El túnel

Abraham B. Yehoshúa · Capítulo 52 de 70

Páginas del PDF

El túnel

Y de nuevo el antiguo despacho

 

Muy lentamente y con altibajos continúa la recuperación de la doctora. De vez en cuanto le sube la fiebre medio grado y la debilidad le hace querer irse a la cama. «Esto ya no es la bacteria –se burla Luria–, sino los niños que ha engendrado dentro de ti y, hasta que no acabes también con ellos, no volverás a ser tú misma». De la unidad de pediatría llaman para preguntar por su salud, y a veces también para dar informes y recibir ideas. De momento, el joven médico que heredará su puesto va asentando su posición y su autoridad, y ella lamenta que el momento de la jubilación esté ya tan cerca.

–También mi túnel se está terminando –intenta animarla su marido–, y ya no conseguiré un túnel nuevo, así que, cuando los dos estemos libres, podremos disfrutar más.

–¿Disfrutar? ¿De qué? –pregunta, y en sus gafas brilla una ligera ironía–, ¿de tu demencia?

–Por ejemplo. Porque, ¿qué sabemos nosotros de lo que puede estar tramando aún? Pero, entre tanto, no seas desagradecida. Por el momento soy yo quien está cuidando de ti, y no tú quien cuida de mí.

–Es cierto, pero tú también puedes perderte.

–¿Dónde? ¿En un país tan pequeño?

–No es tan pequeño como parece en el mapa. De igual, Zvi, en el fondo eres una persona estable, y ahora que Maymoni no pretende llevarte más al desierto, sino solamente dejarte en el despacho, estoy tranquila.

En efecto, Luria llega ahora a su antiguo despacho para la primera cita de trabajo al atardecer. Casi todos los empleados se han marchado y en el aparcamiento es fácil encontrar sitio cerca de la puerta, para entrar directamente y a escondidas en el ascensor y subir al despacho desde el que durante tantos años dirigió una sección entera. La luz está encendida y la puerta abierta, y hasta la pantalla del ordenador está iluminada y lista para trabajar, solo falta Maymoni. Luria entra, pero no se sienta, porque ahora tiene ocasión de examinar en profundidad lo que ha cambiado y lo que no.

En un armario de hierro que se ha incorporado a la habitación hay nuevas carpetas de un estilo diferente, y sobre la estantería, junto a la ventana, hay diminutas réplicas de nuevas excavadoras y apisonadoras al lado de las viejas réplicas, que permanecen en su sitio. Hay un gran calendario colgado en la pared y, entre los pechos de la modelo, despunta ya el mes de abril. Sobre un panel de corcho, junto al calendario, hay dos magníficas fotografías de los mellizos, un niño y una niña. En la primera fotografía aparecen de recién nacidos y en la segunda, en edad preescolar. Desde entonces han crecido. Luria los recuerda a ambos en la cocina del abuelo, cuando este acababa de fallecer, esperando a que Hanadi les preparase la cena, pero no hay fotografías actualizadas de ellos, y tampoco hay fotos de su madre, ni de su padre, como si el espíritu santo los hubiese traído al mundo.

Se alegra al ver que sigue colgada en el despacho la fotografía del segundo presidente, Yitzhak Ben Zvi, delgado, con un traje algo desgastado. Aunque era socialista y líder de la clase obrera, no sintió la obligación de fotografiarse con el cuello desabrochado y se puso una corbata. Una persona modesta, cuyo hijo menor murió al comenzar la guerra de la Independencia. Milagrosamente, Luria aún conserva en la memoria el nombre que Yitzhak Ben Zvi le puso a su hijo, Eli, como el nombre del sacerdote de Silo cuyos hijos se corrompieron en cuanto los ojos del padre se apagaron. Luria da un pasito hacia la fotografía con el cristal polvoriento y rajado. Hace dieciocho años, cuando esa gran habitación le fue asignada como despacho, el presidente Ben Zvi ya descansaba en la tierra desde hacía casi cuarenta años. Sin embargo, y no por indiferencia a los símbolos de la autoridad, Luria ordenó que no cambiasen su fotografía por la del presidente que ocupaba el cargo en esos momentos. Como le dijo en su día a Maymoni, lo dejó frente a sus ojos como una especie de talismán contra la corrupción o las tentaciones que pudiesen acecharle como jefe de departamento. Aunque, ¿qué tentaciones podían acechar al nuevo jefe cuando pasó todos los asuntos económicos y financieros a manos de su subalterno, Tzaji Divón? Otra tentación, no económica, se presentó en forma de una hermosa ingeniera, ayudante y secretaria, que al incorporarse al trabajo se apresuró a notificar su reciente divorcio, tal vez para que él entendiese que estaba disponible. Sin embargo, cuando el deseo se disparaba mientras ella le presentaba proyectos de carreteras y bifurcaciones, Luria alzaba rápidamente la vista hacia ese hombre que, pese a ser el único de todos los presidentes de Israel que había sido elegido tres veces para la presidencia, no perdió nunca ni una pizca de humildad.

Cuando Maymoni regresa al despacho y ve que su jubilado está inmerso en sus pensamientos ante la polvorienta fotografía enrojecida por la luz del ocaso, se pone a silbar para no asustar a Luria.

–He ido a por la llave que me he dejado en el coche, una copia que he hecho para ti, y he dejado el despacho abierto y con la luz encendida para que no pensases que me había olvidado de ti.

–¿Cómo te ibas a olvidar de mí si ni siquiera yo lo he hecho aún? Ya veo que el despacho sigue igual que estaba, así que me resultará fácil aclimatarme. Y gracias otra vez por no quitar de aquí a Ben Zvi, a quien con el paso de los años empecé a considerar como uno más de la familia, un abuelo o un tío. Lo has dejado, recuerdo que me lo explicaste, por su descabellada idea de que los palestinos son judíos que olvidaron su identidad. Israelitas que permanecieron fieles a esta tierra, a pesar de verse obligados a convertirse al Islam.

–Exacto, y no solo era una idea suya, sino también de Ben Gurión.

–También Ben Gurión tenía muchas fantasías.

–Luria, no menosprecies las fantasías que pueden dar esperanza. Cuando me asignaron este despacho, yo no sabía nada sobre Ben Zvi, no olvides que soy casi dos generaciones más joven que tú, así que pensé que, antes de librarme de la fotografía, convenía enterarse de por qué se clavó aquí a un presidente que llevaba tanto tiempo muerto, en vez de un presidente más reciente o al menos algún primer ministro, y entonces descubrí en internet cuánto apreciaba Ben Gurión a Ben Zvi. Y también leí lo de sus fantasías compartidas, o, de hecho, ilusiones. ¿Qué hay de malo en esa fantasía, según tú?

–No hay nada malo, pero es absurdo. Porque llegaron a esa idea no mediante el conocimiento o la investigación, sino por desesperación, porque se dieron cuenta de que eran sionistas solitarios, que no tenían detrás un pueblo real. Y aunque en eso de una madre histórica hubiera algo de verdad, ¿quién podría convencer a los palestinos de que vuelvan a sus raíces judías?

–Es cierto, ¿quién? –suspira Maymoni–. Cuando le conté a Ayalá esa idea del segundo presidente, se echó a reír.

–Hanadi.

–Vale, Hanadi. Y para que ella comprenda que no es un juego, sino una idea seria, tengo que llevarme esta fotografía y colgarla en casa de mi padre, en el dormitorio, al lado de una fotografía mía que hay allí. A lo mejor este amable e ingenuo presidente puede convencerla de que hay esperanza. Aunque en el fondo llevas razón, es una esperanza perdida, así que, al menos veamos cómo podemos sacar del ordenador no solo la carretera, sino también el túnel.

Maymoni enciende otra luz y abre el nuevo programa, que, aunque es complejo de manejar, consigue resultados fantásticos. Pero al jubilado le cuesta seguir las rápidas explicaciones del joven, y dice:

–Escucha, a lo mejor es solo cansancio, pero es imposible que yo llegue a manejar algo tan moderno, así que es mejor que yo hable y tú teclees. Lo primero que tenemos que hacer es señalar el final, el extremo final de la carretera, que de hecho es la única exigencia que te ha hecho el ejército, y a la que te has comprometido. Y después de señalar el extremo final en el mapa que has abierto en la pantalla, si tu programa es realmente tan sofisticado, tal vez también pueda encontrar a su lado a la zorra que devoró el móvil.

Maymoni se divierte, y de la impresora de última generación sale en silencio la primera hoja con el mapa del cráter con sus auténticos colores, y el punto final de la futura carretera señalado en color azul.

–Ahora que el objetivo está claro –prosigue Luria–, debemos volver atrás, a la autopista 40, a esa bifurcación que teóricamente parece acertada y conveniente. Sin embargo, nosotros dedicaremos una página entera a exponer sus defectos. ¿Te acuerdas? Un limitado campo de visión tanto para los que vienen del norte como para los que vienen del sur, sobre todo para aquellos conductores a los que el desierto les da licencia para volar; y también es una bifurcación, por lo que parece, que no da suficiente margen de reacción a los militares despistados que lleguen conduciendo por la carretera militar para incorporarse a la autopista 40; y eso no es todo, el verdadero peligro está en el vacío electromagnético que descubrimos allí, porque casi todos los accidentes se producen en las intersecciones y, si no se puede pedir ayuda inmediata desde allí, la sangre de los muertos y los heridos caerá sobre la conciencia de los que la han diseñado. Por cierto, sería interesante saber si tu nuevo programa es capaz de procesar un vacío en las comunicaciones.

–Es capaz de procesar todo lo que quieras –confirma Maymoni orgulloso.

–Pero, un momento, Asahel –grita el jubilado–, ¿qué le ha pasado a tu barba? ¿Dónde está?

A Maymoni le divierte el alarmismo del jubilado.

–Por fin te has dado cuenta, ya me estaba ofendiendo que no te percataras de que no está. Sí, querido Luria, qué le vamos a hacer, la barba estaba en un estado tan lastimoso que hasta Arafat se habría avergonzado de ella, así que decidí acabar con el espectáculo, tres minutos de afeitado cada mañana no son el fin del mundo.

Pero Luria se lamenta por la barba.

–Qué pena –dice–, dijiste que a tu mujer le gustaba mucho.

–¿A mi mujer? Para nada, ya te lo dije, ella, como mucho, la soportaba. De todas formas, me agrada que lamentes su pérdida, tal vez algún día me la vuelva a dejar en tu honor.

Continúan trabajando, y todo lo que eran defectos en la primera bifurcación se convierten en virtudes en la segunda, aunque delante de ella se levante la colina, marcada con un pequeño triángulo, y Luria aconseja indicar como de costumbre solo la altura total de la colina sobre el nivel del mar, y no la altura relativa, bastante escasa, desde la llanura en la que se alza. Pero, de repente, Maymoni salta de la silla al oír la melodía del móvil que sale de su bolsillo y se va rápidamente al pasillo para mantener en privado la conversación.

Y no es corta. Al otro lado de la línea debe de haber alguien que necesita consejo o incluso consuelo. Como Maymoni intenta que no se le oiga, Luria se esfuerza en captar sobre todo el tono de la voz que llega desde el pasillo, el tono paciente y suave de una voz que repite, entiendo, claro que estoy escuchando, todo es importante para mí, perfecto, y también dice, no, no hay nada que temer, y aunque Luria no está seguro de tener la suficiente experiencia como para interpretar los retazos de conversación del joven ingeniero, casi tiene la certeza de que Maymoni está conversando con su residente sin identidad que ahora se ha instalado en el dormitorio del consejero jurídico fallecido, y le embarga una extraña angustia, así que se levanta y abre la gran ventana, doble, para ver si la noche ya ha expulsado por completo al sol para extender sus alas sobre el mundo. Cuando regresa Maymoni con el rostro resplandeciente y, por un instante, parece que va a desvelar con quién e incluso de qué ha estado hablando, Luria se adelanta y dice:

–Escúchame, creo que por el momento no debemos precipitarnos con lo del proyecto del túnel, es mejor que le demos otra vuelta en la cabeza. Ya tenemos tres hojas fundamentales que son la base de la propuesta que vendrá después. Para ti ahora empieza el trabajo de verdad, trazar la carretera, calcular los materiales, ubicar los pequeños puentes, y aunque has afirmado que el cráter se drena por sí solo, no se puede presentar un proyecto serio de una nueva carretera sin soluciones de drenaje concretas. En resumen, de momento empieza a hacer tú todo ese trabajo gris, pues no es tu primera carretera ni será la última. Yo, como acabo de decir, necesito tener otra brillante idea para que podamos convencer al ejército de que hay que perforar un túnel. Como me has hecho un duplicado de la llave de mi antiguo despacho, es posible que venga aquí por las tardes, yo solo, pero con mi ordenador portátil, porque el tuyo es demasiado sofisticado para mí, y ya veremos adónde me lleva la inspiración. En esta habitación he tenido en el pasado muchos momentos de inspiración que le han ahorrado una fortuna al Estado. Y que sepas que yo también siento lástima de los palestinos que se han metido en este lío, e incluso, créeme, del oficial que los ha enredado y no ha eludido sus responsabilidades. Porque yo, Maymoni, si es posible, intento apiadarme de las personas, y aunque el joven ya se haya vuelto un poco druso, y la encantadora hija, la tal Hanadi, de la que hasta un viejo como yo podría enamorarse, esté actuando ya en la Universidad Kibbutzim en algún drama o comedia israelí, aún queda en la colina un viudo solitario que teme una posible venganza.

Maymoni escucha atónito, y poco a poco comienza a sonreír.

–Estupendo, Luria –dice–, estás empezando a hablar como los profetas.

OceanofPDF.com