El regreso
Capítulo 2
No, no fue así, aunque me habría gustado que lo fuera. Me habría gustado mostrarme irónico, distante, superior. En lugar de eso me comporté como un niño.
No relataba la escena de la escalera con ironía, sino ridiculizándola, y empecé con eso cuando volví a frecuentar a la gente. Me burlaba de la rapidez con que las mujeres pasaban de un hombre a otro y de la confianza de los hombres en el amor de las mujeres. Era penoso, los demás reían por pura cortesía, y las mujeres me miraban con más extrañeza y compasión que interés. Yo, sin embargo, hurgaba en la herida una y otra vez. Al final de una noche, cuando los demás se habían ido y yo tomaba la última copa con un amigo, éste intentó explicarme con delicadeza que estaba haciendo el ridículo. Habló de los renegados que se las daban de superiores burlándose de lo que habían vivido, el ateo de la fe, el comunista de su casa paterna burguesa, el arribista de su condición humilde. No le entendí.
Los somníferos están bien. Con ellos y con alcohol me puse fuera de combate durante días. Como el teléfono sonaba sin parar, arranqué el cable de la pared. No abrí cuando Barbara llamó al timbre en la calle, ni tampoco cuando, franqueada por alguien su entrada al edificio, se plantó delante de la puerta de mi piso y llamó golpeándola con los nudillos. Aunque estaba borracho, más tarde lo recordé con la suficiente nitidez como para romper la carta cuando llegó.
Pero eso no fue todo. Si Barbara iba en serio, ¿no tenía que escribir una carta tras otra? Y si había actuado en serio, ¿por qué se había limitado a tocar el timbre, golpear la puerta y llamar una sola vez? Ella no podía saber si yo estaba en casa y oía sus timbrazos, golpes y llamadas. Que viniera y escribiera, pero sólo una vez, me reveló que no me amaba lo suficiente.
Aunque tampoco me habrían bastado una segunda venida y una segunda carta, porque el verdadero amor lo intenta por tercera, por cuarta vez, hasta el infinito.
Mesa, sillas y sofá, Max y los amigos…, como es natural la vida seguía y al cabo de unos meses yo estaba mejor. Después de la noche con la periodista lo malo no fue mi temor a haberla violado. No lo había hecho.
Pero ella había notado que yo no me había implicado y eso le dolió. La necesidad de cercanía y ternura, el miedo a la soledad o a los demonios del pasado…, ella no había encontrado conmigo nada de lo que reúne a dos personas durante una noche. Yo me había limitado a fingir, y eso la había enfurecido más que si hubiera usado la fuerza.
Me habría gustado saber si en el acercamiento había habido algún resbalón. Porque era así cómo sentía la noche con la periodista: como si la capacidad, si no de sentir, sí al menos de disimular la necesaria complicidad, me hubiera resbalado igual que una peluca o una máscara.
¿Me quedaba en blanco y debía andarme con cuidado? ¡Cómo iba a preguntarle eso a un colega!
También es cierto que nunca llamé al teléfono de Barbara y escuché si contestaba. Marqué su número una y otra vez y lo dejé sonar dos o tres veces antes de colgar. No lo hice para despertarla o irritarla, tampoco para hacerlo sonar hasta que ella contestase. Con esos dos o tres timbrazos yo ansiaba no salir del todo de su vida.
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