El regreso

Bernhard Schlink · Capítulo 33 de 88

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El regreso

Capítulo 1

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Más tarde aprendí a referir con un punto de ironía cómo, mientras yo intentaba reconstruir la historia de un hombre que regresa tras una dilatada ausencia, sube las escaleras y se encuentra en la puerta a su mujer con otro, yo mismo estuve un buen día en la puerta con una mujer cuyo marido retornaba tras una larga ausencia y subía por la escalera. Luego me planteaban preguntas como:

—¿No sabías nada de ese hombre?

Yo contestaba la verdad:

—Confiaba en que ella me quisiera más que a él. Pero ella corrió hacia él y lo abrazó. —Hacía una pausa y reía—. Al menos tenía el final para mi historia.

La historia era bien recibida, sobre todo por las mujeres. A ellas los perdedores sensibles, tristes, que sonríen con gallardía, a pesar de todo, les parecen interesantes.

Pero eso aconteció más tarde. Aquel mismo sábado fui en coche al bosque, pensé que caminar me reconfortaría, me di cuenta de que a cada paso, cada movimiento, cada respiración me sentía peor, y por la noche pedí a un amigo médico que me recetara somníferos y desconecté el teléfono.

Había leído en cierta ocasión que por un amor se pena tanto tiempo como duró, de manera que confié en que en primavera habría mejorado. Cuando llegó una carta de Barbara —sobre fino, contenido estimado una página—, la llevé encima unos días hasta que la rompí sin leerla y la tiré.

También quise tirar el archivador con la historia de Karl. Estaba harto de las historias de repatriados. Algunos vuelven a casa y otros no, ¿qué más da? ¿Qué importaba que Karl retornase o prosiguiera su camino? Augie regresó como un Ulises y Barbara lo esperó igual que una Penélope, como

una moderna Penélope que ya no teje durante el día para deshacer su labor de noche, sino que se enamora pero sabe cuándo tiene que desgarrar con decisión la tela del nuevo amor que ha tejido. Eso es lo único que importaba. Al final, empero, acabé guardando el archivador.

Me compré una mesa de comedor, cuatro sillas y un sofá de piel. Veía a Max con frecuencia y de vez en cuando a mis amigos. Sí, en primavera me encontraba mejor, y en otoño me fui a la cama con una periodista que me invitó a su casa después de la recepción que dio mi editorial en la Feria de Frankfurt. Tras habernos acostado, me acusó de que ella no quería hacerlo, de que la había forzado, que la había seguido a su casa contra su voluntad, que ya durante la recepción la había acosado y molestado. Enfadado, me defendí, disculpándome por si había malinterpretado algo, aunque no lo había malinterpretado todo, pues recordaba palabra por palabra su invitación a subir a tomar una copa. Fue una discusión ingrata y lo bastante inquietante como para que decidiese preguntar a un colega la mañana siguiente si la noche anterior había bebido en exceso. Pero lo olvidé, y cuando la periodista me telefoneó a casa unos días más tarde para insultarme, el incidente me importaba un bledo.

Ese mismo otoño recibí una oferta de la editorial de otra ciudad.

Abandonar la ciudad en la que residía Barbara auguraba un nuevo comienzo, dejar de esperar o de temer encontrármela. ¿O se habría marchado? ¿Con Augie? Yo nunca había cedido a la tentación de marcar su número de teléfono para comprobar si descolgaba.

Mi editorial hizo lo imposible por retenerme, y Max afirmó con una resignación tan profunda que me llegó al alma:

—Entonces nunca más iremos al cine.

Me quedé. Además tampoco me apetecía que el nuevo comienzo supiera a huida.

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