El secreto de la porcelana

Emilio Calderón · Capítulo 30 de 37

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El secreto de la porcelana

Capítulo 29

pues seguía utilizando el alabastro como fundente en vez del feldespato.

Augusto terminó por acceder.

El 23 de enero de 1710 un edicto real fue colocado en las puertas de todas las iglesias de Sajonia. En cuatro idiomas (alemán, holandés, francés y latín) se anunciaba la fundación de una manufactura de porcelana en la ciudad de Meissen, y el rey invitaba a los inversores privados que pudieran estar interesados a tomar parte en dicha empresa.

La proclama de Augusto, empero, no tuvo ningún éxito, a pesar de que ofrecía un interés del seis por ciento además de otras prebendas, por lo que tuvo que ser él mismo quien corriera en solitario con todos los gastos.

Por alguna extraña razón, el hado se empeñaba en unir los destinos de aquellos dos hombres para siempre, obligándolos a arriesgar lo que cada uno más apreciaba: Böttger, la vida; Augusto, el capital. Böttger era el cuerpo de la porcelana; Augusto, el hueso.

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XVII

En Guling, Lüzi Hsi se hizo cargo de nosotros. Mi dependencia del opio y el estado de mis pies me obligaron a guardar reposo durante unos cuantos días. Como resultaba muy arriesgada mi presencia en el poblado, Lüzi Hsi me hizo trasladar hasta la Cueva de los Inmortales, un antiguo refugio de alquimistas de difícil acceso que ahora era utilizado como templo y lugar de meditación. Un monje del templo Donglin, perteneciente a la secta budista de la Tierra Pura, se encargaba de alimentarme, mientras que yo mismo me ocupaba de preparar las pipas de opio. En las dos semanas que duró mi estancia en aquel lugar, el hombre no profirió una sola palabra, ni siquiera cuando yo me dirigía a él. Pasaba las horas sentado en posiciones inverosímiles, meditando, y a veces tenía la impresión de que la sangre había dejado de circular por sus venas. Pero como todo santón que lo es por méritos propios, emergía de su sueño a conveniencia a la hora de mi almuerzo. No puedo juzgar la escena siendo parte integrante de la misma, pero me hubiera gustado poder contemplar desde fuera los lapsos de tiempo en que su meditación coincidía con mi cuerpo desmadejado por los efectos del opio. Dos clases de quietud provocadas por motivos distintos. Mientras que a él le movía la renuncia al mundo de los sentidos, lo que yo buscaba

era transformar mis sentidos en un espejismo que de alguna forma me permitiera escapar de la realidad.

De regreso a Guling, me encontré con una desagradable sorpresa: Lüzi Hsi había obligado a Jade a viajar en un palanquín que cargaban cuatro porteadores, pues, según él, su presencia entorpecía mi huida y ponía en peligro el éxito final de la operación. Además, para librarme de las pruebas que pudieran incriminarme en un delito que podía costarme la vida en el supuesto de ser detenido, le había entregado las ocho piezas de pasta de cerámica cruda y a medio cocer que yo guardaba como un tesoro.

–Le serán devueltas en Cantón -concluyó.

–¿Y si la detienen a ella? Habré perdido la mitad de mi hallazgo.

–No es a ella a quien buscan los supervisores imperiales, sino a usted.

La ambigüedad sobre quién lo haría y dónde me serían devueltos aquellos trozos de cerámica, me llevó a la conclusión de que había perdido a Jade para siempre. En Cantón, sería entregada a Feng, y éste se encargaría de no permitirme que la volviera a ver.

Tenía que reconocer que, aunque contraria a los deseos de mi corazón, la medida de Lüzi Hsi tenía sentido, así que tuve que resignarme y avenirme a entrar en razón.

Aún tuve que aguardar unos cuantos días hasta que Lüzi Hsi completó un itinerario propicio para mi viaje a Cantón. Un intervalo de tiempo que bastó para que cayera en la melancolía y, con la excusa de librarme de ella, aumentara el número de pipas que me fumaba cada jornada. Con todo, acabé sucumbiendo al cerco de la soledad porque, simplemente, añoraba a Jade. Incluso cuando estaba fumado, mi mente no respondía quedándose vacía. No, en un lugar indeterminado de mi cerebro surgía la imagen de Jade como si se tratara de una aparición, con su halo de luz ovalado enmarcando su cuerpo. En realidad, aquella imagen era la demostración de que mi amor se había vuelto tanto o más adictivo que el opio.

Mi estado se deterioró hasta el extremo que Lüzi Hsi se vio obligado a rehacer su plan y buscar a alguien que pudiera ocuparse de mí durante el viaje. Escogió a un joven chela, un estudiante de uno de los monasterios budistas de la montaña de Lushan. Semejante elección me obligó a vestir la túnica azafrán y hacerme pasar por monje. Lo cierto era que el plan estaba lleno de ventajas. Por lo pronto, me permitió cortarme la coleta manchú.

Además, pude fingir haber realizado un voto de silencio, de modo que era el

chela quien se encargaba de buscar a alguien dispuesto a llenar nuestras escudillas de arroz y a darnos de beber una taza de té. Yo no tenía que abrir la boca y, en numerosas ocasiones, ni siquiera me veía obligado a entrar en la aldea o en la ciudad de turno.

El viaje, empero, se hizo interminable, y ni siquiera sé cuántas jornadas duró. Sólo recuerdo que, de vez en cuando, le echaba un vistazo al itinerario que Lüzi Hsi había preparado, una especie de mapa donde aparecían escritos los nombres de las ciudades principales de nuestro recorrido, y que debíamos evitar a toda costa: Pucheng, Zhenghe, Nanking, Minquing, Quanzhou -todas estas en la provincia de Fujian- y Raoping y Huiyang en la provincia de Guangdong.

La elección de la ruta de Fujian por parte de Lüzi Hsi no fue casual. La mitad de la provincia estaba aislada del resto del país por causa de su orografía, y cada núcleo de población hablaba su propio dialecto local. La incomunicación equivalía a una mayor seguridad. En Quanzhou, además, era donde estaban supuestamente mis orígenes, con lo que en Fujian mi aspecto no desentonaba tanto como en otras provincias, habida cuenta el gran número de descendientes de comerciantes árabes y persas que vivían en aquella región.

Pero en las montañas de Fujian el viento mordía con dientes de lobo, y el frío era tan intenso que ni mi túnica azafrán ni mi tejido adiposo eran suficientes para hacerme entrar en calor. Pasábamos días enteros caminando por incómodas hijuelas o buscando trochas para no tener que pasar por tal o cual sitio que pudiera resultar peligroso. Estas largas caminatas me dejaban tan exhausto que mis pasos se volvían tardos y eso obligaba al chela a tirar de mí. Por las noches, mis sueños eran tan agitados como un mar proceloso.

Los hatos de los pastores que encontrábamos por el camino se convertían en improvisados hogares. Al despuntar el alba, con la tierra aún húmeda por el rocío o la escarcha, emprendíamos la marcha de nuevo. Con todo, algunos días las fuerzas me abandonaron. Y allí, en medio de un bosque o de un calvero, sentía la inutilidad de tanto esfuerzo. «Huir -pensaba- es una clase de esclavitud tan indigna como la que convierte a un hombre en propiedad de otro.»

A veces, cuando escaseaba la comida, mataba el hambre con una pipa de opio, pero por regla general procuraba mantenerme alejado de la droga, para no ralentizar nuestro avance más de lo que lo hacía el terreno; algo que

me costaba un esfuerzo tan ímprobo como trepar por la ladera de una montaña. A falta de Jade, el opio era lo que más deseaba en el mundo.

Un día, en las cercanías del puerto de Quanzhou, nos cruzamos con una caravana de mercaderes que se dirigían al interior del país. Entre ellos viajaban varios hombres que, a pesar de la coleta manchú y unos ojos rasgados, tenían facciones típicamente caucasianas. Eran descendientes de los marinos árabes. El descubrimiento me indignó en vez de satisfacerme, pues comprendí que las amputaciones de Gu Feng habían sido del todo innecesarias. Ni siquiera los ocho dedos tenían el valor supersticioso que Feng les atribuía.

En cuanto al joven chela, era el perfecto lazarillo. Sólo por su solicitud y paciencia hubiera merecido ascender a la categoría de santo. En ocasiones, descubría a mi joven guía observándome con la hondura psicológica de quien es capaz de ver (al margen de su agudeza visual) lo que no se aprecia a simple vista. Era como si tuviera el don de ver mi nariz reconstruida, protuberante, y mis párpados sin cicatrices ni abultamientos, tal y como eran antes de los ataques de Gu Feng. Pero era un joven discreto, parco en palabras y generoso en atenciones, de modo que aquello que intuía que pudiera haber detrás de mis amputaciones y heridas nunca tenía su refrendo en preguntas o en comentarios indiscretos. Se limitaba a sonreír afablemente como un Maitreya, el buda riente.

Una tarde, mientras descansábamos contemplando el vuelo rasante de un par de grullas, le pregunté su nombre. Me respondió ufano:

–He renunciado a él. Los nombres enaltecen la vanidad de la misma manera que el maquillaje de polvo de arroz realza la belleza de la mujer.

Desde luego me sorprendió su respuesta, sobre todo porque ponía a las claras que nada de provecho esperaba de este chenshi, término que empleaban los budistas chinos para designar el mundo sucio y polvoriento por el que transcurrían nuestras vidas.

Entonces pensé que si yo hubiera aprendido antes el valor intrínseco que tenía la renuncia, nunca hubiera llegado a verme en aquella situación. Para empezar, sólo con renunciar a mi honor hubiera bastado para no mancharme las manos de sangre. Y con las manos limpias, no me habría visto obligado a huir de España. Sí, el honor no implica un comportamiento honorable, de la misma manera que un hombre de virtuosas palabras no es siempre un hombre virtuoso.