensado precisamente para eso, para dar caza a una posible presa.
Los hombres se agolpaban a proa, estirando el cuello para mirar, y hasta los que estaban de guardia encontraron alguna razón, alguna tarea, que requería su inmediata atención para situarse allí. Marlowe no dejaba subir a la arboladura a nadie que no tuviera algo que hacer allí. La condescendencia propiciaba el caos y éste era para los piratas, no para los corsarios. O, en el caso del Galley, para piratas que creían ser corsarios.
—Señor Fleming, despejemos la cubierta y preparémonos para la acción —dijo Marlowe por fin. Había que hacerlo y era preciso mantener ocupados a los hombres —. Y después, que sirvan la cena con una ración extra de ron.
Marlowe se quitó la chaqueta, cogió el catalejo y subió a la arboladura. Tenía que hacerlo aunque temiese lo que iba a ver. Se sentía como un hombre al que le duele la muela pero retrasa la visita al barbero porque no sabe qué es peor, si el dolor o la cura.
Se acomodó en la cruceta y enfocó el instrumento. Del barco más lejano sólo se veía el aparejo. Era una embarcación grande, probablemente un mercante, pues un buque de guerra de semejante tamaño era inusual.
El más cercano también parecía un mercante. Observó que viraba en redondo, intentando seguir la estela del otro mediante una maniobra complicada, braceando las vergas despacio, torpemente, y moviendo el trinquete, la mayor y la mesana sin coordinación alguna.
A Marlowe se le encogió el estómago. Intuía que pronto tendría que tomar una decisión, decidir entre unas alternativas en absoluto aconsejables.
—¡Señor Fleming! —gritó a cubierta—. ¡Haga subir a uno de esos franceses, uno de los tipos que hemos rescatado!
Al cabo de cinco minutos, el francés se personó a su lado. Su mirada aún tenía la expresión ansiosa de cuando lo habían rescatado y Marlowe supo que lo acompañaría toda la vida, bajo la conmoción insuperable de haber visto cosas que su mente no podía asimilar. Se emborracharía hasta morir como un desecho humano en cualquier ciudad portuaria: Port Royal, Plymouth, Brest… A todos les ocurría lo mismo; Marlowe lo había visto muchas veces.
Apartó de su mente aquellos pensamientos irrelevantes, entregó el catalejo al francés y señaló el barco más cercano. El hombre enfocó el instrumento con la facilidad de alguien familiarizado con él.
—Est votre batean? —preguntó Marlowe con su rudimentario francés.
El hombre permaneció callado, sin dejar de mirar. Marlowe vio que empezaban a temblarle las manos.
—Oui —respondió al cabo. Bajó el catalejo y clavó los ojos en Marlowe, que sostuvo su mirada. Entonces repitió—: Oui.
Y sin más, se descolgó por las jarcias hasta la cubierta.
Les pirates nègres. Al cabo de una hora, King James estaría al alcance del cañón. Y más allá, el mercante que sin duda era una presa codiciada; precisamente lo que los tripulantes del Elizabeth Galley llevaban tiempo deseando, justo lo que requerían a cambio de su dudosa lealtad.
Y Marlowe tendría que decidir a cuál de los dos atacar.