El secreto de la porcelana
Capítulo 21
–No sea ridículo. Me he educado en la corte imperial; nada de lo que pueda decir un bárbaro puede afectarme. Permití que se iniciara en el opio porque se trata del mejor anestésico de cuantos existen, pero ahora que hemos acabado con su cuerpo, conviene que su mente recupere cierto grado de lucidez. Partiremos para la aldea de Guling dentro de tres semanas.
–¿Qué hay en Guling? Creí que íbamos a Jingdezhen -dije sorprendido.
–Irá a Jingdezhen más adelante, cuando esté preparado para trabajar en uno de los hornos imperiales, pero antes tendrá que aprender a pintar la porcelana, y en Guling vive uno de los mejores pintores de China: Lüzi Hsi
-me explicó.
–No quiero estropearle su plan, pero jamás he pintado -objeté.
–Por eso necesita que le enseñen. Los empleados de los hornos imperiales son ciudadanos de Jingdezhen. Familias enteras ejercen las mismas labores desde comienzos de la dinastía Ming. De manera que la única manera de entrar a trabajar en un horno es siendo un buen pintor.
–Tardaré años en aprender a pintar. Incluso cabe la posibilidad de que no lo consiga jamás -traté de hacerle ver.
–Su caligrafía ha mejorado considerablemente en este tiempo, y se trata de un arte que no es precisamente sencillo. Creo que un buen maestro podrá hacer de usted un decorador de porcelanas aceptable en un plazo razonable.
Pero si no lo lograra, no tiene de qué preocuparse. Acabaré con su vida y estudiaremos otra forma de derrocar a Kangxi. Después de todo, China tiene otros muchos secretos que vender.
21
Cuando la paciencia de Augusto llegó a su límite (algo que ocurría cada cierto tiempo), Von Tschirnhaus advirtió a Böttger de que, en caso de no ofrecerle al monarca algún resultado positivo en un breve plazo de tiempo, ni siquiera su intercesión podría salvarle la vida. Eso significaba que a partir de ese momento no contaría con otro escudo protector que el que le proporcionara su propio talento. El problema era que definitivamente no había podido superar los entresijos del vas hermeticum, la retorta ovalada en la que se generaba la piedra filosofal. Lo peor de todo era que no sabía dónde estaba el fallo. Su fe seguía siendo inquebrantable, y abrigaba la invencible convicción de estar actuando correctamente, siguiendo los rígidos principios de un buen «adepto» (es decir, de aquel que conocía los
secretos de la obtención y utilización del lapis philosophorum). ¿Qué era, pues, lo que le hacía fracasar una y otra vez? Quizás el problema no era él, no estaba en él, sino en las personas para las que trabajaba. No en vano, la alquimia podía ser considerada como el arte de la multiplicación de las riquezas, y eso era algo que había suscitado inquietudes éticas entre los propios alquimistas. Por ejemplo: ¿cuál debía ser el destino social de esas riquezas?, ¿acaso la superproducción de metales en manos de un príncipe ávido no podía provocar el colapso de la economía de una región o incluso de un país entero? Sin duda. La alquimia era ante todo una filosofía, una manera de llegar a la esencia primera de las cosas, y no una vulgar fórmula para subvertir el orden social. La alquimia no era un taller donde fabricar oro, sino un camino que conducía a la contemplación de lo divino, dentro de una dinámica de superación personal y ascenso espiritual del «adepto».
De modo que el fracaso de sus experimentos había que achacárselo a Augusto, y no a su incompetencia, pues de haber logrado el Gran Arte de transmutar los metales, se habría convertido en un vulgar «soplador», que era el nombre que recibían aquellos alquimistas que sólo buscaban la obtención del oro por el oro.
Afortunadamente Von Tschirnhaus, que aún confiaba en su talento, le había proporcionado un sinfín de cuadernos repletos de apuntes para que los estudiase. Eran notas que hablaban de espejos ustorios y de cómo trabajar con la cerámica a altas temperaturas. Así que apartó temporalmente su atención de los crisoles y se dedicó por entero a descifrar la sabiduría que su maestro había dejado escrita en torno a la porcelana.
La primera nota decía: «Los hornos son cuencos del azar».
Tras analizar todas y cada una de las anotaciones, y conocedor como era de los efectos que el calor ejercía en los distintos minerales, llegó a la conclusión de que una de las claves pasaba por cocer la cerámica a una mayor temperatura. Si algo estaba claro era que la mezcla de arcilla con vidrio no había dado como resultado la vitrificación, así que la única forma de lograr algo positivo pasaba inevitablemente por la transmutación de alguna clase de mineral. Es decir, para obtener porcelana como la china resultaba imprescindible no tener la mentalidad de un ceramista, sino la de un alquimista. Había que descomponer para luego crear.
El siguiente paso consistió en sistematizar los ensayos, mezclando diferentes combinaciones de arcillas y minerales, que luego cocía a
temperaturas superiores a las que hasta entonces se empleaban, con el fin de que el calor fundiera los materiales y no los amalgamara. Además, había otro elemento a tener en consideración: la mayor temperatura de cocción equivalía a una mayor resistencia del producto final. Y si había una característica que destacaba en la porcelana china era precisamente su dureza.
A fuerza de probar una y otra vez, un día obtuvo muestras de un gres rojo, vitrificado y altamente resistente, pero de fina textura.
Tras contemplar los resultados, que a él mismo le sorprendieron, esbozó una amplia sonrisa, algo que le costó lo suyo habida cuenta que llevaba años sin reír por falta de motivos.
No cabía la menor duda, acababa de realizar un gran hallazgo.
Empero, sin tiempo para llevar a cabo nuevas pruebas, recibió la orden de interrumpir los experimentos y poner rumbo a Königstein, la fortaleza más inexpugnable del reino. Carlos XII de Suecia había derrotado a Augusto II en Polonia y cruzado la frontera de Sajonia con la intención de tomar Dresde. Para empeorar aún más la situación, las órdenes incluían ocultar (es decir, abandonar) el laboratorio en una de las estancias secretas de Albrechtsburg. Además, el número de sus ayudantes se reduciría de cinco miembros a tres, los cuales tendrían que llegar a Königstein por sus propios medios, algo que a él le hubiera gustado poder hacer para huir. No, su régimen de vigilancia no varió un ápice, pues, a pesar de las circunstancias, Augusto continuaba confiando en su talento, y deseaba que siguiera a su servicio una vez finalizara la contienda con los suecos.
Königstein se convirtió entonces en la peor cárcel de todas para Böttger, y no sólo por las murallas de roca de hasta cuarenta metros de altura que rodeaban la fortaleza. Al ambiente siniestro que presidía aquel lugar y a la incertidumbre por lo que le depararía el futuro inmediato había que añadir la falta absoluta de actividad, que se acentuó cuando le fueron negados el papel, la tinta y los libros. Así las cosas, su estado mental volvió a resentirse. Pese a caer en una nueva y más profunda melancolía que se agudizó con la ingesta indiscriminada de vino, sacó fuerzas para mantener contacto con algunos de los presos con los que compartía presidio, y con los que tenía prohibido relacionarse, e idear un plan de fuga. Pero en esta ocasión, lo hizo por puro entretenimiento, para ejercitar la mente, sin intención de escapar realmente. Y después de suplicar a sus carceleros,