El secreto de la porcelana

Emilio Calderón · Apéndice

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El secreto de la porcelana

Agradecimientos

–Sí, Rambaud, los vicios, al igual que el amor, vienen como pasajeros, nos visitan como huéspedes y se quedan como amos.

De pronto, un rayo luz atravesó la claraboya y fue a chocar contra el rostro de la mujer, cuyos labios habían vuelto a dibujar una sonrisa más amplia. El reflejo de la luz en la blanquísima dentadura me cegó. En aquel momento, tal vez guiado por aquel fenómeno, vislumbré lo que podía estar ocurriendo: Jade Ossorio era de porcelana.

Agradecimientos

Mi relación con la porcelana comenzó cuando yo tenía nueve o diez años a lo sumo. En esa época, mi padre, una de cuyas profesiones era la de anticuario, comenzó a traer a casa porcelanas de las fábricas de Meissen, Sévres, Limoges, además de algunas piezas de porcelana de Imari y otras de la célebre dinastía Ming de China. Sin duda, éstas sobresalían por la delicadeza de sus acabados.

Me olvidé de la porcelana durante los veinticinco años siguientes hasta que, a finales de los años noventa, mi mujer estuvo trabajando en el Museo Nacional de Filipinas, en Manila. Vivíamos de alquiler en un apartamento de Roxas Boulevard, en el corazón del barrio de Malate, que es a su vez un importante centro de anticuarios de la capital filipina. Manila sigue siendo un lugar propicio para comprar porcelana china a un precio razonable. Un día, mi mujer apareció en casa con un pequeño cuenco de porcelana de la dinastía Tang que había adquirido en uno de aquellos anticuarios. Se trataba de una porcelana de celadón de formas extremadamente sencillas, carente por completo de decoración, de un verde apagado con tonos grises. A pesar de no tratarse de una pieza valiosa ni sofisticada, atesoraba la belleza de la porcelana más fina. A partir de ese momento, empecé a interesarme por la porcelana, esta vez, de forma consciente.

Las navidades pasadas, mientras visitábamos un anticuario en Hong Kong, donde abundaban las porcelanas chinas de todas las épocas, mi mujer, como no podía ser de otra manera, me formuló la pregunta mágica que, a la postre, puede considerarse como el origen de esta novela: «¿Sabías que la fórmula de la porcelana fue un secreto de Estado, y que los europeos no supieron cómo fabricarla hasta principios del siglo XVIII?».

No, no lo sabía, respondí.

Desde ese día, y hasta el momento de escribir estas líneas, no he dejado de pensar en la porcelana y en su secreto.

El primer capítulo de la novela lo redacté íntegramente en el avión que nos trajo de regreso a Europa. Trece horas en las que, además, pude ir perfilando los detalles de la historia en su conjunto.

Ya en Madrid, y con mi base de operaciones en la Biblioteca Nacional, comencé a consultar libros que hablaban de la porcelana. Allí encontré el ensayo de Janet Gleeson titulado El arcano: la extraordinaria y verdadera historia de la invención de la porcelana en Europa. El libro de la señora Gleeson es tal vez la mejor biografía que se ha escrito sobre Johann Frederick Böttger, a quien la tradición atribuye el descubrimiento de la porcelana en Europa.

El Johann Frederick Böttger que aparece en mi novela, en cambio, y aunque he seguido la línea argumental de la señora Gleeson en lo referente a su cronología y a la relación que mantuvo con Augusto II, Elector de Sajonia y rey de Polonia, no tiene vocación de personaje real dentro del contexto de una novela que es, pura y simplemente, ficción.

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28/05/2009

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