El túnel
Invierno
Y desde el corazón de un invierno titubeante, amigable, que parece otro otoño llegado solo para hacer olvidar con agradables vientos y una llovizna acariciante el ardor del largo verano, irrumpe con crudeza un invierno épico, con abundantes lluvias y granizo, y el frío que estremece la tierra comienza a llevar enfermos, mayores y pequeños, a las urgencias. Por tanto, la pediatra debe alargar con frecuencia su jornada laboral hasta el anochecer, y su única comida es un bocadillo y una ensalada que le envían desde la cocina, así que Luria, además de pasarse toda la mañana solo, tiene que comer también en soledad, y su afán por sorprender a su mujer con originales comidas compradas en tiendas de delicatessen, o preparadas siguiendo alguna receta, ha perdido su gracia. Aún sigue encargado de ir los martes a recoger a su nieto a la guardería, es cierto, pero la maestra supervisa que no se le pegue ningún otro niño, ni monoparental ni biparental. ¿Es que han acabado los ensayos de la hermosa arpista? ¿O tal vez ha llegado a sus oídos que un abuelo despistado ha creado un padre imaginario para su hijo y ella teme que también intente demostrar su existencia?
Desde la última visita al neurólogo, su familia desconfía más de Luria y ha reforzado su vigilancia. A pesar del intenso trabajo en el hospital, Dina lo llama de vez en cuando para saber dónde está y adónde se le ha ocurrido ir. También Yoav llama desde el norte y entabla con su padre una conversación sobre política, para comprobar si la demencia lo ha apartado de sus viejas convicciones. Incluso Abigail se escapa un momento de su sagrado curso de formación para enterarse con mucha sutileza de si su padre ha recogido al niño correcto y lo ha llevado a la casa correcta.
–Sí –suspira Luria por el teléfono–, todo correcto, y también te manda saludos el escalope correcto que está delante del niño al que tú has traído al mundo.
Por eso no es de extrañar que, durante las tormentas que lo dejan encerrado en casa, ante la creciente preocupación por lo que hace y lo que piensa, sus fantasías zarpen hacia el azul plomizo del cielo del desierto, e incluso hacia las gacelas que pastan alrededor de la tumba de Ben Gurión. Y se le encoge el corazón al recordar el vasto espacio del cráter de Mitzpe Ramon que se ve desde el comedor del Bereshit, y despliega con pena un sencillo mapa de carreteras que va recorriendo hasta llegar a una colina que no está señalada en el mapa, desde donde va a partir la nueva carretera. Y, mientras el zumbido de los gigantescos camiones cisterna que recorren el cráter rojizo retumba en su mente, él traza con un lápiz fino la ruta aproximada de la futura carretera, pese a que aún no tiene ni idea de a qué está destinada y, sobre todo, de dónde va a acabar. No puede ser que Maymoni le siga ocultando el lugar donde acabará la carretera, aunque aún no le diga qué finalidad tiene.
Protestando por la incertidumbre que lo corroe, se prepara un grueso bocadillo de queso con pepino encurtido, se lo lleva al dormitorio, corre la cortina, se mete en la cama, se acurruca debajo de la manta y allí, a oscuras, se lo come despacio para que le aguante hasta que vuelva su mujer. A veces, en un duermevela, titila entre la almohada y la manta la imagen de una mujer para la que no había en Israel un corazón nuevo, y su marido, que aún llora su pérdida, surge de entre las ruinas de un antiguo pueblo nabateo.
Pero ¿dónde está Maymoni? Desde que Luria lo dejó hurgando en los papeles de su padre, no ha dado señales de vida. ¿Son solo los asuntos de la herencia los que lo han hecho olvidar la carretera? ¿O es que el joven ingeniero ya ha empezado a sentir el peso de la responsabilidad de vigilar a un jubilado que puede volver a ser un niño, y encima en el desierto?
También Dina ha empezado a sentirse angustiada ante la idea de otro viaje al desierto y, con firmeza, le ruega a su marido que se contenga.
–Toma distancias y mantén la dignidad –lo advierte–. Si ese joven realmente te necesita, te llamará. No vayas corriendo tras él. Tú ya has hecho lo que debías al explicarle dónde conviene hacer la bifurcación de la nueva carretera desde la autopista 40. Y esa debe ser tu principal contribución. El final de la carretera ya solo le concierne al ejército que la ha encargado.
–¿Y el túnel?
–El túnel es una fantasía de Maymoni, y nadie lo va a aprobar. Eso ya lo sabes tú. ¿No te parece ridículo creer que tú, en tu estado, podrás convencer a otros de que autoricen esa fantasía, que además costaría muchísimo dinero?
–¿Cuál es mi estado?
–No, nada.
–Si yo hablase con tanta seguridad de tus asuntos médicos, no te gustaría.
–¿Quién te ha dicho eso? Al contrario.
–Yo no hablaré de tus asuntos médicos, pero hablaré de ti. Estás pálida, se te ve completamente agotada. En vez de hurgar en mi cerebro y preocuparte por lo que me pase a mí, intenta bajar tú un poco el ritmo. No conviene que a tu edad, a punto de terminar tu vida laboral, cojas una bacteria agresiva de uno de tus niños enfermos. Porque, en mi situación, ¿cómo podría cuidarte?
–Podrías cuidarme en cualquier situación, confío en ti.
–Estupendo. Entonces confía también en mí si me voy al desierto.
–Vete, pero con la condición de que una persona de verdad esté contigo. Así que deja que él marque el ritmo y no lo presiones. Y, lo más importante, mantén la dignidad, porque tu dignidad es también la mía.
–Estupendo.
–¿Me lo prometes?
–Ya he dicho que sí. No me martirices.
Por un momento, Luria quiere añadir unas palabras sobre las personas que se encuentran en la colina, pero teme que con eso solo conseguirá acrecentar la angustia de su mujer. Tal vez pensaría que la falta de identidad de esa gente podría hacer que disminuyera la identidad de su marido. Y además, ¿qué podría contar sobre ellos si él mismo aún está tanteando en la oscuridad?
No solo por mantener la dignidad de los dos, algo que tanto preocupa a su mujer, sino también porque está empezando a tener miedo de sí mismo, Luria consigue refrenarse y no llamar a Maymoni, aunque de vez en cuando tenga la tentación de hacerlo. De modo que, cuando amaina la lluvia, Luria decide forjar su independencia y salir a dar un paseo por el Parque Nacional de Ramat Gan o por el Parque Hayarkon de Tel Aviv. A veces también camina por la playa, entre el puerto de Tel Aviv y el puerto de Jaffa. Así les demuestra a su mujer y a sus hijos que no se va a perder porque esté solo. Se preocupa de cargar el móvil y llevarlo consigo, pero como mientras pasea escucha conciertos por la radio, las llamadas de su mujer y de su hijo a veces se pierden en la tormenta de trompetas y tambores, y eso provoca alarmismo.
–¿A qué viene tanto alarmismo? –se defiende él–. Siempre paseo entre un público israelí sensato, que habla hebreo, por una zona segura y conocida, así que, si por casualidad no contesto, no hay por qué imaginar que me he raptado a mí mismo. Es mejor que me mandéis mensajes de texto, ya veréis cómo respondo a todos.
Por eso, cuando una mañana llega un mensaje de texto que dice «Querido ayudante sin sueldo, ¿dónde te has metido?», se lo enseña a su mujer antes de contestar y le dice:
–Mira, Dina, tu dignidad está a salvo, pero ¿qué hago si, pese a tu opinión profesional, la idea del túnel sigue en pie?
Ha pasado un mes desde el último encuentro entre ambos ingenieros y, aunque el joven no está obligado a informar sobre sus actos, se explaya por teléfono contando lo que ha estado haciendo y justifica su silencio. Resulta que se ha vuelto loco rebuscando entre los papeles y los documentos, no solo por la historia de las expropiaciones de Netivei Israel, sino también para encontrar el acuerdo de divorcio entre su padre y su madre, para poder demostrar sin ninguna duda que la casa de su padre es por entero propiedad suya y evitar que su madre intente sacar tajada de la herencia.
–¿Llegó a aparecer durante la semana de duelo?
–Sí, incluso varias veces, para encontrarse con viejos conocidos y hacer nuevos contactos.
–Nunca te he preguntado si tienes hermanos o hermanas.
–Porque, por principios, tú no husmeas en los temas personales de aquellos que tienes a tu cargo, o que son tus superiores.
–Pero ¿qué pasa con los superiores que no pagan un sueldo?
–Entonces puedes exigir una respuesta. Así que, Zvi, no tengo hermanos ni hermanas y, por tanto, la casa de mi padre ha pasado a ser enteramente mía.
–¿Ha pasado ya?
–Oficial y legalmente, y en todos los sentidos. He sacado casi todos los trastos, he tirado muebles, le he dado a mi madre un sillón que según ella se le olvidó llevarse, y además varias lámparas y tres manteles, y con eso se acabó su parte.
–¿Qué vas a hacer? ¿Venderla? ¿Alquilarla?
–De momento, no. Se quedará como una especie de segunda vivienda hasta que tenga más claro a qué y a quién destinarla. Pero ¿te das cuentas de con qué rapidez y eficacia he hecho el traspaso? Por eso no has sabido nada de mí en todo el mes.
–Y yo que pensaba que te habías olvidado de mí, o mejor dicho, del túnel.
–¿Por qué iba a olvidarme de ti?
–Porque te has convencido de que la demencia es real.
–Es cierto, es real, y por eso encaja con alguien que crea que el túnel es imprescindible.
–Pero ¿cómo voy a diseñar un túnel sabiendo tan poco sobre la carretera a la que va a prestar servicio?
–¿Cómo que poco? Hemos acordado el punto de partida.
–Pero no dónde termina.
–Tú no te tienes que ocupar de eso, es asunto de las autoridades militares. Nosotros no tenemos nada que decir ahí.
–Aun así, es extraño diseñar una carretera sin saber dónde termina.
–Terminará en el extremo occidental del cráter.
–Entonces quiero ir allí.
–No es un viaje sencillo.
–A lo largo de mi vida he hecho viajes más complicados. Todo depende del vehículo que te lleve, cualquiera menos el americano, que se desmayará en el primer kilómetro.
–Ya no está, Luria, se despidió de mí tras la muerte de mi padre. En el taller gubernamental se pusieron hechos una furia cuando lo llevé a la revisión: el radiador estaba rajado y oxidado, y el seguro había caducado hacía un año; hemos estado viajando en la más absoluta ilegalidad. Lo requisaron de inmediato y lo enviaron a la franja de Gaza.
–¿A la franja de Gaza?
–Sí, no te lo vas a creer. Precisamente allí, en medio del caos, hay un taller de restauración de viejos coches americanos, que luego son distribuidos por el mundo árabe. Así que si sigues pensando en llegar hasta el extremo del cráter, ya no podrás ir cómodamente en un asiento trasero blando y amplio, tendrás que soportar la tortura de un todoterreno rígido.
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