El regreso

Bernhard Schlink · Capítulo 39 de 88

Páginas del PDF

El regreso

Capítulo 7

Así empezó mi vida con Max. Cancelé mi viaje a Múnich. El miércoles, el jueves y el viernes lo llevé en coche al colegio y lo recogí. El fin de semana hicimos el trayecto en la mezcla de tranvía y tren que une las dos ciudades y el camino de diez minutos que, cruzando el puente, lleva desde la estación final hasta el colegio. Le mostré también el camino a mi editorial, donde Max se presentó desde el lunes tras el colegio, para comer conmigo en la cantina y hacer los deberes en el despacho, a mi lado. El lunes por la tarde una carta de Veronika anunciaba su regreso para dentro de siete semanas.

Confié en que la sensación de Max de que mi papel como padre de acogida no era obvio y merecía un buen comportamiento por su parte durase las siete semanas.

No duró. A medida que transcurrían los días, Max se tornaba más terco, caprichoso y exigente. Encontró un despacho vacío en el que prefería hacer los deberes solo antes que conmigo. Le gustaba más jugar con los niños que había conocido cuando me esperaba que hacer los deberes. Cuando yo terminaba de trabajar, le apetecía ir conmigo a la piscina, al cine o al hotel; tenía una afición peculiar a sentarse en el vestíbulo de un hotel y pedir una Coca-Cola.

Pero cuanto más aumentaba su inquietud, más se apaciguaba mi vida.

Cada vez quería menos cosas. Trabajaba menos, y también salía adelante con menos trabajo. Dejé estar a las mujeres de Ulises y abandoné mi búsqueda: de las sombras de grandes mujeres, de la atracción por la muerte, de hermosos cabellos y vestidos perfumados, de una hija honesta y una madre prudente. Salía menos y tomé posesión de mi casa y de mi cocina. A las nueve de la noche Max dormía tras haber oído un cuento. Yo no estaba sentado en un restaurante esperando la cena o la cuenta, sino que había

cenado y fregado los platos y podía hacer lo que me apeteciera durante dos o tres horas.

De este modo regresé a Karl. Escribí a la oficina de empadronamiento y me enteré de que a finales de los años treinta y en los cuarenta Karl y Gerda Wolf habían vivido en la planta baja del número 38 de la Kleinmeyerstrasse, en el primer piso las familias Lampe y Bindinger y en el segundo Rudolf Hagert. Karl Wolf murió en 1945; Gerda Wolf se mudó en 1952 a Wiesbaden. Rudolf Hagert ingresó en 1955 en un asilo de ancianos, donde falleció en 1957. Gerda Wolf figuraba en la guía telefónica de Wiesbaden, de modo que le escribí una carta explicándole mi interés por los antiguos moradores del número 38 de la Kleinmeyerstrasse y solicitándole una entrevista. Tres días después recibí su respuesta. Me recibiría encantada.

El domingo por la mañana viajé a Wiesbaden en compañía de Max.

Visitamos la ciudad, montamos en el teleférico, cuyo vagón superior lleva un depósito que se llena de agua para bajar hasta el valle con el peso y hacer subir el vagón inferior, y nos paseamos por los viñedos. Poco antes de las tres senté a Max con un libro en un banco del que prometió no alejarse, y a las tres me presenté en casa de Gerda Wolf. Debía de tener unos setenta y cinco, era una mujer cuidada, de cabellos blancos, delgada y movimientos rápidos y seguros. Vivía en un piso pequeño repleto de libros, cuadros y condecoraciones que colgaban en pequeños marcos como si fueran cuadros.

—Son las condecoraciones de mi padre —informó señalando la fotografía de un hombre con el uniforme engalanado de condecoraciones.

—¿Karl Wolf era su padre?

—Sí. Cuando el periódico publicó que el Führer había muerto, se pegó un tiro. Estaba en casa porque había perdido una pierna.

Nos sentamos a la mesa que ella había puesto, y me sirvió un té y bizcocho de chocolate preparado por ella misma. Volví a relatarle lo que le había referido en mi carta: la historia de Karl, su regreso al número 38 de la Kleinmeyerstrasse, mi sospecha de que el autor había vivido en ese edificio antes o durante la guerra o lo había frecuentado.

—¿No sabe usted nada más?

Negué con la cabeza.

—Supongo que el autor tenía el bachillerato superior, nunca estuvo en Siberia y ni siquiera fue a la guerra. Pero no lo sé.

Me miró, inquisitiva.

—Creo que uno puede contar con exactitud lo que ha vivido en carne propia. No se hace fluir los ríos siberianos hacia el sur en lugar de hacia el norte, ni hablar a los soldados en la jerga de los personajes del cine o de las novelas, que no tiene nada que ver con la de los soldados. ¿O sí? ¿Pretende un autor explotar los clichés de los lectores?

Rudolf Hagert era químico y trabajó como investigador en la compañía química BASF. Aparte de eso, era un fanático de los coches. No me lo imagino leyendo ni tan siquiera una novela. No tuvo realquilados, ni antes ni después de la guerra. Nosotros tampoco. La señora Lampe y sus hijas alquilaban habitaciones a estudiantes; la madre quería encontrar un marido para su hija, y lo consiguió. La hija se casó con Bindinger, un realquilado, un universitario. Estudiantes —arrugó la nariz—, quien por aquel entonces estaba en la universidad y no en el frente, o era un tullido o un chalado.

—¿Se relacionaban ustedes con los realquilados?

—A lo largo de todos esos años sólo uno se molestó en llamar a nuestra puerta y presentarse. Sólo uno.

—¿Un tullido, un chiflado?

—Un joven amable apesadumbrado porque lo habían rechazado debido a una lesión cardíaca. Como no quería quedarse al margen, hablé con Freda y ella con Karl, y éste finalmente lo reclamó.

—¿Freda? ¿Karl?

—La baronesa Von Fircks, mi antigua amiga, y Karl Hanke, su marido, jefe regional nazi de Silesia.

—¿Sabe usted qué fue de ese joven? ¿Conoce su nombre? ¿Sabe si esc…?

—¿Si escribía? No tengo ni idea. Era universitario y debió de hacer sus trabajos escritos. Pero también los hacían los demás inquilinos. Ya no recuerdo su nombre. La señora Bindinger debería conocerlo. Eran amigos.

—Ella falleció el año pasado.

La señora Wolf asintió como si esa muerte fuese dolorosa, pero justa.

—¿Viven aún Freda von Fircks y Karl Hanke?

—Freda se casó de nuevo y vive con Rössler en Bielefeld. Karl Hanke…, ¿por qué los jóvenes conocen tan poco de la historia alemana? Se dijo que había huido a Argentina a través de España, que había caído prisionero de los estadounidenses, que había sido ahorcado por soldados alemanes o muerto a golpes o a tiros por los checos. Freda hizo que lo declararan muerto en 1950, pero yo creo que vive. Era el mejor.

Se irguió y me miró radiante.

—Su caballerosidad hacia Magda, su alistamiento voluntario en el cuerpo de blindados, su defensa de Breslau…, no en vano el Führer lo admiraba.

OceanofPDF.com