El regreso

Bernhard Schlink · Capítulo 51 de 88

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El regreso

Capítulo 2

De todos modos, parte del tiempo que la vida cotidiana dejaba a los berlineses orientales no lo pasaban en Berlín Este, sino en Berlín Oeste.

Comprando. Comparar mercancías, marcas y precios, encontrar ofertas especiales, separar las gangas de los timos, preguntar, reclamar, regatear sin asomo de vergüenza…, también esto hay que aprenderlo y ensayarlo.

Recorrí la Kurfürstendamm y Tauentzien, entré en grandes almacenes, tiendas de ropa, zapaterías, paseé por grandes superficies de artículos de bricolaje, de electrodomésticos y de productos alimenticios y examiné las compras. ¿Era eso Occidente? ¿Mostraba su verdadero rostro a quienes no se habían acostumbrado lentamente a él, sino que tuvieron que adaptarse de la noche a la mañana? ¿Su rostro ávido? Pero después observé a una pareja joven mirando y tocando con tanta ternura los sujetadores, las bragas y los camisones expuestos y finalmente seguir su camino tan felices con la prenda escogida, que mi pesimismo anticonsumista se me antojó arrogante.

En la Wittenbergplatz un vendedor ambulante de plátanos apenas daba abasto abriendo las cajas, partiendo racimos, entregándolos, cobrando y devolviendo el cambio. No me podía vender un plátano, tenía que llevarme diez como mínimo. Un cliente de Berlín Este me regaló uno.

El segundo día también paseé muchas horas en Berlín Este, no por el centro, sino por los arrabales. Calles con baches, aceras cuyo adoquinado de grandes baldosas y pequeños cubos de piedra había sido reparado una y otra vez con gravilla o alquitrán, vallas de madera grisácea y rota, fachadas con grandes placas del revoque desconchadas que dejaban al aire los ladrillos.

Al principio me asombró que la degradación despertara en mí aquel sentimiento de familiaridad. Luego comprendí que recorría las calles de mi pasado, las calles de mi ciudad natal a finales de los años cuarenta y

principios de los cincuenta, las calles de mi infancia. Lo intenté y lo conseguí: como antaño, en mi infancia, trituré con la mano desnuda una tablita gris de la valla.

Oscureció. Durante todo el día el cielo había colgado bajo y pesado sobre la ciudad, y al anochecer me dio la impresión de que se depositaba sobre las casas, parques, plazas y calles. Examiné con añoranza las ventanas iluminadas y su falsa promesa de cobijo. Una vez en el metro, contemplando a las personas que regresaban a casa, me invadió la nostalgia a pesar de que en el fondo no envidiaba a nadie su hogar, su familia o su velada.

En la pensión conocí a un periodista estadounidense recién llegado.

Durante la cena me asedió a preguntas. ¿Qué nos deparaba el destino?

¿Querían los alemanes de la RDA su propio Estado alemán libre?

¿Preferían la reunificación? ¿Qué deseaban los alemanes de la República Federal? ¿Ajustarían cuentas a los comunistas de la RDA? ¿Se quedarían los rusos en la RDA o se irían? ¿Se mantendría Gorbachov en el poder?

¿Darían un golpe de Estado los militares? No le importó que no respondiera a sus preguntas. ¿Qué esperaba yo personalmente de los acontecimientos?

Le hablé de las dos mitades de Alemania: la mitad occidental, católica, renana, bávara, opulenta, alegre, y extrovertida; y la mitad oriental, protestante, prusiana, austera, severa e introvertida. Le expliqué que la mitad oriental formaba parte de mi mundo intelectual tanto como la mitad occidental, y yo también deseaba moverme, trabajar, morar, amar, vivir igual en ella. A lo mejor bastaba con una RDA libre y accesible como Austria y Suiza. Pero ¿no era más natural unir las dos mitades para formar un todo?

Él me dejaba hablar. Lo que dije no lo sabía antes de decirlo. Pero me pareció obvio. Como si lo hubiera meditado largo y tendido. O como si en mi paseo a pie por Berlín Este en lugar de casas ruinosas me hubiera encontrado el mundo de Lutero y Bach, de Federico el Grande y de los reformistas prusianos.

También le expliqué por qué descartaba el ajuste de cuentas.

—La única razón por la que Ulises al regresar a su hogar mató a los pretendientes y ahorcó a las criadas que habían mantenido relaciones con

ellos es que él no se quedó allí. Siguió su camino. Si uno desea quedarse, es preciso que todos se pongan de acuerdo, evitando las venganzas. ¿No es cierto que en Estados Unidos no hubo venganzas después de la guerra civil?

La razón es que, después de la secesión, Estados Unidos volvió a casa para quedarse. Si Alemania vuelve a casa, también será para quedarse.

¿Me sonreía o se reía de mí? No estaba seguro. Habíamos vaciado dos botellas de vino, pero yo arrastraba una borrachera de dos días. Pasado y presente, opulencia y austeridad, alegría y contención, vida hacia fuera y vida hacia dentro…, todo confluía y se unía, el mundo se tornaba redondo y entero y yo estaba sentado en su centro con un vaso de vino.

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