El túnel

Abraham B. Yehoshúa · Capítulo 48 de 70

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El túnel

La vía de la curación

 

Atardecer. A la salida del hospital, padres e hijos palestinos, cubiertos con abrigos y bufandas, aguardan a los voluntarios de La Vía de la Curación para que los lleven de vuelta a los controles fronterizos. Luria los saluda con afecto, para mostrarles que sabe de dónde proceden y adónde regresan, pero no se entretiene, se va rápidamente a ver a su mujer. «La doctora Luria se ha quedado dormida antes de la cena −informa una joven enfermera−, pero la fiebre sigue bajando, y también la hemos liberado definitivamente de la máscara de oxígeno. Sin embargo el aislamiento sigue siendo indispensable, hasta que estemos seguros de que la bacteria ya no está activa». Antes de que le pongan la mascarilla y la bata para poder acompañar a su mujer, pregunta si habría alguna cama libre para él, o incluso algún colchón, para poder pasar la noche junto a ella. «¿Cómo se le ocurre? Los niños enfermos no están tranquilos por las noches, y los padres deambulan por las habitaciones. Si se queda aquí por la noche, no podrá descansar». «¿Y por qué cree que quiero descansar? −dice Luria−. Estoy jubilado, el descanso ya está en mi interior. Con que la pasada noche no estuviese a su lado ya es bastante, ahora que está consciente y sin oxígeno intentaré entretenerla».

En la habitación reina una oscuridad tan densa que, en un primer momento, al marido le cuesta encontrar la cara de su mujer. Los alegres globos que cuelgan del techo están completamente inmóviles y los coloridos cuadros de las paredes se han convertido en manchas. Luria camina con cuidado y se sienta en silencio junto al gotero, pero la oscuridad le impide ver a qué ritmo cae. Sobre la mesilla está la cena sin tocar. Luria aguarda en vano a que su mujer note su presencia. Es un sueño profundo, abismal, que no recuerda haber visto en el pasado. ¿Será un indicio de agravamiento o un síntoma de recuperación? Pero no se entromete. Tal vez la doctora siente un placer especial durmiendo tan profundamente en su lugar de trabajo. Se palpa con cuidado la tirita que lleva pegada encima del tatuaje. El tatuador no ha fijado un plazo para quitarla y dejar al descubierto el código. Y la verdad, ¿qué prisa hay? Esperaremos un día o dos más, y ojalá el hijo le haya dictado al tatuador los números en el orden correcto. Una persona viva portadora de un código incorrecto en una persona estropeada.

–¿Dónde te has metido? Has desaparecido –susurra una voz débil entre las sábanas y la almohada.

–Buenos días, ¿cómo que he desaparecido?

–Porque has desaparecido.

–No he desaparecido. He ido con Yoav, tal y como quedamos, a comprar dos móviles para meter en ambos todo lo que había en el móvil perdido, y también me ha convencido para añadir nombres nuevos y aplicaciones que me permitirán saber más sobre mí mismo.

–¿Y eso te ha llevado tantísimo tiempo?

–Resulta que, además, le he pedido que me acompañase al sitio ese de Jaffa donde me han hecho el tatuaje del código de arranque del coche, tal y como acordamos.

–¿Que yo consentí que vayas por ahí con un número en el brazo?

–Por supuesto. Porque también tú te diste cuenta de que no quedaba más remedio que tatuarme en el brazo las cuatro cifras, para que no siguiese confundiéndome una y otra vez.

–Es increíble, Zvi. Has aprovechado que estaba enferma para hacerte un tatuaje.

–¿Qué significa que he aprovechado? Precisamente ahora que estás ingresada y sin fuerzas, yo debo ser doblemente preciso y eficaz.

–Y cuando cambiemos de coche, ¿qué harás? ¿Tatuarte un código nuevo?

–No es necesario, se puede arreglar para que el coche nuevo tenga el mismo código.

–¿El mismo código? ¿Es posible? Eres realmente sorprendente.

–¡Menuda novedad! –se ríe con ganas–. Te diste cuenta de eso hace ya cuarenta y ocho años.

–No tanto. Porque tu demencia ha generado en ti una especie de nueva agudeza, tal vez para ayudarte a manejarte.

–Exacto. Manejarme. Porque no me queda más remedio.

–Lo fundamental es que siempre estés localizable, y que no desaparezcas de repente. Aunque el tatuaje te dé más seguridad a la hora de conducir, prométeme que jamás, pero jamás, osarás bajar al desierto con ese coche, que por cierto también es mío.

–¿Al desierto en nuestro coche? ¿Por qué? Además, ¿qué soy yo en todo ese proyecto de Maymoni? Un simple ayudante sin sueldo. Por iniciativa tuya, por cierto.

–Aun así te lo advierto.

–No es necesario, lo he entendido.

–Que ni se te pase por la imaginación esa posibilidad.

–¿Por la imaginación? –se ríe–. ¿Ahora me controlas hasta la imaginación?

–Es precisamente la imaginación lo que puede escaparse a tu control.

–Dina, basta. Estás enferma. Lo he entendido. Deja de dar la matraca.

Entonces se levanta, descorre la cortina opaca y ahí está otra vez, entre las nubes nocturnas, la misma luna que lo acompaña últimamente, aunque esta noche está aún más curvada y pálida. Coge la bandeja y observa la cena que su mujer ha dejado sin tocar. Una tortilla y queso fresco, dos rebanadas de pan y una especie de papilla grisácea que, al parecer, está pensada especialmente para los niños.

–¿Quieres que vaya a calentar la cena? ¿O que intente cambiarla por algo más humano?

–No, ahora no tengo fuerzas para comer. Esperaremos un poco. Y la papilla te la puedes comer tú.

–Pero tienes que comer algo. No puedes estar sin comer nada. Levanta la cabeza y yo te ayudo.

–No tengo fuerzas para levantar la cabeza.

–Pues no la levantes, solo abre la boca. Al menos cómete la tortilla. ¿Y si voy a calentarla?

–No calientes nada.

Deja la bandeja sobre la cama, trocea la tortilla y el pan en cuadraditos, extiende sobre ellos un poco de queso fresco y los va poniendo con mucho cuidado en la boca abierta de par en par como las fauces de un pajarillo y no las de un zorro.

–¿Lo ves? –dice Luria, mientras ella se va tragando el pan y la tortilla–. Tenías hambre y no lo sabías, así que hay que probar también unas cucharadas de papilla.

Pero ella no responde, tan solo examina con mirada irónica a su marido, cuyos ojos resplandecen por encima de la mascarilla.

–Lo que veo –dice– es que ese túnel te está fortaleciendo.

Luria no responde. Le acaricia la mano con delicadeza, se inclina y la besa, luego acerca el gotero a la cama y coloca las cosas en la bandeja. Y antes de salir a buscarse algo de comer y solucionar el tema de la cama, o al menos un colchón donde pasar la noche, comprueba si ella ha oído hablar de la organización de voluntarios israelíes, llamada La Vía de Curación, que traslada a enfermos palestinos a hospitales de Israel. Y resulta que la doctora conoce esa organización, porque a veces traen niños también a su unidad de pediatría. Pero la organización se dedica fundamentalmente a enfermos graves, que son enviados directamente a las unidades de oncología o de urología.

–¿Y hay una unidad especial de trasplantes?

–¿Por qué lo preguntas?

–Por nada. Por saberlo.

–Los trasplantes, en caso necesario y si es posible, los realiza la unidad de trasplantes de órganos.

–Y tú que no operas, ¿has visto alguna vez un trasplante, digamos, de corazón?

–No. ¿Por qué lo preguntas?

–Por nada. Por saberlo.

Él estira bien de la manta, remete las sábanas, corre un poco la cortina para atenuar la luz de la luna que se escapa de las nubes y se va a la sala de enfermeras. Deja la bandeja en el carro y le dice a la enfermera:

–He conseguido que se lo coma todo menos esta extraña papilla. –Solo entonces se quita la mascarilla, los guantes y la bata y añade–: En cuanto a mí, no intente buscarme otra comida de hospital como esta, ya bajaré yo a buscar algo más humano en alguna de las cafeterías. Pero le ruego que me consiga al menos un colchón y una almohada, porque no estoy tranquilo y quiero permanecer a su lado también por la noche.

Se dirige hacia la cafetería de la planta baja. A esas horas de la tarde los clientes escasean, y ya están limpiando las mesas y poniendo las sillas al revés encima, pero aún no es tarde para prepararle un bocadillo de tortilla y llenarle una gran taza con leche hirviendo. Sacia su apetito con gran placer y, de vez en cuando, acaricia suavemente la tirita que lleva pegada al brazo, para que siga protegiendo su código.

Un camarero retira su bandeja e informa de que es hora de cerrar. Se levanta y se da cuenta de que, con el jaleo de la comida, no se ha percatado de que la cafetería se ha quedado vacía, a excepción de un joven delgado y sombrío que está sentado en un rincón alejado y que protesta cuando echan a Luria.

–¿Qué es esto? –grita desde lejos–. Según el reloj aún tenemos derecho a un cuarto de hora más.

–Hoy no hay derechos que valgan –le suelta la cajera.

–¿Por qué precisamente hoy? –insiste el joven.

–Porque hoy es hoy, y cerramos ya.

Y el joven, que parece pertenecer a alguna minoría, coge la taza del expreso, se traga la última gota y, a paso manifiestamente lento, aguarda a que Luria salga delante, para ser el último y mostrarle a Luria las horas de apertura y cierre que están indicadas en la puerta que ya se han apresurado a cerrar.

Un médico con una bata verde donde pone «quirófano» llega y zarandea la puerta cerrada.

–Son así –le dice el joven–, hoy les ha venido en gana cerrar antes de tiempo. Mire, aquí están las horas de apertura y de cierre.

Y el cirujano vuelve a zarandear la puerta, pero desde la cafetería le indican que no le va a servir de nada.

–No le servirá de nada –le dice el joven–, ni siquiera a usted le abrirán.

Y, sin que nadie se lo pida, le explica al frustrado médico dónde hay máquinas expendedoras de bebidas y comida diseminadas por el hospital, y también sabe lo que contienen y lo que no. Pero el médico no confía en las explicaciones de un joven extranjero y de cara pálida y, con un gesto de desdén hace ver que se le han quitado las ganas del café y el bollo, y se marcha.

–Son unos cerdos –le dice el joven a Luria, que por algún motivo permanece junto a la puerta cerrada–. Han podido comprobar por la ropa que lleva que no es un simple médico, que es un cirujano que necesita un café.

–A lo mejor hoy tienen alguna razón especial –dice Luria, intentando justificar a los empleados de la cafetería. Observa al joven con afecto y añade–: Pero, por lo que veo, tú conoces todos los rincones de este hospital.

–Sí, aquí soy casi como de la familia porque no hace mucho tiempo estuve ingresado aquí, pero sobre todo porque mi primo ha tenido últimamente complicaciones con un riñón.

–¿En qué unidad está?

–Urología.

–¿Y tú, dónde estuviste?

–En la misma.

–¿Qué tenías?

–Yo no tenía nada, estuve aquí solo porque le doné a mi primo un riñón, que al principio aceptó bien, pero después no supo cómo cuidarlo y empezó a tener complicaciones con él.

–¿Dónde se lo donaste? –dice Luria, fascinado–. ¿En la unidad de trasplantes?

–No existe esa unidad.

–Pero he oído, y de hecho lo sé, que sí existe, y que allí trasplantan también otras cosas más serias que un riñón. Hasta un corazón.

–¿Un corazón? –se burla el joven–. ¿Qué dice? Eso no puede ser. ¿Quién iba a darle su corazón ni siquiera a su primo?

–El que lo da ya está muerto, y yo te digo que en este país, si es necesario y no hay otra opción, también trasplantan corazones. Puede que no aquí, pero sí en algún otro hospital.

–Eso no puede ser. Señor, está equivocado. Si alguien le ha dicho que pueden cambiarle el corazón, no le haga caso.

–Yo no necesito ningún corazón nuevo –se enfurece Luria–, yo tampoco estoy enfermo, estoy aquí solo porque mi mujer está ingresada, aunque ella misma es médica.

–Vale, no se enfade. No he dicho nada. Solo que en Israel no hay ningún corazón para sustituir.

–Pero ¿tú de dónde eres?

–De Zababdeh.

–¿Dónde está eso?

–Al lado de Qabatiya. ¿Ha oído hablar de Qabatiya?

–Sí, sé dónde está. Yo era ingeniero de caminos. ¿Y tu primo también es de allí?

–No, ¿por qué? Él es israelí de Galilea, de Tur`an. Pero en el cuarenta y ocho zanjaron la situación entre nosotros y nos partieron.

–¿Y le has donado un riñón solo porque es primo?

–También. Pero también porque nos pagaron bien. Pero ahora ha tenido complicaciones con él, no ha sabido cuidarlo, y yo no tengo otro riñón para darle. Yo no soy su proveedor de riñones.

–Proveedor de riñones –se ríe Luria–. Es genial.

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