El regreso
Primera Parte
Bernhard Schlink
El regreso
ePub r1.0
Café mañanero 04-05-2022
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Título original: Die Heimkehr
Bernhard Schlink, 2007
Traducción: Rosa Pilar Blanco
Editor digital: Café mañanero
ePub base r2.1
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PRIMERA PARTE
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1
En mi infancia pasaba las vacaciones con los abuelos, en Suiza. Mi madre me llevaba a la estación, me metía en el tren, donde con un poco de suerte podía sentarme, y, tras un viaje de seis horas, llegaba al andén en el que me esperaba el abuelo. Si tenía mala suerte, me veía obligado a hacer transbordo en la frontera. En una ocasión me vi en un tren equivocado, llorando, hasta que un amable revisor enjugó mis lágrimas y unas estaciones después me depositó en otro convoy confiándome al correspondiente revisor, que a su vez me entregó al siguiente, de manera que alcancé mi destino gracias a una cadena de revisores.
Los viajes en tren, con el desfile de paisajes y pueblos, la protección del compartimiento y la independencia, me entusiasmaban. Tenía billete y pasaporte, provisiones y lectura, no necesitaba a nadie ni tenía que obedecer a nadie. En los trenes suizos echaba de menos los compartimientos. A cambio, todos los asientos eran de ventana o de pasillo, y no tenía que preocuparme de quedar apretujado en medio de un compartimiento.
Además, la madera clara de los asientos suizos era más bonita que el plástico pardo rojizo de los alemanes; los vagones grisáceos, la inscripción en tres idiomas «SBB — CFF — FFS» y el escudo con la cruz blanca en campo rojo eran más refinados que el verde sucio con las iniciales «DB».
Yo me sentía orgulloso de ser medio suizo, aunque la sordidez de los trenes alemanes me resultaba tan familiar como la de la ciudad donde mi madre y yo residíamos y la de las personas con las que vivíamos.
La estación de la gran ciudad emplazada a orillas del lago en la que finalizaba mi viaje era una estación término. Me bastaba recorrer el andén para encontrar al abuelo: alto, fuerte, de ojos oscuros, bigote blanco y espeso, calvo, con una americana de lino claro, sombrero de paja y bastón,
irradiaba seguridad. Para mí siguió siendo alto incluso cuando lo sobrepasé, y fuerte cuando necesitó el apoyo del bastón. Yo ya iba a la universidad, cuando él aún me cogía a veces de la mano al andar. Su gesto me confundía, pero no me incomodaba.
Los abuelos vivían a orillas del lago, unos pueblos más allá, y cuando hacía buen tiempo el abuelo y yo tomábamos el barco en lugar del tren. Mi preferido era un vapor de ruedas enorme y antiguo, en cuyo centro se veía trabajar a las bielas y émbolos de bronce y acero de la máquina, brillantes de aceite. Contaba con numerosas cubiertas, abiertas y cerradas. Nosotros, en la cubierta de proa abierta, respirábamos el viento y veíamos aparecer y desaparecer en la orilla las ciudades pequeñas, las gaviotas describiendo círculos alrededor del barco, los veleros alardeando en el lago con las velas henchidas, y a los esquiadores acuáticos ejecutando sus piruetas. A veces atisbábamos los Alpes detrás de las montañas, y el abuelo llamaba a las cumbres por su nombre. Siempre me parecía portentoso que la senda luminosa que el sol proyecta en el agua, con un resplandor tranquilo en el centro que se deshace en fragmentos danzarines en los bordes, viajase con el barco. Estoy seguro de que el abuelo me explicó que se trataba de un efecto óptico. A pesar de todo, hoy me sigue pareciendo un milagro. La senda luminosa comienza precisamente donde yo estoy.
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