El secreto de la porcelana

Emilio Calderón · Capítulo 22 de 37

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El secreto de la porcelana

Capítulo 22

consiguió que le entregaran pluma y papel con los que escribir vehementes cartas a su señor, en las que reclamaba libertad para poder completar sus experimentos. ¡Casi había tocado el secreto de la porcelana con la punta de los dedos! ¡Si dispusiera de un poco más de tiempo! En realidad, Böttger también estaba equivocado en esto con respecto a su amo. Para Augusto, él era mucho más que la más hermosa y delicada de las porcelanas chinas; era el tesoro más valioso de Sajonia, la única persona capaz de fabricar una ingente cantidad de oro con el que sacar al país de la ruina, por lo que ni siquiera se tomó la molestia de responder al joven.

22

XIII

Un viejo sampán de velas remendadas nos condujo río arriba hasta la provincia de Jiangxi. Además de Jade, Feng y yo, el pasaje lo componían dos viajeros arriscados, cuatro campesinos, tres cerdos, cinco patos y seis gansos. Conforme remontábamos el río de las Perlas, el agua iba adquiriendo una tonalidad cada vez más fangosa, al tiempo que nuestros huesos probaban la verdadera aspereza de la pobreza. La comida escaseaba, el agua potable era la que caía del cielo en forma de lluvia -y que el capitán del barco se encargaba de recoger en sendos recipientes de latón-, y las únicas atenciones iban dirigidas a los animales, mucho más valiosos para aquellos campesinos que la vida de cien hombres. No obstante, de la misma manera que Jade y Feng eran ignorados, mi presencia en aquel sampán causaba cierto respeto. La hinchazón de mis párpados, la herida en la nariz y la falta de dos dedos me convertía en un objeto curioso. A tenor de cómo me miraban de soslayo, sin atreverse a acercarse más de lo necesario, se diría que temían un posible contagio de la lepra o de mi malignidad.

Del río de las Perlas pasamos al Yangtsé, y a través de su corriente llegamos a la ciudad Jiujiang. Tras permanecer varios días en el Pabellón de la Niebla y el Agua, a orillas del lago Gantang, proseguimos viaje hasta la montaña de Lushan.

Con más de ciento setenta picos y una belleza incomparable, Lushan era uno de los lugares más famosos de China, tanto que se la conocía como la montaña de la poesía. En las paredes de sus acantilados había grabadas más de cuatrocientas inscripciones, que cantaban las excelencias de un lugar único donde el rumor de las cascadas se transformaba en sosiego, el calor

del estío en frescor primaveral y el canto de los pájaros en sinfonía alegre de la vida. El clamor de la montaña de Lushan era tan propicio para ver colmado cualquier anhelo del espíritu que se había convertido en refugio de sabios, hombres santos y artistas de toda índole.

Durante varias jornadas ascendimos por escarpadas pendientes, dejando a derecha e izquierda lugares de nombres tan evocadores como la Fuente de las Tres Caídas, el Camino de las Flores o la Caverna de los Inmortales, hasta la aldea de Guling.

Antes de dirigirnos a la casa de Lüzi Hsi, Feng me puso en antecedentes. Al parecer, Lüzi Hsi había sido uno de los pintores más influyentes de China en tiempos del último emperador de la dinastía Ming.

No en vano, su verdadero nombre era Lü Hsi, pero gracias a sus méritos se le había añadido a su apellido la partícula - zi, que significaba «maestro».

Lüzi Hsi era considerado el miembro más destacado de la escuela Wu de la ciudad de Suzhou, la más sobresaliente en el arte de la pintura tradicional china. Con los manchúes, su figura había caído en desgracia por lo que representaba. Como ya no era un hombre joven, había decidido retirarse a las montañas. En Guling había sido contactado por los Ocho Trigramas, pues su pintura encarnaba como ninguna otra los valores ancestrales de China frente al mundo caótico y fútil que había propiciado la nueva dinastía. Su ascendiente moral sobre el grupo era tan grande que era considerado como el «noveno trigrama».

Hombre de pequeña estatura y complexión gruesa, el rasgo más distintivo de su rostro era una barba rala, que crecía en mechones dispares y desiguales. Su voz era al mismo tiempo untuosa y algo atropellada. En otro ambiente, hubiera podido pasar por el jefe de eunucos del emperador.

Teniendo en cuenta su avanzada edad, se movía con una inusitada agilidad, y sus ademanes eran imperiosos como los de una persona acostumbrada a ser obedecida.

Lo primero que hice fue advertirle sobre mi desconocimiento del arte de la pintura.

–El primer talento que ha de cultivar un artista es su perseverancia. No se preocupe, todo cuanto necesita está en usted -me respondió.

Llegado el momento de instalarnos en nuestros aposentos, Feng lo hizo en la misma alcoba que Jade. Afortunadamente, Lüzi Hsi puso las cosas en su sitio.

–Amigo Gu Feng, Guling no es más que una pequeña aldea cuyos habitantes no entenderían que un marido deje su lugar a un tercero para que yazca en el lecho con su esposa. Como es requisito imprescindible que la presencia de todos ustedes pase lo más desapercibida posible, tendrá que buscar otra alcoba y no mantener más relación con la joven que la propia de un amigo de la familia -argumentó.

Era mi primera victoria sobre Feng, aunque procuré que mi rostro no reflejara la satisfacción que me embargaba por dentro.

–En cuanto a usted, joven bárbaro, le ruego que evite cualquier distracción que pueda entorpecer su aprendizaje. Para vivir muchos años, es necesario ante todo regular los placeres. ¿Ha oído hablar de Liu Xiawei? –

se dirigió a mí el pintor.

–No -respondí.

–Es un famoso personaje que vivió durante la guerra del Período de Primavera y Otoño. Fue capaz de pasar una noche con una mujer desnuda entre sus brazos sin mantener relaciones.

–Comprendo.

Ni siquiera aquella invitación a la castidad disminuyó mi alegría.

Lo cierto fue que al disponer el kang de tres camas de ladrillo, Jade prefirió dormir sola.

Pasé la noche en vela, tratando de filtrar todos los sonidos que llegaban a mis oídos desde el otro lado de la estancia, esperando escuchar una invitación a tumbarme a su lado, pero lo único que logré percibir con nitidez fueron los latidos de mi corazón, que resonaban dentro de mi pecho como los cascos de un caballo al galope, y el chisporroteo del picón del brasero que calentaba mi cama.

Sentir a Jade tan lejos cuando físicamente la tenía tan cerca, terminó de convertirla en algo cada vez más codiciado.

Las dos semanas siguientes transcurrieron sin sobresaltos. Me levantaba a las cinco y cuarto de la mañana, media hora antes de que amaneciera, me daba un baño de agua fría, desayunaba un tazón de mijo y seguía a Lüzi Hsi por alguno de los tortuosos senderos que conducían a la montaña de Lushan. A veces, caminábamos hasta la vecina aldea de Hanpokon o hasta el pico de los Cinco Inmortales, en un recorrido de ida y vuelta que nos llevaba más de diez horas. La finalidad de aquellas excursiones era que yo aprendiera a observar la naturaleza antes de atreverme a pintarla.

–Confucio dijo que el verdadero conocimiento consiste en saber que sabes cuando sabes, y cuando no sabes, saber que no sabes. De modo que pinte sólo aquello que esté seguro de conocer -me explicó en el transcurso de nuestra segunda salida.

Y como al día siguiente me quejé porque me estaban saliendo llagas en los pies de caminar sin rumbo, no dudó en reprenderme.

–Me lo contaron y lo olvidé. Lo vi y lo entendí. Lo hice y lo aprendí. Si no lo ve, nunca lo entenderá, y si no lo entiende, no aprenderá a hacerlo.

Ahora siga caminando y observe todo lo que hay a su alrededor sin pensar en sus pies, en el dolor o el cansancio.

Cada día, el paisaje adquiría nuevas formas y diferentes significados.

Una flor de durazno, una grulla, un pino cuyo vigoroso tronco se había desarrollado entre los intersticios de una roca o las cascadas de San Diequan, daban pie a largas paradas en las que Lüzi Hsi me pedía que le describiese lo que veían mis ojos, de forma que cada detalle quedara fijo en mi memoria.

–Lo fundamental en la pintura es el trazo. Mediante el trazo se unen armónicamente pincel y tinta. Y para obtener una traza suelta y libre, es necesario previamente haber efectuado una meditación. Sólo así podemos fijar la imagen que queremos representar en la memoria, de manera que a la hora de ejecutarla el trazo surja por sí solo, sin interrupciones, de forma natural -me dijo Lüzi Hsi tras describirle una peonía.

En otras ocasiones, cuando la niebla era demasiado espesa, ascendíamos hasta la cumbre del pico de los Cinco Ancianos, desde donde podíamos contemplar un mar de nubes pegado a la piel del paisaje. Pero si desde aquella atalaya el panorama resultaba sobrecogedor, por cuanto que todo a nuestro alrededor se volvía difuso y mórbido, aún eran más turbadores los sonidos que, como invisibles columnas, eran arrastrados en una espiral ascendente desde lo más profundo de los desfiladeros. Parecía música surgida de la piedra. Una música que de tanto golpear las paredes en su búsqueda de un espacio abierto, se volvía ronca y áspera.

Un día, al preguntarle por qué había elegido aquellas montañas para vivir, me respondió con unos versos de Li Po, poeta de la dinastía Tang:

¿Por qué vivir en el corazón de estas verdes montañas?

Sonrío sin responder, el espíritu sereno.

Caen las flores, corre el agua, misteriosa senda…

El otro mundo está allá, no éste, el de los hombres.

Las tardes las pasaba practicando el arte de la caligrafía, pues según mi maestro, «para hacer un buen trabajo, primero hay que afilar las herramientas».

Por las noches, Jade me preparaba la única pipa de opio que me estaba permitido fumar, y luego se tumbaba en su cama. Pero más que ausente o distante, parecía esperar algo. Durante varios días me mortificó la idea de que echara de menos las incursiones nocturnas de Feng. Para colmo, mis salidas me llevaban desde el alba hasta que el sol se ocultaba, con lo que no sabía a qué se dedicaba Feng en mi ausencia.

Todos mis temores se disiparon cuando una noche, después de prepararme la pipa, me preguntó a bote pronto:

–¿Por qué no intenta acostarse conmigo? ¿Es que no le gusto?

–¡Claro que me gusta! Lo que ocurre es que no sabía cómo plantearlo.

Además, siempre he pensado que mi rostro le repugnaba -reconocí.

Jade respondió a mis argumentos despojándose del cheongsam. A continuación se metió en mi cama con la ropa interior puesta y se pegó a mí con tanto ímpetu que no tardó en contagiarme su calor corporal. Olía a aroma de canela y se había untado las manos con ungüento de almizcle.

Jade era Perfume de Jade desinhibida. Me sorprendió que aquellos huesos tan livianos y frágiles hubieran soportado los continuos abusos de Feng sin quebrarse. Pero yo ya sabía que la verdadera fortaleza de Jade residía en su interior y hablaba la lengua nushu. Un minuto más tarde comenzó a besarme con una voracidad meticulosa y a frotar su sexo contra mi cuerpo.

Era una maestra en el arte del contoneo. Súbitamente me vi embargado por un intenso estado de excitación que, empero, no logró que mi sexo despertara.

–¿Acaso no desea entrar por la Puerta de Jade? – me preguntó.

–Lo deseo con todas mis fuerzas, pero tendremos que esperar hasta que se me pase el efecto del opio -me justifiqué.

–Tal vez mañana no esté aquí -dijo con tono sombrío.

–¿Piensa escapar?

–¿Con estos pies? No llegaría muy lejos -reconoció.

En ese momento me percaté de que Jade ni siquiera se había quitado los zapatos para meterse en la cama, siguiendo uno de los principios fundamentales del arte de la alcoba.

–¿Entonces?

–Había pensado quitarme la vida, para volver como fantasma y hacerle pagar a Feng todo lo que me ha hecho padecer -reconoció.

El suicidio se había convertido en una costumbre muy extendida entre las mujeres chinas, pues era una creencia general que quien se quitaba la vida podía regresar como espectro para amedrentar a quienes se lo merecieran. De esa forma, las mujeres chinas creían detentar el poder que les era negado en vida.

–Tal vez exista otra solución menos drástica -sugerí.

–¿Cuál?

–Yo podría ayudarla a escapar, cuando haya encontrado la fórmula de la porcelana -le propuse.

–¿Huir juntos?

–Mis pies serán sus pies. Yo la cargaré sobre mis hombros si hace falta.

–¿Y adónde iremos?

–Lejos de China, naturalmente. ¿Ha oído hablar de las Filipinas? ¿Y de España?

–No.

–Tengo un negocio en las Filipinas. Y si consigo descubrir el secreto de la porcelana, me nombrarán marqués y seré un hombre rico. Entonces podré volver a España…

Yo mismo era consciente de que aquellas palabras que brotaban de mi garganta formaban parte de un sueño imposible. Pero era lo único que podía ofrecerle.

–¡Abráceme! – imploró.

Obedecí.

Luego se produjo una lucha entre el efecto del opio, que me empujaba hacia su cueva, y Jade, que había tomado entre sus manos el tallo de mi miembro y no cesaba de masajearlo. Cuando vencido cerré los ojos, me susurró al oído:

Vivo en la vertiente soleada del Monte de las Hechiceras, donde la cumbre se hace inexpugnable.

Por la mañana soy nube del alba,

por la tarde lluvia que se desliza cada aurora, cada atardecer, al pie de la Terraza del Sol.