El regreso
Capítulo 2
En el verano en que yo contaba ocho años, mi madre no disponía de dinero para mi billete. Pero, no sé cómo, encontró a un camionero que se ofreció a llevarme hasta la frontera, donde me entregaría a otro camionero que me dejaría en casa de los abuelos.
La cita era en la estación de mercancías. Mi madre tenía cosas que hacer y no pudo quedarse; tras dejarme con la maleta en la entrada, me encareció que no me moviera del sitio. Yo, de pie, contemplaba atemorizado los camiones que se acercaban y los seguía con la vista, aliviado y decepcionado. Eran más grandes, atronadores y pestilentes de lo que había percibido hasta entonces. Eran monstruos.
No sé cuánto se prolongó la espera. Aún no tenía reloj. Al cabo de un rato me senté en la maleta y en varias ocasiones me levanté de un salto cuando parecía que un camión aminoraba la marcha como si quisiera pararse. Por fin uno se detuvo, el conductor me izó a la cabina junto con mi maleta y el copiloto me pasó a la litera situada tras el asiento del conductor.
Tenía que mantener la boca cerrada, no asomar la cabeza por encima del borde de la cama y dormir. Era de día, pero tampoco logré conciliar el sueño al oscurecer. Al principio el conductor o el copiloto se volvían de vez en cuando y me reñían si mi cabeza asomaba por encima del borde de la cama. Después se olvidaron de mí y miré hacia el exterior.
Mi campo visual era reducido, pero me permitió contemplar la puesta de sol por la ventanilla lateral situada junto al copiloto. De la conversación entre conductor y copiloto sólo entendí frases sueltas sobre estadounidenses, franceses, suministros y pagos. Casi me arrulló el ruido que resonaba con regularidad, esas sacudidas amortiguadas y regulares al transitar el camión por las grandes planchas que componían por entonces el
revestimiento de la autopista. Pero ésta terminó pronto y proseguimos el viaje por carreteras de montaña deplorables en las que el conductor no podía esquivar los baches y tenía que cambiar de marcha continuamente.
Fue un viaje inquieto a través de la noche.
El camión se detenía una y otra vez, aparecían rostros en las ventanillas laterales, el conductor y el copiloto descendían, abrían el portón trasero y apilaban la carga sobre la plataforma. Algunas paradas eran fábricas y almacenes con lámparas luminosas y voces ruidosas; otras, oscuras gasolineras, aparcamientos y carreteras comarcales. Quizás conductor y copiloto compaginaron además el cumplimiento de sus obligaciones con la ejecución de sus propios negocios, el contrabando o el estraperlo, y por ello tardaron más de lo previsto.
En cualquier caso llegamos a la frontera demasiado tarde, el otro camión ya había partido y yo pasé unas horas al amanecer sentado en la plaza de una ciudad cuyo nombre he olvidado. Alrededor de la plaza se alzaban una iglesia y unas cuantas casas nuevas y otras sin tejado y con las ventanas sin cristales. Con las primeras luces del alba empezó a llegar gente y montaron un mercado; traían sacos, cajas y cestas en grandes carretas planas de dos ruedas entre cuyas varas se habían uncido con un lazo encima de los hombros. Durante toda la noche yo había tenido miedo del capitán y del timonel del camión, de un ataque pirata, de tener que ir al servicio.
Ahora me invadía el mismo temor a que alguien se fijase en mí, alguien que luego dispondría de mí, como antes me había aterrado que nadie se fijase y se ocupara de mí.
Cuando el sol calentaba tanto que ya empezaba a encontrarme mal, sentado en aquel banco sin sombra del que no me atrevía a moverme, se paró delante de mí, al lado de la acera, un coche con la capota bajada. El conductor se quedó sentado, la acompañante bajó, cargó mi maleta en el maletero y me señaló el asiento trasero. Ya fuese el tamaño del coche, la indumentaria llamativa del conductor y de su acompañante, la seguridad y despreocupación de sus ademanes o el hecho de que, apenas cruzada la frontera, ya en Suiza, me compraran el primer helado de mi vida…, durante mucho tiempo, cuando oía hablar o leía algo sobre la gente rica, me los imaginaba a ellos. ¿Eran contrabandistas o estraperlistas, como los
camioneros? También ellos me infundieron sospechas a pesar de que ambos jóvenes me trataron con simpatía, como a un hermano pequeño, y a la hora de comer me dejaron en casa de los abuelos.
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