El túnel

Abraham B. Yehoshúa · Capítulo 29 de 70

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El túnel

Dos soles

 

Cuando Maale Haatzmaut se va olvidando y el coche inicia una agradable carrera, Luria se quita los zapatos, se desabrocha el cinturón de seguridad y se acomoda en el asiento.

–Si quieres taparte –dice Maymoni, que está pendiente de su ayudante sin sueldo–, solo grita y te doy una manta.

La joven, que va de copiloto, vuelve la cabeza hacia atrás y le lanza al anciano una sonrisa jovial, generosa. El hoyuelo de su hermoso rostro vuelve a recordarle a Luria la chispa de su amor hacia su mujer.

–Aún no es momento de mantas –dice–, antes hay que comprobar si la pastilla de Shibolet logra hacer efecto.

–Pero ¿qué le has dicho para que de pronto pareciese tan enfadado? – quiere saber Maymoni.

–Algo sobre la muerte –dice Luria, haciéndose el inocente.

–¿La muerte de quién?

Pero ahora Luria es precavido.

–La muerte de nadie, la muerte en general, la muerte como idea.

Ya son las cuatro y cuarto, y no se sabe si Maymoni tiene intención de parar por el camino para recuperar fuerzas, o si el agradable viaje le hace olvidar el cansancio. Mientras tanto, por las lunas polvorientas del coche se ve que el invierno se aferra con fuerza al mundo. De vez en cuando se levantan remolinos de arena y el tono grisáceo que rodea Midreshet Sde Boker aumenta aún más su soledad. Ahí está de nuevo el letrero que invita a visitar la tumba de Ben Gurión. «Menos mal que ya los hemos visitado, a él y a su mujer, –piensa el jubilado–, porque la pastilla que me he tomado está diluyendo el dolor y convirtiéndolo en una especie de dulce mareo. ¿Es posible que ese tal Shibolet pretendiera drogarme? En vez de enredarme en la supuesta muerte de su mujer, tendría que haber hablado con él de la indiscutible muerte de Ben Gurión. De todas formas, en su furiosa reacción parecía brillar también un rayo de esperanza. ¿A partir de ahora tendré que temerle, igual que Maymoni? ¿Pero quién ha dicho que nos volveremos a ver?».

El viejo motor de ocho cilindros, que traga gasolina con ganas, produce un envolvente murmullo que hace que al pasajero del asiento de atrás le entre un suave sopor. Pero cuando el coche se detiene y se calla, también el sopor se interrumpe y, mientras el coche reposta, un joven beduino que está limpiando su ventanilla con una bayeta mojada le sonríe. «Chico, ¿sabes también comprobar el aire?», le pregunta Maymoni. «Claro, no hay problema, solo tiene que decirme cuánto las infla». «Ahora veremos», dice Maymoni, y conduce el coche hacia la bomba de aire situada en un lateral de la gasolinera. Lo que ocurre es que el viejo coche americano, que desde hace tiempo ya no está en el mercado, no aparece en la tabla de presión de neumáticos, así que Maymoni discute un poco con el beduino sobre la presión recomendable delante y detrás y, cuando este le da la cuenta, le entrega una buena propina y le sugiere a Luria que reponga fuerzas en la pequeña tienda de la gasolinera.

Pero el viento que esparce algunas gotas de lluvia polvorientas disuade al jubilado.

–Me basta con que me traigáis un capuchino grande –dice, y por la ventanilla, que vuelve a estar sucia, sigue con la vista al hombre que rodea con el brazo los hombros de la joven y, juntos, como padre e hija, o como una pareja que está iniciando su relación, echan a correr.

Es cierto, Luria siempre ha sido estricto guardando las distancias con el mundo privado de sus subordinados, y mucho más de aquellos que estaban por encima de él. Pero ahora se pregunta si las distancias que eran de utilidad en el pasado siguen teniendo sus ventajas también en el presente, en su estado de confusión. Porque si, tal y como le aconsejó el neurólogo, obliga a la mente a luchar con la oscuridad que repta por su cerebro, tal vez hurgar en la vida oculta de los demás lo ayude a agudizarla. Mientras alza la vista buscando el sol, que de pronto ha desaparecido, Ayalá sale de la tienda con una taza humeante entre las manos. El joven beduino, que se está afanando en sacar la rueda de repuesto del maletero, se queda petrificado y mira como hipnotizado a la joven, que ya tiene abierta la puerta trasera del coche. El jubilado coge con cuidado el espumoso café a punto de rebosar y, como pago por las molestias, le entrega a la joven la onza de chocolate que acompaña a la taza. Las pocas gotas de lluvia que la han alcanzado por el camino han añadido una frescura aromática a su tierna femineidad y, por eso, hasta que el conductor regrese, la invita a sentarse a su lado. Al principio está desconcertada, dubitativa, pero cuando Luria muestra deseos de saber cuál es su verdadero nombre, ella accede.

–Hanadi –le revela su nombre en voz baja.

–¿Hanadi? –Luria repite despacio ese nombre tan cautivador–. ¿Y qué significa?

–Es el nombre de una flor –responde ella.

–¿Qué flor?

–Una flor violeta.

–Por cierto, tu hebreo… –empieza a decir Luria.

Sí, sí, ella ya sabe que habla hebreo sin ningún acento extranjero, para conseguirlo ha estado durante varios años en un colegio israelí.

–¿Junto con tu hermano?

–No, a él lo metió Shibolet en otros colegios, para que no hablásemos árabe entre nosotros.

–Pero ¿por qué no?

–¿Que por qué no? –salta ella, mientras se le enciende el rostro–. ¿Que por qué no? Esa es justo la historia que Maymoni ha interrumpido. Porque nosotros, señor, no tenemos documentos de identidad, ni unos ni otros, ni estos ni aquellos.

Y mientras Luria intenta adivinar cuáles son los cuatro países que se niegan a darles documentos de identidad, Maymoni, cargado con bolsas de la compra, golpea la ventanilla. Ella se traga la onza de chocolate rápidamente, sale disparada y regresa al asiento del copiloto, y Maymoni deja las bolsas a los pies de la joven y se pregunta por qué en la tienda de una gasolinera perdida en el desierto tienen esos precios tan escandalosos.

–Porque no tienen muchos clientes –explica Hanadi, pero Maymoni opina lo contrario, que precisamente porque no hay muchos clientes los precios deberían ser bajos.

–Pero, entonces, ¿por qué has comprado tantas cosas? –le pregunta ella para chincharlo. ¿Por qué? Porque cuando vuelve tarde a casa siempre tiene que llevarles algo a sus mellizos, un chico y una chica, y evidentemente tiene que llevarles a los dos exactamente lo mismo, junto con algo más que sea especial para cada uno.

–¿Así que todo eso es solo para tus hijos? –murmura ella.

–No, también hay algo para el señor Luria.

–¿Y para mí? –dice en tono mimoso.

–Casi todo, lo fundamental –anuncia con solemnidad–, para que tengas algo que comer esta noche en la nueva habitación.

Se dirige al ayudante sin sueldo y le pide permiso para dejar la autopista, a fin de llevar a la señorita directamente a su facultad, solo serán unos treinta minutos más.

–¿O tu mujer estará ya impaciente esperándote? –pregunta.

–Ella siempre me espera a mí, y yo siempre la espero a ella. –Luria describe así el tipo de relación que tienen–. Pero esta vez, como me ha puesto en tus manos sin sueldo y sin derechos sociales, no es a mí a quien espera, sino a ti, a que me devuelvas sano y salvo. Ella tiene mucha paciencia, pero de todas formas conviene decirle cuándo llegaremos.

–Dentro de una hora y cuarto –se ríe Maymoni mientras acelera.

Tras pasar el desvío de Beer Sheva acelera aún más y, como conoce a la perfección las carreteras del sur, ya que ha participado en el diseño de algunas de ellas, toma sin problemas la salida correcta para continuar hacia la Universidad Sapir, ubicada muy cerca de la ciudad de Sderot.

–¿Qué estudias ahí? –pregunta Luria.

–Estudiará cine y, por el momento, está haciendo prácticas de fotografía –responde Maymoni en su lugar–. Shibolet le compró una cámara muy sofisticada, y practica también con fotografías de la fauna y la flora del desierto.

–Y también con fotografías del sol –dice la joven–, porque, a veces, en el cráter de Mitzpe Ramon salen dos soles separados.

–¿Dos soles? ¿Cómo es posible?

–Sí, claro que es posible –dice, mientras saca de su mochila una fotografía en color bastante grande donde aparecen dos soles en el extremo de una pared del cráter, iguales en tamaño e intensidad, pero separados el uno del otro.

–¿Y no es simplemente un truco de tu sofisticada cámara? –se sonríe Luria.

–No, el truco está en el propio mundo.

Luria inclina la cabeza con afecto.

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