El túnel

Abraham B. Yehoshúa · Capítulo 6 de 70

Páginas del PDF

El túnel

La línea genética

 

Tras la muerte de su madre hace más de quince años, Luria y su hermana dejaron de visitar a esa pariente de tercer grado que, en vez de trasladarse desde el norte de África a Francia, como hubiera sido lo natural, decidió, influida por la madre de Luria, emigrar a Israel y, en vez de alegrarse de estar en la antigua patria entre una mayoría judía, se hundió rápidamente en una fuerte depresión y empezó a encerrarse en sí misma.

La madre de Luria, que se sentía responsable de esa inmigración fallida, se impuso la obligación de visitar cada pocas semanas a la «inmigrante inadaptada» y de intentar animarla un poco hablándole en francés, el idioma materno de la inmigrante. Al principio, Luria acompañaba a su madre hasta dentro y, como no sabía francés, intentaba entablar una conversación trivial en hebreo con algunos ancianos seniles que mostraban interés en él. Pero enseguida se cansó de charlar con personas cuya identidad se había borrado y aún no habían encontrado fuerzas para crearse una identidad nueva, así que prefería esperar a su madre en el vestíbulo, o incluso en el coche, donde escuchaba música selecta interrumpida por titulares de noticias. Al principio, al terminar la visita, aún se interesaba por saber si había alguna mejoría o empeoramiento en el estado de la inmigrante, si se vislumbraba alguna esperanza, y su madre zanjaba el asunto con un gemido tras el cual volvía a repetir su frase favorita: «Si tu hermana o tú percibís que empiezo a perder la cabeza, por favor, echadme veneno en el café». «Pero ¿qué veneno? –la desafiaba Luria–, ¿dulce o amargo? Debes decidirlo, para que podamos prepararlo ya».

Y ahí está de nuevo, de camino a la residencia de ancianos, y esta vez no como acompañante sino con una misión propia: comprobar la realidad y la naturaleza de esa línea genética de la que el neurólogo se empeña en hablar. Como han pasado más de quince años desde la última visita, los caminos han cambiado y se han ensanchado, se han añadido bifurcaciones y desvíos, y las viejas señales han desaparecido, pero Luria no necesita la ayuda de ninguna aplicación de móvil, pues el sentido común, la lógica y su conocimiento de los caminos y las carreteras le dirigen exactamente a su destino.

Y no solo el pavimento de la carretera se ha arreglado, también la vieja residencia Mishan se ha ampliado y se han añadido dos plantas más, y la entrada ha sido recubierta de mármol de buena calidad. También el mobiliario y el equipamiento, que en su día se obtuvo de los almacenes de la Agencia Judía, han sido sustituidos por mobiliario y equipamiento donado por un filántropo que ingresó allí a su mujer.

Aunque Luria aún duda de la afirmación de su hermana de que su pariente lejana sigue con vida, le lleva un pequeño obsequio, como solía hacer su madre: unos dátiles medjoul grandes y hermosos dispuestos en una caja marrón, con la esperanza de que endulcen un poco su demencia. Y si resulta que ya no está en este mundo, al menos disfrutará de ellos el equipo que la estuvo cuidando con gran entrega hasta el día de su muerte. Pero ¿dónde está ese equipo? ¿En qué planta? Esta vez él está seguro del nombre propio, pero no tiene ni idea de cuál es el apellido. Por tanto, va subiendo de planta en planta y dando vueltas, intentando acordarse de alguien que cuidara de ella en el pasado. Y no tiene que molestarse en seguir subiendo más, porque en la tercera planta reconoce a una enfermera guapa y agradable en la que ya se había fijado en el pasado: el tiempo transcurrido desde entonces la ha ascendido de categoría y le ha blanqueado la trenza.

Por supuesto, ella recibe con afecto al sorprendente visitante, y recuerda a su madre e incluso a su hermana, que, a diferencia de él, no temía andar de acá para allá entre los enfermos.

–No me daba miedo –se indigna Luria ante ese reproche tácito–, sencillamente no quería molestar. Y, como no sabía francés, no tenía sentido que estuviese presente en las visitas de mi madre.

–Incluso sin francés podría haberse quedado.

–Lleva toda la razón –reconoce el visitante–, por cierto, ¿cuál es su apellido?

Y entonces se entera de que a finales de los años sesenta ocurrió algo extraño: en vez de que el apellido, como es habitual, precediese al nombre propio, el nombre propio absorbió el apellido y no quedó rastro de él.

–Mimi, es todo lo que sabemos –confiesa la enfermera, que se ha convertido en la enfermera jefe de la planta–. No tenemos ninguna explicación de adónde fue a parar el apellido. Cuando su madre la ingresó aquí, fue registrada solo con el nombre propio, y al número del carné de identidad le bastó con ese nombre y se agregó a él con absoluta armonía. Y aquí está, tranquila y estable, solo con el nombre propio. Veo que se ha acordado de traerle dátiles, igual que hacía su madre. Sí, se los comerá con mucho gusto, pero no hay ninguna posibilidad de que lo reconozca gracias a ellos.

–No tengo ninguna necesidad de que me reconozca –se apresura a discrepar Luria–. Simplemente me he acordado de ella últimamente, y estaba seguro de que había muerto hace tiempo, pero mi hermana ha insistido en que aún está viva, y he decidido venir a comprobar por qué insiste tanto mi hermana, y también si sigue estable. Nuestra madre se consideraba una especie de tutora legal de ella.

–No ha empeorado significativamente, pero tampoco ha mejorado – sonríe la enfermera con resplandeciente simpatía. A Luria le sorprende comprobar que las canas que salpican su trenza aportan un aire delicado a su belleza–. Puede acercarse y darle personalmente los dátiles que le ha traído.

–Dátiles medjoul –dice Luria, posando un dedo sobre el nombre impreso en la caja.

Para no tentar al diablo, Luria no revela la verdadera razón de su visita. Solo le faltaba que la fina línea genética resulte ser un cable de acero que, en un futuro próximo, lo convierta también a él en candidato a ser ingresado en ese lugar. Pero está ansioso por verla.

–Le llevaré los dátiles –dice en tono ceremonioso–, y tal vez así se acuerde al menos de mi madre, que jamás la abandonó.

La enfermera jefe lo conduce a una habitación no muy grande, pero limpia y luminosa, con dos camas amplias separadas por una mampara. Dos ancianas grandes y redondas toman asiento nada más entrar él, y Luria duda de cuál de las dos es la que tiene su línea genética. Una de ella lleva un delantal rojo, y a su lado hay una especie de flauta extraña, larga y negruzca, abierta por ambos extremos. A él le parece que la del delantal rojo lo reconoce vagamente, tal vez por el parecido con su madre, o por la caja de medjoul que lleva en la mano.

–Tenga, por favor, cójalos –dice Luria, ofreciéndole los dátiles con cariño y compasión.

Ella acepta el obsequio con agrado, pero parece que no sabe que tiene que abrir la caja, así que la enfermera la coge y deja al descubierto las filas de dátiles brillantes, que despiertan en todos el deseo de probarlos. Por eso, antes de devolver la caja a la destinataria del obsequio, la enfermera coge tres dátiles: el primero para la compañera de habitación, que sonríe como si se hubiese encontrado con un viejo conocido, el segundo para el visitante, y el tercero se lo come ella misma. Se saca el hueso de la boca y extiende la mano para recoger también los huesos de los otros dos.

–¿Cuántos años tiene? –murmura Luria.

–Noventa y cinco.

–Está estupenda para su edad. Al parecer hay que perder la cabeza para mantenerse así.

En los bellos ojos de la enfermera brilla una ligera ironía.

–No siempre –dice, rechazando con cierto desprecio la precipitada afirmación.

Pero Luria no cede.

–¿Sabe que sigue estando en Israel o piensa que ya está en el otro mundo?

–Es difícil saberlo –sonríe la enfermera–, pero si cree que ya está en el otro mundo, tiene que estar contenta, pues usted le ha traído una prueba de que también en el otro mundo existe una vida agradable.

–Una vida… –se ríe Luria.

–No se burle de todo. Además de los buenos cuidados que le proporcionamos aquí, también disfruta de su música.

–¿Música?

–Sí, un año después de fallecer su madre, apareció por aquí un pariente suyo de Francia para dejar arreglados los asuntos económicos. Y antes de marcharse de nuevo a Francia, le compró esta gran flauta, que se llama kaval. Al principio no le hizo ningún caso, se negó incluso a rozarla con la mano, a pesar de nuestros ruegos. No es un instrumento fácil. Yo no he conseguido sacarle ni un sonido. Hay que insuflarle aire sin tocarla con la boca y dirigir el aire con los labios. Pero un día, de pronto, la cogió y nos quedamos atónitos al ver que la dominaba. Desde entonces suele tocarla a veces, sobre todo antes de las comidas, cuando tiene hambre. A lo mejor accede a tocarla en su honor, en agradecimiento por los dátiles que le ha traído.

La enfermera jefe coge la flauta, la pone en las manos de la anciana y le acerca el extremo del tubo a los labios. En la habitación empieza a flotar una melodía monótona, tal vez de origen norteafricano, pero con una melancolía que ya es israelí.

OceanofPDF.com