El regreso

Bernhard Schlink · Capítulo 43 de 88

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El regreso

Capítulo 11

Como si hubiese escuchado cómo leía, como quien espía una conversación ajena para aparecer justo cuando ha acabado, Margarete Bindinger hizo aparición en el umbral de la puerta.

—No puedo responder a ninguna de sus preguntas. No sé si un buen día, acabada la guerra, él se presentó en nuestra casa. No tengo ni idea de si mi madre estaba embarazada cuando conoció a mi padre ni si por esa razón se casaron precipitadamente. ¿Es Vonlanden mi padre? Aunque vine al mundo a los cinco meses de la boda, me parezco a mi padre, según afirma la familia. Ésas eran sus preguntas, ¿no?

Asentí.

—¿Cuándo se casaron sus padres?

—En octubre de 1942.

Así que Beate había visto pronto, después del hermoso verano que pasaron juntos y no en Navidad, que con Volker Vonlanden no llegaría muy lejos.

—¿Hablaba su madre de él?

—No.

—A buen seguro ella tampoco lo recordaría precisamente con agrado.

Era…

—¿… antipático? Bueno, seguro que simpático no era. Pero mi madre podía tratar muy mal a la gente, y si se portó así con él, comprendo que él desease hacérselo pagar. —Miraba ensimismada, el ceño fruncido y los labios apretados, como si recordase todas las ocasiones en las que su madre la había tratado mal de pequeña.

—No me refiero a su necesidad de hacérselo pagar a su madre, sino su discurso sobre la justicia y…

Soltó un bufido despectivo.

—Yo nunca he sido correspondida y habría preferido que las cosas hubieran sucedido de otra manera. Pero ¿qué hay de injusto en eso? —Me miró como si esperase una respuesta, después se desentendió de su pregunta

—. Sea como fuere…, cuando uno alberga esos sentimientos, debería guardárselos para sí y no enorgullecerse.

—¿Por qué conservó su madre las cosas?

—Tampoco puedo darle una respuesta. Mi madre no vivía con sus recuerdos. Ya sabe a qué me refiero: confeccionar y contemplar álbumes de fotos, coleccionar recuerdos, guardar fotos de los hijos, hablar del pasado…, nosotros no poseíamos todos esos recuerdos nostálgicos que tienen las familias y sacan y enseñan gustosas. Las cartas que ella conservó las guardó para sí.

Extendí el cable que había enrollado alrededor de la fotocopiadora y lo enchufé.

—Me gustaría fotocopiarlo todo, ¿le parece bien? —inquirí.

—Ya sabe usted cómo funcionan los archivos: hay que proporcionar al archivo un ejemplar de lo que uno hace con el material examinado. Me comunicará lo que averigüe, ¿de acuerdo?

—De acuerdo.

Se quedó quieta en el umbral, observando en silencio cómo fotocopiaba página tras página. No sabría decir si vigilaba para que no estropeara o me llevase nada, o si el hecho de que alguien estuviera trajinando en su casa era una distracción. Reinaba el silencio, el ligero zumbido de la fotocopiadora era el único sonido, y aunque yo sabía que Margarete Bindinger no tenía marido ni hijos, aquel silencio no sólo parecía indicar que ella vivía sola, sino que tampoco ella vivía en la casa. Cuando terminé, enrollé el cable y coloqué las fotocopias sobre la máquina y el cable encima. Me lo puse todo bajo el brazo y me incorporé.

—¿Por qué no pregunta? ¿No se atreve?

Yo no la entendí.

—¿No le apetece saber nada de Barbara?

—Yo…, no lo sé —dije a sabiendas de que no era cierto.

Pues claro que me apetecía. Por eso había estado tan animado durante el viaje y el día anterior, al alquilar la fotocopiadora, consultar el mapa y fijar la ruta del viaje.

—¿No sabe si quiere saber algo de Barbara? —Sacudió la cabeza y rió con sorna—. Entonces tampoco oirá una palabra. —Y se encaminó hacia la puerta de la calle.

—Yo…

Sólo quería darle las gracias.

—Entonces, ¿sí que quiere saber algo?

Mis labios ni confirmaron ni negaron, ni precisaron que seguía sin saberlo. Callé. Ella me miró expectante, y me di cuenta de que sus ojos no traslucían burla, sino crueldad. Le satisfacía practicar conmigo un jueguecito cruel. Ahora prefería morderme la lengua antes que preguntar por Barbara. Ella, al ver la obstinación reflejada en mi rostro, perdió el interés por el juego y dijo:

—Residió un par de años en Nueva York con su marido y después de su divorcio se instaló de nuevo aquí.

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