El túnel
Pero ¿qué ha dicho exactamente el médico?
Pero ¿qué ha dicho
exactamente el médico?
Solo cuando el neurólogo se ha marchado a su casa, sienten que una cortina de lluvia fina, pero cargada de electricidad, está pasando por encima de ellos, así que él le sugiere a su mujer que aguarde en la parada de autobús mientras trae el coche. Pero ella se niega.
–No me digas –sonríe con resentimiento– que de repente temes que no encuentre el coche.
–Ni lo he dicho ni lo pienso, pero ahora no quiero esperar sola en ningún sitio.
–¿Y la lluvia? Ayer mismo estuviste en la peluquería.
–Si me das el sobre grande, me protegeré con él la cabeza.
–¿Quieres que lo que me queda de cerebro se borre con la lluvia?
–Tonterías –se ríe su mujer–, la lluvia no te borrará nada. Démonos prisa.
Y con desesperado entusiasmo se agarra de su brazo y sigue adelante.
–¿A qué ha venido eso de hablarle de los túneles de la autopista 6? ¿Por qué de esos precisamente?
–Porque cuando has dicho que ya no trabajas y que solo das vueltas por el mercado, me ha dado la impresión de que iba a empezar a menospreciarte. Quería defender tu dignidad.
–¿Menospreciarme? ¿Por qué? Y, aunque así fuese, ¿por qué precisamente los túneles? Eso no es lo más importante que he hecho.
–Porque recuerdo que hablabas mucho de ellos.
–¿De los túneles de la autopista 6?
–Sí.
–Pues ya que has hablado de túneles, ¿por qué has dicho dos y no tres? Precisamente el túnel meridional, el que conecta con la autopista 1 hacia Jerusalén, fue más complicado.
–¿Eran tres? No me acordaba, la próxima vez diré tres.
–La próxima vez no dirás nada –la reprende su marido–. Esos túneles no son importantes para mí. No necesito el respeto de nadie. Aquí es, en esta callejuela es donde hemos aparcado.
–Te equivocas, el coche está en la siguiente calle.
–No, es aquí. Estás confundida.
Y, en efecto, al final de la calle, el coche parpadea a su dueño con lealtad.
Arroja el sobre mojado al asiento trasero y se apresura a arrancar para que salga aire caliente. Y mientras se está abrochando el cinturón, lo atrapa la desesperación: ¿Desde este momento estará a merced de su mujer, y ella sometida a sus engañosos delirios?
–De todas formas, gracias por no contarle al médico lo que pasó en la guardería.
–¿Gracias por qué?
–Porque tal vez habría recomendado ingresarme.
–Estás de broma.
–¿Por qué? ¿Es que un abuelo que va a la guardería a recoger a su nieto y, sin darse cuenta, se lleva a otro niño no merece que lo ingresen?
–No, porque no todo fue por tu culpa. También ese pequeño, ¿cómo se llama?
–Nevó…
–Sí, ese tal Nevó, como reconoció la maestra, ya había intentado antes pegarse a otro abuelo. A lo mejor se avergüenza de la filipina que va a recogerlo, o le tiene miedo.
Pero, en la oscuridad del coche, Luria está decidido a inculparse.
–La cuestión no es si lo intentó o no. La cuestión es cómo no me di cuenta de que había cambiado a mi nieto por un niño extraño. Porque si la filipina no hubiese echado a correr dando gritos para arrebatármelo, yo habría sido capaz de subirlo a casa y hasta de darle de cenar.
–En absoluto, te hubieses percatado antes. Y además, ese niño, así lo reconoció también Abigail, realmente se parece un poco a nuestro Noam, que estaba dormido en el cajón de arena cuando llegaste a la guardería. Por favor, Zvi, no montes ahora un drama, estabas un poco despistado, nada más.
–¿Nada más?
–Nada más. Créeme. Y, como te ha advertido el médico, no empieces ahora a atemorizarte y a huir de la vida por miedo a hacer tonterías. Yo respondo por ti porque confío en ti.
Y de pronto se estremece.
Con el rugido del coche, que aún aguarda sus órdenes, Luria se desabrocha el cinturón de seguridad para poder unir con un abrazo ancestral la desesperación de su mujer y su propia decadencia.
Ya en casa, consciente de que a ojos de su mujer es un sombrío diagnóstico, se pone a preparar la cena para que ella pueda relajarse un poco bajo el chorro caliente de la ducha. Como viene haciendo últimamente, utiliza los fogones en vez del microondas o el horno, y el murmullo azulado de las llamas lo reconforta un poco, de modo que deja que sigan ardiendo después de terminar de freír. Y mientras matan el hambre del largo día de médicos con un revuelto de huevos, mantequilla y patatas asadas, un plato que a Luria nunca le falla, se despierta el móvil, que ha sido devuelto demasiado pronto a la vida, y la hija, Abigail, exige saber si ha aparecido algo real en el escáner cerebral de su padre. Luria tiene claro que no podrá recuperar por sí mismo la confianza que perdió en la guardería, así que le pasa el teléfono a la nueva colega del neurólogo, para que sea ella, en calidad de médica, la que informe de que la atrofia descubierta aún es leve y que, por tanto, no hay ningún motivo de momento para no devolverle al abuelo su turno del martes.
Pero con la preocupación del hijo mayor, Yoav, que llega rápidamente desde el norte, tiene ganas de enfrentarse él mismo, y se engaña pensando que hasta podrá bromear con los primeros síntomas de la demencia.
–No es tan terrible –dice con aparente ligereza–, aún te reconozco, hijo, pero quién sabe si esto continuará así mucho tiempo, así que, si quieres algo de mí, conviene que te des prisa.
Pero la jovialidad, que está bien para días normales, se desmorona ante el resultado de un escáner cerebral. Durante el último año, por respeto a su padre y también a sí mismo, el hijo ha intentado obviar los síntomas de despiste y demás rarezas que han percibido los ojos críticos de Osnat, su mujer, pero ahora la negación se convierte en pánico y, en vez de reconfortar a su padre y asegurarle que puede contar con él pase lo que pase, exige hablar con su madre para obtener una respuesta clara y autorizada, porque todo lo dicho hasta ese momento con espíritu burlón no puede ser tenido en consideración, e incluso puede interpretarse como un primer síntoma de demencia.
Luria, que le ha pasado el teléfono a su mujer, se aleja del campo auditivo para ahorrarse los detalles médicos que la pediatra transmite a su hijo con precaución y delicadeza. Y no solo lo hace por miedo a ese algo pequeño que «puede y también tiende» a extenderse, sino también porque le cuesta ser testigo de la pena y el dolor de su hijo, que probablemente comprende que no solo la vida de sus padres se va a desmoronar, sino también la suya. Y desde el norte, desde Galilea, donde es dueño y también esclavo de una próspera empresa de microprocesadores, Yoav vuelve a indagar una y otra vez sobre lo que ha dicho exactamente el médico y, cuando escucha que es posible que la mente sea capaz de frenar o al menos de ralentizar la degeneración del cerebro, se agarra a ese argumento tan poco sólido y le exige a su madre iniciativas concretas para activar la mente de su padre, que en su opinión se ha ido marchitando desde la jubilación.
Y así, en vez de ser elegíaca y reflexiva, la conversación entre madre e hijo acaba siendo crispada y furiosa. Y cuando se da por concluida, su mujer se dirige a él con ira.
–¿Cómo has podido decirle que hemos despedido a la asistenta?
–¿Quién ha dicho que la hemos despedido? He dicho que hemos reducido las horas.
–Pues de repente me ha soltado: no puedes convertir a papá en tu criada.
–¿En tu criada? –se sorprende Luria–. ¿Eso ha dicho? ¿Qué le pasa? Le debe de tener tanto pánico a la demencia que está empezando a buscar culpables por los rincones.
–No, no –dice ella, mientras le hierve la sangre–, no vuelvas a decir demencia. El médico te ha advertido de que no lo digas.
–¿Entonces qué digo?
–Di ofuscación, confusión, despiste… ya encontraremos otras palabras mejores.
Mira con cariño a su mujer. Aún lleva puesto el albornoz y una toalla en la cabeza a modo de turbante y, pese a su edad, parece una bailarina hindú o turca. ¿Podrá soportar su demencia si se la llama con otros nombres?
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