El secreto de la porcelana

Emilio Calderón · Capítulo 12 de 37

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El secreto de la porcelana

Capítulo 12

Entonces, para mi sorpresa, Jade desabotonó primero su cheongsam y luego el mo-hsiung, una especie de sujetador ancho, dejando a la vista unos pechos pequeños y níveos en los que sobresalía una constelación de pequeños puntos rojos parecidos a las marcas del sarampión.

–Sólo he accedido a entregarme a él a punta de cuchillo, así que cada vez que se acuesta conmigo, me inflige una herida -me explicó.

«Una belleza con defectos y tachas», pensé recordando la frase que Yuan empleaba para referirse a la porcelana con imperfecciones.

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VII

Cuando no estaba bajo los efectos del opio, pasaba las horas contemplando de reojo cómo Jade transformaba las toscas maderas de los biombos en delicadas y lustrosas láminas de superficie suave y transparente.

Primero añadía aceite vegetal, sulfato de hierro, vinagre de arroz y pigmentos minerales a la goma resinosa extraída del árbol de la laca. Luego pulimentaba la superficie del mueble, sobre la cual iba pegando papel o seda, según el caso. A continuación, sobre ese fondo, comenzaba a aplicar la pasta de laca refinada con un pincel plano de pelo corto, pelo humano, que dejaba secar para más tarde pulimentarla con piedra de lao-hang-chi.

Paradójicamente, la laca tenía la particularidad de que se secaba mejor en una atmósfera húmeda como la de Cantón. Esta operación la repetía con todos los muebles entre tres y dieciocho veces. Por último, a base de cincelar y colocar pacientemente con los dedos, adornaba las lacas con colores, con oro en polvo, o con incrustaciones de marfil, jade, coral, malaquita o nácar.

Se trataba de un proceso largo y monótono, que requería más de treinta operaciones y estaba lleno de dificultades técnicas, aunque Jade era sumamente hábil. En ocasiones, era ella misma la que se quedaba contemplando los resultados. Cualquier pequeño detalle que estuviera fuera de su sitio podía romper la armonía de la pieza y convertir el orden en caos; algo que yo era incapaz de apreciar, pero que ella descubría de un vistazo, por ejemplo: una mariposa que volaba demasiado cerca de la cascada de agua y demasiado lejos del árbol; un insecto cuya escala resultaba excesivamente grande en relación con el resto de elementos decorativos; una taracea de nácar cuya tonalidad de arco iris no encajaba en un conjunto

falto de fulgor. Entonces le sobrevenía una especie de crisis que se manifestaba con la siguiente frase:

–No hay duda. Algo no encaja.

Las explicaciones iban dirigidas a sí misma, de igual forma que también a ella le correspondía encontrar las soluciones.

Yo me limitaba a mirar el mueble con la cabeza boca abajo, con la esperanza de que una visión invertida me diera las claves que me permitieran acercarme a su punto de vista, a su forma de entender el mundo, aunque lo único que conseguía era calcular aproximadamente sus méritos, habida cuenta las diferencias entre sus conocimientos y los míos, entre su sensibilidad y la mía. Pero de la misma manera que no alcanzaba a comprender los principios estéticos de aquel arte que requería una habilidad y una delicadeza extraordinarias, me maravillaba en cambio el hecho de que Jade no se valiese de su belleza para llevar a Feng a su terreno, algo que le hubiera hecho la vida mucho más fácil. Pero a su manera, y dentro de las limitaciones que imponía su condición de mujer, Jade era una rebelde.

–¿Quién le enseñó el oficio? – le pregunté en una ocasión.

–Mi madre -me respondió-. En realidad, mi padre era quien trabajaba la laca, pero pasaba demasiado tiempo jugando y apostando. Luego mi madre fue torturada hasta morir y mi padre acabó perdiendo el único bien que le quedaba en este mundo: yo. No he vuelto a saber nada de él desde entonces.

–¿Qué delito cometió su madre para merecer semejante castigo? – me interesé.

Jade se tomó unos segundos antes de responder.

–Conocía la lengua nushu, y eso le costó la vida.

–Nunca he oído hablar de ese idioma, ¿qué tiene de particular?

–Se trata de una lengua con más de dos mil palabras que sólo entienden las mujeres del condado de Jiangyong, en la provincia de Hunan, que es de donde soy natural. Se transmite de madres a hijas, o entre hermanas de sangre. Su escritura se utiliza en bordados, abanicos y piezas del ajuar femenino, y también en unos libros que se conocen como Cartas del tercer día. La escritura nushu ha sido un instrumento de libertad para las mujeres de mi pueblo durante más de mil años. Cuando una mujer muere, es enterrada con todos los textos nushu que haya escrito en vida. De esa forma se salvaguarda el secreto generación tras generación. Cuando Kangxi subió al trono, ordenó a sus mandarines que descifraran la escritura nushu, porque