El secreto de la porcelana

Emilio Calderón · Capítulo 11 de 37

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El secreto de la porcelana

Capítulo 11

proyecto del que él era máximo responsable alcanzó la astronómica cifra de 40.000 táleros, se vio impelido a huir de nuevo. En esta ocasión puso rumbo a Bohemia. Por supuesto, los esbirros del rey de Sajonia se las apañaron para dar con su paradero. Para que Augusto II el Fuerte le perdonara la vida después de aquello, había tenido que prometerle que no intentaría escapar de nuevo y que pondría todos sus conocimientos en la obtención de resultados positivos; promesa que refrendó en un documento de veintidós páginas en el que se comprometía a fabricar ciertas cantidades de oro en las siguientes dieciséis semanas, a las que había que añadir otras dos toneladas en los ocho días posteriores. La única salida que le quedaba era, por tanto, cumplir con la palabra dada.

Ahora le dolía la cabeza y era incapaz de reconocer los dedos de sus manos, pero después de las vicisitudes pasadas, aquello era lo de menos. La humanidad tendría un nuevo genio, y llevaría su nombre. De eso estaba completamente seguro. Antes de retirarse a descansar, contó los dedos de sus manos:.

–Tengo diez dedos, cinco en cada mano. ¿Son muchos, son pocos o son los justos? – reflexionó en voz alta.

11

VI

Cuando abrí los ojos dos días más tarde, creí reconocer uno de los pies vendados de Jade a escasa distancia de mi rostro. Tras ajustar la vista convenientemente, descubrí que se trataba dé mi mano izquierda, o mejor dicho, del muñón envuelto en vendas, que yo había colocado a la altura de mis ojos. Lo más paradójico era que la zona de la mano que me dolía terriblemente era precisamente la que habían ocupado los dedos amputados.

–En pocos días habrá superado el dolor, pero ahora es imprescindible que se alimente como es debido para reponer fuerzas. Jade se ocupará de usted a partir de ahora -dijo Feng, aproximándose a los pies del canapé.

Trataba de reunir fuerzas y un poco de saliva para escupirle a la cara, cuando la mujer apareció como por arte de magia detrás del sayo de Feng, cuyas mangas eran tan anchas que parecían alas de mariposa desplegadas.

Pese a que el diminuto par de pies apenas si bastaba para que la joven pudiera mantener el equilibrio, cumplía al pie de la letra los cánones de la belleza de la mujer china: rostro con forma de óvalo, el nacimiento del

cabello rasurado, cejas finas, boca con forma de capullo, dedos largos y afilados y la piel suave y blanca como la flor del almendro. Llevaba además los labios coloreados con una sombra de «cereza madura», e iba maquillada con polvo de arroz. La expresión de su rostro era impasible, y sus movimientos delicados y elegantes. Pero su atributo más destacado era sin duda que poseía el don de la exquisitez, lo que los chinos llaman xiaogiao, una combinación de lo pequeño y lo ligero.

Su belleza era tan incomparable que sólo podía pertenecer a la etnia Han, cuyas mujeres habían cautivado a la corte de los emperadores de la dinastía Qing.

Feng no tardó en captar mi indecisión.

–Conviene que comience a familiarizarse con ella. Eso no significa que deba crearse falsas esperanzas. Su familia ha recibido una parte de su plata a cambio de que ella le sirva y se haga pasar por su esposa. La cohabitación no está incluida en el precio.

Pensé que era evidente que sí lo estaba, aunque era él quien le sacaba partido.

El dolor lograba mantenerme despierto y lúcido, así que aproveché para pedirle una explicación.

–No entiendo por qué era necesario amputarme dos dedos.

–Porque el número ocho es considerado de buen augurio debido a que su pronunciación en cantonés, ba, es similar a fa, que significa acumular riqueza, de modo que un hombre con ocho dedos es un talismán -me respondió-. Es posible que a la finalización de su aprendizaje fallen muchas cosas, pero éstas serán suplidas precisamente con su tara. Un hombre con ocho dedos es motivo de respeto entre nuestro pueblo. Ahora, haga el favor de comer.

Bastó una sutil indicación de Feng para que Jade se postrara de hinojos delante de mí. Me deslumbró el rojo bermellón de su cheongsam de seda, con cuello mandarín y botones de mariposa, que al entrar en contacto con la luz emitía destellos irisados. Luego me asaltó un fuerte olor a incienso, una fragancia característica de muchas mujeres chinas, que se someten a sahumerios de esa sustancia para perfumarse.

–Yo le daré de comer -dijo Jade con la vista puesta en el suelo.

De nuevo su voz era un lastimero maullido. Jade maullaba al hablar, al cantar y al fornicar.

–Gracias, pero todavía tengo una mano sana -rechacé el ofrecimiento dejándome llevar por el orgullo. Sin embargo, en cuanto introduje la mano en el cuenco de arroz, éste se volcó.

Jade se apresuró a recoger lo que yo había vertido.

–Coma de mi mano -dijo.

Ahora su tono de voz era el de una gata solícita.

–¿Como un perro?

Los ojos más tristes que había visto en mi vida me dieron la respuesta: los esclavos no tienen derecho a remilgos ni a formular reclamaciones, y ahora yo era un esclavo.

Comencé a comer desesperadamente de aquellas manos de una blancura insólita. Cada cuanto lamía un grano de arroz al tiempo que un trozo de piel aromatizada. El simple contacto con una piel que era como el propio jade me hacía pensar que yo seguía siendo un hombre libre y que no todo estaba perdido.

Continué lamiendo aquellas manos incluso después de que hubiera desaparecido el último grano de arroz. Jade me miraba con asombro, pero sin atreverse a ponerle punto final a la escena. Paré cuando las lágrimas comenzaron a brotar de mis ojos.

Esa tarde-noche fumé cuatro pipas de opio que me preparó Jade. En uno de los intervalos, la oí cantar con su suave y característico maullido. La letra rezaba:

El canto triste se armoniza con las lágrimas,

mirar la lejanía se armoniza con la nostalgia.

Mis pensamientos van siempre a mi tierra natal, y mi pena se acumula.

Quisiera volver, mas mi casa está vacía,

quisiera cruzar el río, pero no tengo barca.

Mis pensamientos profundos no puedo expresarlos, giran en mi pecho como ruedas de carro.

Pensé que, a veces, detrás de un poema se escondía una prueba de culpabilidad.

Esa noche soñé que Jade y yo nos lamíamos las heridas mutuamente.

Pero cuando desperté abruptamente de madrugada, comprobé que el biombo de Feng se tambaleaba con las acometidas de su pelvis.

Durante una semana comí y cené de las manos de Jade como un perro fiel. Lo más curioso era que a ella también parecía gustarle. A veces permanecía con las manos unidas, formando un imaginario recipiente, incluso después de que yo hubiera engullido el último grano de arroz. Era como si hubiera encontrado en mí a un subordinado, alguien que estaba por debajo de ella, y creo que eso la asombraba. El hecho de que yo fuera blanco, con una barba espesa y una nariz tan larga que a veces llegaba a la comida antes que mi lengua, también ayudaba para que sintiera cierta fascinación por darme de comer. De hecho, en ocasiones la pillaba observándome como mira el amo a su perro mientras éste se alimenta.

Nada allana tanto el camino de las relaciones personales como el contacto físico. Tocar una piel es lo mismo que golpear la puerta de la confianza y que se abra. Y aquellos pequeños encuentros entre mi lengua y la palma de su mano formalizaron cierta clase de relación entre ambos, así que un día me atreví a preguntarle:

–¿Le ama?

Jade me miró como si acabara de ultrajarla.

–¿Acaso el esclavo ama a su amo? – dijo con desdén-. Le ganó una apuesta de juego a mi padre, y yo fui el pago.

Si había algo a lo que los chinos eran aficionados, todavía más que al opio, era al juego. Incluso había empezado a verse a comerciantes y marineros ingleses, holandeses y portugueses sentados frente a un tablero de mah-jong en la calle de las Trece Factorías.

–Me dijo que su familia había recibido una suma de dinero para que usted se hiciera pasar por mi esposa.

–Le mintió. Él es quien ha recibido parte de su plata. Yo sólo soy su esclava.

–¿Y qué razones tenía para mentirme?

Los estrechos ojos de Jade se estiraron para evidenciar que lo que acababa de preguntar sólo tenía una respuesta posible.

–Gu Feng siempre miente. No se fía de nadie desde que estuvo en Nan-Fou. La mentira es su verdad. La utiliza como arma de defensa.

–¿Nan-Fou?

–El Palacio del Sur del emperador, en Pekín. Gu Feng fue raptado con seis años, cuando jugaba en una plaza de Cantón, y llevado a Nan-Fou para que se iniciara en la «pasión de la manga cortada».

–Sigo sin comprender una palabra -reconocí.

–Hace muchos años, en tiempos de la dinastía Han, hubo un emperador llamado Ai. Éste tenía un favorito, Dong Xian. Una tarde, Dong se quedó dormido sobre la manga del ropaje de su señor. Cuando el emperador quiso levantarse, prefirió cortar la manga de su túnica antes que despertar a su amigo.

»Nan-Fou es el harén masculino del emperador. Allí adiestran a cientos de jóvenes en las más refinadas artes, que incluyen los masajes, el canto, el dibujo, la caligrafía y, por supuesto, el amor a otros hombres. A estos jóvenes se les conoce como Sian Kou, y los caballeros de buena posición se disputan sus favores a cambio de dinero y caros presentes.

–Pero yo he oído cómo Gu Feng y usted… Lo oigo cada noche…

–Se acuesta conmigo para demostrarse a sí mismo que está por encima de las enseñanzas que aprendió en Nan-Fou. Gu Feng detesta haber sido un Sian Kou, a pesar de los privilegios que eso le ha proporcionado, y quiere vengarse del emperador. El problema está en que si huyes de tu demonio, le obligas a perseguirte.

–¿Y usted también quiere vengarse del emperador?

–No, ningún esclavo debe compartir los deseos de su amo, porque eso le alejaría aún más de la libertad. Un viejo proverbio dice: «Cásate con un gallo y serás de un gallo; cásate con un perro y serás de un perro» -me respondió.

–Comprendo.

–Además, admiro a las mujeres manchúes y espero que algún día todas las mujeres del imperio podamos ser como ellas. ¿Sabía que estudian desde pequeñas equitación y tiro con arco, y que no les vendan los pies?

–Sí, lo había oído. Sin embargo, los emperadores manchúes prefieren a las mujeres Han, que sí llevan los pies vendados -le hice ver.

–Las prefieren como concubinas, nada más. Yo me dejaría cortar las manos con tal de tener dos pies como las mujeres manchúes. Tal vez, cuando viajemos a Jingdez-hen como marido y mujer, encuentre la ocasión para huir.

–¿Es eso lo que desea? – le pregunté.

–Sí, más que ninguna otra cosa. En China, la mayor virtud que puede tener una mujer es no tener cualidades.