El secreto de la porcelana

Emilio Calderón · Capítulo 9 de 37

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El secreto de la porcelana

Capítulo 9

V

Cuando abrí los ojos por la mañana, olía a tela chamuscada. Gu Feng había decidido quemar mi equipaje, con el propósito de hacer desaparecer todo vestigio de mi pasado.

De día me pareció que era un hombre de mayor tamaño, y su porte más altivo y bizarro que la noche anterior. Sólo le faltaba un poco más de mentón (algo de lo que carecía la raza china) para parecer un occidental arrogante. Incluso podría decirse que la altura y la complexión de ambos eran similares. Eso me hizo concebir la esperanza de que mi transformación fuera rápida.

–He estado pensando que necesitará un nombre y unos orígenes. ¿Sabe hablar algo de minnan hua, el dialecto de la provincia de Fujian?

–Ni una palabra. ¿Por qué?

–Verá, en la ciudad costera de Quanzou, en la provincia de Fujian, vivieron muchos comerciantes árabes y persas durante la dinastía Tang.

Esos comerciantes acabaron mezclándose con la población local, de modo que todavía hoy abundan los descendientes de éstos. Muchos de ellos no parecen chinos de la etnia Han. Aunque entre usted y ellos sigue habiendo enormes diferencias físicas.

Yo había oído hablar de los comerciantes árabes de Quanzhou, pues se decía que ellos habían introducido la brújula, la imprenta y la pólvora en Occidente.

–¿Quiere que me haga pasar por el descendiente de un comerciante árabe de Quanzou?

–Fujian es una provincia de la que han emigrado muchos de sus habitantes a otros lugares del país, de modo que diremos que es usted de Cantón, pero de origen fujianés, descendiente de uno de esos comerciantes árabes de Quanzou. Eso justificará que no hable el dialecto local, y también su aspecto físico. Aunque más adelante tendremos que efectuar algunos cambios que suavicen sus rasgos. En cuanto a su nombre, se llamará Lao Xun.

–Lao Xun. No suena mal. ¿Tiene algún significado? – me interesé.

–Es el nombre de un primo mío que falleció hace un año.

Luego, tras desayunar un tazón de congee, un engrudo de arroz con tiras de carne de cerdo que sabía a rayos, Feng me entregó una nueva lista de caracteres:

Shu, calor.

Shih, humedad.

Tsao, sequedad.

Huo, fuego, calor interno.

Shan, montaña.

Hai, mar, también lo inagotable.

Yang, océano.

Tou, cabeza.

Lian, cara.

Mu, ojo.

Bi, nariz.

Zui, boca.

Mei, ceja.

Estaba repitiendo por enésima vez aquella lista, cuando descubrí que había un par de pies detrás de uno de los biombos. Unos pies diminutos, femeninos, inmóviles y, lo que era más asombroso, que no tocaban el suelo, como si levitaran. Advertí a Feng de mi descubrimiento y, tras reprenderme de nuevo por mi mala pronunciación, me dijo:

–Es mi ayudante. Se llama Yú (Jade). Trabaja la laca labrada y las incrustaciones de nácar. La haremos pasar por su esposa a su debido momento, si es que llega ese momento. Ahora concéntrese en la pronunciación.

Pero no pude dejar de mirar y de pensar en aquellos diminutos pies ni un solo instante.

Por la tarde, cuando me enfrentaba a la repetición de una nueva lista de caracteres, un suave rumor traspasó el biombo tras el que Jade se ocultaba.

Cantaba, y lo hacía maullando como una gata.

Diez días más tarde, había elaborado cien listas de caracteres y repetido mil veces la pronunciación de cada uno de ellos, tanto en cantonés como en mandarín. Y también había mirado otras tantas los pies de Jade, de los que creía haberme enamorado perdidamente. Pero ¿acaso se puede sentir amor por alguien a quien no se ha visto? ¿Se puede enamorar una persona de un ojo, un brazo o un pie, por separado? Para colmo, yo estaba al tanto de las

costumbres chinas, y sabía que aquellos pies eran fruto de un largo y tortuoso proceso, que comenzaba cuando las niñas cumplían los cinco años de edad. Entonces las madres efectuaban una consulta astrológica, y el día elegido para la iniciación ofrecían a los dioses pasteles de arroz para que éstos permitiesen que los pies de sus hijas fuesen tan suaves como los dulces. Tras cortarles las uñas, les doblaban los ocho dedos menores de ambos pies hacia adentro, en forma de cuña (de manera que se adhiriesen a la planta), y se los vendaban. Los vendajes se cambiaban una y otra vez hasta que los huesos se quebraban y, en consecuencia, los pies dejaban de crecer. Durante un período de seis meses, y hasta que el nervio moría del todo, padecían terribles dolores. El resultado eran dos muñones deformes, de apenas tres pulgadas, cuyos únicos puntos de apoyo eran los talones y los dedos gordos. Los chinos llamaban a éstos pies de loto dorado o sancunjinlian, conjunción de siete caracteres que expresan el concepto de unos pies delgados, pequeños, agudos, curvos, fragantes, suaves y simétricos. Lo cierto era que detrás de aquella costumbre, además de una razón estética, se escondía otra de carácter práctico: las mujeres con los pies de loto dorado tenían mucho más difícil abandonar la casa del marido, además de no poder llegar muy lejos en caso de hacerlo. Como decía un aserto chino: «Un par de pies pequeños cuestan un pozo de lágrimas». Pero si de día los pies de loto podían despertar compasión, por la noche se convertían en táctiles objetos de placer entre el sexo masculino.

La noche del undécimo día tuvo lugar un episodio que me hizo cambiar mi opinión sobre Feng. Tras acercarse al biombo donde trabaja Jade bajo la luz de los candiles, la obligó a descalzarse. Durante unos minutos contempló los pies deformes de la joven, hasta que alcanzó un estado de excitación irreversible. Entonces la poseyó con suma violencia, tanta que el cuerpo de la muchacha percutía una y otra vez contra las paredes lacadas del biombo. Chirrió y se tambaleó el mueble; en cambio, Jade volvió a maullar corno cuando cantó la primera vez. Pero era imposible saber si aquel sonido tenía su raíz en el placer o surgía del reproche.

A la mañana siguiente, Feng me comunicó que había llegado la hora de dar el siguiente paso en mi aprendizaje.

–Esta tarde, cuando termine con los ejercicios de pronunciación, fumará su primera pipa de opio -dijo.

–¿Opio? ¿Para qué necesito fumar opio? – le pregunté.

Pero no me respondió siguiendo los principios de nuestro acuerdo.

Los chinos ingerían el opio crudo como medicina (de hecho, la palabra china para el opio es a-fu-jung, que significa «medicina extranjera») para eliminar los dolores y como remedio contra la disentería; en cambio, en los últimos veinte años habían empezado a cocerlo y fumarlo, y su consumo se había disparado. A pesar de esa circunstancia, fumar opio seguía estando mal visto entre las autoridades chinas porque atentaba contra la moral confucionista. Confucio había dicho que el cuerpo de una persona era el legado que recibía de sus antepasados, para que sirviera de puente entre ellos y sus descendientes, de manera que quien se autodestruía (y era evidente que el opio era destructivo) estaba cometiendo una ofensa. Siendo así, ¿por qué Gu Feng quería que me iniciara en el consumo del opio? ¿Tal vez porque yo no era más que un bárbaro o simplemente porque buscaba mi destrucción?

A las seis en punto de la tarde, cuando el sol declinaba tras la colina de las Nubes Blancas, Gu Feng me ordenó que lo dejara todo y me tumbara sobre el canapé. Portaba una bandeja de madera lacada con la parafernalia que se usaba para fumar opio: una pipa recta de cuarenta centímetros de longitud de madera con incrustaciones de madreperla, envases para guardar la droga, un preparador, un quemador y un raspador. Además, en la bandeja había también un cuchillo de hoja curva.

–Si se niega a fumar, es hombre muerto -me advirtió.

Después de doce días de convivencia, había aprendido algo sobre Gu Feng: nunca bromeaba.

El tabaco había sido prohibido en China por Cheng-Cheu, último emperador de la dinastía Ming, en 1644. Como consecuencia los chinos sustituyeron el tabaco por el opio. Como el comercio del opio estaba en manos de holandeses, portugueses e ingleses, y Gu Feng fabricaba en su taller biombos para éstos, pensé que tal vez el opio era la moneda de aquel intercambio.

–Desde luego, fumaré. Aunque no entiendo en qué puede ayudarme una pipa de opio para los fines que persigo.

Para cuando terminé de exponer mis dudas, Gu Feng ya había colocado una cazoleta semiesférica de barro, en cuyo interior había depositado previamente una bolita de pasta amasada con consistencia de resina, en uno de los extremos de la pipa.

–Los efectos del opio comienzan entre diez y quince minutos después de ser fumado, y duran cuatro o cinco horas. Ahora, inhale con fuerza cuando vea el opio al rojo vivo -dijo a continuación.

Obedecí.

La boca se me llenó de humo de un intenso sabor amargo. Diez minutos más tarde sentí náuseas, que me llevaron a vomitar. Luego comenzó a arderme la cabeza, hasta que, poco a poco, presa de una inmovilidad parecida a la de los pies de Jade suspendidos en el aire, caí en un profundo y pesado sueño.

Desperté ocho horas más tarde con la desagradable sensación de no saber dónde me encontraba. Inspeccioné la estancia y descubrí que Feng se había olvidado el cuchillo de hoja curva. Pensé levantarme, clavárselo en el corazón mientras dormía y huir de aquella casa para siempre, pero cuando hube reunido el suficiente valor para llevar a cabo mi plan, volví a oír los maullidos de Jade. Debían de ser las tres de la madrugada, y esta vez los ruidos no provenían de detrás de su biombo, sino de la zona que Feng utilizaba como dormitorio.

«Le mataré mañana», pensé, y volví a dormirme.

Me despertó Feng cuatro horas más tarde. Parecía cansado pero satisfecho, y traía un tazón de congee en la mano derecha.

–Para poder saborear los beneficios del opio, primero hay que acostumbrar el organismo a la droga. Esta tarde le prepararé otra pipa -me dijo.

Un persistente dolor de cabeza me persiguió durante todo el día. Y mi pronunciación se volvió más pastosa que de costumbre.

Feng apareció con la bandeja del opio en cuanto el sol se hubo ocultado.

Repetimos la misma operación del día anterior, y diez minutos más tarde estaba de nuevo vomitando, entre convulsiones y náuseas. Cuando desperté, busqué el cuchillo curvo, pero en esta ocasión no lo había olvidado. Me arrastré (tenía las extremidades como dormidas) hasta el biombo y traté de escuchar. Gu Feng fornicaba de nuevo con Jade, aunque esta vez los gemidos provenían de la garganta del hombre.

«Feng, viento huracanado», pensé.

La tercera pipa de opio me sumió en un profundo sueño que me arrojó a un mundo dominado por la laxitud y la inexistencia de tiempo.

El cuarto día fumé dos pipas: una por la mañana y otra por la tarde.

El quinto fumé tres pipas: una por la mañana, una por la tarde y otra por la noche.

El sexto cuatro pipas: una por la mañana, una por la tarde, una por la noche y otra de madrugada.

El séptimo día fumé cinco pipas, y perdí la noción de las horas.

No volví a recuperarla hasta pasadas varias jornadas (no me atrevo a aventurar una cifra). Lo único que sé es que pasaba todo el día tumbado sobre el canapé, tratando de alcanzar una y otra vez aquel mundo sin conciencia cuyas puertas me abría la droga. En realidad, lo que hacía el opio era establecer un dique de contención entre el convulso mundo exterior y yo. De pronto, caía en un estado de complacencia absoluta, de placidez estática. Estaba consciente, pero al mismo tiempo podía entrar y salir del ensueño como se entra y sale de una habitación. No estaba dormido, pero tampoco despierto. Ni siquiera tenía la necesidad de comer o de beber.

–Si se acostumbra a fumar ocho pipas diarias, vivirá cinco años -me advirtió Feng.

Entonces me acordé de la porcelana y de la misión que me había llevado hasta allí, y pensé que lo que pretendía Feng obligándome a fumar opio era socavar mi dignidad, convertirme en su esclavo, tal vez para venderme más adelante a los ingleses como un biombo de Coromandel.

–Creo que el opio se ha convertido en un obstáculo. Cuando fumo, ni siquiera me importa lo que pueda pasarme -reconocí, en un intento por recobrar la lucidez que me permitiera reaccionar.

–Un calígrafo llamado Wang Xizhi escribió hace muchos años:

«Abandonar las ambiciones, olvidar la existencia física». Un adagio que puede aplicarse a los efectos que causa el opio entre quienes lo consumen.

Comprendo su preocupación, y le prometo que esta noche descubrirá cuál es el papel del opio en esta historia. Le aseguro que no se trata de un hecho secundario, menos aún de un mero capricho. ¿Le he dicho que su pronunciación gana mucho cuando está fumado?

En alguien tan serio como Feng aquel comentario era una novedad.

Además, era la primera vez que me prometía algo, y eso me inquietó. Al menos hasta que me fumé la primera pipa del día.

A las seis de la tarde había fumado tanto que de nuevo me encontraba en un estado de semiinconsciencia. Era como si hubiera excavado una profunda fosa para escapar de la realidad. Tenía el cuerpo contraído, de

lado, con las manos apoyadas en las rodillas, y miraba al suelo sin verlo.

Notaba las gotas de sudor recorriendo mi rostro y mi piel rezumaba un intenso olor acre, pero no me importaba. El opio conseguía que no me debilitara cuando me quedaba a solas con mis pensamientos. De hecho, los relegaba con idéntica indiferencia a como eludía todo contacto con el mundo real. Si alguien se hubiera acercado hasta mí para decirme que yo no era más que una coliflor, no hubiera tenido deseo ni fuerzas para responderle que estaba equivocado. Tanto es así que ni siquiera parpadeé cuando vi que Feng se acercaba en compañía de dos extraños. Me conformé con centrarme en escuchar aquellas voces nuevas y subordinadas. Los chinos suelen hablar tan rápido que el efecto del opio hacía del cantonés una lengua aún más incomprensible. Pero era precisamente ese detalle el que llamaba mi atención. Por alguna extraña razón que se me escapaba, lo único que yo deseaba era descifrar la conversación de aquellos dos intrusos, cuyas palabras parecían rebotar en mis oídos.

–Es diestro, ¿verdad? Ahora muerda esto -se dirigió Feng a mí, al tiempo que me colocaba una rama entre los dientes y se apoderaba de mi mano izquierda.

Quise decir algo, pero al abrir la boca la rama se coló dentro.

–Cierre los ojos, trate de relajarse -añadió en tono conciliador.

Empezaba a creer que todo era fruto de una alucinación, algo que vino a corroborar un extraño destello plateado, que fue cambiando de manos hasta llegar a las de Feng. Entonces mi anfitrión dijo:

–Ahora, señores, agárrenlo con todas sus fuerzas.

Los dos acompañantes obedecieron, y una vez inmovilizaron mi cuerpo (en realidad no estaba en disposición de oponer resistencia), Feng hundió aquel destello plateado en mi mano izquierda, rompiendo huesos y desgajando la carne. Comprendí entonces que se trataba de la hoja de un hacha.

El dolor que sentí fue tan intenso que logré zafarme de mis captores y revolverme como una fiera herida. Miré al suelo, sobre cuya superficie yacían en medio de un charco de sangre mis dedos meñique y anular. Lancé un golpe con la mano derecha al rostro de Feng, pero atrapó mi puño como si se tratara de una mosca en vuelo.

–Tranquilícese, amigo, ya ha pasado todo. Ahora, procure relajarse mientras le curamos las heridas -me dijo.