El túnel
En el neurólogo
–Bueno, resumiendo –dice el neurólogo.
–Sí, resumiendo –murmuran ambos.
–Las quejas no son del todo infundadas. Realmente se aprecia en el lóbulo frontal una ligera atrofia degenerativa.
–¿Dónde exactamente?
–Aquí, en la corteza cerebral.
–Lo siento, pero yo no veo nada.
Su mujer se inclina hacia la imagen del escáner cerebral.
–Sí, hay algo oscuro aquí –reconoce–, pero muy pequeño.
–En efecto, es pequeño –confirma el neurólogo–, pero puede extenderse.
–¿Solo puede? –dice el hombre, con voz temblorosa–, ¿o también tiende?
–Puede y también tiende.
–¿A qué ritmo?
–Ninguna patología evoluciona de la misma forma, y menos en la corteza cerebral. El ritmo dependerá también de usted.
–¿De mí? ¿Cómo que de mí?
–De su comportamiento. Es decir, de cómo luche, de cómo pelee.
–¿Luchar contra mi cerebro? ¿Cómo?
–La mente contra el cerebro.
–Y yo que pensaba que eran lo mismo.
–En absoluto, en absoluto –sentencia el neurólogo–. Señor, ¿cuántos años tiene?
–Setenta y tres…
–Aún no –corrige su mujer–, siempre se adelanta… al final…
–Ve –refunfuña el médico–, eso no es bueno.
Por primera vez el enfermo se da cuenta de que entre los rizos del neurólogo se oculta una pequeña kipá. Al examinarle tumbado, probablemente se la había quitado por temor a que se cayese en la cara del paciente.
–Porque, mira, por ejemplo, los nombres que se te escapan…
–Los nombres propios sobre todo –se apresura a puntualizar el enfermo–, porque los apellidos aún afloran con relativa facilidad, pero los nombres propios es como si se desvaneciesen cuando intento tocarlos.
–Pues ya tiene un pequeño campo de batalla en el que luchar. No se conforme con los apellidos, no prescinda de los nombres propios.
–Yo no prescindo, pero, cuando me esfuerzo por recordarlos, ella siempre salta y se me adelanta.
–Eso no está bien –el médico reprende a la mujer–, así no lo ayuda nada.
–Es verdad –dice, reconociendo su culpa–, pero es que, a veces, su capacidad para recordar los nombres propios es tan lenta que hasta olvida lo que quería decir de ellos.
–A pesar de todo, debe permitirle luchar consigo mismo para recordar, solo así podrá ayudarle.
–Tiene razón, doctor, lo prometo.
–Dígame, ¿aún trabaja usted?
–Ya no. Estoy jubilado, hace cinco años.
–¿Jubilado de qué? Si me permite preguntárselo.
–De Netivei Israel.
–¿Netivei Israel? ¿Qué es eso?
–Lo que antes era la Compañía Nacional de Carreteras, el Departamento de Obras Públicas. Allí me dediqué durante cuarenta años a la planificación de caminos y carreteras.
–Caminos y carreteras–. Al neurólogo le hace gracia–. ¿Dónde? ¿En el norte o en el sur?
Cuando se dispone a dar detalles precisos, vuelve a entrometerse su mujer.
–En el norte. Doctor, tiene ante usted al ingeniero al que pidieron que ayudase a la empresa Derech Eretz a diseñar los dos túneles de la Autopista 6.
«¿Precisamente los túneles?», piensa el marido con asombro, pues él no cree que sean el mejor ejemplo de sus logros. Pero al neurólogo le ha entrado curiosidad. ¿Y por qué no?, tiene todo el tiempo del mundo. Es el último paciente de la tarde, la recepcionista ya ha cobrado la factura y se ha marchado, y su apartamento está justo encima de la clínica.
–No me había dado cuenta de que hay túneles en la autopista 6.
–Porque no son largos, apenas unos cientos de metros cada uno.
–De todos modos tendría que haberme dado cuenta y no ir soñando por la carretera –se reprende el médico–. Es posible que otros ingenieros de caminos vengan a mi consulta.
–Vendrán únicamente –intenta bromear el enfermo– si no consiguen ocultar su demencia entre los enlaces viarios.
–¿A qué viene eso de la demencia? –se rebela el neurólogo–. Aún no hemos llegado a ese punto. No empiece a etiquetarse con algo de lo que no tiene ni idea, y no alimente miedos infundados, y, sobre todo, no se deje llevar por la pasividad ni el fatalismo. Tampoco la jubilación es el fin del mundo, así que lo primero que tiene que hacer es buscarse una ocupación relacionada con su profesión, aunque sea a tiempo parcial, privada.
–Doctor, no existe lo privado. Las personas privadas no asfaltan carreteras ni promueven caminos. Las carreteras son un asunto público, y allí ya hay otros, jóvenes.
–Entonces, ¿qué va a hacer?
–Oficialmente, quedarme en casa. Pero yo paseo, camino y me doy una vuelta. Y también salimos mucho a espectáculos. Teatro, música, ópera y, a veces, también conferencias. Y, por supuesto, también ayudo a los chicos, quiero decir, sobre todo con los nietos, a los que hay que ir a buscar, llevar y recoger. Y también hago algunas tareas domésticas: ordenar, comprar en el supermercado, en el mercado, y a veces…
–Le gusta andar por el mercado –dice su mujer, apresurándose a poner freno a tanto listado.
–¿Por el mercado? –se sorprende el neurólogo.
–¿Por qué no?
–Al contrario, si se encuentra bien en el mercado, es estupendo.
–Porque yo cocino.
–¡Oh! ¡También cocina!
–Mejor dicho, sobre todo corto, mezclo y doy una segunda vida a las sobras, porque fundamentalmente soy el responsable de preparar la comida antes de que ella regrese del hospital.
–¿Hospital?
–Soy pediatra –murmura su mujer.
–Estupendo –dice el médico, aliviado–, así que tengo aquí a una colega.
Y aunque la mujer es veinte años mayor que el neurólogo, la interroga sobre su trabajo, sobre sus estudios, sobre su experiencia médica, como si no fuera una doctora veterana en un gran hospital, sino una joven candidata a trabajar con él, que podría acompañarle en la batalla contra esa sospechosa atrofia de su marido, que puede extenderse.
–¿Qué somníferos le da?
Ella posa una mano sobre el hombro de su marido.
–No le doy somníferos, porque normalmente duerme bien sin pastillas, pero en raras ocasiones, cuando le cuesta conciliar el sueño, se toma… ¿qué te tomas?
El enfermo no se acuerda del nombre, solo de la forma.
–Esas triangulares pequeñas…
–Se refiere al Xanax.
–Si es solo Xanax, no pasa nada –dice el neurólogo–, pero tenga cuidado de no darle ninguna otra pastilla más fuerte, porque la región central del cerebro, la que diferencia entre el día y la noche, a partir de ahora será un lugar sensible, y no conviene excitarlo con pastillas como…
Y, de un plumazo, el médico anota en un papel los nombres de las pastillas prohibidas.
Ella lee la lista, la dobla y la mete en su cartera. Pero el médico sigue interrogándola.
–¿Hay o ha habido síntomas parecidos en su familia?
Se vuelve hacia su marido con mirada dubitativa, pero él guarda silencio, prefiere que ella responda en su lugar.
–Ningún síntoma… ni en sus padres ni en su hermana.
–¿Y en generaciones anteriores?
Ahora ya no le queda más alternativa.
–A mis abuelos por parte de padre no los conocí –precisa el enfermo con cierta amargura–. Eran más jóvenes que yo ahora cuando fueron asesinados en Europa, de modo que quién sabe si estaba latente en ellos la misma… es decir… eso que me acaba de diagnosticar a mí. Y todos los miembros de la familia de mi madre nacieron aquí y, hasta donde yo sé, gozaron hasta el último momento de cordura y lucidez, salvo… un momento… tal vez… solo tal vez… una pariente lejana de mi madre, que llegó del norte de África a finales de los años sesenta y precisamente aquí, en Israel, cayó en un profundo mutismo debido a la depresión… o a la ira… o… tal vez, quién sabe, tal vez también ella tuviese, solo tal vez, ¿esta demencia?
Y sorprendentemente, el neurólogo ya no se rebela contra el nombre explícito que vuelve a salir de los labios del paciente, sino que vuelve a mirar la imagen del escáner antes de deslizarla con cuidado en un sobre grande, escribir en él con grandes letras Zvi Luria y, para evitar confusiones, añadir también el número de su carné de identidad. Pero cuando pretende entregarle el sobre a la mujer, que acaba de ser nombrada acompañante del enfermo, Luria se adelanta a cogerlo y lo aprieta contra el pecho. Por un instante, parece que el médico quiere decir algo más, pero un ruido de pasos rápidos en su apartamento, situado encima de la clínica, lo refrena y se levanta para despedirlos. El paciente se apresura a incorporarse, listo para marcharse, pero su mujer aún duda, como si temiera quedarse sola con la enfermedad.
–Sobre todo actividad –concluye el médico, en tono tajante–. No evitar a las personas, aunque cueste identificarlas. No se debe huir de la vida, todo lo contrario, hay que buscarla, estar en contacto directo con ella.
Mientras está hablando, el médico empieza a apagar las luces, pero no se apresura a subir a su apartamento, sino que los acompaña hasta la puerta del edificio e ilumina con unos pequeños focos su amplio jardín para que encuentren fácilmente el camino hacia la calle. Y antes de despedirse, dice unas últimas palabras en otro tono, más suave y emotivo:
–Ustedes son intelectuales, personas abiertas a las que se puede hablar con franqueza, sin rodeos. Cuando he dicho que no se debe huir de la vida, me refería a todas sus facetas, también a las más íntimas. Entre ustedes, por supuesto. Es decir, no renunciar a la pasión, no temerla. A pesar de la edad y de la situación. Porque la pasión es muy importante para la actividad cerebral. No solo por lo que se ha descubierto, sino también para ustedes dos. ¿Me comprende, doctora Luria? Es decir, no solo no hay que renunciar, sino todo lo contrario, incrementarla. Es beneficioso, créanme, lo sé por propia experiencia.
Y de repente duda, como si hubiese ido demasiado lejos. Y mientras el paciente asiente agradecido, su mujer murmura aterrada:
–Sí, doctor, por supuesto, lo comprendo, y también lo intentaré, es decir, ambos…
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