El túnel
La tumba de Ben Gurión
Antes de seguir por la carretera 40 para rodear Beer Sheva, Maymoni le pregunta a Luria si le gustaría entrar en la ciudad para almorzar, o si puede esperar hasta llegar al hotel Bereshit en Mitzpe Ramon, donde Maymoni ha conseguido organizar unas exquisitas comidas a coste cero. Y como el café lo ha despertado y la charla con Barzani lo ha animado, Luria está dispuesto a tragarse otros ochenta kilómetros de desolada carretera para sentarse como invitado de honor a una mesa con vistas a un impresionante paisaje desértico.
Y, mientras tanto, le habla al joven de cuando conoció a Barzani. Inmediatamente después de la guerra de los Seis Días, rehabilitaron juntos la carretera 443, conocida como «la carretera sangrienta», en la zona de Latrún, para hacer más fluido el tráfico hacia Jerusalén. Y pese a las palabras afectuosas que le dedica, no evita hacer alguna crítica. Cuando estaba encima del puente, enseguida ha observado que la curva de la salida hacia el este es demasiado pronunciada, y que habrá que poner dos señales de advertencia para los conductores, e incluso colocar una banda de frenado para que los coches no se salgan de la carretera.
–Qué le vamos a hacer –sonríe al joven que lo escucha con asombro–, así soy yo, hasta con todo ese lío de mi atrofia me esfuerzo por seguir siendo profesional, así que si pensabas contar conmigo para ocultar alguna desviación extraña que tengas en mente, mejor que volvamos ahora mismo.
Maymoni sonríe. No, Luria no tendrá ningún motivo para volver sobre sus pasos. Cuando giran hacia el sur en el cruce de Halukim, descubren unas grandes señales que invitan a los viajeros a desviarse de la carretera principal hacia la izquierda y visitar la tumba de Ben Gurión.
–¿Y por qué no? –dice Luria entusiasmado–. Dina y yo la visitamos hace muchos años, y nos emocionó mucho leer las palabras grabadas en su lápida. No pone primer primer ministro, ni fundador del Estado, ni único líder de su generación, tan solo: David Ben Gurión, del año tal al año tal, inmigró a Israel el año tal. Eso es todo. Pero no me fijé en lo que estaba grabado en la lápida de su mujer, que falleció antes que él. Y precisamente a ella, figúrate, la recuerdo de mi infancia. La casa del primer ministro en los años cincuenta no estaba en Jerusalén en la calle Balfour, sino en el bulevar Ben Maimón, y cuando yo iba al colegio pasaba por delante de esa sencilla y vieja casa y saludaba al policía. Imagínate, por aquel entonces bastaba con un policía, uno solo, y algunas veces ese uno se quedaba adormilado o se ponía a leer el periódico. Al parecer a nadie se le ocurría asesinar a Ben Gurión, solo querían ir a marearlo con todo tipo de propuestas, y para cerrarles el paso bastaba con un solo policía. Y su mujer, la tal Paula, salía a veces en bata y lo mandaba a comprar leche o pan al ultramarinos y, mientras tanto, ella se quedaba vigilando la casa hasta que el policía regresaba, y entonces yo le daba a ella los buenos días. Sí, hubo épocas así, ¿te lo puedes creer?
–Si usted lo dice, ¿por qué no le voy a creer? Mientras usted se acuerde de la mujer de Ben Gurión, yo tendré la certeza de que este país nació alguna vez.
–Entonces, Asahel, ¿qué opinas? ¿Nos da tiempo a una visita rápida?
–Rapidísima.
Y Maymoni se dirige hacia Midreshet Ben Gurión, desde donde sale un camino de tierra bordeado por plantas del desierto que conduce a la tumba. Ambos descienden del coche y comienzan a caminar por un espectacular sendero desértico desde donde se ve el profundo desfiladero de Nahal Zin y Ein Avdat. Por el fondo del desfiladero avanza una larga fila de soldados hacia el nacimiento del manantial. Hay una intensa claridad, seca pero agradable. Es la época ideal para recorrer el desierto, afirma Maymoni, el clima es perfecto. Y ahí están las tumbas, unas lápidas grandes y sencillas rodeadas por una cadena de hierro negra. En silencio leen las palabras y las fechas grabadas en las lápidas. Ben Gurión tuvo dos nacimientos: el primero, el imaginario, en la diáspora; y el segundo, el verdadero, cuando emigró a Eretz Israel. También en la lápida de su mujer, Paula, que falleció antes que él, hizo escribir la misma versión de dos nacimientos y una muerte, y no permitió añadir ningún tipo de alabanzas sobre su fidelidad y su amor. Todos los cantos rodados que colocaron los visitantes sobre la lápida, para hacerle saber al primer primer ministro que no lo han olvidado, están concentrados en la parte baja de la tumba para no tapar la inscripción. Sin embargo, Maymoni decide dejar su piedra junto al nombre, David, y Luria, a continuación, deja la suya junto al nombre de Paula. Luego se quedan en absoluto silencio, contemplando las cabras, las gacelas y los cervatillos que pastan por los alrededores de la tumba. Esos animales son oriundos del lugar desde siempre, y su pertenencia al desierto es mayor que la de Ben Gurión y su mujer. Por eso, cuando alguno de los visitantes intenta hacerse amigo de ellos, desconfían y se apartan con ligeros y elegantes movimientos.
Al final, Maymoni sale de su mutismo y dice:
–He oído contar que la tal Paula no era una mujer fácil.
–No hay ninguna mujer fácil –le responde Luria categóricamente–. ¿Cómo va a ser fácil una mujer si tiene que estar todo el rato cuidando de su marido?
–Pero si usted vivía cerca de su casa de Jerusalén –dice Maymoni, poniéndolo en un aprieto–, ¿cómo es posible que la viese solo a ella y no a él?
–¿A él? Solo una vez. La oficina del primer ministro estaba por aquel entonces en el centro del barrio de Rehavia, en la esquina de Keren Kayemet con Ibn Gabirol. Y Ben Gurión iba andando desde la oficina a su casa, una distancia no muy grande, de apenas un kilómetro, que al parecer no satisfacía sus ganas de caminar. Por eso le agradó trasladarse a este desierto, donde podía caminar hasta el infinito. Y una vez, un viernes ya bastante tarde, yo regresaba a casa por la calle Alharizi, y de pronto sentí que me tocaban en el hombro, indicándome que dejase paso. Yo giré la cabeza y vi a Ben Gurión, con una ligera sonrisa en la cara, como avergonzándose un poco de su grandeza. Enseguida le dejé paso, porque caminaba a un ritmo más rápido que el mío. No pidió perdón, tampoco dijo gracias, solo pasó deprisa mientras me daba en la cara el ligero soplo de su blanca melena, y desapareció en la oscuridad.
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