El túnel
La estudiante de medicina
Son cerca de las nueve. El Suzuki rojo está parado en el aparcamiento casi vacío. En la estación de autobuses de la empresa Dan BaDarom hay cuatro andenes, pero solo en dos de ellos aguardan autobuses vacíos. Luria ve gente junto a un mostrador iluminado, y va hacia allí y se sirve él mismo una gran taza de café. Después consulta qué autobús va a Beer Sheva y se entera de que, aunque Beer Sheva está solo a unos sesenta kilómetros de Askelón, el viaje dura cerca de una hora y media, porque el expreso se convierte a esas horas en un autobús local que va dejando y recogiendo viajeros en todos los pueblos. «Así que me he quedado atrapado –reconoce Luria–, he mentido y me he quedado atrapado, me he quedado atrapado y he mentido, y no me va a quedar más remedio que transgredir la ley y conducir el coche de vuelta a Tel Aviv, espero no tener ningún accidente por el camino y que no me pillen cometiendo ninguna infracción. En vez de acurrucarme ahora debajo de una manta, estoy determinado a acercar el coche que tengo prohibido al lugar donde se abrirá el túnel, porque solo así podré comprender lo que simboliza y adónde me conduce. Mi tiempo se está acabando y, dentro de unos meses, cuando Maymoni se acuerde de bajarme al cráter, la demencia ya no entenderá por qué estuve luchando aquí.»
Poco a poco se van congregando los viajeros para Beer Sheva. Una joven alta con una mochila a la espalda y un hombre muy mayor que le lleva una bolsa se unen también al grupo de pasajeros, que aún no ha formado una fila ordenada. La combinación de ambos le parece a Luria prometedora y se acerca a ellos con la misma historia de las gafas, que esta vez refuerza mencionando su profesión, ingeniero de caminos jubilado. Sorprendentemente, el viejo sabe algo sobre Luria, de la época en que Netivei Israel aún se llamaba Departamento de Obras Públicas. Él mismo era jefe de obra autónomo, pero el rumor de que una excavadora había rodado por una ladera hasta al fondo de un barranco llegó hasta el sur donde él estaba. Luria se emociona, así que a veces también hay hechos fundados, y no todo son deseos delirantes. Entonces, concluye la agradable conversación, señor, conduzca por mí hasta Beer Sheva y por el camino iremos recordando más cosas. Pero el viejo no va a Beer Sheva, solo su nieta, una estudiante de quinto de medicina en la Universidad Ben Gurión, que se ha acercado a Askelón por unas horas para visitar a su abuelo enfermo, y que ahora regresa a Beer Sheva para hacer el turno de noche en las urgencias del centro médico Soroka. «¿Qué especialidad te gustaría hacer?», dice Luria dirigiéndose directamente a la estudiante de medicina, que lo observa con mirada inteligente. Aunque aún le queda tiempo para decidir, se inclina por unirse a la lucha contra el cáncer. Pero Luria tiene otra sugerencia y, si lo lleva a Beer Sheva, intentará convencerla por el camino de que elija neurología y no oncología, porque el cerebro, que no se puede trasplantar, siempre será más complejo y desafiante que todos los enigmas del cáncer. El cerebro es astuto. Cuando le van a diagnosticar enfermedades y debilidades, a veces sabe hacerse pasar por sano y normal.
Con confianza mutua, sin comprobación de permisos ni pólizas de seguro, la mochila de la estudiante pasa al asiento trasero, se aumenta la distancia entre el volante y el asiento para que quepan las largas piernas de la futura doctora, y, solo entonces, se le muestra el brazo tatuado con el código de arranque. Sin mostrar ningún interés por lo que quiere Luria en plena noche de la capital del Néguev, la joven dirige el coche hacia el este, hacia la carretera 35, para poder incorporarse después de Kriat Gat a la autopista 6.
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