El secreto de la porcelana
Capítulo 4
Regresé a la amura de estribor, cada vez más fascinado por aquel pobre diablo cuyo sufrimiento era inimaginable para mí. Me recosté en la hamaca que solía ocupar el enfermo, abrí el cuaderno y comencé a leer.
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Solórzano aprovechó para aclarar de nuevo su garganta con un sorbo de té, tras lo cual sacó de uno de los bolsillos de su chaqueta de dril un pequeño cuaderno de tapas de piel azul, y comenzó a leer: I
Encontré todo lo que buscaba, y eso me condujo al fracaso. O mejor dicho, el fracaso me acompañó en cada nuevo descubrimiento, hasta apoderarse por completo de los resultados.
Me llamo Damián Ossorio y soy comerciante de porcelana. O lo fui.
Ahora soy un monstruo en el sentido amplio de la palabra, en el que abarca el cuerpo y el alma.
Llegué a Manila en el año del Señor de 1699, último del reinado de nuestro bien amado y poco ponderado monarca Carlos II, aunque fuera bobo de remate. Nunca he tenido ojeriza a los idiotas, porque sin ellos no identificaríamos a los que no lo son. En cambio, no le perdono a nuestro rey bobo que no procreara. Al no hacerlo, los buitres cayeron sobre los despojos de su reino y dieron lugar a la peor situación posible: un imperio sin monarca con dos aspirantes a serlo, cada uno de los cuales representaba a su vez a un reino extranjero. Expresado así puede parecer que quiero jugar con las palabras, pero ésa era la situación. Un reino, a fin de cuentas, es una suma de intereses, y si hay algo que no conoce fronteras ni respeta el nombre de las naciones, es el interés.
El 18 de febrero de 1701 entraba en Madrid como nuevo rey de España Felipe V, nieto de Luis XIV de Francia, el Rey Sol. No en vano, ésa había sido la última voluntad (inducida por los franceses) de Su Majestad Carlos II. Quince meses más tarde, en mayo de 1702, una alianza formada por Inglaterra y las Provincias Unidas declaró la guerra a Francia y España.
El 12 de septiembre de 1703, el archiduque Carlos de Austria fue coronado rey de España en la ciudad de Viena, con el beneplácito de ingleses y holandeses. A partir de entonces y durante diez años las tropas aliadas, a las que se había sumado Portugal, lucharon en su nombre en territorio español.
El verdadero trasfondo de esta guerra era el control del comercio de las Indias.
El 27 de junio de 1707, fruto de una acertada campaña militar, el archiduque Carlos entró en Madrid y fue proclamado rey por segunda vez.
Todo parecía indicar, por tanto, que la victoria iba a decantarse del lado de los aliados. Felipe V, acuciado por los elevados gastos de su ejército y por las derrotas que el enemigo le había infligido en el campo de batalla, necesitaba una fuente de ingresos estable para darle un giro a la situación.
La idea que se le ocurrió al joven monarca francés fue encontrar el secreto de la porcelana, de la que hablaba todo el mundo en Europa en aquellos días, con el fin de fabricarla en España y así obtener los medios que le permitieran modificar el curso de la guerra.
Fue entonces cuando me fue encomendada la misión que iba a cambiar mi vida.
Yo era por aquel entonces el mayor comerciante de porcelanas de Manila. Disponía de un gran almacén en el «parián de los sangleyes», el mercado asiático de la capital filipina. Tenía a mi cargo a una veintena de sangleyes, que es como aquí llamamos a los chinos nacidos en la colonia (la palabra es una deformación de la expresión china Kiang lay, comerciante buhonero), y era propietario de un junco de treinta toneladas y dos mástiles que me permitía navegar hasta Cantón en busca de mercancías. Mi especialidad, como digo, eran las porcelanas, aunque no desdeñaba la seda, los objetos de laca, las alfombras persas del Medio Oriente o las piezas de algodón de la India.
Entre mis méritos estaba el hablar aceptablemente el yué o cantonés y el mandarín (en realidad, se trata de lenguas muy parecidas), y conocer los rudimentos de la escritura china, a fuerza de leer una y otra vez las tablillas que cada comerciante clavaba en la puerta de su establecimiento dando razón de lo que se podía encontrar dentro. Además, contaba con un agente en Cantón, un chino llamado Yuan que era miembro del gremio local de comerciantes, el Co-hong, y mantenía excelentes contactos con el Hoppo, el director del comercio en Cantón nombrado por el emperador.
Los chinos llaman a su país Dyung Go, que significa País del Medio, y eso implica que creen que China ( Thien-Hia, lo que está bajo el cielo, el Celeste Imperio) es el núcleo o centro del universo. Nada, pues, puede enseñarle un extranjero a un chino; en cambio, un chino tiene que enseñarle
todo a un extranjero; todo, salvo aquello que está prohibido enseñar, como el secreto de la porcelana. Se trataba sencillamente de una cuestión de superioridad moral y material, de ahí que no fuera posible una negociación entre el gobierno virreinal y el imperial. ¿Acaso un rey de Francia o de Inglaterra negociaría con un reyezuelo tribal de igual a igual? Pero como era innegable que el comercio con los extranjeros reportaba beneficios a las arcas del Estado, el emperador había autorizado las transacciones comerciales desde el puerto de Cantón, que quedaba a tres meses de viaje por tierra de Pekín. Eso sí, bajo la supervisión del Hoppo (que era miembro de la dinastía reinante), y únicamente durante unos cuantos meses al año (de septiembre a marzo). El resto del tiempo había que permanecer en Macao, el vecino asentamiento portugués. Además, los comerciantes extranjeros tenían prohibido viajar con sus esposas y familiares, y no podían portar armas. Tampoco estaban autorizados para visitar la ciudad o sus alrededores sin el permiso de las autoridades. De modo que la vida se circunscribía a la calle de las Trece Factorías, un suburbio de barracas de madera, extramuros, a orillas del río de las Perlas. Únicamente se podían realizar excursiones a los jardines públicos de Honan, tres veces al mes, siempre que se fuera acompañado de un intérprete y en grupos que no superaran las diez personas. Bajo estas condiciones, las relaciones comerciales con los chinos eran posibles, pero siempre desde el ámbito privado.
Por eso, cuando el gobernador general de la colonia me trasladó el encargo de dar con la fórmula que permitiera fabricar porcelana en España, me invadió el escepticismo.
–Tengo además que comunicarle una noticia buena y otra mala -
continúo el gobernador general, después de concederme unos segundos para que asimilara sus palabras-. La buena es que dispondrá de dos barras de plata para sobornos. La mala es que no podrá regresar hasta que obtenga resultados positivos, bajo pena de muerte.
Esta vez solté una sonora carcajada.
Yo había tenido que huir de España tras batirme en duelo con un hombre (al que había encontrado en el lecho con mi mujer) y darle muerte.
El enfrentamiento, en cualquier caso, había suscitado algunos interrogantes entre las autoridades, habida cuenta de que mi contrincante se había presentado sin padrino ni testigos y que se trataba de un duelo a primera sangre. Pero en cuanto logré herir en un brazo a mi adversario, dando por
finalizada la disputa, se revolvió contra mí a traición. Justo cuando la punta de su sable estaba a punto de alcanzarme en el corazón, resbalé fortuitamente y, desde el suelo, sólo tuve que levantar la hoja de mi espada para hundirla en su vientre. Como mi llegada a la colonia había coincidido con el fallecimiento de Su Majestad Carlos II y la posterior disputa por su trono entre el aspirante francés y el austriaco, mi situación legal estaba a expensas del resultado de la guerra que se libraba en España.
–Excelencia, ¿pretende que compre el secreto mejor guardado de China con dos barras de plata? Lo que su Excelencia hace es mandarme a un muerte segura -le hice ver.
–Estoy autorizado para comunicarle en nombre de Su Majestad, Felipe V, que si logra su objetivo, será honrado con un título nobiliario: marqués de la Porcelana. Además, recibirá una importante suma de dinero como recompensa, y su causa será sobreseída y su expediente quedará limpio.
Podrá regresar a España como si nada hubiera pasado.
–Si me pliego a sus deseos, moriré; si no lo hago, también moriré -
reflexioné en voz alta.
–Entonces de usted depende elegir su destino -observó el gobernador general.
Como dice un proverbio chino: «La vida tiene su destino; en cambio, la fortuna depende de la providencia». En la calle me aguardaba Lu Fu, mi conductor y hombre de confianza, un sangley nacido en Davao, en la isla de Mindanao. Lu Fu, cuyo nombre significaba literalmente «ciudad» y su apellido «calle» (algo que tenía que ver, al parecer, con el hecho de que fuera hijo de la inclusa), se había convertido al cristianismo, siguiendo el ejemplo de la mayoría de los treinta y cinco mil chinos de la colonia, y hablaba un inteligible dialecto conocido como «español bambú», una especie de idioma criollo del castellano característico de los tenderos chinos de esa región. Para complicar más las cosas, el «español bambú» que chapurreaba Fu estaba salpicado de palabras japonesas. Todo porque los nativos de la isla de la que era natural mantenían relaciones comerciales con comerciantes nipones.
–Llévame al parián, y luego ve al puerto y prepáralo todo para zarpar dentro de una semana -le ordené.
–¡Corre pronto! ¡Cae aguacero! Yo habla contigo cuando sale casa lleva payong -quería decir «paraguas»-. No quiere ahora mucho mojado -me