El regreso

Bernhard Schlink · Capítulo 79 de 88

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El regreso

Capítulo 11

Nos encontramos el 7 de enero a las nueve delante de la entrada del departamento. Del seminario estaban presentes los más mayores; Jane y Katherine, la psicoanalista y la médico, Anne, la profesora de francés, el ex marine Mark y Jonathan. Los demás eran participantes de seminarios anteriores que había conocido en la reunión de coordinación. Meg y Pamela eran jóvenes abogadas de grandes bufetes neoyorquinos; Philip, Gregory y Michael trabajaban en Washington para diputados o senadores, y Ronald dirigía un grupo de trabajo sobre delincuencia juvenil en un think tank.

Hacía frío y a ninguno le apetecía hablar. Cuando Mark y Pamela quisieron encender un cigarrillo, Katherine les ordenó bruscamente que se fueran a otro sitio. Ellos, acompañados de Jonathan y Anne, se marcharon y Katherine explicó con sumo detalle por qué su actuación había sido correcta. Los demás escuchábamos abochornados. Hasta que Ronald interrumpió amablemente a Katherine y le preguntó si deseaba que le trajera un café de la cafetería de la esquina. ¿Sin leche, con leche, con mucha o poca leche, sin azúcar, eso se lo imaginaba, pero quizás con sacarina, o con Splenda en lugar de sacarina, si es que lo tienen, sabe como azúcar, bueno, es azúcar, pero sin calorías?

Cuando a las nueve y cuarto llegó el microbús que debía trasladarnos, los cuatro fumadores se sentaron en la última fila, Katherine en la primera, junto al conductor, y en las tres intermedias Ronald y Meg, luego Jane y yo y por último Philip, Gregory y Michael. Me habría gustado hablar con Jane: sobre el seminario que habíamos acabado y el que nos disponíamos a celebrar, sobre De Baur, qué le interesaba de él y qué impresión tenía, sobre su cambio del psicoanálisis al derecho. Pero ella no había acabado de prepararse el seminario y prefería leer. Así que me recliné en mi asiento y

escuché la conversación a mis espaldas. Para Phil, Greg y Mike asistir al seminario era un privilegio. Quienes participaban eran los auténticos discípulos de De Baur y podían esperar ser promocionados en Washington a través de su red informal de contactos. Nos detuvimos en un área de servicio de Albany. Para poder conversar con mi vecina de asiento al menos durante la comida, tomé con ella sushi en un restaurante de comida rápida japonés. Jane era hija de un psicoanalista y de una psicoanalista, había crecido en Nueva York, había estudiado en un excelente colegio privado elitista y en Harvard, había ejercido con éxito de psicoanalista hasta que sintió la necesidad imperiosa de salir de su mundo, en el que sólo se pensaba y se hablaba, para pasar a actuar, a crear y a hacer algo.

—¿Hacer qué?

Me miró como si hubiera hecho una pregunta especialmente estúpida.

—¡Pero si estás viendo cómo cambia el mundo! Pues yo quiero participar y que eso sea un éxito.

En el autobús, ella continuó leyendo hasta que se le cerraron los ojos.

Los demás dormían ya. Fuera veía pasar colinas con campos arados, pastos de un verde sucio y bosques desnudos, a veces una granja con grandes silos y otras algún pueblecito. El cielo gris se cernía tan bajo y pesado sobre nosotros que, cuando cayeron los primeros copos, pensé que se pasaría días nevando. Después yo también me dormí. Me desperté brevemente cuando el autobús pasó de la autopista a una carretera de dos carriles. Seguía nevando y la nieve empezaba a cuajar.

Me despertó el traqueteo del autobús sobre un terreno irregular. Cuando se detuvo, el mundo era blanco, la nieve bailaba en el aire y los coches aparcados delante del bar-restaurante ante el que nos habíamos detenido, tenían una considerable capa de nieve sobre el techo y el capó. Anochecía.

Consulté el reloj: eran las cuatro. Había dormido dos horas.

El conductor bajó, y Katherine, Jane y Meg lo siguieron al interior del restaurante. Katherine fue la primera en volver. Tras sentarse, se volvió hacia nosotros y dijo:

—Me temo que el conductor se ha perdido. Anochece y está nevando.

Quizás deberíamos dormir en el próximo motel y proseguir el viaje mañana temprano. ¿Qué os parece?

—Preguntemos al conductor.

—He intentado hablar con él durante el viaje. Tenemos que decirle lo que tiene que hacer. Si le preguntamos, hará lo que le dé la gana. Querrá arriesgarse a continuar el viaje esta noche; nadie le pagará un día más con nosotros.

Fuera paró un jeep. Bajaron cuatro hombres, embozados en chaquetas verde caqui y pantalones de camuflaje, con oscuros gorros de lana y botas de media caña anudadas con cordones. Tras echar un vistazo al autobús iluminado, rieron y caminaron a grandes zancadas hacia el restaurante.

—¿No nos espera De Baur? ¿No dijo que subiría unos días antes que nosotros?

—Deberíamos avisarle.

En la reunión de coordinación nos habían proporcionado un teléfono para casos de emergencia, y Ronald fue al restaurante, pero regresó enseguida.

—Es un simple contestador automático y tampoco se oye la voz de De Baur, sino de un servicio de urgencia.

—¿Dispone alguien de otro número de teléfono?

Comprobamos que nadie tenía el teléfono de nuestro destino ni el del domicilio de De Baur en Nueva York. Ronald regresó al restaurante, obtuvo en información el número de De Baur y llamó, pero el contestador se limitó a informarle de que la familia había salido de viaje y no regresaría hasta el día 14.

Katherine insistió.

—Si no llegamos, De Baur ya sabrá por qué. Él también verá lo que pasa.

Pero en ese momento regresó el conductor con Jane y Meg, y ambas mujeres se sentaron como si nada hubiera pasado. El conductor sonrió burlón.

—Vaya, ¿todo el mundo despierto? Llegaremos entre las siete y las ocho, más tarde de lo previsto, pero más temprano de lo temido. No se preocupen, no tendrán que empujar. La tracción a las cuatro ruedas bastará.

—Y continuamos el viaje.

—¿Qué ha pasado? Katherine ha dicho que se había perdido.

Jane se encogió de hombros.

—Ha estado hablando en la barra de rutas y lugares, eso también lo he oído yo. Pero al parecer sabe adónde se dirige.

Al principio nos cruzábamos de vez en cuando con vehículos, generalmente coches particulares, una vez un autobús escolar, otra un enorme camión con la cabina del conductor coronada por luces. Después las carreteras se estrecharon, el tráfico cesó, y comenzaron a escasear las ventanas iluminadas en el campo abierto o a través de los árboles. En el autobús estaba oscuro, nadie quería encender la pequeña lamparita situada encima de su cabeza para leer. Todos, junto con el conductor, escudriñábamos la carretera, que se extendía blanca, sin huellas de ruedas, a través de bosques interminables. Mirábamos los pinos cubiertos de nieve, la nieve cayendo a la luz de los faros. Al cabo de dos o tres horas dejó de nevar y el conductor dijo:

—¡Al fin! —Pero, sin el velo de los copos, el mundo blanco que nos rodeaba provocaba mayor rechazo todavía.

Entonces llegamos a nuestro destino. Ya llevábamos un rato viendo la luz, primero al otro lado de una gran superficie blanca, después siempre tras un recodo de la carretera. Al final el autobús, tras tomar un par de curvas muy cerradas, se detuvo ante un antiguo hotel vivamente iluminado.

—Dense prisa, por favor —rogó el conductor, que, tras bajar de un salto del autobús, abrió la puerta del portamaletas y descargó nuestro equipaje—.

Ya ven ustedes lo que ocurre. He de darme prisa en regresar.

Cuando descendimos, nos hundimos en la nieve y se nos mojaron los pies. El conductor había subido de nuevo al autobús. Giró, nos despidió con la mano y se alejó. Lo seguimos con la vista, lo vimos descender, aparecer y desaparecer en las curvas de la carretera y al cabo de un rato avanzar por el otro lado de la gran superficie blanca. Luego dejamos de oírlo.

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