El secreto de la porcelana

Emilio Calderón · Capítulo 6 de 37

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El secreto de la porcelana

Capítulo 6

al verme.

Al mismo tiempo que hablaba, Fu movía los dedos de sus pies, diez bloques de carne diminuta compacta y aplastada por los caminos y la mar.

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Un silencio sepulcral se había apoderado de la sala cuando Solórzano volvió a quebrar su discurso con el propósito de superponer una nueva historia:

Mientras Damián Ossorio aguardaba la visita de Yuan, a miles de leguas de allí, en la corte de Augusto II el Fuerte, Elector de Sajonia y rey de Polonia, un joven llamado Johann Frederick Böttger permanecía encerrado en Albrechtsburg, el castillo que el monarca poseía en la ciudad de Meissen.

Impostor, alquimista o simplemente demente, Böttger había convencido al rey de ser capaz de descubrir el arcano de la piedra filosofal, la transmutación del metal en oro. Augusto le había creído, más por necesidad que por convencimiento. Sea como fuere, la habilidad de Böttger era única y había que preservarla de miradas inoportunas, por lo que el rey ordenó encerrarlo en aquella fortaleza fantasmagórica que comunicaba con la catedral de la ciudad a través de un puente levadizo, y que llevaba abandonada años. Augusto II el Fuerte sentía una debilidad enfermiza por la porcelana, y para comprarla necesitaba grandes sumas de dinero. De modo que Böttger se convirtió en la encarnación de la avaricia del monarca.

No era en cualquier caso la primera cárcel que pisaba el joven alquimista, antes había estado en la Casa del Oro, un aparte del castillo real de Dresde, aunque en mejores condiciones, a pesar de la estrecha vigilancia a la que era sometido. En Dresde, Böttger contaba con una cómoda y bien equipada estancia, no le faltaban buenos alimentos, comía en vajilla de plata, tenía un mono amaestrado y disponía de tiempo para pasear por los cuidados jardines de palacio. Incluso se le permitía asistir a cenas con otros prohombres de la corte sajona. A pesar de todo ello, Böttger había intentado huir sin éxito, algo que sin duda complicó su situación. Augusto temía que, en caso de producirse el feliz descubrimiento, el secreto volara inmediatamente como un pájaro a otra corte. Además, no había príncipe elector en Alemania que no deseara conocer los resultados de las investigaciones de Böttger, en especial Federico I de Prusia, a quien había dejado plantado. Para colmo, el joven había empezado a dar muestras de

cierta inestabilidad mental, todo lo cual aconsejaba que se le vigilara de cerca, en un lugar donde no tuviera más distracción que el trabajo.

Cuando una mañana el prisionero fue a asomarse a una ventana, se encontró que éstas habían sido tapiadas. Luego, al salir de su estancia, descubrió que el personal se había reducido a cinco personas, mineros y fundidores en su mayoría. Al parecer, Augusto había dado la orden de preservar a toda costa la intimidad del lugar de la mirada de los curiosos. Se prohibieron las visitas y se construyeron una veintena de hornos, de modo que lo único que acabó entrando libremente en Albrechtsburg eran las muestras de arcilla que iban llegando de los distintos yacimientos del reino.

En realidad, el verdadero valedor del joven alquimista en la corte era el matemático, físico y mineralogista Ehrenfried Walther von Tschirnhaus, a quien Augusto le había encomendado (por decreto de 25 de mayo de 1704), junto con el Bergrat (o inspector de minas), la tarea de vigilarle. Nacido en la Bohemia sajona de familia noble, Tschirnhaus había cursado estudios de matemáticas en la Universidad de Leiden, Holanda, de donde pasó a Londres. Más tarde se instaló en París para trabajar conjuntamente con Leibniz en la resolución de un problema matemático y asistir a la Academia de Ciencias. Su siguiente paso fue Italia, donde se relacionó con el alquimista Athanasius Kircher. De regreso en Holanda, ayudó a preparar para su publicación los trabajos del filósofo herético Spinoza, que era gran amigo suyo. Por último, gracias al doctor Mateo Pauli, médico de cámara del rey, fue comisionado por Augusto II el Fuerte para localizar yacimientos de piedras preciosas e impulsar la industria del reino. Puso en marcha tres fábricas de vidrio y otra de tejidos, y fabricó gigantescos espejos ustorios de cobre -uno de ellos tenía una lente de 76 cm. de diámetro-, con los que logró fundir materiales cerámicos y metales. Pero por encima de todo, Tschirnhaus estaba empeñado en encontrar el secreto de la porcelana al precio que fuera después de haber visitado una fábrica de pâte tendre en Francia, y de haber fabricado él mismo una «porcelana artificiosa» obtenida de limo de arcilla; intuía que el arcano de la piedra filosofal y el de la porcelana podían tener alguna relación.

Partiendo de estos principios, el trabajo de Böttger se duplicó en Albrechtsburg. Si no encontraba la forma de transmutar los metales en oro, al menos debía encontrar la forma de fabricar la porcelana (el oro blanco) que tanto complacía a su señor. Al fin y al cabo, como le gustaba decir al