El túnel

Abraham B. Yehoshúa · Capítulo 4 de 70

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El túnel

Tomates

 

 

Por la mañana le dice a su mujer:

–Hoy el coche es tuyo. Faltan tantos productos básicos, de alimentación y de limpieza, que voy a tener que ponerme a organizar el pedido grande del supermercado. Aquí está la lista, mira a ver qué falta y qué sobra.

–¿No irás al mercado?

–Si voy, será solo por alguna fruta o alguna verdura especial.

–Pero que estén frescas y tengan buen aspecto. No pienses en el precio, solo en la calidad. Y cuando pases por la zona de las flores, pídele a Iris un ramo de anémonas.

–¿Iris?

–La mayor, no la joven, ella te reconocerá. Y también allí tienes que comprobar que las flores estén frescas.

–Pero si la casa está llena de flores.

–Están mustias y necesitan un plus de frescura. Así que acuérdate de traer solo anémonas. Es la época ahora, que no te engatusen para que compres otras.

–Entendido.

–Yo volveré como muy tarde a las dos. Contente y no comas sin mí.

–Hasta las dos aguantaré. Pero ¿no convendría mostrar el resultado del escáner a alguien de tu hospital? Sin decir de quién es, por supuesto.

–No hay nada que mostrar. Todo está claro. Y convendría que también tú te quitases de la cabeza tu cabeza. Lo que ha aparecido es tan pequeño y está tan borroso que alguien que no sea especialista en diagnóstico por imagen no distinguiría nada.

–Perdona, perdona, pero entonces, ¿por qué tú, que no eres una especialista de ese tipo, y menos en adultos, has confirmado tan deprisa el diagnóstico?

–Porque soy especialista en ti.

–Menuda ocurrencia.

–Espera, ¿es que no soy especialista en ti?

–En parte… solo en parte. Y cuando la demencia haga acto de presencia, estarás perdida.

–Otra vez esa palabra.

–Pues propón otra y veremos si es apropiada.

El supermercado no está lejos y, a esa hora de la mañana, tampoco está abarrotado. Como la distancia es corta, Luria prefiere alargarla un poco yendo por los senderos del parque municipal, donde, a esas horas, hay una gran mezcolanza de perros jugando: unos brincan con sus correas alrededor de sus amos y otros corretean a su antojo. Luria los mira con cariño, intentando encontrar entre ellos a uno que se parezca al lobo gris, el perro fiel de la familia que, hace tres años, trasladó su residencia al norte para pasar el resto de su vida rodeado de la paz y la libertad que le proporcionarían su hijo y sus nietos en su nueva casa. Pero la libertad campestre avivó la nostalgia del perro, lo impulsó a volver al centro y, de camino a casa, desapareció. Quién sabe en qué carretera estará tendido su cuerpo. La retirada de animales –perros, zorros, lobos, ovejas y vacas que han sido atropellados mortalmente, o solo heridos, en las carreteras interurbanas– es responsabilidad de Netivei Israel, y Luria conocía al viejo veterinario que se encargaba de esa tarea, pero en la Autopista 6, que es de peaje, esa responsabilidad recae en la concesionaria que se lleva las ganancias. Y como el norte es una zona rica en animales salvajes cuyo hábitat era atravesado bruscamente por esa carretera ancha, repleta de enlaces viarios y alambradas, la Autoridad de la Naturaleza y Parques exigió que se horadara gran parte de la montaña y se soterrara una parte de la autopista con un túnel, no solo para proteger determinadas especies de plantas, sino sobre todo para posibilitar que el ganado y los jabalíes, los zorros y los chacales, y también los erizos y los conejos, pasaran de forma segura, especialmente por las noches, por encima de la ruidosa carretera. Ese es uno de los tres túneles en cuyo diseño participó Luria, y habría que recordarle a Dina, que por alguna razón alardeó de ellos, que su finalidad en origen fue ética, pero también limitada.

Conduce su carro con confianza por el inmenso supermercado, pero como camina siguiendo la lista que lleva en la mano y no según el orden de las estanterías, para no verse tentado a llenar el carro de productos innecesarios tiene que recorrer un pasillo tras otro y volver muchas veces sobre sus pasos, y según van pasando los minutos hay clientes, y sobre todo clientas, a los que su cara ya les resulta familiar y lo tratan como a un empleado al que se le puede pedir orientación e incluso un buen consejo. Las frutas y verduras le parecen frescas, así que decide dejar lo de ir al mercado y añade algunas al pedido general. Rodea los montones de verduras y de frutas varias veces, las examina meticulosamente y carga el carro con generosidad. En el mostrador de la carne cree haberse expresado con claridad y precisión, pero en la cola para pagar se da cuenta a tiempo de que en vez de muslos de pollo ha elegido muslos de pato y, antes de que el pitido de la caja se los sume a la cuenta, coge el paquete y lo mete entre las chucherías destinadas a hacer callar a los niños que pierden la paciencia en la cola de la caja.

La dirección está escrita con claridad y, como el pedido va a salir dentro de una hora, se pueden incluir también los productos que necesitan refrigeración. Así pues, Luria sale ligero y libre del supermercado, llevando solo una caja de polos, ya que según las normas el supermercado no se hace responsable de su conservación. De nuevo está caminando por el hermoso parque, y los arriates de flores que adornan las parcelas de césped le recuerdan que debe llevarle a su mujer las anémonas que le alegrarán el alma, aunque, en su opinión, aún no se les ha sacado todo el provecho a las que hay en casa. Le encanta el mercado, pero desgraciadamente los polos no van a aguantar tanto, así que antes que tener que tirarlos, chupa uno y luego otro, y hasta les ofrece a los transeúntes, pero no a los niños ni a las niñas, ni siquiera a los adultos que puedan dudar de sus intenciones, solo a una filipina de gesto serio y a un sudanés alto, y también a un anciano y a una anciana que están ahí plantados, absortos e inmóviles. Por fin llega al puesto de las flores con las manos vacías y ligeras, pero lamentablemente las anémonas que le ofrece la veterana florista, que le llama por su nombre y apellido, le parecen mustias y extrañas, así que pese a las protestas de la vendedora se niega a comprarlas y, para no volver del mercado con las manos vacías, se dirige a los puestos de frutas y verduras.

El pedido se le ha adelantado y está bloqueando la entrada al piso, de modo que tiene que saltar con cuidado para no pisar los productos, que enseguida van entrando uno tras otro en la casa y buscando su sitio. A Luria le gusta ordenar y lo hace con la esperanza de que esa tarea le fortalezca el cerebro tanto o más que el empeño en recordar los nombres propios de las personas que pasan. Y de pronto descubre estupefacto que, involuntariamente, ha comprado tal cantidad de tomates, en el supermercado y en el mercado, que la casa va a tardar muchos días en poder digerirlos.

¿Debe apresurarse a tirar a la basura parte de los tomates, para que la vergüenza por semejante despiste no sea tan grande? Es una posibilidad, pero dolorosa, porque los tomates son de categoría, de una gran calidad y de un aspecto excelente. Tiene que encontrar una solución creativa y osada, así que llama a su hermana, una conocida filóloga, para que lo aconseje.

–¿Cómo se os han acumulado de repente tantos tomates?

–No a nosotros –puntualiza Luria–, solo a mí. He estado en el supermercado y he comprado tomates y, desde allí, he ido al mercado a comprarle anémonas a Dina, pero me ha parecido que estaban mustias; por otra parte, los tomates eran muy hermosos.

Silencio. Su hermana ya había notado durante el último año la pérdida de memoria de su hermano, dos años mayor que ella, pero había evitado hacer alguna alusión que le resultara dolorosa a él y también a ella misma. Al final le pregunta:

–¿Cuántos tomates has comprado?

–En el mercado dos o tres kilos.

–¿Tantos? ¿Para qué?

–Bueno, he pensado…

–¿Qué has pensado?

Ahora en la voz de su hermana no hay pena, sino cierto tono de reprimenda.

–Al parecer no he pensado exactamente –reconoce–, tal vez porque las anémonas que me ofrecían estaban mustias, y los tomates eran tan hermosos que me he olvidado de que ya había comprado en el supermercado. He debido de pensar que eso fue hace una semana.

–¿Y cuántos has comprado en el supermercado?

–Algo por el estilo, dos o tres kilos. Pero ¿por qué te pones así? Puedo tirarlo todo, ¿cuánto ha costado? Unos céntimos… Si se te ocurre algo, dímelo. Si no, no es ninguna tragedia.

–Espera, no los tires… Veamos qué podrías hacer…

–Eso es lo que quiero. En vez de interrogarme, dame ideas. Una sopa o una salsa, por ejemplo.

–De todas formas, Zvi, ¿no quieres comprender lo que se te ha pasado exactamente por la cabeza?

¿Por qué ocultarle la verdad, cuando ella misma comparte todos sus males con ellos con tediosa sinceridad?

–La cosa es… No hay mucho que explicar. En mi cerebro ha aparecido un pequeño agujero, una especie de agujero negro que últimamente absorbe los nombres propios de la gente, quiero decir de conocidos sin importancia. Y cuando se los traga, al parecer queda un espacio libre.

–¿Libre para qué?

–Digamos que incluso para estos tomates.

–¿Qué tonterías estás diciendo?

–No, es en serio, completamente en serio, es que aún no he tenido ocasión de contarte que ayer por la tarde fuimos a un especialista, a un neurólogo, un tal doctor Leufer, un hombre serio que examinó la imagen de mi corteza cerebral, y resulta que, escucha bien, prepárate, porque pronto tu hermano se desvanecerá, desaparecerá, ja, ja, no físicamente sino mentalmente… No recordará que tiene una hermana… Ya te explicará Dina exactamente cómo ocurrirá. Pero de momento dame alguna idea gastronómica antes de tirar los tomates.

–Espera… –dice, gritando de pronto–, deja en paz los tomates, antes dime lo que piensa el médico exactamente.

–Lo que piensa el medico exactamente te lo explicará Dina. Yo, por supuesto, exagero solo para meter miedo y también para divertirme. Pero no te preocupes, no es contagioso, la verdad es que el neurólogo ese probó también por el lado de la genética. Preguntó si tenemos algo así en la familia, pero por mucho que intentamos encontrar débiles mentales en nuestra familia, no lo conseguimos, porque a ti, ja, ja, no quisimos delatarte… De verdad, en serio, tú también sabes que en general somos una familia lúcida. El mismo día de su muerte, mamá estuvo discutiendo conmigo acaloradamente por la mañana, e insistiendo en que aquí jamás habrá paz, y por la tarde se fue y nos dejó con las guerras.

–Muy propio de ella.

–Así que, personalmente, tú no tienes de qué preocuparte. De momento. Y las próximas generaciones, tus descendientes y los míos, si hubiese necesidad de ello, que se esfuercen por inventar nuevos medicamentos. Además, la genética es algo cuestionable. Únicamente porque el neurólogo insistió en encontrar a alguien de la familia que le proporcionase un hilo del que tirar, me acordé de esa pariente de mamá, esa que llegó después de la guerra de los Seis Días. ¿Cómo se llamaba? ¿Mimi?

–Fibi. ¿Por qué alteras los nombres?

–Sí, Fibi, la que después de un año en Israel cayó en una depresión y se trasladó a aquella residencia, en Kfar Saba…

–Mishan.

–Exacto. Y una vez al mes o cada dos meses, por turnos, tú o yo llevábamos a mamá a visitarla. Pero nunca entendí cuál era exactamente el parentesco.

–Era una prima segunda o tercera de la que mamá, a pesar de todo, se sentía responsable.

–Si era solo prima segunda o tercera, el peligro no es muy grande, yo solo tengo un vago recuerdo de ella, porque normalmente prefería esperar fuera durante las visitas. ¿Y cuándo falleció? ¿Antes o después que mamá?

–¿Quién te ha dicho que ha fallecido?

–Un momento, si mamá falleció hace más de quince años, ¿por qué precisamente ella iba a resistir? ¿Y por qué nos estamos refiriendo a ella? Solo porque el neurólogo insistió en la genética, encontré para él ese fino hilo del que tirar. Pero no te preocupes, hermana, aún me queda bastante tiempo para andar lúcido por el mundo, no te librarás de mí fácilmente. Y olvídate de la historia de los tomates. Ya me ocuparé yo de ellos.

–Espera, no te apresures a tirarlos. Y conmigo no te avergüences para nada por tu despiste. Dame un minuto para ojear un libro de cocina y tal vez te encuentre alguna idea sencilla.

Pasa mucho tiempo hasta que su hermana vuelve al teléfono y le dicta una compleja receta de tomates asados al horno que Luria sabe al instante que le supera. Mientras él intenta zanjar la conversación, sin embargo, su hermana lanza una repentina noticia: la pariente lejana que cayó en la demencia al emigrar a Israel y cuyo nombre efectivamente es Mimi y no Fibi, aún resiste, y está en la misma residencia. Ya tiene noventa y cinco años, está sola y tranquila. Y quien quiera puede visitarla sin temor, pues a fin de cuentas no reconoce a nadie.

–Si es importante para ti, hermano, para planificar tu futuro –se burla su hermana–, podrías acercarte a verla.

–¿Para qué? –pregunta Luria angustiado.

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