Entre la niebla
Capítulo 1
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
Instintivamente me apretujé contra Marta al verles aproximarse. Raúl tenía el ceño fruncido y su voz no sonaba amistosa precisamente, cuando me pregunto:
—Oye, Eurídice, tú estabas en la cabaña cuando Miguel y Juan han conseguido librarse de sus ligaduras. ¿No les habrás ayudado, verdad?
Tragué saliva varias veces, mirando a Miguel en demanda de ayuda.
—Ellos solos no han podido soltarse, —insistió acusadoramente mi primo—. ¿Has sido tú?
Después de interrogarse con los ojos, los dos pieles rojas lo negaron a la vez.
—Claro que no, —empezó Juan.
—¿Pero piensas que tu prima iba a poder deshacer tus nudos?, —
continuó Miguel, riéndose a carcajadas—. Es demasiado pequeña. Juan y yo hemos cortado las cuerdas con… —Al fallarle la inspiración buscó a su alrededor el imaginario instrumento—. Con esa azada, —concluyó señalándole una enorme que en unión de varias más estaba tirada en un rincón.
Raúl se inclinó a recoger las sogas del suelo y las inspeccionó cuidadosamente. Cuando levantó de nuevo la vista y me miró, me encogí atemorizada, pero Marta salió en el acto en mi defensa.
—Ya te he dicho que la dejes en paz. Si tienes algo que decir, me lo dices a mí y si no, te callas.
Aguardé en silencio con las rodillas flojas y absurdamente temblonas.
Raúl le sacaba a Marta más de la cabeza y si se liaban a tortas no resultaba difícil predecir quien sería el vencedor. Sin embargo le sentí vacilar, como si no se atreviera a entendérselas con ella.
—Quítate de en medio, Marta, que esto no es asunto tuyo. Solo quiero que me conteste.
—Pues a mí no me da la gana, —se engalló la chiquilla puesta en jarras
—. Eurídice no es una traidora. Solo a un majadero como tú se le podría ocurrir una estupidez semejante y como las dos estamos hartas de aguantaros, nos vamos a ir ahora mismo a donde nos salga de las narices.
Que os divirtáis.
Me apresuré a alcanzar la puerta del cobertizo como un conejo asustado.
Marta, en cambio, se volvió hacia ellos antes de salir para envolverles en una mirada de desprecio y luego se encaminó despacio hacia el exterior con aire fanfarrón.
—No le hagas caso, —me susurró, tomándome protectoramente de la mano, al echar a andar en dirección a la casa—. Raúl es un animal, pero se achanta si le contestas en el mismo tono.
El viento helado nos azotó el rostro, despeinando mis cabellos y los aparté de mis ojos para escudriñar con curiosidad el semblante de la otra.
Poseía una naricilla respingona, cubierta de pecas, que en ese momento fruncía con gesto desafiante, y en sus pupilas azules podía leerse una enorme seguridad en sí misma.
—¿Es tu hermano?, —le pregunté, mirándola con secreta admiración.
—No, es mi primo, pero para el caso es como si Juan y él fuesen mis hermanos, porque he vivido siempre aquí con ellos. Mis padres murieron cuando yo era un bebé y el abuelo me trajo con él a Montsalvatge.
La contemplé ahora compasivamente.
—Estarás muy triste.
—¿Yo?, ¿por qué?, —replicó con indiferencia. Parecía no sentirlo en absoluto, por lo que no me atreví a insistir.
—¿Y Miguel quién es?
—Un amigo de Raúl que viene a jugar todos los días. Vive en la Escollera, que es una finca que no está mal, aunque es mucho más pequeña que la nuestra, —me aclaró con fatuidad—. La caleta que habrás visto al venir, la separa de Montsalvatge y, como las dos fincas colindan, Raúl y él pasan la vida juntos. Además, sus padres son muy amigos del abuelo y de tía Elvira y creo que cuando eran niños también jugaban juntos, como hacemos ahora nosotros. Patricia es muy guapa, —añadió dubitativamente.
—¿Es la madre de Miguel?
—Sí. El abuelo la quiere mucho porque… bueno, porque sí.
—¿Por qué la quiere mucho?, —le pregunté con curiosidad.
—Ya te he dicho que porque sí, —me contestó con aspereza—. La conoce desde que ella nació y es natural. Su familia ha vivido en la Escollera durante generaciones, aunque en otra casa que ya no existe. La actual la construyeron hace poco y es bonita, pero no resulta nada emocionante.
—¿Por qué no?
—Pues porque a las casas modernas les falta algo, el misterio. Los Olavide están muy satisfechos, porque está enclavada sobre el promontorio y medio volada sobre el mar. ¿Tú crees que eso es como para sentirse satisfecho?
Estuve a punto de asentir precipitadamente, pero la seguridad de Marta me intimidaba y prudentemente le contesté con otra pregunta.
—¿Tú crees que no?
La vi encogerse de hombros con indiferencia.
—Desde luego, el panorama que se domina desde allí es más bonito que el nuestro, pero Miguel prefiere venir a Montsalvatge, que es donde se puede jugar a los indios como Dios manda. Y por cierto, ¿les has soltado tú?
Examinaba atentamente mi expresión, aunque parecía saber de antemano que la respuesta era afirmativa. Su interés se dirigía más bien hacia los motivos que me habían impulsado.
—¿Te han dado pena, verdad?, —insistió, observándome sin pestañear
—. Pues otra vez no seas tan boba. Si no te espabilas, te harán pasar muy malos ratos, porque son bastante brutos. Pero no te preocupes, —añadió al ver mi gesto—, estás conmigo.
Me lo dijo con extraordinaria petulancia, pero en los días que siguieron pude valorar como trascendental la protección que Marta me dispensaba.
Mi exceso de sensibilidad me hacía sufrir ante cualquier broma y a los chicos les divertía hacerme rabiar por ser tan asustadiza. Tía Elvira solía sermonearles cuando les sorprendía metiéndose conmigo, pero sus reprimendas carecían de la energía necesaria para intimidarles. Se diría que a ella le suponía un esfuerzo ímprobo el enfadarse, porque, cuando se veía obligada a reñirles, tenía que aspirar oxígeno previamente y al terminar se dejaba caer desmadejada en el asiento más próximo, repitiendo que con tales disgustos no viviría muchos años. Y lo más curioso era que tía Elvira parecía poseer una vitalidad inextinguible. Cuando no salía a visitar a sus numerosos amigos de las villas cercanas, acudían estos a Montsalvatge y recibirles exigía una serie de preparativos que le ocupaban un gran número de horas y que realizaba sin acusar el menor cansancio. Solamente los chicos parecían agotarla. Les trataba con una especie de cansina, afectuosa y distraída condescendencia, como si no poseyese suficientes energías para prestarles una atención mayor. No dejaba de admirarme la circunstancia de que en innumerables ocasiones en las que se los tropezaba cometiendo alguna trastada, continuase de largo sin advertirlo. Incluso una tarde en la
que cruzaba el vestíbulo, mientras Miguel y Raúl se deslizaban por el pasamanos de la escalera, siguió su camino y desapareció en el saloncito sin darse por enterada, pese a que el dichoso pasamanos era sagrado y nos estaba prohibido tocarlo siguiera. Quien lo había prohibido, por supuesto, había sido el abuelo, que acostumbraba a rezongar algo así como que la balaustrada de madera era una obra de arte y se enfadaba terriblemente cuando cualquier de los chicos se olvidaba de sus advertencias.
A diferencia de su hija, el abuelo no necesitaba acumular oxígeno para regañarles, pues más bien parecía que las broncas constituyesen su elemento. Incluso cuando no tenía motivos para irritarse, refunfuñaba por lo bajo, especulando sobre posibles desmanes futuros. Solamente se humanizaba conmigo en ocasiones, pero a mí me inspiraba un miedo cerval, hasta el extremo de que echaba a correr en dirección contraria en cuando oía cercano el sonido de sus pasos. Por eso, una tarde en la que Juan vino a buscarme para decirme que él quería verme en la biblioteca, me quedé helada y me aferré inmediatamente al brazo de mi prima. Las dos nos entreteníamos recogiendo piñas junto al faro, una vieja torre semiderruida, enclavada en lo alto del ribazo, sobre la caleta, que tal vez cumpliera esa misión en tiempos muy pretéritos, pero que en la actualidad no constituía más que un ruinoso vestigio del pasado. Tan solo los muros seguían en pie, cercando un recinto invadido por la maleza, aunque conservaba los restos de lo que en su día fuera una escalera de piedra. Aún se podía subir por ella hasta lo alto de los paredones y los chicos organizaban allí unas batallas formidables, apedreándose con piñas verdes. Habíamos conseguido recoger un buen montón para la refriega que tenían proyectada, cuando Juan llegó de la casa con tal aviso.
—¿Por qué no me acompañas?, —le pedí asustada a Marta—. He debido hacer algo mal, aunque en este momento no se me ocurre que haya podido ser. Ven conmigo.
Accedió de mala gana. A ella el abuelo no la impresionaba lo más mínimo, pero no le apetecía regresar a casa en este instante y posponer su participación en la lucha.
—Dile a todo que sí, —me aconsejó cuando nos pusimos en camino hacia la casa, cuyo pizarroso tejado se avistaba entre los árboles—. De esta
forma acabará enseguida su sermón y podremos volver al faro, ¿entiendes?
—Sí, pero…
—No hay pero que valga. El abuelo en el fondo es un buenazo. Lo que le ocurre es que está amargado por la mala suerte que ha tenido con sus hijos. Mi padre, que era el mayor, se murió. Después se murió el marido de tía Elvira, dejándola viuda y el pequeño, que es tu padre… bueno a ese no sé que es lo que le pasa, pero debe de pasarle algo, porque antes de que tú vinieras refunfuñaba mucho sobre él.
Subíamos en ese momento los escalones de la terraza y me detuve para preguntarle a la otra en un tono más agudo del mío habitual:
—¿Qué es lo que decía de mi padre?
Se encogió evasivamente de hombros.
—No lo sé. Algo así como que era un maniático, pero no me hagas mucho caso. Ya sabes que al abuelo le gusta protestar y que yo suelo confundirlo todo, así que, a lo mejor ni siquiera hablaba de tu padre.
Meditabunda ascendí los peldaños y atravesando la terraza entré tras ella en el vestíbulo, que estaba en penumbra como siempre. Ante la puerta cerrada de la biblioteca nos demoramos unos segundos para intercambiar una mirada, con la que Marta pretendió infundirme ánimos. Me precedió después al interior de esa estancia, que era de amplias dimensiones y aspecto confortable. Tres de sus paños estaban cubiertas con librerías, abarrotadas de volúmenes y en el frontero a la puerta la chimenea encendida chisporroteaba alegremente, caldeando el ambiente. El abuelo estaba sentado en su sillón, frente al fuego, contemplando fijamente el crepitar de los leños y no se movió al oírnos entrar.
—Pasa, Eurídice, —me dijo en tono bajo, muy distinto del suyo usual
—. Pasa y siéntate aquí.
Sin volverse me indicaba una butaca a su lado y avancé tímidamente, sin soltar la mano de mi prima. Vi que el abuelo fruncía el ceño al percatarse de su presencia y que después la invitaba con un gesto a que saliera de la habitación. Pero no parecía enfadado. Su ademán denotaba cansancio y también su voz sonaba cansada.
—Déjanos solos, niña. Tengo que hablar con Eurídice.
Marta obedeció en silencio, cerrando la puerta tras ella, mientras yo me dejaba caer en el borde la butaca y permanecía inmóvil, aguardando con la garganta seca. Tuve tiempo de tragar saliva varias veces, antes de que el abuelo fijase sus ojos en mí.
—He recibido carta de tu padre, —empezó, señalándome las cuartillas que estaban esparcidas sobre la mesita que tenía delante—. Me dice que se acuerda mucho de ti y que espera poder venir pronto a recogerte.
Tragué saliva una vez más. Advertía los esfuerzos del abuelo por buscar las palabras apropiadas y me dije que sin duda había algo más, pero no me atreví a preguntarle. Carraspeó, dirigiéndome una mirada de soslayo antes de continuar.
—Verás, tu padre tiene ahora mucho trabajo y ha pensado que, de momento, estarás mejor aquí con nosotros, pero que en Navidad, si le es posible…
Siguió hablando, pero ya no le oía. Algo muy confuso se removía en mi interior. Algo que no me era desconocido y que dolía. Era una sensación de angustia tan inconmensurable que solo llorando conseguiría amortiguarla.
Quizás si lo consiguiese… Pero por extraño que pudiera parecer las lágrimas no acudían a mis ojos, que contemplaban sin ver el chisporroteo del fuego. Se me habían secado dentro y ni siquiera llevaba en brazos a mi muñeca para acunarla y olvidarme de mi soledad. Pero subiría a mi cuarto a buscarla y allí le cantaría una canción. Sí, con mi muñeca en brazos todo me parecería distinto. ¿Cómo no lo había pensado antes?
El abuelo me daba ahora unas afectuosas palmaditas en la espalda intentando quitarle importancia al asunto.
—Para la Navidad falta muy poco, nena, y me alegro de que tu estancia entre nosotros se prolongue. ¡Y no hablemos de Marta! Se va a poner loca de contento cuando se entere. Yo de ti iría inmediatamente a darle la noticia.
Asentí algo vacilante. Intuía que al abuelo le dolía mi presencia tanto como a mí el contenido de la carta, por lo que fingí una animación que no sentía.
—Voy a decírselo ahora mismo, —musité poniéndome en pie y echando a andar lentamente hacia la puerta.
Me sabía seguida por su mirada y procuré caminar erguida, sosteniendo alta la cabeza, pero me pesaban las piernas. Toda mi menuda figurilla se había trocado de improviso en un lastre insoportable y el esfuerzo que tuve que realizar para salvar los pocos metros que me separaban de la puerta me dejó tan exhausta, que al cerrarla a mi espalda tuve que apoyarme en la hoja de madera para recuperar las energías que me faltaban. Marta me esperaba en el vestíbulo, sentada en el primer peldaño de la escalera, y al verme salir corrió a mi encuentro.
—¿Qué te ha dicho? Me ha parecido que estaba raro.
Ni siquiera daba la impresión de estar enfadado.
—Tengo que subir a por mi muñeca. —Murmuré con vaguedad—.
Cuando nos fuimos a coger piñas la dejamos acostada en mi cama y debe de estar aburriéndose sola. La otra escudriñaba sorprendida mi pálido semblante. —Sí, bueno, ahora vamos. ¿Pero qué es lo que te ha dicho?
Parpadeé varias veces y fruncí el ceño, porque me costaba trabajo recordarlo.
—Me ha dicho que… que papá y Luisa no me necesitan por ahora y que, como se acaban de casar, prefieren estar solos. Marta enarcó las cejas, mordiéndose los labios, gesto que en ella denotaba perplejidad. Como yo seguía subiendo la escalera me retuvo por un brazo.
—El abuelo no ha podido decirte eso. Lo habrás interpretado mal.
Esbocé una media sonrisa, que más bien se asemejaba a un puchero.
—Claro que no me ha dicho eso, pero lo he interpretado bien. Ha tratado de endulzármelo, pero no sabe disimular. A la legua se le notaba lo que opinaba de los dos y el disgusto que tenía. De todas formas ya me lo advirtió Paca el día que me acompañó al aeropuerto.
—¿Te lo advirtió?, —se extrañó Marta, abriendo desmesuradamente sus ojos azules—. No puedo creerlo.
—Pues sí. Me abrazó llorando y me dijo que a lo mejor no íbamos a vernos más, —susurré dubitativamente—. Yo pensé que ella creía que iba a morirse pronto. Siempre se estaba quejando de que le dolía aquí y allá y de que la matábamos a disgustos. Bueno, el que más la mataba era papá por casarse con Luisa. Pero, por lo visto, lo interpreté mal y a lo que se refería era a que yo no iba a regresar a Segovia nunca más.
—Eso es una estupidez, —masculló desdeñosamente mi prima—. Todos los padres quieren a sus hijos. Acuérdate del boticario del pueblo. Está mochales con su Pedrito, aunque ya tiene dieciséis años y aún se le cae la baba de lo tonto que es. A ti no se te cae la baba, así que con mayor razón,
—terminó incoherentemente.
Me encogí de hombros sin ganas de discutir.
—Puede que tengas razón y que vengan a recogerme en Navidad, pero ya no tengo ganas de nada y lo único que me apetece es acostarme a dormir.
—¿Acostarte?, —se escandalizó ella, para quien el irse a la cama constituía el mayor de los suplicios—. ¡Ni hablar! Hace un sol espléndido y nos quedan muchas piñas por recoger. Ahora mismo vamos a volver al faro y te olvidarás de todas esas tonterías.
Intenté negarme, pero la otra, además de voluntariosa, era tozuda y logró convencerme e incluso animarme. Su vitalidad resultaba contagiosa y a su lado hasta las preocupaciones mayores perdían consistencia. Poseía una habilitad especial para minimizar lo que le parecía desagradable y enfocarlo desde una perspectiva que estuviese de acuerdo con sus apetencias. La lógica no tenía cabida en sus razonamientos, pero llegaba a unas conclusiones altamente satisfactorias de las que no se apeaba jamás. Como yo era diametralmente opuesta, necesitaba engañarme a mí misma para secundarla. Sin embargo, en ella esa forma de proceder era sincera. No tergiversaba los hechos, simplemente los veía desde distinto prisma y siempre favorables. Quizás por eso disfrutaba de tan buen concepto de sí misma y de un optimismo rayano en lo ilusorio. Yo la contradecía al principio, obligándola a recapacitar, pero más tarde la imité inconscientemente, porque era una actitud cómoda y tranquilizadora. Era como vivir los propios sueños, como aislarse de la realidad, buscando la seguridad que me faltaba. Llegué así a convencerme de que mi padre me echaba de menos y de que Luisa era la culpable de que aún estuviésemos separados. Y como de eso, me convencí de otras muchas cosas y empecé a sentirme a gusto en Montsalvatge.
Hubiera sido difícil sustraerse al atractivo especial de aquel lugar único.
De sus largas avenidas bordeadas de follaje de cambiante colorido según la estación y el momento. De la casona, tan distinta a la de Segovia, pese a ser
ambas grandes y sombrías. De la magia de sus noches de verano en las que se oía cantar a las cigarras en la quietud de la naturaleza dormida. Pero sobre todo, del mar, que rugía incansable, impregnando el aire de su olor a yodo. No había rincón en Montsalvatge donde no se percibiera su presencia.
Incluso por las noches, cuando el mundo parecía dormir aletargado, permanecía en vela arremetiendo contra la costa una y otra vez para expandir luego sus rugidos con el viento.
También a Marta le obsesionaba el mar. Pude comprobarlo el primer día en que subí con ella al torreón y me enseñó los lienzos que pintaba. Ese día había estallado una tormenta y la lluvia se abatía contra los cristales de las ventanas de la sala de estudio, donde Don Ambrosio, el profesor que acudía a diario desde el pueblo, nos daba clase. Le explicaba pacientemente a Juan la raíz cuadrada en el encerado, cuando Marta se inclinó hacia mi oído para susurrarme:
—En cuanto Don Ambrosio termine con ese rollo y se marche, te voy a enseñar una cosa que te va a gustar.
Le dediqué un guiño, dándome por enterada, y continué mirando a la pizarra, aunque aquella explicación no me fuese dirigida. Dábamos clase todos juntos en una destartalada estancia de la segunda planta y Don Ambrosio se las veía y se las deseaba para lograr que los chicos le atendieran y para compaginar las enseñanzas que debía impartirnos según nuestras respectivas edades. Cuando al fin llegó el momento en que el profesor se despidió de nosotros hasta el día siguiente, salí al pasillo en pos de mi prima, que cuchicheó impaciente a mi oído:
—Date prisa, que no se enteren los chicos.
Me precedió a lo largo del interminable corredor, que, dividido por el rellano de la escalera, atravesaba toda la planta superior. Finalizaba en una vieja escalera de madera, por la que comenzamos a subir apresuradamente.
—No nos han visto, —me comunicó satisfechísima, después de dirigir una recelosa mirada a su espalda.
—¿Pero dónde vamos?, —me preocupé, pues al ascender el primer tramo nos habíamos quedado sumidas en la oscuridad.
—Al desván. Es grandísimo y está lleno de trastos. Tía Elvira lo guarda todo, porque dice que nunca se sabe si puede volver a necesitar esos
chismes. ¿Para qué crees que tía Elvira puede volver a necesitar una armadura oxidada que hay allá arriba? La llevó un antepasado nuestro en la guerra de Cuba.
—¿En la guerra de Cuba?, —me sorprendí—. No puede ser. Don Ambrosio les estuvo explicando a los chicos el otro día que esa era una guerra reciente y que los hombres ya no llevaban armadura.
—Pues la llevaría en otra guerra o puede que ni siquiera haya pertenecido a ningún antepasado nuestro, —farfulló ella con su característica incoherencia—. En el desván comienza la escalera del torreón. ¿Pero qué te pasa?
Me había cogido la mano para hacerme subir más deprisa y debió notar como temblaba ente la suya, porque se volvió para mirarme con curiosidad.
—¿Acaso tienes miedo?
—Claro que no, —mentí con un hilo de voz—. Es que esto está muy oscuro.
—Sí, pero no importa. Aquí nunca sube nadie, solo yo, cuando los chicos no me ven. Quiero enseñarte lo que he pintado. Lo hago bastante bien, ¿sabes? Al menos es lo que dicen todos.
—Y si lo haces bien, ¿por qué no quieres que vean lo que pintas?
—Porque no me dejan en paz. Necesito tranquilidad. Hace mucho tiempo que quiero pintar una tormenta y la de hoy es de campeonato.
Pintaré la lluvia y también el viento.
—¿Se puede pintar el viento?, —me interesé.
—Aún no lo he conseguido. Tía Elvira dice que cuando sea mayor seré una pintora genial. También lo dice Don Ambrosio, ¿pero qué sabrá él?
—Es un profesor.
—Pero es un pelma.
—Que sea un pelma no tiene nada que ver, —razoné, creo que no sin lógica.
—Bueno, pues a mí no me importa lo que opine, —concluyó, dando por zanjada la discusión—. Mira, ya llegamos.
—Yo sigo sin ver nada, —protesté.
—Es que las ventanas del desván están cerradas.
Espera, encenderé la luz.
Cuando la única bombilla que colgaba del techo se iluminó, parpadeamos deslumbradas. Nos encontrábamos en una nave enorme que ocupaba la totalidad de la tercera planta del edificio y que estaba repleta de los objetos más heterogéneos. Baúles apoyados contra la pared, muebles cubiertos con fundas llenas de polvo, cerros de periódicos atados en paquetes. Incluso un piano de cola, rezumante de humedad y de telarañas, que medio ocultaba la armadura de la que me había hablado antes. Me hubiera detenido a curiosear, pero Marta me cogió del brazo y me condujo hacia el fondo del desván, donde se veía una puerta.
—Ven, por aquí se sube al torreón.
—No habrá nadie allí arriba, —me inquieté.
—Claro que no, no seas gallina. Ya te he dicho que al torreón solamente subo yo. Verás que ruido tan estupendo hace esta puerta. Rechina una barbaridad.
Su estridente chirrido me estremeció.
—Yo… yo prefiero volver abajo, —gemí.
Sin escucharme, ella había comenzado a subir ágilmente por la escalera de caracol. Un fuerte olor a rancio me hirió el olfato cuando la seguí, temiendo quedarme sola. La oscuridad era casi completa y teníamos que subir los altos peldaños tanteándolos con los pies. Afortunadamente no tardamos en vislumbrar algo de claridad y al rematar el último tramo desembocamos en un recinto circular. Estaba vacío si se exceptuaban sus útiles de pintura y el montón de lienzos apilados contra sus paredes, que Marta me fue mostrando con orgullo.
—¿Qué te parecen?
Los contemplé en silencio, demasiado admirada para poder expresarlo con palabras. En todos ellos el mar era el protagonista y era el de verdad, el que rugía contra el acantilado y se encrespaba furioso arrojando nubes de espuma sobre los escollos.
—Son preciosos, —musité al fin.
—Sí que lo son y hoy pintaré el viento, ya lo verás, —afirmó con fatuidad.
Montó el caballete, que estaba tirado en un rincón y tomando la paleta comenzó a dar pinceladas con los ojos guiñados y expresión absorta. El
vendaval zarandeaba los cristales de las cuatro ventanas por la que penetraba una luz grisácea y la lluvia se abatía sobre ellos, enturbiándolos.
Me aproximé a otear el paisaje que se dominaba desde aquellas alturas y apenas si conseguí distinguir el pinar que se interponía entre la casa y el acantilado, agitándose descompasadamente con un rumor sordo. Más allá, el faro, con la caleta a sus pies, ambos medio borrosos bajo la cortina de agua que parecía desplomarse sobre ellos desdibujando sus contornos. Y a lo lejos, el mar embravecido, de un color tan plomizo como el del cielo.
¿Qué podría reproducir Marta de tan difuso panorama?
Retrocedí, situándome a su espalda para averiguarlo. La blancura del lienzo iba cubriéndose de formas imprecisa de un gris traslúcido. Acababa de reconocer el esbozo del acantilado, cuando, sobresaltada, di un respingo.
—¿Qué ha sido eso?
Marta se encogió de hombros.
—Nada. La puerta del desván que se ha cerrado de golpe.
Pero yo me aproximé inquieta a la escalera.
—Alguien sube Marta. Oigo pasos.
—Serán esos pelmas que nos habrán descubierto, —gruñó resignadamente, mientras daba unas nuevas pinceladas.
—Son unos ruidos muy raros, —balbuceé angustiada—. Parece como si arrastrasen cadenas.
Apartó la mirada del lienzo para clavarla burlonamente en mi rostro.
—A lo mejor crees que son fantasmas, pero en Montsalvatge ya no los hay. Antes sí, cuando vivían aquí nuestros antepasados, pero ya se han muerto todos, —terminó incongruentemente.
—¿Nuestros antepasados?
—No, los fantasmas.
—¿Cómo iban a morirse los fantasmas?, —objeté.
—Bueno, puede que no se hayan muerto, pero ya no están aquí. Se habrán marchado a otra casa que tenga antepasados. Aquí solo queda el abuelo y no es lo bastante viejo para serlo, —farfulló distraídamente.
Pero yo ya no la escuchaba. Aquellos extraños sonidos se oían cada vez más cerca. Sí, ya doblaban el último recodo de la escalera y…
Proferí un grito al ver aparecer en el umbral una forma blanca, arrastrando efectivamente una larga cadena y reculé hasta la pared opuesta, creyendo que me desmayaría de terror. Marta en cambio respingó, más enfurecida que asustada, y propinó a la fantasmal aparición un puntapié que debió alcanzarle en el estómago. Un alarido bastante humano fue exhalado por el espectro, antes de que tratara de echarse mano a la parte dolorida, pero mi prima se abalanzó sobre él sin darle tiempo a hacerlo, derribándolo, con lo que arrastró en su caída a un segundo fantasma que acababa de asomar. El tercero logró llegar hasta mí, agitando en el aire su polvorienta sábana. Emitía unos lamentos erizantes, pero al ver que me dejaba caer al suelo e histérica llamaba a Marta en mi ayuda, interrumpió sus quejidos y se despojó dificultosamente de su disfraz.
—No te pongas así, si soy yo… —le oí decir, segundos antes de que asomara la cabeza por un desgarrón de la sábana y reconociera en él a Miguel—. ¿Es que te has asustado de verdad? Os hemos visto subir hace un rato a escondidas y hemos decidido gastaros una broma.
Yo seguía llamando a Marta entre hipidos y sollozos, pero ella corría escaleras abajo, persiguiendo a las frustradas apariciones de ultratumba y no me oía.
—¡Sí que la hemos hecho buena!, —masculló consternado el chico—.
No llores más. ¡Si soy yo!
Rebuscaba torpemente en sus bolsillos, de los que extrajo una multitud de objetos heterogéneos, pero no el deseado pañuelo. Al fin lo encontró, arrugadísimo y de un sospechoso color inexistente entre los del arco iris.
Me lo tendía de rodillas a mi lado, con una expresión entre desorientada y divertida, y de improviso sentí que mi espanto dejaba paso a un furor sordo contra él. De un salto me puse en pie y, antes de haberlo pensado, le derribé de un empujón y eché a correr hacia la escalera. Como una exhalación descendí los peldaños a riesgo de romperme la crisma, dando vueltas y más vueltas, oyendo cada vez más próxima la risa de él, que se había lanzado en mi persecución. Alcancé el desván con algo de delantera, pero Marta ya no estaba allí, aunque los vestigios de la pelea que había mantenido con los espectros resultaban bien palpables. Una nube de polvo flotando en el ambiente difuminaba los muebles volcados y las ropas de los baúles, que
aparecían esparcidas por el suelo. Tropecé con la armadura y aterricé después sobre un baúl chirriante que se me clavó en las costillas. Iba a echar a correr de nuevo, cuando Miguel me alcanzó y ambos rodamos por el suelo.
No recordaba yo haberme pegado con nadie anteriormente y hasta me creía incapaz de hacerlo, pero arremetí como una furia contra él, que, medio ahogado por la risa, fingía defenderse de mis bofetadas.
—¡Imbécil!, ¡idiota!, ¡animal!, ¡burro, más que burro! —le vociferé indignadísima, cuando logré sentarme a horcajadas sobre él, que se había caído tumbado boca arriba—. Como no dejes de reírte te voy a dar una torta de la que te vas a acordar.
Sin moverse, abrió desmesuradamente los ojos con gesto de simulado espanto.
—¿De verdad?
—Y tan de verdad.
Me miraba con la cabeza ladeada y tal expresión de guasa que mi irritación llegó al límite.
—¿Es que no te lo crees?
—Claro que sí. Solo estaba esperando a que me la sacudieses. ¿Va a ser tan fenomenal como dices?
De improviso se incorporó con un brusco movimiento e, invirtiendo las posturas, me sujetó contra el suelo con una mano, mientras yo pataleaba en el aire.
—Pídeme perdón, —me dijo sin parar de reír.
—No quiero. ¡Suéltame animal!
—En cuanto me pidas perdón.
—Pues no pienso pedírtelo. ¡Marta!, —chillé, viéndola aparecer irreconocible de polvo y de telarañas. Se había desembarazado ya de los otros dos y, victoriosa, volvía en mi búsqueda. De una sola ojeada se hizo cargo de mi precaria situación y se abalanzó contra Miguel.
—Déjala en paz, estúpido. ¿No ves que es pequeña y que está asustada?
¿A que conmigo no te atreves?
El chico se limitaba a parar mis golpes entre carcajada y carcajada.
—Contigo no es ni la mitad de divertido. Y déjame tranquilo, porque Eurídice ha prometido atizarme una torta colosal y no le das oportunidad.
Los dos desviaron sus ojos hacia mí y Miguel frunció el ceño al advertir que estaba a punto de echarme a llorar nuevamente.
—No empieces a lloriquear, que así no tiene gracia, —protestó entre dientes.
Apartó a la otra de un empellón y luego se me aproximó para arrodillarse cómicamente ante mí, declamando melodramáticamente:
—Suplico humildemente tu perdón, princesa. Hincado de hinojos a tus plantas sufriré esa extraordinaria torta sin una sola queja.
Recelosa retrocedí un par de pasos, notando como Marta se reía también y me sentí tan en ridículo que tartamudeé de indignación.
—Le… levántate de ahí. Pareces un payaso… un payaso de circo y te vas a ir a reír de… de otra que te lo aguante.
Rebozado en polvo de los pies a la cabeza, seguía mirándome con su mejor cara de pascuas y sin variar de postura se llevó teatralmente una mano al corazón.
—¿No seré merecedor de tal honor? ¿Qué tendré que hacer para obtener esa gracia?
—Más vale que te decidas, Eurídice, —me aconsejó mi prima desternillada de risa—. Miguel es un cabezota y no parará hasta que le atices un buen sopapo. Si a él le hace ilusión…
Por toda contestación di un resoplido y a continuación eché a correr hacia la puerta del desván. Como una tromba descendí la escalera y no paré hasta que alcancé mi cuarto y me encerré dentro. Allí me desahogué llorando, abrazada a mi muñeca que me entendía siempre y que escuchó en silencio mi entrecortada narración. Juntas rumiamos venganzas contra Miguel y contra el mundo entero… exceptuando a Marta. Aún me dolía su risa, pero la necesitaba demasiado para guardarle rencor…
Eurídice se interrumpió y durante unos segundos permaneció en silencio con el ceño fruncido, como si estuviera rememorando aquellos sucesos tan
lejanos. Cuando levantó la vista de nuevo y miró al médico esbozó una sonrisa tímida.
—Es curioso, antes le he dicho que no había jugado nunca con muñecas y… lo había olvidado. Todo lo que le he contado me ha ido viniendo a la memoria sobre la marcha. ¿No le parece extraño?
Olea hizo un gesto indefinible.
—Es bastante frecuente. Pero dígame, ¿recuerda alguna ocasión en la que llevando en brazos a esa muñeca la ocurriera algo especialmente desagradable? Quizás bajara con ella a esa caleta de la que me ha hablado y alguno de sus primos o ese muchacho, Miguel, se la tiró al agua.
La muchacha denegó lentamente con la cabeza.
—No, no recuerdo nada parecido.
—¿Está segura?
—No, aunque ahora que lo pienso… Miguel se refirió a un incidente parecido el otro día. Yo no me acordaba, pero… sí. Sucedió el primer día en el que me acerqué con mis parientes a la Escollera a visitar a sus padres…
—Daos prisa, niñas, —nos decía tía Elvira, acabando de abrocharme el vestido—. Llegaremos tarde y ya sabéis que vuestro abuelo es muy puntual.
¿Qué daría yo por tener más de dos manos?
Invariablemente formulaba ese curioso deseo cuando se ponía nerviosa como lo estaba en ese momento. Una mueca de inquietud distendía su apacible semblante y algo muy parecido al temblor agitaba su menuda figura, enfundada en un traje azul marino, recibido la víspera de una lujosa tienda de Palma.
Mientras me dejaba vestir en silencio, me dije que su aspecto difería extraordinariamente del que presentaba a la hora del desayuno, con una bata vieja y el cabello en desorden. Incluso no quedaba ni rastro en ese momento de los cercos azulados que sombreaban sus ojos castaños, de pestañas cortas y claras. Habían desaparecido como por encanto y hasta esas mismas pestañas parecían ser más largas y más oscuras. Era ese un fenómeno que se repetía a diario, pero que no dejaba de sorprenderme por lo que solía quedarme contemplándola absorta, preguntándome como lograría tal
metamorfosis. A mí me daba la impresión de que poseía dos caras y dos figuras, una para estar en casa y otra para visitar a las amistades y con esta última apenas si podía tomársela por madre de Raúl y de Juan. Pero lo conseguía a costa de muchísimas molestias. Con aquella falda tan estrecha que llevaba, tenía que caminar dando saltitos y resultaba milagroso que no perdiera el equilibrio sobre los tacones, altos y finísimos.
—¿En qué piensas, Eurídice?, —se impacientó, advirtiendo mi mudo examen—. Te has quedado alelada, mirándome y aún no te has puesto los zapatos. Si no fuerais unas inconscientes os habríais tomado tiempo para arreglaros. Me gustaría saber por qué estáis siempre en las nubes. Os he repetido hasta la saciedad que esta tarde nos han invitado los Olavide a merendar. ¿Es que se os ha olvidado?
Me encogí de hombros. Por supuesto que no se nos había olvidado, pero no suponía yo que para acercarnos a la finca vecina tuviéramos que bañarnos previamente y ponernos después nuestra mejor ropa. Para colmo, tía Elvira se había empeñado en peinarnos a las dos “como Dios manda” y solo en desenredarnos el pelo había invertido un cuarto de hora. Desde luego Marta parecía otra, con un vestido azul bien planchado y la melena sujeta con un lazo del mismo color. Mi tía la contempló con aire aprobatorio y se volvió luego hacia mí para someterme al mismo examen.
Vi que vacilaba imperceptiblemente al fijar sus ojos en mí vestido de lanilla de cuadritos blancos y morados. Después frunció el ceño, claramente descontenta.
—¿No tienes otro vestido más…? Quiero decir, uno que te esté más a tu medida.
Enrojecí al tiempo que meneaba negativamente la cabeza.
—No. Paca me los compraba grandes, porque decía que así me servirían durante dos o tres años.
La desaprobación de mi tía pareció crecer de punto.
—Bueno… sí, pero es que ese que llevas puesto casi te llega a los tobillos. ¿Tu padre no se ocupaba de esto?
La sola idea de que mi padre pudiera interesarse por algo que tuviera relación conmigo me resultó tan inimaginable que me quedó boquiabierta.
—¿Papá?, no. Él apenas está en casa y además dice que no entiende de trapos.
—Es natural que no entienda, —consideró ella entre dientes—. Aunque no es preciso entender para advertir que ese vestido no es de tu talla. Si acaso anduvieseis cortos de dinero, comprendería el afán de ahorro de Paca, pero no son esas mis noticias.
Había desarrugado el caño para sonreírme y me rebullí inquieta, intuyendo que estaba procurando disimular la compasión que le inspiraba.
—Papá repite continuamente que es preciso ahorrar, —balbuceé como disculpándole—. Creo que le hace falta el dinero para editar un libro muy gordo que está escribiendo.