El regreso
Capítulo 3
Antes de regresar a casa, hice otra visita a la Universidad de Unter den Linden. Esta vez subí las amplias escaleras de mármol rojo, pasé de largo ante la cita de Marx que dice que los filósofos no hacen otra cosa en la historia que interpretar el mundo, cuando lo que hay que hacer es transformarlo. Los vastos corredores estaban vacíos y tampoco en las escaleras del siguiente piso ni en los pasillos hallé a nadie. En el aire flotaba, como en el día anterior, un intenso olor a productos de limpieza y desinfectantes.
Al lado de una puerta, el tablón anunciaba una conferencia y un seminario sobre derecho constitucional en los Estados capitalistas. Cuando leí el temario, se abrió la puerta y un caballero se me acercó con la mano tendida.
—¿El doctor Römer?
—Doctor Debauer —repuse estrechando su mano.
—El catedrático Pfister nos había anunciado al doctor Römer. ¿Viene usted en su lugar?
—Quizás el doctor Römer esté a punto de llegar.
—Pase, por favor. —Hizo un ademán invitador, se presentó como el doctor Fach, tomó mi abrigo y me condujo a través de otra puerta a una sala con armarios en las paredes y una larga mesa en el centro en torno a la cual se sentaban varios hombres y mujeres, algunos jóvenes, otros viejos, unos con americana y corbata y otros con jersey. El doctor Fach me invitó a tomar asiento en el extremo de la mesa. Mientras él hablaba, otros participantes se sumaron a la ronda.
Me enteré de que desde hacía muchos años el catedrático Pfister de Hannover mantenía con el catedrático Lummer de la Universidad Humboldt
uno de los pocos contactos jurídicos existentes entre las dos Alemanias y que ambos estaban de acuerdo en que ahora que se había abierto el muro, debían rápidamente dar clases en la Universidad Humboldt algunos profesores de Hannover y viceversa. Ellos esperaban al profesor interino doctor Römer, y resulta que me había presentado yo.
—¿Es usted también interino, doctor Debauer?
—Todavía no he terminado la habilitación. Tampoco vengo de Hannover ni el señor Pfister se dirigió a mí en persona. Pero —intenté aducir— se consideró que era muy necesario un refuerzo en derecho público y administrativo. —Yo había escrito mi tesis sobre derechos fundamentales.
No me preguntaron quién era ese «se» que juzgó que yo debía enseñar derecho público y administrativo en la Universidad Humboldt. Me preguntaron por la tesis y la habilitación, por otros trabajos y proyectos científicos, por mi experiencia docente ante grupos numerosos y ante grupos más reducidos, por mi experiencia práctica y mi compromiso político. Intenté no mentir. Al final, en lugar de aprender a hacer masajes, resultó que había impartido clases de derecho constitucional comparado en Estados Unidos y había publicado artículos y que en Alemania había dirigido investigaciones y estaba a punto de concluir la habilitación.
A pesar de la ventana abierta, en la sala hacía un calor excesivo y yo sudaba. Los armarios, la larga mesa, los presentes…, me sentía como un alumno obligado a explicarse en la sala de profesores. Quizás también por eso me fue cada vez más fácil mentir. Mi insinuación de que había participado en varios juicios ante el Tribunal Constitucional Federal mereció asentimientos de reconocimiento. También mereció elogios mi ascenso de editor a miembro del consejo consultivo de la editorial y mi promesa de suministrar gratuitamente libros para la biblioteca. Al final, el doctor Fach me agradeció la entrevista en nombre del departamento.
—Colega Debauer, nos alegraremos de que comience en diciembre con un curso y un seminario sobre derecho constitucional de la República Federal de Alemania.
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