El regreso

Bernhard Schlink · Capítulo 8 de 88

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El regreso

Capítulo 8

Una vez despejada la mesa de la cena, fregados los cacharros y regadas las flores del jardín, los abuelos se ponían a trabajar corrigiendo las «Novelas amenas y entretenidas». Sentados a la mesa, tiraban de la lámpara hacia abajo y leían y corregían los manuscritos, las largas galeradas y las pruebas de imprenta con las páginas ajustadas al formato de los ejemplares. A veces también escribían; ellos insistían en que cada número incluyera al final un breve epílogo instructivo y formativo, y caso de no existir ellos mismos lo escribían: sobre la importancia de lavarse los dientes, la lucha contra los ronquidos, la cría de abejas, la evolución del servicio de correos, la regulación del río Linth hecha por Konrad Escher, los últimos días de Ulrich von Hutten. También retocaban las novelas si un pasaje les parecía torpe, inverosímil, indecente o se les ocurría una idea mejor. El editor les dejaba campo libre.

Cuando ya no me obligaron a acostarme después del canto del mirlo, me permitieron sentarme a la mesa con ellos. La luz de la lámpara baja, la mesa iluminada, alrededor la habitación oscura… El ambiente me gustaba y me sentía seguro en él. Yo leía, aprendía un poema o escribía una carta a mi madre o una anotación en el diario de las vacaciones. Cuando interrumpía la labor de los abuelos con alguna pregunta, siempre recibía una respuesta amable. Sin embargo, preguntar me intimidaba: la concentración de los abuelos era perceptible, los comentarios que intercambiaban, escuetos, y mis preguntas se me antojaban de una locuacidad excesiva. Así que leía, estudiaba y escribía en silencio. A veces alzaba la cabeza con suma cautela para que ellos no se percatasen, y los miraba: al abuelo, cuyos ojos oscuros escudriñaban la tarea que tenía ante sí, pero también se perdían a lo lejos, y a la abuela, que lo hacía todo con facilidad, leía sonriendo y escribía y

corregía con mano ágil y rápida. Y eso que el trabajo debió de resultarle más duro que a él, pues mientras que al abuelo sólo le gustaban los libros de historia y mantenía una relación práctica, desapasionada, con las novelas que supervisaban, ella amaba la literatura, tanto la narrativa como la poesía, poseía una intuición certera para captar la calidad literaria y esa dedicación a textos banales debió de hacerla sufrir.

A mí no me permitían leerlos. Alguna que otra vez, oyéndolos hablar de una novela, me picaba la curiosidad. Me decían que no debía leerla; sobre ese tema había una novela o un cuento mejor de Conrad Ferdinand Meyer o de Gottfried Keller o de cualquier otro clásico. La abuela se levantaba y me traía ese libro mejor.

Cuando me daban los ejemplares sobrantes de las pruebas de imprenta para emborronar, me encarecían con absoluta seriedad que no los leyera.

Habrían preferido no dármelos. Pero el papel era caro y mi madre ganaba poco dinero. Así que durante gran parte de mis años escolares utilicé el dorso de aquellas hojas para escribir lo que no tenía que presentar al maestro en el cuaderno: vocablos latinos, ingleses y griegos, deberes de aritmética y geometría, borradores de composiciones, redacciones y descripciones de cuadros, capitales, ríos y montañas, fechas y notas para compañeros y compañeras de clase sentados unos pupitres más allá. Las pruebas de imprenta eran de papel resistente y tenían casi un centímetro de grosor; cuando arrancaba las páginas escritas, se tornaban más y más finas, pero las grapas aún mantenían unido el fajo restante. Me gustaban aquellos blocs gruesos de papel resistente. Y como era un buen chico, durante años obedecí y no leí la otra cara de las páginas.

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