El negrero
Capítulo 23
El Barco y la Brújula no era una posada con estrictas reglas puritanas, sino un establecimiento en el que se alojaban marineros de paso, hombres cuya religiosidad no era tan acentuada como la de los bostonianos. Elizabeth enseguida lo vio claro.
Billy Bird había sido un cliente tan asiduo y había repartido allí su oro con tanta generosidad que lo recibieron como al hijo pródigo, pese a lo intempestivo de la hora.
Pasaron la noche en la mejor habitación, Billy durmiendo como un tronco en el suelo y Elizabeth despierta en la amplia cama, pensando, planificando, muy preocupada. Cuando por fin la luz del amanecer tiñó las cortinas de gris, todavía ignoraba qué harían, cómo descubrirían el secreto deshonroso de Dunmore, y seguía preguntándose por qué habría aceptado ir a Boston.
—Buenos días, querida mía —dijo Billy Bird levantándose del suelo a los pies de su cama. Elizabeth tiró de las sábanas hasta que le llegaron al cuello.
—Hum…
—¿Hum? ¿Eso es todo? ¿No te das cuenta de lo difícil que me resulta estar de buen humor si pienso que he pernoctado al lado de la mujer más hermosa que hay en Boston, pero que he tenido que hacerlo en el suelo? Opino que deberías ser un poco más comprensiva.
—Pues si tan difícil te resulta estar de buen humor, no lo estés, maldita sea.
—¡Oh! Yo sé de alguien que ha pasado una noche muy mala…
—¡Billy! ¿Qué demonios vamos a hacer? Hemos venido hasta aquí sin un plan… ¿Cómo averiguaremos algo sobre Dunmore?
Billy pareció asombrarse, como si acabase de preguntarle dónde encontrar aire para respirar.
—¿Cómo? ¡Pues preguntando!
—¿Preguntando a quién?
—Al padre de Dunmore, creo. Y a gente que los conozca a ambos, al viejo Dunmore y al joven.
—¿Y cómo encontraremos a Dunmore padre?
—Lizzy, por Dios, qué pesimista te pones por la mañana. El padre de Dunmore es predicador. Si preguntamos en cualquier iglesia nos dirán dónde encontrarlo. Boston no es Londres, por más pasmada que te hayan dejado sus dimensiones. Lo encontraremos. Y ahora, espero que tu estómago tolere el bacalao para desayunar, porque las gentes de por aquí apenas comen otra cosa.
El optimismo de Billy animó a Elizabeth hasta el punto de que pudo dar cuenta de las lenguas de bacalao y el pan recién hecho que les sirvieron en el figón adyacente a la posada.
Y aún le divirtió más descubrir que nadie hacía ningún comentario sobre el hecho de que, la noche anterior, Billy Bird hubiese llegado con un joven amigo y que, por la mañana, bajase de la habitación con una mujer que guardaba un notable parecido con el muchacho. La absoluta falta de sorpresa del posadero y los sirvientes hizo comprender a Elizabeth que El Barco y la Brújula era más famoso por su discreción que por la calidad del alojamiento.
Salieron a última hora de la mañana y se abrieron paso por las abigarradas calles en dirección a la iglesia más cercana. A la luz del día y calmada la emoción de la llegada, Elizabeth hizo una valoración más serena de Boston.
Para tratarse de una capital de colonias, era grande y muy poblada. Edificios de ladrillo y construcciones de madera formaban paredes sólidas a ambos lados de las calles adoquinadas, encauzando a la gente como si de ríos se tratase, gente a pie, gente a caballo, gente empujando carretas y montada en carruajes y coches de punto, todos abriéndose paso lentamente. Era como si Dios hubiese elegido una pequeña porción de Londres, la hubiese limpiado un poco y la hubiese trasplantado a las tierras vírgenes de Nueva Inglaterra. Aquellas calles le despertaron un alud de recuerdos de Plymouth y Londres, unos recuerdos que no le gustaban.
—¿Ves lo condenadamente puritanos que son? —preguntó Billy.
—Sí… —respondió Elizabeth sin demasiada convicción.
Aunque veía muchos hombres vestidos de negro, con pelucas blancas, sombreros de ala ancha y capa, había pensado que serían más. Por las descripciones de Billy, había llegado a imaginar que la urbe entera sería un servicio religioso congregacionalista, pero había dejado de ser así dos generaciones atrás. El Boston de John Winthrop, primer gobernador de Massachusetts, ya no existía.
Con todo, tampoco era la Virginia alegre de origen aristocrático, la Virginia de Raleigh y John Smith, con sus cacerías y sus carreras de caballos, sus fastuosos bailes en la casa del gobernador y sus bulliciosas fiestas de Publick Times. Boston era mucho más sobrio.
Por fin llegaron a la iglesia, conocida simplemente como Iglesia Vieja, en Cornhill, frente al ayuntamiento y al callejón Crooked. Se trataba de un edificio de ladrillo rojo con una alta torre blanca y una enorme puerta de madera de doble hoja que se hallaba abierta. Sin el menor asomo de vacilación, Billy Bird subió los escalones de granito y entró en el fresco interior. Elizabeth lo siguió pisándole los talones.
La iglesia estaba vacía. Los bancos altos, pintados de blanco y con aspecto de muy incómodos, parecían soldados en formación esperando la orden de avanzar. Las paredes estaban enyesadas y pintadas de blanco y en lo alto se abrían ventanas en arco a intervalos regulares. A diferencia de la iglesia parroquial anglicana de Williamsburg, que exhibía su riqueza y elegancia con modestia, la Iglesia Vieja exhibía una modestia genuina, ni más ni menos presuntuosa en su evidente austeridad que el abrigo y el sombrero negros de los puritanos.
En el otro extremo de la nave había un ministro en el púlpito, hojeando las páginas de un libro. Al oír los pasos de Billy Bird en el suelo de madera, que resonaron por todo el recinto, levantó la cabeza y se dispuso a bajar para recibirlo.
—Buenos días tenga usted, señor —le dijo Billy con una elaborada reverencia.
—Buenos días. —El ministro iba vestido de negro, el color propio de los calvinistas, realzado por su peluca blanca y un corbatín con los bordes de un sencillo encaje. Recorrió con los ojos la hermosa casaca de lana roja de Billy, el chaleco de seda, el sombrero de ala dorada que sostenía bajo el brazo y la espada de su cinturón —. ¿En qué puedo ayudarlos?
—Acabamos de llegar a este país procedentes de Inglaterra, señor, y estamos buscando a un conocido nuestro, el señor Frederick Dunmore, cuyo padre, tengo entendido, es un clérigo de esta ciudad.
El reverendo frunció el entrecejo y, si quería negar que conocía a Dunmore, fue demasiado tarde. Cuando habló, su tono dijo más que sus palabras:
—Hace años que no oigo hablar de Frederick Dunmore. Creí que estaba en Londres, pero si ustedes vienen de allí y no lo han visto, supongo que no es así. En cualquier caso, no reside en Boston y desconozco su paradero.
—Entonces, tal vez deberíamos visitar a su padre, si fuese usted tan amable de decirnos dónde encontrar a ese honorable caballero.
Billy Bird era capaz de fundir cualquier hielo con sus palabras, pensó Elizabeth.
El reverendo carraspeó y tardó un momento en decidir lo que debía decir, tiempo que Billy aprovechó para sonreír, la viva imagen de la inocencia y la candidez.
—El reverendo Wait Dunmore es el ministro de la iglesia de la calle Middle, en la intersección con la calle Cross. ¿La conocen?
—No, señor. Acabamos de llegar —se apresuró a repetir Billy sin caer en la trampa.
El reverendo les indicó cómo llegar hasta allí, Billy lo escuchó con atención y luego se despidieron y se marcharon.
Recorrieron Cornhill, cruzaron la plaza Dock hasta la calle Anne y siguieron hasta el cruce con Cross. Billy andaba con el paso seguro del que conoce perfectamente el camino.
—¿No es extraño que el padre de Dunmore sea ministro, ministro congregacionalista? —preguntó Elizabeth.
—¿Por qué te parece extraño?
—Bueno, Dunmore no es congregacionalista, nada de eso. Prácticamente, es el dueño de la iglesia parroquial Burton. Y ya sabes cómo lo obedece el ministro…
—Frederick Dunmore parece haberse despojado de todo lo relacionado con su antigua vida. ¿No es lógico que haya hecho lo mismo con su confesión religiosa? Por lo que veo, es un oportunista al que le importan un ardite Dios o el diablo, pero es sensible al hecho de que un congregacionalista no llegaría demasiado lejos en la sociedad de Virginia. Sospecho que su asistencia a los servicios religiosos se debe a razones puramente sociales, no como tu amado esposo —le dedicó una sonrisa—, cuya devoción está por encima de todo reproche.
—Por encima de los tuyos, en todo caso.
Encontraron la iglesia en la esquina de Cross y Middle, tal como les habían indicado. También estaba vacía, pero tenía las puertas abiertas, llamando a los fieles.
—Espera un momento. —Elizabeth lo detuvo en su apresurado paso hacia la escalinata—. Tengo que recuperar el aliento.
De pie en la plaza adoquinada, alzó la mirada a la iglesia. No era sólo la caminata lo que la tenía exhausta. Frederick Dunmore la rondaba día y noche como un fantasma desde hacía más de cinco semanas, la había hecho huir al bosque y luego ir a Boston. Todo aquello tenía un aire irreal: se hallaba en una ciudad extraña, dispuesta a desentrañar el pasado de Dunmore y a extraer de él lo que pudiera servirle para destruirlo.
Tal vez. O tal vez todo resultaría un disparate, una pérdida de tiempo. Quizá los trabajadores de la plantación de Marlowe tendrían que vivir en el bosque el resto de su vida, unirse a una tribu india o regresar a Williamsburg para ser vendidos de nuevo como esclavos.
«Pero si me quedo aquí plantada, no lo descubriré», pensó Elizabeth. Respiró hondo, aunque hacerlo no le alivió la presión en el estómago, ni la cabeza dejó de darle vueltas. Nunca había agradecido tanto que Billy Bird estuviera a su lado. Era su misma indiferencia, su absoluta despreocupación por cualquier cosa que los demás se tomaran en serio, lo que hacía que su compañía le resultase tan valiosa en lances como aquéllos.
—Vamos, pues —dijo al cabo, y subieron los peldaños de granito y entraron en la iglesia.
No se diferenciaba demasiado de la anterior que habían visitado, aunque era más grande. De nuevo, los pasos de Billy retumbaron en la amplia nave, pero en esta ocasión no había nadie.
Recorrieron el pasillo central despacio, sin hablar, invadidos por el respeto que inspiraba de manera natural la casa de Dios, sobre todo la del Dios severo del Antiguo Testamento, el de los puritanos.
Llegaban casi al altar cuando por una puerta lateral apareció una mujer negra llevando un cubo de agua jabonosa. Iba vestida como cualquier otra mujer de la clase trabajadora de la ciudad: cofia de algodón, vestido de lana y delantal de muselina. Rondaba los cuarenta años, quizás alguno más. No había manera de saber si se trataba de una esclava o una criada libre.
—¿En qué puedo servirlos? —preguntó.
—Buenos días, señora. —Billy Bird le hizo la misma reverencia que le haría a la mujer del gobernador—. Queríamos saber si está aquí el señor Wait Dunmore.
—Mmm… ¿De qué se trata? ¿De qué quieren hablar con el reverendo Dunmore?
—Hemos venido por un asunto relacionado con su hijo.
Aquello pareció despertar su interés.
—Esperen aquí —dijo—. Veré si el reverendo puede recibirlos.
Dejó el cubo en el suelo y se alejó. Al cabo de un minuto regresó para indicarles que la siguieran.
Los condujo por un estrecho pasillo, al final del cual había un despacho con un escritorio y un par de sillas de cuero negro, una gran Biblia en un atril y varios armarios. Uno de ellos estaba abierto y en su interior se amontonaban multitud de papeles, seguramente partidas de nacimiento y de defunción y registros de bodas.
El reverendo Dunmore estaba tras el escritorio. Tenía setenta años, como poco, aunque en él se apreciaba esa reciedumbre que imprime una existencia de trabajo duro y plegaria y ni un ápice de corrupción. El suyo era un rostro cuya expresión natural en reposo mostraba enfurruñamiento, como el de un hombre demasiado terco para morir o debilitarse con los años.
Estaba garabateando un papel con una pluma y no levantó la mirada mientras Elizabeth, Billy Bird y la negra esperaban en silencio. Esta última parecía aceptar la situación como normal. Al final, el hombre dejó la pluma en su soporte, secó minuciosamente el escrito con arenilla, sacudió el papel y barrió de la mesa la arenilla sobrante. Cuando hubo completado el proceso, alzó los ojos.
—¿Sí?
—Reverendo, estas personas han venido a verlo —dijo la mujer.
—Gracias, Sally —repuso Dunmore. La mujer hizo una inclinación, se volvió y se marchó.
Dunmore los estudió y Elizabeth lo estudió a él. Era el padre de Frederick Dunmore, no había lugar a dudas. El hijo era algo más grueso, su rostro más redondo, más carnoso, pero la expresión de desagrado en el entrecejo y la comisura de los labios era la misma.
—¡Cuánto me alegra verle de nuevo, reverendo Dunmore! —se apresuró a decir Billy y le hizo una profunda reverencia al tiempo que sostenía el sombrero en el aire con el brazo rígido—. Todo este tiempo me ha parecido un siglo.
Dunmore arrugó la frente aún más y Elizabeth miró a Billy preguntándose si estaba improvisando o tenía preparada aquella entrada.
—Creo que no he tenido el honor de conocerlo, señor —dijo Dunmore.
—¡Oh, perdóneme, reverendo! Es imposible que se acuerde de mí, por supuesto, porque la última vez que nos vimos yo era un niño de apenas nueve años. ¿Le suena Thomas Marlowe? Fui amigo de la infancia de su hijo. Mi familia regresó a Inglaterra y yo acabo de volver a Boston.
—Lo siento, señor, pero no lo recuerdo. Si desea ver a Roger, estoy seguro de que su memoria resultará más fiable que la mía. Lo encontrará en su oficina, cerca del comienzo del muelle Clark.
—¿Roger?
—Roger Dunmore, mi hijo, del que dice que fue amigo en la infancia.
—¡Oh, Roger, claro! Pero no, señor, perdóneme, le he confundido. Mi amigo de la infancia es Frederick, su hijo Frederick. ¿Está todavía en Boston?
Aquello provocó la reacción que Elizabeth esperaba. La frente siempre arrugada del reverendo se frunció todavía un poco más y sus cejas blancas casi se tocaron.
—No, no está aquí. ¡Sally! ¡Ya está bastante limpio! —Elizabeth se volvió a tiempo de ver que la mujer estaba abrillantando el friso de madera delante de la puerta abierta del despacho. La negra recogió el cubo y se marchó apresuradamente por el estrecho pasillo.
»No —dijo de nuevo el reverendo—. No vive en Massachusetts.
—¡Oh, qué lástima! Esperaba poder presentarle a mi esposa, la señora Elizabeth Marlowe.
Ella agachó la cabeza pero Dunmore los miró con expresión implacable.
—¿Cómo ha dicho usted que se llama?
—Marlowe, señor. Thomas Marlowe, hijo de Joseph y Rebecca Marlowe, que vivían en la calle Salem.
Dunmore sacudió la cabeza.
—Tal vez pueda decirme, señor, si Frederick está bien —añadió Billy—. Siempre ha sido tan…
Dunmore frunció más el ceño y guardó silencio.
—He temido por él, ¿sabe?, todos estos años —se obstinó Billy—. Tantas veces cogí pluma y papel para escribirle, como si el Señor me dijera que Frederick andaba necesitado de la poca orientación que yo pudiese ofrecerle, pero cada vez…
—Frederick tiene su propia paz con Dios —dijo el reverendo escuetamente.
—Me alegra oírlo. Claro, ¿cómo iba a ser de otra manera, con la educación tan piadosa que ha recibido? ¿Puedo preguntarle si se ha alejado de Boston por negocios? ¿Ha ido a hacer fortuna a otro lado, o quizás a divulgar la Palabra de Dios…?
—No ha preguntado a donde ha ido —replicó Dunmore.
—¿Perdón?
—Su primera pregunta era para averiguar su paradero, no los motivos de su marcha.
—Ésa ha sido mi segunda pregunta, señor.
—¡Fuera de aquí!
—¿Cómo dice? —Aquella explosión tomó a Billy por sorpresa.
—Que se marche, señor. No sé quién es ni qué busca, pero quiero que se marche. Ahora mismo.
—Bueno… —farfulló Billy, aturdido—. Nunca habría pensado que… Nos alojamos en El Barco y la Brújula, señor, por si desea presentar sus disculpas por esta rudeza ante mi esposa…
—¡Fuera! —Dunmore se puso en pie agresivamente y la silla cayó al suelo—. ¡Váyanse! —gritó dando un puñetazo a la mesa.
Billy, sin embargo, no iba a dejarse amilanar, ni siquiera delante de tal exhibición de ira.
—Vamos, querida. Salgamos. Justo lo que te decía de la familia Dunmore…
—¡Largo! —bramó el reverendo, golpeando el escritorio.
Billy tomó a Elizabeth del brazo para llevársela del despacho y enfilar el mismo pasillo por el que habían llegado. Pese a las ganas que Elizabeth tenía de soltarse y correr, Billy la contuvo y la obligó a caminar con dignidad y a un paso relajado. Volvieron a la iglesia, pasaron por delante de Sally, que los miró con unos ojos como platos, recorrieron el pasillo central y salieron al brillante sol del mediodía bostoniano, a sus abarrotadas calles, al olor de los caballos y el agua salobre, de las tiendas y las casas llenas a rebosar.
—Bueno, no se ha mostrado tan receptivo a nuestras preguntas como esperaba — dijo Billy, ajustándose la espada hasta que colgó en el ángulo deseado.
Elizabeth respiró hondo y cerró los ojos. La repentina violencia de Dunmore la había desconcertado y la conmoción daba paso ahora al desespero.
—¡Oh, Billy! ¿Qué vamos a hacer? Dios, qué estúpida he sido al pensar que sólo viniendo aquí descubriríamos algún secreto pavoroso…
—Lizzy, querida, espero que nunca hayas pensado que las cosas iban a ser tan fáciles. Ahora, como mínimo, sabemos que hay algo que investigar. Tenemos ante nosotros una investigación que requerirá perseverancia, y perseveraremos.
Como siempre, Elizabeth encontró consuelo en las palabras de Billy, en la absoluta calma de su tono.
—Pero ¿cómo? ¿Qué haremos?
—Lo primero es ir a comer lo mejor que Boston tiene para ofrecer, bacalao guisado como uno prefiera. Y luego pondremos en marcha la segunda parte del plan.
—¿Y en qué consiste?
—Ahora mismo no lo sé, querida mía, pero cuando nuestra comida esté a punto, lo sabré, no te preocupes por eso. Soy un experto cocinando bacalao, ¿no lo sabías?
Elizabeth lo miró y sacudió la cabeza. Aquélla parecía una de sus bromas idiotas. Se preguntó si debía alentar aquel humor de adolescente.
—No, no lo sabía.
—¿No? Pues debes saber que he conquistado a más de una hacendada fugitiva con mis guisos.
Y muy a su pesar, Elizabeth se sonrió.