El regreso
Capítulo 3
No es preciso que un psicoterapeuta te diga que no hay que reprimir el dolor. Que no te vuelques en el trabajo, ni te acuestes con periodistas que no amas, ni conviertas en tu próxima novia a la primera que se presenta. Que hay que elaborar el duelo. Es un conocimiento de psicología común.
Pero ¿cómo iba a hacerlo? ¿Reflexionando? ¿Sobre qué? ¿Cuánto tiempo tenía que quedarme en casa, escuchando discos y leyendo libros?
¿Cuántas veces debía hablar con mis amigos sobre mi dolor y mi duelo?
Ellos escuchaban con pudor, y esperaban, sin ánimo de ofenderme, regresar pronto a la rutina de la amistad. Yo comprendía que la labor del duelo amoroso no consistía en echarse en brazos de otra. De todos modos, eso no me apetecía.
Pero tampoco veía que los amigos y colegas que, tras el fracaso de su matrimonio o relación, se juntaban rápidamente con una más joven, quedasen atrapados en un pasado irresuelto que los sometía. O que los que tras una pérdida se habían encerrado en sí mismos retornaran más tarde a la vida fortalecidos. En ocasiones la disyuntiva «reprimir» y «elaborar» me recordaba la eterna discusión de cómo han de dormir los bebés, si boca arriba o boca abajo, en la cual cada generación recomienda alternativamente una de las dos posibilidades. Me venían a la cabeza las conversaciones con el médico y la enfermera tras el nacimiento de Max.
Sí, volví al trabajo en cuanto pude y trabajé con más ahínco que nunca.
La situación en la editorial también lo requería, pues habían comprado otras editoriales científicas, racionalizaron la producción y despidieron empleados, y al final acabé siendo el único jurista del departamento de literatura jurídica y, en consecuencia, asumí mucha responsabilidad. El departamento era más reducido que el de medicina y el de biología, incluso
más pequeño que el de los libros de pesca, de vela, de submarinismo y otros hobbys. Seguramente a la dirección de la editorial, que procedía de esos otros departamentos, le habría pasado inadvertido si mi departamento se hubiera mantenido mal que bien como un reducto del negocio. Pero o abandonaba la colección que acababa de poner en marcha o la completaba e invertía en ella para que se hiciera un hueco en el mercado. También en el caso de la revista había que decidir: o la retiraba o aumentaba la calidad para que obtuviese visibilidad y éxito. Yo había consagrado demasiadas ideas y esfuerzos a ambos proyectos para suspenderlos.
Los primeros meses de reorganización de la editorial no tuve tiempo de buscar o ver siquiera a una mujer. Acudía temprano a la oficina, regresaba tarde a casa, viajaba a menudo. Hasta mi madre opinaba que trabajaba mucho, no demasiado, esa palabra no existía para ella, pero sí mucho.
Cuando llegó el éxito, y algunos manuales de la colección se convirtieron en bestsellers y la tirada de la revista aumentó mes tras mes, se apoderó de mí la avidez de efectuar mis crecientes tareas con eficiencia y éxito. El trabajo se incrementaba; después de que la revista y la nueva colección de manuales triunfaran, hubo que modernizar los contenidos y diseños de los tratados y manuales antiguos. Los jóvenes juristas que se habían acostumbrado a la editorial durante la carrera tenían que encontrar en ella los libros comentados que necesitaban para su ejercicio profesional. Cuando contraté a dos estudiantes, la dirección de la editorial se mostró de acuerdo.
No contraté a Bettina por su belleza aterciopelada. No me percaté de su belleza, que no intimidaba ni provocaba, sino que tranquilizaba, hasta que entró a trabajar en la editorial. No puedo decir qué en su aspecto reconfortaba tanto a los ojos y al corazón. Los cabellos y los ojos castaños, la boca, cuyos labios quedaban siempre un poco entreabiertos, la peculiar discreción de sus movimientos…, ¿por qué me impresionaba como si fuese una promesa de bondad, de aceptación, de mimo?
Ella era bondadosa y me aceptó y me mimó como nunca me habían aceptado y mimado. A veces me asaltaba la sensación de que me dejaba hacer lo que quería porque le era indiferente. Eso no me habría molestado.
¿Por qué no una relación de indiferencia y benevolencia mutua? Pero me daba cuenta de que no podía dejarme mimar. No quería deberle nada a
Bettina. Veía el precio que ella exigiría o que tendría derecho a exigir. Los mimos no son gratis. En última instancia se mima por amor. Ni siquiera amando a Bettina habría tenido la sensación de que podía pagar el precio de tanto mimo.
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