El túnel
El coche
La somnolencia se la arrebata antes de lograr encontrar para él «otras palabras mejores». Agotada por un largo día, que ha empezado en la unidad de pediatría de su hospital, y aterrada por otra clínica, donde se le ha encargado colaborar en el tratamiento de una enfermedad incurable, se aleja de su marido y el sueño se apiada enseguida de ella. Él le tapa los pies, que aún no han encontrado su sitio debajo de la manta, y, antes de abandonarse también a las bondades del sueño, quiere examinar atentamente la imagen de su corteza cerebral para comprobar si la atrofia que sus ojos no han alcanzado a ver es real o solo posible. Pero la la imagen del escáner se ha quedado en el coche, que está en el aparcamiento subterráneo del edificio. Baja en zapatillas y ropa ligera al coche, que sigue refrescado por las gotas de lluvia.
Es un coche normal y corriente comparado con ese tan potente y cómodo que recorría a toda velocidad las carreteras y caminos, el que Netivei Israel puso a su disposición cuando era ingeniero jefe. Es cierto que, después de jubilarse, el viejo coche siguió a su disposición a cambio de una cantidad simbólica, pero cuando resultó ser un armatoste en la maraña de aparcamientos del centro de la ciudad, y su color gris también lo hacía desaparecer en los aparcamientos subterráneos, fue sustituido por un coche nuevo, más pequeño pero de una gama más alta, un coche al que resultaba fácil entrar y del que era fácil salir, y de un color rojo metalizado que resaltaba rápidamente a la vista, incluso a una vista algo cansada con los años. Y últimamente, Luria ha empezado, solo a escondidas, a intercambiar con él una o dos palabras.
A decir verdad, fue el coche quien se dirigió primero a él. Tras aprender a controlar los accesorios y el comportamiento del mismo le pareció que, al arrancar, el zumbido de los engranajes y los pistones iba acompañado por un leve y fino susurro, el eco de una voz de niña japonesa o coreana que tal vez había sido introducido en el sistema eléctrico, como una especie de deseo de buen viaje para el conductor que había elegido el vehículo correcto. Claro está que jamás le habló a su mujer de esa voz femenina, para no añadir más pesar a sus pesares, pero cuando estaba a solas en el coche a veces le respondía a la joven: «Sí, querida, te oigo, pero no te entiendo».
Sin embargo, ahora, por la noche, no hay razón alguna para poner en marcha el coche y romper el silencio del garaje. Enciende las luces interiores, recoge del asiento trasero el sobre, con su nombre y su número del carné de identidad emborronados por la lluvia, y saca con cuidado la imagen del escáner para comprobar de una vez por todas si la atrofia, cuya existencia ha admitido tan rápidamente su mujer, es real y, en tal caso, hacia dónde tiende a extenderse. Pero ¿dónde está? ¿Cómo se identifica? En la imagen hay montones de agujeros negros diseminados por todas partes. Seguramente la mayoría son buenos, e incluso necesarios, y al neurólogo no le preocupan. Entonces, ¿cómo diferenciar entre uno bueno y uno malo?
Echa la cabeza hacia atrás y cierra los ojos. Si, con la nueva atrofia, van desapareciendo precisamente los nombres propios, es de suponer que también los nombres de su mujer y de sus hijos y nietos desaparecerán en ese agujero negro. ¿El bochornoso episodio de la guardería fue solo un momento de despiste? ¿O tal vez una vieja impronta reconoció en ese chiquillo algo familiar y por eso se dirigió hacia él? Es cierto, a partir de ahora resultará fácil culpar de cualquier error o fallo a la debilidad del cerebro, pero ¿podrá la mente, que el neurólogo ha diferenciado del cerebro, luchar contra el cerebro engañoso, o al contrario, aliarse con él?
Decide comprobar si es capaz de recordar con precisión el código de arranque del coche. Y aunque la memoria no le falla, se da cuenta de que el rugido del motor ya no va acompañado por el susurro de la joven del fabricante. «Muy bien», murmura Luria, cuantos menos delirios haya, más fácil le resultará a la mente fortalecer el cerebro disminuido. Lo fundamental es tener cuidado cuando vaya al volante. Porque si le retiran el permiso de conducir por algún error o alguna desgracia, podría perder el gusto por la vida. Así pues, para comprobar su pericia al volante acerca el coche suavemente a unos pocos centímetros de la pared. Luego da marcha atrás y retrocede pitando hacia el centro del garaje, hacia un coche aparcado enfrente. De repente, un haz de luz le da en la cara, y un coche que entra disparado en el garaje frena en seco para dejar que el vehículo rojo gire hacia la salida. Pero Luria no quiere salir, solo quiere comprobar su nivel de pericia al volante y a continuación regresar al lugar de partida. El conductor, que aguarda en vano, parece que está empezando a preocuparse por las erráticas maniobras de Luria y, como buen vecino, se siente en la obligación de preguntar si el anciano conductor necesita ayuda.
–No, todo está controlado –le dice Luria al joven asomado por la ventanilla–, he olvidado algo en el coche y, de paso, estaba comprobando una cosa en el motor.
El joven dirige la mirada hacia la imagen del escáner cerebral que está al descubierto sobre el asiento y, a continuación, examina las viejas zapatillas de estar por casa que lleva puestas.
–Buenas noches –suelta Luria para quitarse de encima al curioso.
–Buenas noches –murmura el vecino, que de todas formas vuelve a preguntarle si está seguro de que no necesita ayuda.
Hay que tener cuidado en público, incluso en un garaje privado. Imágenes de escáneres a la vista, ropa descuidada y zapatillas de estar por casa pueden despertar sospechas de que la cabeza no rige bien. Aunque el neurólogo se niega a diagnosticar demencia y su mujer busca palabras más agradables, hay que procurar tener siempre un aspecto limpio e impecable. Así pues, antes de que llegue otro vecino, vuelve a meter la imagen del escáner en el sobre y regresa rápidamente a su casa. Entonces descubre que, con la agitación que tiene, la durmiente se ha destapado y ha tirado la manta al suelo, así que tiene que encender una luz pequeña, muy tenue, para restablecer el orden. Y Dina ya ha abierto los ojos.
–¿Dónde te habías metido?
–He bajado al garaje, porque me preocupaba la imagen del escáner que hemos olvidado en el coche.
–No hay por qué preocuparse, hay una copia de todas en el ordenador y, además, pronto te harán otro escáner para ver cómo evoluciona.
–Pero ¿cómo voy a saber cómo evoluciona si aún no entiendo lo que hay?
–No hay mucho que entender. Incluso lo que ha aparecido apenas existe.
–¿Cómo se llama el neurólogo? De repente se me ha ido su nombre.
–Doctor Laufer.
–No, su nombre propio.
–¿Para qué lo quieres saber?
–Él me ha dicho que no prescinda de los nombres propios.
–Creo que se llama Nadav, o Gad. Pero ¿qué importa eso ahora?
–Porque seguro que recuerdas lo que ha explicado sobre la pasión.
–Por supuesto.
–Que también es importante para la lucha.
–Importante o no, no renunciaremos a ella.
–¿Ahora?
–No. Ahora no solo me costaría a mí, también a ti. Pero tranquilo, sabes que siempre estaré contigo.
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