El secreto de la porcelana
Capítulo 24
–Jade sigue perteneciéndome, así que hágase a la idea de que tendrá que devolvérmela cuando todo esto concluya -me dijo después de empaquetar su equipaje.
No recuerdo cuánto tiempo me llevó todo este aprendizaje, pero cuando terminó el invierno ya estaba listo para viajar a Jingdezhen.
24
La renuncia de Augusto al trono de Polonia revertió la situación. El monarca volvió a pensar en el oro y Böttger en la porcelana. Desde el punto de vista del alquimista, parecía un trato justo, al menos para intentar salvar la vida. Aunque por el momento se limitó a escribirle una nota a su señor en la que decía vagamente:
Tengo la esperanza de poder presentar, con la ayuda del señor Von Tschirnhaus, algo grande dentro de dos meses.
Claro que, al no tener una guerra que atender, Augusto decidió seguir de cerca los avances del joven, al que mandó trasladar de Königstein a Dresde.
En la capital, le hizo montar un nuevo laboratorio en el llamado «Bastión de la Doncella», un lugar húmedo y lóbrego con reputación de cámara de torturas. Según se decía, el nombre del lugar tenía su origen en una diabólica máquina de acero con forma de dama que allí había, preparada para descuartizar a los enemigos del régimen, cuyos cadáveres eran arrojados a las aguas del Elba.
Ya fuera por lo siniestro del lugar o por el plazo de dos meses que él mismo se había impuesto para calmar la ira de su señor, Böttger no tardó en reproducir el éxito logrado un año antes en Albrechtsburg, fabricando una pieza de gres rojo. Luego puso el reino patas arriba en busca de una arcilla que le sirviera para fabricar porcelana blanca. La encontró en una mina de Colditz, que mezcló con alabastro como material fungible que dotara a la arcilla de propiedades vítreas. Una leyenda propagada por uno de los ayudantes de Böttger asegura que descubrió la arcilla de Colditz de manera accidental, después de presenciar cómo un criado empolvaba una peluca.
El 15 de enero de 1708, Böttger introdujo en el horno siete mezclas diferentes. Una de ellas llevaba sólo arcilla. Las otras seis contenían una mezcla de arcilla de Colditz y alabastro en distinta medida. Tras cinco horas en el horno, las tres placas que contenían una proporción superior a siete partes de arcilla por una de alabastro aparecieron intactas ante sus ojos. El