El regreso

Bernhard Schlink · Capítulo 40 de 88

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El regreso

Capítulo 8

Ella tenía razón. Hitler quería a Hanke, tanto que poco antes de su muerte lo nombró jefe de las SS en sustitución de Himmler. Los habitantes de Breslau nunca le perdonaron que fuera responsable de la transformación de la ciudad en una fortaleza, de su defensa y destrucción, de que quisiera defenderla hasta el último hombre, y que el 2 de mayo de 1945 escapara…

de una pista de despegue que los habitantes de Breslau habían tenido que construir con gran sacrificio y en la que no aterrizó ni despegó ningún avión excepto el Fieseler Storch que Hanke había escondido y que utilizó para abandonar la ciudad. Pero quizás no huyó por cobardía, sino para reunirse con Schörner, al que Hitler, también poco antes de su muerte, había nombrado nuevo general en jefe del ejército.

Nada presagiaba su cobardía. En 1939 se presentó voluntario, cuando como subsecretario de Estado de Goebbels podría haber estado tranquilamente en Berlín; anteriormente se había enfrentado a Goebbels, que trataba mal a su esposa Magda porque estaba liado con Lida Baarova, y antes aún había puesto en juego y perdido su trabajo de profesor por sus actividades en el partido. Poseedor de dotes organizativas y de abundantes ideas, descubrió, cuando nadie quería alquilar salas de reunión al partido nazi, las pistas cubiertas de tenis de Berlín como lugares para los mítines de Goebbels, organizó la corresponsalía de guerra y escribía de su puño y letra los informes de guerra. Al mismo tiempo utilizaba las arcas del partido, hizo un lujoso imperio de la fortaleza de Breslau, y era tozudo, arrogante y despiadado hasta la crueldad. Sí, Gerda Wolf tenía razón. Karl Hanke era seguramente lo mejor que podía ofrecer el nacionalsocialismo.

Cuando le conté a Max la carrera de Hanke, chasqueó la lengua. Las largas conversaciones telefónicas sobre Hanke que yo había mantenido con

un historiador amigo habían despertado su curiosidad.

—Está bien ser valiente, ¿no?

Estábamos cenando en el balcón. Yo siempre había pensado que para un padre sería hermoso explicarle el mundo a un niño. Quizás me habría gustado que en mi infancia me lo hubiese explicado mi padre. Yo no sabía que los niños consideran fáciles las difíciles preguntas que plantean, por lo que esperan respuestas sencillas y les decepcionan las respuestas sesudas y complejas. Aquellos días lo aprendí. Contemplé el cielo nocturno, di un sorbo de vino y me blindé contra la desilusión de Max.

—Está bien ser valiente si es por una buena causa. Si es para hacer cosas malas, ser valiente… —vacilé, «no está bien» me parecía demasiado simple, «está mal», demasiado contundente.

—¿Está mal?

—Sucede lo mismo que con la aplicación. Si haces algo bueno con aplicación, tu aplicación es buena. Si cavas con aplicación una fosa para que el vecino se caiga dentro y se haga daño, entonces es mala. Por ser malo cavar la fosa, también lo es la diligencia con la que obras.

Max meditaba con tanto ahínco que se formó un pliegue entre sus cejas.

—¿Habría sido mejor Hanke si hubiera sido cobarde?

—Valiente o cobarde, laborioso o vago…, si la causa es mala, lo mismo da.

¿Era cierto lo que decía? ¿No eran más virtuosas la cobardía y la pereza que lograban sabotear una mala acción?

Max también se lo preguntó.

—Pero si soy vago al cavar, la fosa no será tan honda y el vecino se hará menos daño. —Y entonces se dejó llevar por el ejemplo—. ¿Qué sucede en realidad…, no caigo yo mismo en la fosa que cavo para el vecino?

—Ésa es otra historia. —En lugar de seguir alegremente el giro de la conversación, me sentí impelido a adoptar una conclusión—. El valor de la valentía, del trabajo, del espíritu de ahorro y del sentido del orden dependen siempre de su finalidad.

—Yo todavía no sé para qué ahorro.

Durante un instante pensé que Max se burlaba. Pero su frente volvía a mostrar la arruga entre las cejas, y me miraba serio.

—Cuando tengas bastante, gástalo en algo bueno.

—¿Y si me lo gasto en algo malo?

Me di cuenta de que aunque había dicho lo que pensaba que debía decir, no lo creía en absoluto. La valentía podía ser una virtud inferior a la justicia, a la verdad o al amor al prójimo…, pero era una virtud, y dado que Hanke existió, lo prefería valiente antes que cobarde. No me gustaban los vagos, ni la gente que no se las apañaba con su dinero o llevaba una existencia caótica. Yo era digno hijo de mi madre. Tampoco quería discutir con Max si la aplicación que yo le exigía en el colegio, o el orden que tenía que mantener en mi casa, servía a buenos fines. Yo habría tenido que responder a la primera pregunta de Max: sí, ser valiente es bueno, pero ser únicamente valiente, no. Era demasiado tarde para eso. Y sólo pude añadir:

—¿En algo malo? Ni se te ocurra.

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